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Deshielo en Groenlandia exhibe base militar secreta de Estados Unidos

Política

Por: pijamasurf - 09/29/2016

En una inesperada consecuencia del cambio climático, una base militar construida por Estados Unidos en Groenlandia durante la Guerra Fría quedó al descubierto

El deshielo es una realidad ecológica innegable de nuestra época. Hay quien discute la existencia del calentamiento global, si éste es una consecuencia directa de la actividad humana o si es un proceso natural, y mientras tanto, los grandes glaciares en los polos del planeta están, literalmente, haciéndose agua, derritiéndose y aumentando así los niveles de los océanos, provocando inundaciones donde antes no ocurrían, alterando la vida, las dinámicas marítimas y más.

Y por si no hubiera suficiente evidencia al respecto, hoy se dio a conocer una muy circunstancial y también muy elocuente. Debido a este deshielo, una base nuclear que el gobierno de Estados Unidos construyó en secreto en Groenlandia, ahora ha quedado expuesta.

A finales de la década de 1950, el gobierno estadounidense acordó con el de Dinamarca construir un generador nuclear al noroeste de Groenlandia, en una zona conocida como Thule. El gobierno danés, a quien correspondía la jurisdicción de dicho territorio, aceptó sin saber que ese proyecto encubría el propósito de instalar una base militar capaz de disparar misiles por debajo del hielo a países soviéticos. Esta operación se conoció como “Proyecto Iceworm” y se mantuvo vigente durante casi 10 años, hasta el clímax de la Guerra Fría.

Debido a lo inestable del terreno glaciar, el proyecto fue abandonado, pero esto sin remover responsablemente miles de toneladas de material nuclear, el cual se creyó que quedaría sepultado por el hielo para siempre, sin contar que, varias décadas después, una circunstancia totalmente imprevisible lo pondría al descubierto.

Expertos en ecología temen ahora que dicho material se haya esparcido por la zona, en especial un químico conocido como policlorobifenilo, altamente tóxico para la vida y especialmente cancerígeno para el ser humano. Se dice que el material está enterrado bajo una capa de 35 metros de hielo, la cual científicos sugieren que podría derretirse en 75 años.

El estado nación fue una solución histórica a problemas concretos. Pero con el cambio del mundo, esta organización también debe transformarse

La historia de los grupos y sociedades humanas se remonta a los parentescos primigenios, a las familias, tribus, hordas y confederaciones, así como a la historia de lo que hacen ciertos grupos para diferenciarse de otros con el objetivo de mantener el poder. La creación de estados modernos fue una solución para unificar principados o feudos en pugna; para protegerse mejor de enemigos comunes, como un pacto de no agresión entre señores, quienes no necesariamente buscaban una mejor integración identitaria de sus súbditos (y probablemente no les importaba demasiado). 

A raíz del Brexit, muchos analistas pensaron que en lugar del camino hacia un estado plurinacional, el mundo daba un paso hacia atrás, hacia un neofeudalismo. Los mapas tienen la extraña particularidad de hacernos pensar que el mundo se divide en países, cuando las únicas divisiones y fronteras están en nuestras mentes. Las etnias, el multilingüismo, las identidades en pugna, todo eso ha estado presente siempre, mucho antes de la globalización. Se trata, según algunos investigadores del orden político, de cómo basamos la jerarquización.

Las últimas revoluciones industriales fueron posibles gracias al modelo de estado nación, a las economías nacionales y a las vías de apertura e intercambio entre bloques económicos, pero las actuales naciones en realidad son parodias de las tradiciones nacionales que las precedieron. Grupos de ricos aplastan a los pueblos pobres, se quedan con sus recursos y su cultura, la cual después reivindican como propia y defienden a ultranza.

Según Brian Slattery de la Universidad de York, en Toronto, Canadá, la existencia de los estados nación se basa en la creencia de que “el mundo está hecho naturalmente de grupos distintos, nacionalmente homogéneos o tribales, que ocupan porciones separadas del globo”. Pero la evidencia antropológica está en contra de este prejuicio: desde la Antigüedad, las culturas prosperan juntas y perecen más por defender sus particularidades que por nutrirse de sus diferencias. 

A decir del investigador, la existencia misma del Estado depende de una mentira básica: “La suposición de que la identidad y bienestar de una persona está atada de manera central al bienestar del grupo nacional es errónea simplemente como hecho histórico”. A pesar de que las naciones surgen para garantizar la paz al interior de un territorio, desde 1960 ha habido más de 180 guerras civiles a nivel mundial: esto es, guerras de una nación consigo misma, como la actual en México.

¿De qué más sirve la idea de lo nacional si no es para preservar la paz? En democracias débiles y con poco acceso a la educación, sirve para controlar mejor a la población. El sociólogo Siniša Maleševic del University College Dublin piensa que los remanentes de las lealtades antiguas que impulsaron la creación de mitologías nacionalistas sólo sobreviven como “nacionalismos banales”, como los deportes, los himnos, los programas de televisión e incluso los reality shows.

El modelo de socialización del futuro deberá tomar en cuenta las investigaciones no sobre las ventajas de la diversidad étnica, sino las de la inclusión oficial. Esto se traduce en que todos los grupos que forman parte de un país deben tener acceso al poder, no solamente a la representación electoral. Según Jennifer Neal de la Michigan State University, el algoritmo ganador para la paz y prosperidad de un país es permitir la formación de enclaves étnicos, pero no demasiado cerca unos de otros. Tomando como medida el ejemplo de países con gran diversidad étnica, racial y lingüística como Singapur, Suiza o la antigua Yugoslavia, la distancia entre enclaves debería ser de 56 km, así como garantizar una relativa autonomía de los estados y su participación en las decisiones del grupo. 

Con información de New Scientist.