*

X
En medio de las circunstancias propias de esta generación, es necesario sobreponerse a las distracciones en favor de la existencia

En los últimos años, una parte de la atención mediática, comercial y quizá incluso académica y de algunos otros ámbitos ha estado puesta en la llamada generación millennial, un término que se ha vuelto más o menos familiar a fuerza de repetición y que, grosso modo, se refiere a personas nacidas entre mediados de los años 80 y finales de los 90, preferentemente en una sociedad occidental u occidentalizada, con acceso a la educación y a la tecnología digital, formados en un ambiente de consumismo, libre mercado y globalización y que políticamente sólo han conocido la democracia y el liberalismo. Sin duda existen otros elementos socioecoómicos e históricos que podrían encontrarse en las raíces de la generación millennial, pero para comenzar, quizá con esto baste.

Los ahora jóvenes que crecieron en ese contexto desarrollaron ciertos rasgos de personalidad comunes y sobre los cuales se ha hablado también con abundancia: el narcisismo, el gusto desarrollado por la recompensa inmediata, la inclinación al multitasking, la facilidad para entablar contactos pero la dificultad de convertir éstos en relaciones, cierto distanciamiento para con la realidad (en favor de la virtualidad) y quizá algunas otras características emocionales o de comportamiento que encuentran su correlato en esas condiciones sociales en las que, sin que nadie lo advirtiera, fueron formándose poco a poco. Hasta cierto punto, se puede decir que los millennials son una generación que creció lejos de la adversidad o, dicho de otro modo, a quienes se intentó alejar de la adversidad, hacer como si ésta no existiera. El resultado, según algunos, es una generación débil, insegura y continuamente insatisfecha.

Si estuviéramos en otro momento de la cultura, todos estos rasgos podrían resumirse en un cuadro capaz de enunciarse con una sola palabra: inmadurez. Ahora pareciera que todo tiene que codificarse con palabras complejas y elucubraciones laberínticas, y que a los millennials no se les puede decir de frente lo que son, inmaduros, sino que, en un gesto que también es muy característico de esa generación, es necesario buscar argumentos y teorías que justifiquen su comportamiento.

Sin embargo, lo cierto es que basta comparar la vida en otras generaciones para darse cuenta de que en muchos casos el origen de la angustia millennial es sólo un agudo caso de inmadurez. Ese dicho un tanto caricaturesco de los padres, “yo a tu edad…”, encierra algo de razón, pues so riesgo de caer en una generalización injusta, es posible que esta sea una de las pocas generaciones en la historia de la humanidad cuyo despertar a la vida está tardando más de lo usual.

Del Wilhelm Meister de Goethe al Juan García Madero de Los detectives salvajes, la historia está llena de personajes simbólicos, reflejo de personas reales, que en cierto momento de su existencia se dieron cuenta de que no podían continuar viviendo a la sombra del hogar familiar, en donde la comodidad que provee llega a ser insatisfactoria, pues no es lo único que se desea. Cuando el deseo del sujeto no coincide más con aquello que se encuentra en la familia, la única resolución posible es salir en búsqueda de eso que se quiere, a su encuentro, su descubrimiento pero, sobre todo, su construcción. En este aspecto, sin embargo, entre la generación millenial parece existir cierta confusión. Más allá de las circunstancias específicas, en todos esos relatos existe un denominador común: el enfrentamiento a la adversidad.

Non est ad astra mollis e terris via”: “No hay un camino fácil de la tierra a las estrellas”, escribió Séneca el Joven, quien puso en boca de Megara, esposa de Hércules, la verdad al parecer ahora olvidada de que el camino del héroe está lleno de dificultades. Así es. Y en esto no hay discusión –por más que los millennials crean que todo es negociable.

Nada de lo realmente valioso en la vida se obtiene de inmediato, fácilmente. Lo valioso (o significativo, como se dice en esta época) requiere esfuerzo, tiempo, constancia, trabajo, también frustración, riesgo, errores, reconocimiento de nuestras propias limitaciones, también compañía, amor y deseo. En pocas palabras: madurez ante la vida.

En defensa de los millennials se puede invocar otra circunstancia propia de la existencia: que todo tiene su propio tiempo de maduración. Que así como distintos frutos tardan distintos períodos en madurar en el árbol, así también las personas en su propia vida y las generaciones que van conformando: cada cual llega a ciertos hitos en su propio momento y según sus propios recursos.

Sin embargo, este argumento también conlleva un peligro. Quizá sea posible aceptar o esperar que la generación millennial madure a su propio ritmo, que, después de todo, esos jóvenes encontrarán por fin el sentido duradero de la existencia, más allá de las distracciones y los espejismos que se les presentan en la vida contemporánea. Es posible, ¿pero cuánto más va a tardar? ¿Y si la juventud e incluso la existencia misma transcurren y se acaban sin haber nunca construido esa madurez, ese gusto, ese amor hacia la existencia?

W. H. Auden dejó claro esto que, por otro lado, cualquiera sabe, aunque a veces pretendamos ignorarlo:

O let not Time deceive you,

You cannot conquer Time

 

No dejes que el Tiempo te engañe:

No puedes conquistar el Tiempo

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Te podría interesar:

El materialismo nos está volviendo cada vez más miserables

Sociedad

Por: Kin Navarro - 01/18/2017

Datos sorprendentes que ponen en perspectiva el estilo de vida consumista que tanto aumenta en estas fechas

Empaques, envolturas, contenedores, hasta lo que llevan por dentro resulta mera superficie, como nosotros. Todo termina en la basura igual. ¿Es ese nuestro destino?

En estas fechas puede resultar inevitable enfrentarse a las exigencias consumistas que nos impone la mercadotecnia y que hemos adoptado con singular pasividad. En una época en la que se pregonan los valores morales y espirituales que deberían unirnos se practican las dinámicas que terminan por enfrentarnos y aislarnos: competencia, atropello, pretensión, envidia.

Comprar no nos hará más felices, al contrario, perseguir un estilo de vida basado en la ilusión del bienestar del consumo sólo nos aleja de la plenitud que creemos estar pagando. Las cosas que acumulamos pesan sobre nosotros, las cosas que compramos para impresionar a otros y agradarnos más sólo nos vuelven miserables. Comprar como estilo de vida es burdo. Compro luego existo: confundimos nuestra autoestima con los ceros en la cuenta del banco.

Mientras más cosas tengo más cosas me faltan, y así interminablemente. No importa nuestra clase social ni el poder adquisitivo que tengamos, nunca será suficiente, nunca se tendrá suficiente. Se trata de un oscuro vacío que crece en nuestro interior y lo devora todo.

Alardear sobre nuestros pequeños o grandes gastos, sobre los lujos que podemos tener (aunque sea de vez en cuando), sólo manifiesta una profunda falta de amor propio y hacia los demás. Porque presumir objetos es darse importancia a partir de algo externo a nosotros con el fin de llamar la atención de otros, provocar envidia y admiración de propios y extraños sin generar un puente o un vínculo con ellos, al contrario, termina por aislarnos aún más. Luchamos por el amor y el aprecio de los demás: una interminable competencia por demostrar(nos) que somos valiosos a través de cosas.

Basta echar un vistazo a las redes sociales para reconocer que hay algo saliéndose de control en nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Para muestra bastan los cientos y cientos de perfiles de adolescentes y jóvenes que se jactan del dinero de sus padres, posan junto a autos de lujo, presumen viajes, muestran bolsas atiborradas de parafernalia opulenta. Deténgase a ver las comisuras de su boca, vea una tras otra sus fotos, revíselas bien, interprete sus posturas, mire su semblante, observe su mirada, encuentre la pegajosa tristeza clavada al fondo de sus ojos.

Relojes, viajes, ropa cara, gadgets ridículos, libros que nunca se leerán, instrumentos que no se han de tocar, animales que luego serán abandonados, paseos en yate, turismo chatarra: todo cabe en el carro del súper si se trata de satisfacer los impulsos que se nos inculcaron desde chicos. Sin importar cuáles son tus intereses o aficiones el mercado está dispuesto a satisfacer tus necesidades. ¿Cómo te quieres mostrar ante los demás? ¿Qué quieres proyectar? Ser para parecer, parecer para ser.

Ofertas, descuentos, rebajas sobre rebajas. Lo más devaluado hoy en día son aquellas cosas que no tienen precio, todo lo que nos es regalado de forma natural y que, por ello, damos por sentado, despreciamos, desperdiciamos. Nuestro entorno, la comunicación interior y con otros, el afecto, la ternura, el cariño, el amor son apenas palabras, un pálido forro para envolver regalos.

Para la mayoría estas aspiraciones son sólo eso, los gastos corrientes no permiten seguir el paso a los grandes derrochadores de bienestar material; si acaso, los más tristes se limitarán a simular ser acaudalados mientras persiguen mes con mes apenas lo necesario.

 

 

Si siente que exagero o que hablo desde el idealismo, pongámonos científicos. Un estudio psicológico más o menos reciente aplicado a varios voluntarios demostró que las personas que tienen una visión materialista de la existencia no sólo son más solitarias, indiferentes, egoístas, sino menos empáticas y agradecidas. Los investigadores tomaron como muestra a un grupo variado de personas de 18 años a los que preguntaron sobre sus valores, su visión del mundo y aquello que era importante para ellos; luego, 12 años después, retomaron las entrevistas. Su sentido de autonomía, de pertenencia, su bienestar y el propósito que dan a su vida fue demolido con cada tarjetazo. Incluso, psicológicamente hablando, eran más propensos a sufrir desórdenes. Al contrario, mientras más se alejaban de una visión utilitaria y materialista del mundo, todo lo mencionado aumentaba y eran más felices.

Otro estudio más observó la vida social de Islandia luego del colapso de su economía. Algunas personas intentaron recuperar el tiempo perdido y se enfocaron en la ostentación y las pertenencias, otras redujeron la importancia que daban al dinero para centrarse en su vida social y familiar. Se encontró una correlación similar al primer estudio: el primer grupo era infeliz, el segundo logró mayor bienestar.

Un tercer estudio mostró a un grupo de voluntarios imágenes de artículos lujosos y mensajes que se referían a ellos como consumidores antes que como ciudadanos o personas. Todos mostraron un aumento en las aspiraciones materiales así como rasgos de depresión y ansiedad. Se volvieron más competitivos y egoístas, se redujo su sentido de la responsabilidad social y eran menos propensos a unirse a causas sociales. Los investigadores concluyeron que estar expuestos a esta clase de mensajes puede disparar estos efectos de manera temporal.

Un cuarto estudio investigó durante seis años a 2 mil 500 personas. Se encontró una correlación entre el materialsmo y la soledad. Mientras más materialistas se volvían crecía su tendencia a aislarse; mientras más aislados estaban, resultaba más fácil que se volvieran materialistas. Nos atamos a las cosas cuando abandonamos nuestras relaciones.

Enfermedades mentales, relaciones rotas y deudas impagables es el rastro que deja el capitalismo a su paso. Para funcionar nos aísla, para sobrevivir lo consume todo. Los consumidores terminan consumidos.