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Esta luna llena se celebra también el cumpleaños de Lao-Tse, el gran patriarca del taoísmo

Lao-Tse (o Lao Zi) es sin duda una de los grandes sabios en la historia de la humanidad. Si bien su vida está envuelta en leyendas e incluso algunos académicos dudan de su existencia o de su autoría del clásico Tao Te King 道德经 (conocido popularmente como El libro del Tao), para millones de fieles taoístas su existencia es indiscutible. Más allá de cualquier polémica, este libro es uno de los ejemplos más brillantes de una sabiduría en armonía con la naturaleza y es uno de los textos más leídos en la historia de la humanidad. 

El taoísmo calcula que su nacimiento ocurrió hace 2 mil 587 años y se celebra cada año el día 15 del segundo mes lunar del calendario anual lunisolar de la cultura china. Este año su cumpleaños se celebra este domingo 12 de marzo, día de la luna llena. 

Según cuenta la leyenda, Lao-Tse, cansado de este mundo, desapareció montando un búfalo (o un buey azul) hacia las montañas del oeste, pero antes el guardián de la puerta del oeste lo persuadió de que dejara testimonio de su gran conocimiento; el libro que dejó es el reverenciado Tao Te King (también transliterado Dào Dé Jīng). A partir de este texto, se ha formado toda una escuela de grandes sabios que han buscado la inmortalidad.

Los seguidores del patriarca del daoísmo celebran esta fecha con oraciones, ofrendas y visitas a los templos, entre ellos el 太清宫 Tài Qīng Gōng en el condado de Luyi, en la provincia de Henan. 

Lao-Tse enseñó en su misteriosa doctrina del Dao (el todo, el camino) a vivir en armonía con el ritmo de la naturaleza, a practicar la virtud, a ir más allá de la lógica racional y a realizar una especie de alquimia interna --basada en la serenidad y en la quietud-- para unirse con el cielo.

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Filosofía

Por: pijamasurf - 03/12/2017

La recuperación en nuestra época de la filosofía estoica nos lleva a ver los fracasos no como causas de angustia, sino como experiencias que debemos comprender como adversidades de nuestra propia vida

En el último medio año ciertos medios han prestado una atención especial al estoicismo, una escuela filosófica con casi 2 mil años de antigüedad cuyos integrantes se preguntaron qué hace virtuosa a una vida. Personajes en apariencia tan disímiles como Séneca y el emperador Marco Aurelio fueron algunos de los filósofos más destacados de esta forma de pensamiento.

Entre otras respuestas los estoicos encontraron que la virtud de la existencia no puede alcanzarse si se ignora la adversidad propia de la vida, y es posible que, paradójicamente, por ese motivo la filosofía estoica cause tanta admiración en nuestra época.

En efecto: culturalmente, nuestro presente proviene de un par de décadas en las que se insistió hasta el exceso en pensar “positivamente”. El llamado “optimismo” se erigió como una especie de obligación de ser feliz, un imperativo que si ya parecía sospechoso por sí mismo invitaba aún más al escepticismo por esa evasión patológica --que lo caracterizó-- de todo lo negativo de la vida. “No te preocupes: sé feliz”, cantaba Bobby McFerrin a punto de entrar en la década de los 90, un estribillo que se repitió de otras maneras en muchos otros ámbitos de la cultura de finales del siglo XX, la época de la “euforia perpetua” según la caracterizó Pascal Bruckner, cuando se instó a esconder debajo de la alfombra de la vida estados de ánimo como la tristeza, el enojo, la decepción o el fracaso.

Ahora, sin embargo, parece que el mundo está redescubriendo el valor de lo negativo en la vida, desde una postura que coincide con la de ciertas premisas estoicas. En especial, parece que después de un par de décadas de vivir en el ensueño de la inmediatez y la facilidad hay quienes se están dando cuenta de que la vida, después de todo, no es precisamente un ready-made, que no es posible vivir sin pagar el precio ni tomar decisiones sin enfrentar las consecuencias de ello, que es mejor aprender de las adversidades que intentar evadirlas, y otras ideas de ese tipo que ya se encuentran en la filosofía de los estoicos.

Entre las varias expresiones de esta tendencia destaca la de Ryan Holiday, un joven escritor de trayectoria singular pues, además de ser un colaborador habitual del New York Observer, fue director de marketing de la marca American Apparel. Holiday, además, recientemente publicó The Obstacle is the Way: The Timeless Art of Turning Trials into Triumph, un libro sobre la filosofía de los estoicos proyectada sobre uno de los mayores lastres de la actualidad: la angustia por el éxito.

Como sabemos –si es que nos hemos dado cuenta de ello– en las sociedades contemporáneas vivimos sumergidos en una obsesión por alcanzar el éxito, la cual, aunque sembrada desde fuera, nos la hemos apropiado, al grado de convertirla en un mandato que nos esforzamos por obedecer aunque ya ni siquiera sabemos quién nos lo impuso.

El problema, sin embargo, es que en el modo de vida auspiciado por el capitalismo dicho éxito nunca se alcanza realmente. Siempre hay más por hacer, más dinero por ganar, más mercancías por consumir, más puestos de trabajo hacia los cuales escalar, etc. Y esa es la fuente de la angustia, pues el ser humano se encuentra entonces entre una obligación que lo lleva hacia algo que es por definición inalcanzable y quizá incluso inexistente o imposible.

En este contexto, Holiday retomó el pensamiento de los estoicos para sugerir una posible salida al laberinto pesaroso de esta angustia: encarar la adversidad para encontrar el sentido que tiene dentro de nuestra propia existencia. En otras palabras, tomar cada “fracaso” no como tal sino como un hecho derivado de las circunstancias de nuestra vida, de nuestras decisiones y de nuestras omisiones.

¿Cuál es la ventaja de este cambio de perspectiva respecto de los “fracasos”? Entre otros, que así podemos deshacernos, poco a poco, de un término que proviene desde el exterior y que tiene implicaciones concretas. Fracasar, para muchos, implica sufrimiento, dolor, tristeza, miedo y, por encima de todo esto, inmovilidad. El fracaso paraliza porque se experimenta como algo que no se entiende, en buena medida por el origen mismo de la noción: ¿cómo entender algo que ocurre dentro del marco de nuestra existencia con una categoría tan general concebida en el exterior?

Entender el fracaso como un hecho de nuestra vida nos plantea otro tipo de obligación o, mejor dicho, de responsabilidad, y no para con un sistema o un agente exterior sino simplemente para con nosotros mismos. Abrazar las experiencias adversas como parte de nuestra vida y, en especial, de nuestra formación como personas; discernir qué de esa adversidad podemos resolver y qué escapa a nuestro margen de acción.

Aceptar, como los estoicos, que la vida siempre ha tenido sus adversidades y que ante éstas lo verdaderamente importante es responder a esas circunstancias, hacer algo respecto de nuestra propia existencia.