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Este es el descubrimiento de la epigenética que Jung había notado hace casi 100 años

Salud

Por: María José CA - 06/10/2015

Los neurocientíficos se vieron obligados a utilizar un concepto similar al empleado por Carl G. Jung, quien se encargó de fundar el término de "trauma intergeneracional"

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Un trauma, por sí solo, es una herida cuyo elemento principal es la fragilidad y ruptura de un cuerpo, una psique, un concepto o una memoria. Se trata de una herida difícil de sanar, la cual tiene la capacidad de infectarse y de deteriorar el estado de una persona así como de sus seres cercanos. Un corazón roto, un asalto, un secuestro, un genocidio o la negligencia afectiva son eventos que tienen el poder de convertirse en un trauma que altera la psique y el soma. 

Que una herida, física o psíquica, no pueda sanarse, se debe a que el sistema está siendo constantemente atacado por niveles desorbitantes de estrés. Es en ese momento que el cuerpo comienza un ciclo vital de supervivencia, como una ayuda vital a la adaptación a aquella situación que genera estrés, y por lo tanto comprometerá a mecanismos cerebrales, endocrinos e inmunológicos para lograrlo. Por otro lado, en caso de que el sistema, psique o soma no sea capaz de manejar la cantidad ni la potencia del estrés, terminará por sobresaturarse creando una nueva línea basal (línea base, estabilidad orgánica) llamada alostasis.

Cualquier persona que ha sufrido de un corazón roto sabe que el trauma no es estático: a veces podemos ser víctimas de una ira en contra de aquella persona que logró, en su momento, que cualquier malestar se difuminara; y en otras, simplemente sentir una tristeza profunda que anula toda vitalidad y tranquilidad. Este trauma está provocando que el cuerpo y la mente sufran de un equilibrio forzado en los límites de la piel (la alostasis): se eleva el ritmo cardíaco, se desarrollan malestares corporales, en ocasiones se sufre de ataques de pánico derivados de una hipervigilancia constante,  el cuerpo se inundará de cortisol provocando migrañas, problemas con el sistema endocrino, alteraciones en la temperatura y en el cuerpo, dermatitis o inclusive asma, se planeará --inconscientemente-- huir o pelear las 24/7, entre otros síntomas. 

Los neurocientíficos le llamaron a este proceso autopreservación, el cual tiende a afectar a otras áreas para sobrellevar el trauma. Regresando al ejemplo del corazón roto, en ese estado normalmente nos vemos afligidos por una serie de problemas para concentrarnos o aprender, para relacionarnos y mostrar (o recibir afecto); experimentamos síntomas de depresión, ansiedad y hasta disociación entre cuerpo y mente (adormecimiento de una parte del cuerpo, etc.) o de mente y mente (flashbacks, vivencia donde se está sin estar); encontramos dificultad para regular emociones como la ira, el miedo o la tristeza; tendemos a exponernos constantemente a situaciones de riesgo y autosabotajes, como cuando en un deadline de un trabajo importante decidimos dormir en vez de invertir tiempo y energía en el proyecto; sentimos con especial potencia una mezcla de enojo, culpa, vergüenza, ansiedad, estancamiento, incomprensión, codependencia, miedo al abandono, frustración, fatiga crónica, etcétera. 

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En pocas palabras, nos encontramos rodeados de confusión, inocencia y vulnerabilidad debido a los efectos de una vida interrumpida, una herida que parece nunca curarse. Y la realidad es que estas experiencias traumáticas pueden ser irreversibles, ya que las nuevas experiencias se irán adquiriendo dentro de un formato del sistema dañado de la alostasis. En consecuencia, el trauma tendrá el poder de definir la existencia cuerpo-mente tanto de esa persona como de su descendencia. Es decir que un trauma puede afectar hasta a cuatro generaciones abajo de la propia. 

Toda esta información se ve actualmente apoyada por la epigenética (término acuñado por Conrad Hal Waddington hace un poco más de 60 años), la cual se dedica a estudiar el conjunto de procesos químicos que modifican el ADN sin alterar su secuencia. De acuerdo con las premisas básicas de la epigenética, la constante interacción entre genes y ambiente crea bioquímicamente un mecanismo que altera positiva o negativamente procesos moleculares (cambios hormonales, celulares, sinápticos) así como la expresión genética y su devenir a futuro. 

La realidad es que la expresión del genoma --es decir, el fenotipo-- cambiará según las experiencias con el medio ambiente, y estos cambios epigenéticos se verán reflejados en la heredabilidad durante la procreación de una persona. Esto se descubrió en 1997, cuando en un experimento con ratas, separaron a dos madres con sus respectivas crías. A una de ellas la sometieron a estímulos estresantes; a la otra, a estímulos de cuidados nutritivos. Los resultados fueron sorprendentes: las crías de la primera rata crecieron con la misma expresión del genoma estresante así como un desarrollo cerebral menor, mientras que las de la segunda no mostraron ningún indicio de anormalidad. 

Fue entonces que a través de la neurociencia se aprendió a darle una representación válida (y por supuesto científica) a la heredabilidad del trauma. Esto significaba que los sobrevivientes de un genocidio, como los indígenas de América, los judíos en el Holocausto o los padres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, han sido capaces de transmitir el trauma a generaciones hasta el fin de los tiempos. 

Sin embargo, esta no había sido la primera vez que el término había entrado en el ámbito del estudio de la psique. Los neurocientíficos se vieron obligados a utilizar un concepto similar al empleado por Carl G. Jung, quien se encargó de fundar el término de "trauma intergeneracional". 

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Para este pater del psicoanálisis, un elemento fundamental en el trauma intergeneracional es el de  la proyección. Se supone que la proyección traumática del inconsciente colectivo se encarga de transmitir y mantener activas las sensaciones anteriormente descritas a través de conexiones neuronales tempranas. Prácticamente este conjunto de sinapsis intergeneracional se activa en el presente, produciendo conductas aprendidas por generaciones del pasado y que siguen siendo útiles en el aquí y en el ahora. Podríamos inclusive decir que es este inconsciente colectivo el encargado de brindar dichas conexiones a través de conceptos y símbolos (también llamados arquetipos) que cargamos con nosotros, y que hablan de experiencias de nuestros ancestros. Cuando hablamos específicamente de experiencias traumáticas, estas proyecciones inconscientes distorsionan las conductas en el presente, reviviendo sentimientos que pertenecieron a la familia de origen en el momento del trauma. Sin embargo, los arquetipos no solo transmiten las experiencias traumáticas de generaciones pasadas, también los aprendizajes y las experiencias para sobrevivir al trauma mismo.

Es así que el inconsciente colectivo pone a nuestra disposición herramientas para volvernos resilientes al trauma (y no solo acostumbrarnos a él). Dado que la psique humana es sabia, el humano busca alternativas en lo arquetípico y en lo intuitivo para guiar al alma a volver a vivir con un nuevo enfoque cosmovisual: la ensoñación, lo místico, el anhelo de lo indómito, la creatividad, los verdaderos amores, son las experiencias y las enseñanzas fugaces que reproducen la belleza de la naturaleza; las cuales infunden en nosotros la confianza en el camino de la vida, en el conocimiento cada vez más profundo de nosotros mismos, en el Yo intuitivo innato. 

Para lograrlo es indispensable iniciar con un estilo de reprogramación del cerebro a través del cambio de la narrativa del trauma mismo. Es decir, alterar el autoconcepto de víctima a resiliente como único método de supervivencia. Esto cambiará, en consecuencia, las sensaciones asociadas con esos eventos traumáticos, lo cual regenerará las conexiones neuronales (proyecciones). Esto a su vez modificará al cerebro de estado de supervivencia a modo de curiosidad, permitiéndole al inconsciente empezar el proceso de autocuración y resiliencia. 

Para concluir y citando a Bruce Perry, psiquiatra especialista en trauma crónico: 

Los cambios cerebrales responden a experiencias repetitivas y con patrones: mientras más repitas algo, más cuajada será la experiencia. Esto significa que toma tiempo acumular repeticiones, y por tanto la rehabilitación misma. Se requiere de paciencia para que estas repeticiones continúen. Entre más largo el período del trauma, o entre más extremo el trauma, se requerirá mayor número de repeticiones para recuperar el balance. [...] Lo único que necesitan las personas que han sufrido trauma es sentirse seguros y amados.

 

Twitter de la autora: @deixismj

¿Por qué a las ballenas y a los elefantes no les da tanto cáncer como a los seres humanos?

Salud

Por: pijamasurf - 06/10/2015

Es interesante eflexionar sobre por qué las ballenas, que tienen mucho más células y por lo tanto más posibilidades de desarrollar tumores, no tienen proporcionalmente tanto índice de cáncer

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Cifras en Estados Unidos muestran que una persona de ese país tiene 40% de posibilidades de sufrir algún tipo de cáncer en su vida. Este panorama es ciertamente depresivo, y pese a todos los avances científicos parece ir en aumento --más allá de que estos crecimientos anormales de la células puedan ser controlados, la prospección de vivir la experiencia en sí misma es poco alentadora.

Algunas teorías sugieren, bajo una lógica de sentido común, que organismos con una mayor cantidad de células, más duración de vida y ritmos metabólicos más altos deberían de contraer más fácilmente esta enfermedad. Sin embargo, esto no parece sostenerse en diferentes especies que cumplen con estas características.

Los humanos exhiben un riesgo mucho mayor de contraer cáncer en relación con su número de células que otros mamíferos más grandes, por ejemplo, los elefantes y las ballenas. Las ballenas tiene aproximadamente mil veces más células que nosotros y llegan a vivir, en algunos casos, hasta más de 200 años. Sin embargo, según lo que sabemos, estos cetáceos no muestran una incidencia de cáncer como la que podríamos esperar por su tamaño y longevidad. A esto se le conoce como la paradoja de Peto, nombrada por un epidemiólogo británico que notó por primera vez esta contradicción.

Carlo C. Maley, de la Universidad de Arizona, cree que la diferencia podría estribar en la evolución de ciertos genes comunes a todos los mamíferos, llamados "antioncógenos", los cuales están encargados de suprimir otros genes cancerígenos, mismos que se habrían desarrollado más en las ballenas y otros animales. Aunque las ballenas no tienen más copias de estos genes, Maley cree que podrían haber optimizado su uso. 

Otra posibilidad gira alrededor de la posibilidad de una selección de genes como el ubiquitin, que funciona como un recolector de basura y recicla proteínas. Este gen ha sido vinculado con la longevidad y según Maley, ha evolucionado de forma paralela tanto en ballenas como elefantes. Sabemos que los elefantes y las ballenas atacan el cáncer de forma distinta; los elefantes, por ejemplo, tienen más copias de un gen supresor llamador p53. Esto sugiere que la biología provee diferentes posibilidades para lidiar con el cáncer. 

Ahora bien, quizás la respuesta más sencilla para entender por qué contraemos tanto cáncer los seres humanos, más allá de la explicación genético-evolucionista, pueda tener que ver con algo que obedece al sentido común. Las ballenas y los elefantes no tienen los mismos problemas de medio ambiente que los seres humanos, específicamente ambientes psicológicos y emocionales, con su respectivo estrés. Esto es, factores epigenéticos que podrían afectar nuestros mecanismos de defensa en contra de potenciales tumores. El estrés de origen emocional podría saturar las respuestas inmunes y afectar nuestra capacidad de respuesta. Sabemos que el estrés contribuye a la progresión del cáncer; en el caso de su iniciación o incremento de riesgo existen algunos estudios que lo sugieren y otros que dudan de esto. Sin embargo, la ciencia cada vez reconoce más la importancia de factores epigenéticos, y el cáncer probablemente no sea la excepción.