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El increíble caso del campesino italiano autodidacta que sabe 100 idiomas

Libros

Por: pijamasurf - 02/20/2017

Siguiendo el llamado de las lenguas remotas Riccardo Bertani ha logrado conocer 100 idiomas, viviendo una vida modesta en el campo

Riccardo Bertani es un caso único. Este campesino italiano de 86 años conoce 100 idiomas y ha escrito cientos de libros, incluyendo diccionarios, traducciones y ensayos de mitología y folclor. Durante 70 años Bertani cultivó el hábito de levantarse desde las 2am y trabajar en sus idiomas hasta las 9am en el silencio del pueblo de Caprara, un pequeño poblado en el norte de Italia.  

Actualmente sus hábitos se han moderado y se levanta a las 5 a leer y escribir y ver el amanecer; una de sus grandes pasiones es disfrutar del amancer cuando la mente está más limpia y fresca, según le dijo al sitio ABC. La casa de Bertani se ha convertido en una biblioteca abierta al público.  

El amor por las lenguas le nació de leer muy joven a Tolstói, su gran maestro. Fue el ruso el idioma que primero lo sedujo. Más tarde sintió el llamado de las lenguas orientales, incluyendo algunas que ya han desaparecido. Ha estudiado las lenguas de los etruscos, los aíno, los mayas, los pueblos de Mongolia y de algunas etnias de Siberia, entre otras.

Bertani ha viajado a través de la lectura y casi nunca ha dejado su casa, solamente en algunas ocasiones para dar algunas conferencias. Décadas atrás llevó una correspondencia con el gran antropólogo francés Levi-Strauss. Lo suyo sin duda es el estudio y la vida simple. Toma su inspiración de Tolstói: «Me inspiro en el gran maestro Tolstói. En la ética de las cosas sencillas, según la cual uno vale por lo que es, no por lo que tiene».

Bertani es un caso increíble, un prodigio de la memoria, algo que quizás ya no veamos en el futuro. Pero él no quiere ser recordado como un fenómeno sino solamente por su trabajo, como un estudioso de las lenguas. 

Vivir es más importante que buscar el sentido de la vida: un fragmento de "Los hermanos Karamazov"

Libros

Por: pijamasurf - 02/20/2017

En este fragmento de "Los hermanos Karamazov", Dostoievski nos da una lección sencilla pero elocuente sobre la vida

Dostoievski es probablemente el escritor ruso más cercano a las preguntas sobre la existencia que surgieron a finales del siglo XIX y que tuvieron como temperamento especial originarse a partir de cierta desolación, cierto desencanto ante la vida, para después encontrar en el vivir mismo la única posibilidad de respuesta. Nietzsche es el filósofo que quizá mejor condensa este movimiento del espíritu y el intelecto, pero en sus novelas Dostoievski alcanzó alturas y profundidades igual o más decisivas.

En esta ocasión retomamos un fragmento de Los hermanos Karamazov compartido originalmente en el sitio calledelorco.com. Ahí, Dostoievski pone en boca de dos de los protagonistas, Iván y Aliosha, una sensible conversación sobre nada menos que el sentido de la vida. Vale la pena recordar que especialmente en esta novela el ruso hace gala de esa visión atea de la vida, o humanista quizá sería mejor decir, pues al tiempo que descree de una entidad divina que tenga las respuesta que el ser humano busca se da cuenta de que somos nosotros mismos quienes creamos esas respuestas, quienes con nuestros actos cotidianos, nuestras decisiones, nuestros errores y nuestros aprendizajes podemos ir descubriendo si la eternidad existe o no, si el crimen es disculpable o si, como en este caso, la vida tiene un significado que intuimos pero siempre se nos escapa. Escribe Dostoievski:

Iván: ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliosha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero lo sigo admirando por costumbre… Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien… Oye, Aliosha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama…, es el vientre… Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud… ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliosha? --terminó con una carcajada.

Aliosha: Lo comprendo todo perfectamente, Iván. Desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

Iván: ¿Incluso más que al sentido de la vida?

Aliosha: Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido.

La conclusión es sencilla, pero no por ello menos elocuente ni mucho menos, paradójicamente, menos fácil de llevar a la práctica: caer en cuenta de que sólo en el amor por la vida se encuentra su sentido, no en lo que alguien más nos dice, en lo que leemos o en aquellos que los demás parecen reconocer como tal, sino en nuestros actos mismos, en aquello que hacemos diariamente y que por esta misma razón va construyendo, instante a instante, esto que llamamos nuestra vida.

 

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