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La epifanía de la naturaleza de la realidad experimentada por el actor Peter Coyote en un relato que da en el blanco (infinito) del zen

Peter Coyote es un popular actor y escritor que además en el 2015 fue ordenado como sacerdote zen. Hace unos días publicó un extraordinario relato en el que cuenta primero cómo se inició en el budismo zen, enfrentándose hace más de cuarenta años a su primer retiro sesshin, el cual consiste en una semana intensiva de meditación que conmemora la iluminación del Buda. Se medita desde las 5:00 am hasta las 9:30 pm con dos breves periodos de descanso, una meditación caminando y alimentos. Sobra decir que en su juventud Coyote sufrió mucho en su primera incursión a este formato, y estuvo a punto de abandonarlo. Su diálogo interno rápidamente surgía con la aseveración de que no podría lograrlo y se obsesionaba en todo lo que estaba sufriendo. Quien haya ido a un retiro de meditación --por ejemplo un retiro Vipassana de la escuela de Goenka--, podrá identificarse fácilmente con lo que cuenta Coyote: empiezan a surgir dolores en todas partes, frustración y basura psíquica que estaba almacenada en la profundidad de nuestro inconsciente. Se trata de una prueba de fondo para la mente donde es necesaria cierta dosis de resiliencia.  

Evidentemente Coyote decidió quedarse y ha hecho un camino en el zen. En ese primer retiro, el último día tuvo una prefiguración de satori, un atisbo del shunyata:

Tuve la clara sensación de que toda la parte central de mi cuerpo había desaparecido o se había vuelto transparente. Podía sentir el viento silbando a través de mí. Me sentí ligero como una pluma y momentáneamente libre de todo problema; como si el fondo de mi cabeza hubiera desaparecido en el espacio detrás de mis ojos hacia el universo. Ante mí estaba el mundo: extraordinariamente vívido y vibrante, intensamente luminoso. No había tomado ninguna droga, y sin embargo estaba verdaderamente colocado. Pensé: "Esto es agradable. Voy a checar el zen un poco más". Cuarenta años después sigo checando. 

Corte a 2009, casi cuarenta años después, Coyote de 68 años, con hepatitis C y problemas en las rodillas vuelva a otro retiro sesshin. De nuevo la frustración y la incomodidad, aunque esta vez ya con un sendero andado, una mayor decisión. Su maestro tiene la claridad de decirle que medite en una silla, lo cual lo alivia un poco, suficiente para dirigir su atención a una pregunta que lo mistifica "¿Qué es eso? [What is it]. ¿Qué es eso de lo que sigo perdiéndome o lo que sigo buscando?". Cuarenta años practicando resumidos en esta profunda pregunta que se volvió una especie de mantra que Coyote repetía y que dominaba su mente durante el retiro. 

Durante una meditación caminando (kinhin) en el sexto día de su retiro, Coyote, absorto aún en su pregunta "Qué es eso? " ["What is it]"?,  notó el incisivo sonido de un pájaro.

Eeek! Eeek! Eeek! Eeek! Eeek! gorjeaba, aniquilando todo pensamiento. Súbitamente, en esa vacuidad momentánea, sus sonidos se transformaron y los oí como It It It (eso, eso, eso) –la indiscutible respuesta a mi pregunta. Tomé un paso más y el mundo como lo había experimentado se acabó.

No puedo describir lo que sucedió después porque en ese instante el lenguaje y el pensamiento se disolvieron enteramente. Las fronteras entre "aquí adentro" y "allá afuera" desaparecieron. El mundo se mantuvo reconocible, como siempre había sido, pero completamente desnudo de lenguaje discursivo y conceptos. Todo parecía ser un fantasma de sí mismo, luminoso pero sin peso ni sustancia. "Yo" había sido reemplazado. Lo más cercano que puedo llegar a describir lo que sentí es una conciencia sin locación física, inseparable de la totalidad del universo. Todo era precisamente como había llegado a ser. El mundo era perfecto, sin tiempo, eterno, yendo y viniendo, como siempre había sido. Cada duda que había albergado alguna vez sobre la práctica del zen se deshizo. El tímido y temeroso yo que había defendido, agrandado, confortado y tratado de mejorar toda mi vida fue descargado de sus labores y todo estaba bien sin él. No había nada que "hacer". Supe irrefutablemente que esto era exactamente lo que había buscado desde la primera vez que leí un libro sobre el zen cuando tenía 16 años. 

En el siguiente instante, entendí que todo eso [it] no era realmente muy importante.

La historia resume extraordinariamente la sublime sencillez del zen: como se expresa en la famosa frase, "antes de la iluminación, cortar leña y llevar agua; después de la iluminación, cortar leña y llevar agua". Con un añadido casi "sincromístico", la literalidad de la iluminación presente, eso, esto mismo, it, el único momento que existe y es la totalidad, alta fidelidad zen. La pregunta es la respuesta, lo que estamos buscando es aquello con lo que estamos buscando. Toda la naturaleza diciéndolo permanentemente. Siempre ha estado ahí la voz del silencio iluminado que es ya la budeidad y, sin embargo, no hay por qué celebrar demasiado. En realidad nunca ha habido nada que hacer, sólo hace falta saberlo.  

Twitter del autor: @alepholo

Lee el relato completo en Lion's Roar

El monje budista Matthieu Ricard sobre la profunda incongruencia con la que tratamos a los animales

AlterCultura

Por: Pijamasurf - 10/13/2016

Protegemos a ciertos animales, mientras matamos a millones de otros diariamente sólo porque no nos parecen y aun así sostenemos vivir de manera ética

El monje budista Matthieu Ricard, llamado también el "hombre más feliz del mundo" luego de que se midieran sus ondas cerebrales al meditar, recientemente fue entrevistado por la revista Tricycle sobre la gran inconsistencia con la que tratamos a los animales hoy en día. 

Según Ricard, aunque hemos hecho mucho progreso en el tema de los derechos humanos,

existe una enorme brecha de coherencia ética en lo que refiere a las otras ocho millones de especies que coexisten con nosotros en el mundo. Mientras que le damos, de manera correcta, infinito valor a la vida humana (sin que sea posible ponerle una cantidad) básicamente le damos cero valor intrínseco a otras especies salvo en los casos que tienen un interés comercial o instrumental para nosotros.

Ricard, quien ha estudiado con algunos de los más grandes maestros del budismo tibetano, mantiene que la forma en la que tratamos a los animales hoy en día hace que todos perdamos: los animales, el ambiente, y la gente más pobre. Y, además, no existen beneficios por comer animales. Para el budismo incluso existen daños kármicos por la incapacidad de comprender que los animales son seres sensibles que también contienen la misma naturaleza búdica que los seres humanos. De hecho, el budismo concibe una especie de evolución que no es necesariamente lineal, en la que animales pueden reencarnar luego como humanos y los mismos humanos podrían luego reencarnar en otros planos, entre ellos como animales, fantasmas o incluso dioses. 

Las razones por las cuales las personas siguen comiendo carne no convencen a Ricard. Pone un ejemplo interesante. En una conferencia le preguntó al público: "¿quién está a favor de la ética, la moralidad y la justicia?". Todos levantaron la mano. luego preguntó "¿quién cree que es ético, justo, y moral infringir sufrimiento innecesario a un ser sensible?". Nadie levantó la mano. Ricard argumenta que nadie realmente, salvo los esquimales, necesita comer carne para sobrevivir. Al parecer nos comportamos de una forma bastante contradictoria. 

Ricard cita un estudio en Australia en el que personas respondieron a por qué comen carne de la siguiente manera: 70% dijo que porque les gusta; la segunda razón fue que era su tradición; la tercera porque su familia les complica ser vegetarianos y la última fue porque no saben cómo cocinar. Estas razones son muy débiles si es que se quiere mantener una posición ética ante la vida. 

El otro tema que Ricard recalca es la diferencia con la que vemos ciertos animales. Por ejemplo, pensamos que está bien comer carne de puerco pero no de perro, aunque estudios demuestran, por ejemplo, que los puercos son tan inteligentes como los perros. Por otro lado, en China las personas se comen a los perros e incluso a veces los matan a golpes porque esto hace que su carne sea más suave. Esto es lo que se llama "especiesimo", discriminación según el nivel de identificación que tenemos con cierta especie animal.

Otro caso contradictorio que menciona Ricard. Hace poco en Francia causó revuelo el caso de un hombre que aventó a un pequeño gato llamado Oscar contra la pared y lo filmó. La gente lo encontró y, en un frenesí mediático, el hombre fue sentenciado a un año de cárcel. "Pero ese mismo día, 500 mil animales fueron asesinados en los mataderos y nadie dijo nada de ello".

Si los argumentos de Ricard no te convencen, tal vez lo hagan los de este reporte de la ONU, que sostiene que el ser humano deberá de implementar una dieta vegana para el 2050 si queremos preservar la biósfera.