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Entre la admiración y el temor: 43 composiciones musicales de Friedrich Nietzsche (PLAYLIST)

Filosofía

Por: pijamasurf - 03/01/2017

Entre los 13 y los 22 años, el joven Nietzsche expresó su amor por la música con estas composiciones

El nombre de Friedrich Nietzsche es bien conocido entre los lectores de Pijama Surf. Entre otros textos, hemos publicado aquí uno dedicado a dos conceptos clave en su obra: la afirmación de que “Dios ha muerto” y la idea de “amor fati; también tenemos una “guía” para convertirse en superhombre, e incluso contamos con una nota dedicada a una de sus facetas menos conocidas, su labor como poeta.

En esta ocasión añadimos a ese catálogo, breve pero esmerado, una entrada en la que presentamos a nuestros lectores la música compuesta por el filósofo. Como antes con su poesía, quizá saber que Nietzsche incursionó en la composición sorprenda a algunos, acostumbrados como estamos a creer que el escritor debe escribir, el oficinista trabajar, el maestro enseñar, y que cada uno debe lograr el mayor nivel de especialización posible en su propio campo de trabajo, sin inmiscuirse en otros.

Nietzsche, sin embargo, perteneció a una época en que la curiosidad era aún la brújula principal del conocimiento y la investigación. Además, recordemos que el filósofo admiraba sobremanera tanto la cultura de la Grecia antigua como la del Renacimiento, ambas caracterizadas por una comprensión amplia y compleja de la realidad, y ambas caracterizadas también por pensadores, investigadores y científicos que aunque destacados en un ámbito, no por ello dejaron de interesarse en muchos otros.

En el caso de la música, Nietzsche se acercó sobre todo como un amante: con admiración pero cabría decir que también con temor. A esto cabría sumar también el arrojo de la juventud, pues casi todas las composiciones pertenecen a un período de su vida que va de los 13 a los 22 años. Si tenemos en cuenta que a los 24 Nietzsche fue nombrado catedrático de lenguas clásicas en la Universidad de Basilea, podríamos escuchar sus piezas como un último arrebato de adolescencia, antes de entrar de lleno a la madurez, que igualmente vivió con furor.

Las composiciones, por cierto, no fueron bien recibidas en su época e incluso ahora se les considera más una curiosidad anecdótica que piezas de verdadero valor artístico. Por nuestra parte, preferimos dejar el juicio a cada uno de nuestros lectores, quizá alguno encuentre lo que otros han dejado de escuchar. 

 

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Una disputa sobre el origen de las formas: la mente divina o la sexualidad femenina

Esta disputa no es históricamente precisa, es sólo poéticamente deliciosa, encontrada en el poema de "El fénix y la tortuga" de Kenneth Rexroth, el llamado "papá de los beats", uno de los grandes sabios de la cultura estadounidense del siglo XX.

 

As the Philosopher says,

“The Pythagoreans are

Of the opinion that the shapes

Of the Greek vase are reflections

Of the irrational numbers

Thought by the Pure Mind. On the

Other hand, the Epicureans

Hold them to be derived

From the curves of a girl’s

Breasts and thighs and buttocks”.

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Cómo el Filósofo dice,

"Los pitagóricos son

de la opinión de que las formas

de las vasijas griegas son reflejos

de los números irracionales

pensados por la Mente Pura. 

Por otro lado, los epicúreos

sostienen que se derivan

de las curvas de los senos, de los muslos

y de las nalgas de una niña".

 

La noción pitagórica de que todas las formas visibles son representación de números y leyes matemáticas puede apreciarse en la naturaleza en cosas como el número áureo y la secuencia Fibonacci que aparecen en los patrones de crecimiento de plantas, minerales y animales. De aquí se derivará la noción platónica y también parte de la ciencia moderna de que las matemáticas son el lenguaje del universo y el pensamiento divino es matemático. Todo lo visible es una expresión del número invisible, del arquetipo. Sin embargo, los epicúreos, con su hedonismo racional, en el cual el placer es el sentido supremo de la existencia --placer bajo razón, evitar el dolor: ataraxia, tienen una explicación más aterrizada. La forma suprema es la del cuerpo humano, el garante del placer, y así las formas de los objetos con las que llenamos el mundo son proyecciones o metáforas no de una idea trascendente de belleza sino de la belleza inmanente, de la vitalidad del cuerpo. Por supuesto esta no es una rigurosa dilucidación de estas corrientes filosóficas, sino el travieso juego poético de Rexroth.

La disputa recuerda un poema de Bhartrihari que incluye Octavio Paz en su libro Vislumbres de la India:

¿Para qué toda esta hueca palabrería?

Sólo dos mundos valen la devoción de un hombre:

la juventud de una mujer de pechos generosos,

inflamada por el vino del ardiente deseo,

o la selva del anacoreta.

Pitágoras, quien fundó su escuela ascética en Crotona, representa al anacoreta. Epicúreo, al hombre que siente la devoción al placer simbolizado por una mujer joven de "pechos generosos". Esta disyuntiva existe desde tiempos inmemoriales en la búsqueda del conocimiento y la felicidad, llamada por el poeta simplemente "las dos vías".