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La tradición del autoconocimiento, vigente durante varios siglos, se ha convertido ahora en materia prima de la sociedad del espectáculo en que vivimos

En nuestra época, el conocimiento y el cuidado de sí han perdido la importancia que habían tenido más o menos desde tiempos de la Antigua Grecia y hasta los días de Sigmund Freud, Carl G. Jung y otros filósofos y pensadores no menos importantes. Durante más de 2 siglos, ambas posturas frente a la existencia –conocerse y cuidarse– habían sido entendidas como elementos imprescindibles en la construcción y consecución de una vida plena.

De los dos, el cuidado de sí terminó por imponerse sobre el conocimiento de sí, pero bajo una forma muy específica: capturado por el capitalismo. Ahora y desde hace algunas décadas, el cuidado de sí se ha confundido con el cuidado personal, y por todos lados se nos insta a cuidar de nuestra salud, de nuestro cuerpo, de nuestra apariencia, pero no libremente, sino en el marco específico del consumo, con mercancías producidas específicamente para dicho fin y, en última instancia, para convertir nuestra propia salud, nuestro cuerpo y nuestra apariencia en mercancías expuestas en el aparador global del capitalismo contemporáneo.

Ciertos discursos nos invitan a tomar agua, a comer sanamente, a hacer ejercicio, pero sólo porque eso implica comprar agua, productos pretendidamente saludables o la ropa más adecuada para ejercitarse. ¿Pero es que el agua debe venderse? ¿Es que lo saludable sólo existe una vez procesado, empaquetado y etiquetado bajo ese calificativo? ¿El ejercicio sólo es posible realizarlo con determinados tenis y playeras que disipan tecnológicamente el sudor? Y una vez que entramos en ese estilo de vida, ¿no tendemos a convertirnos nosotros mismos en productos de esas marcas?

En cuanto al conocimiento de sí, su suerte ha sido diametralmente distinta. Conocerse, ahora, parece un ejercicio relegado al catálogo de las supersticiones anteriores al racionalismo, propio de una época carente de la tecnología necesaria para medir y comprobar cualquier aspecto de la realidad. La invitación a conocerse que se ofrece desde ciertas tradiciones espirituales, filosóficas, psicológicas y del buen vivir, se desdeña por esto mismo, porque proviene de sistemas de pensamiento que la ideología dominante considera superados u obsoletos, en comparación con la pretendida objetividad y precisión de la técnica. ¿A quién le importa ahora tomarse el tiempo de conocerse cuando un test de personalidad o un examen psicométrico nos prometen arrojar inmediatamente la definición de lo que somos?

En una nota miscelánea, el filósofo mexicano Jorge Portilla llegó a escribir que “el hombre es un ser de tal índole que no puede vivir si no comprende su vida”. Si esto es cierto para todos; si todo sujeto, eventualmente, necesita contarse la historia de su propia vida; si, hasta cierto punto, llega el momento en toda existencia en que necesitamos saber quiénes somos, para qué vivimos y qué queremos de la vida, cabría preguntarse por el lugar que esas preguntas tienen actualmente, si es que dicha comprensión de la existencia propia aún está vigente, si aún se ejerce y de qué manera.

Imagen: Linda van Bruggen 

Si antes señalamos la captura que hizo el capitalismo del cuidado de sí para transformarlo en cuidado personal, en el caso del conocimiento de sí es posible hablar de un movimiento parecido. A juzgar por lo que ocurre cotidianamente, por la iteración inconmensurable de imágenes del Yo que mana en las redes sociales, como un torrente o como una hidra, quizá sea posible afirmar que esa necesidad de elaborar la historia propia que antes se buscaba satisfacer en las páginas de un diario personal, en el cultivo de la mente y del espíritu, en la lectura de cierta filosofía (Platón, Nietzsche, Schopenhauer), en la dificultad del diván pero, sobre todo, al hilo de los hallazgos y las adversidades propias de la existencia, es ahora la materia prima de una narrativa homogénea que circula diariamente a través de millones de pantallas.

La vida, parece ser, se vive no para comprenderla o contarla, sino para exhibirla; se le tributa ahora a la maquinaria insaciable de los likes y los shares, al dios inmisericorde de esta sociedad del espectáculo en la que tantos se afanan por figurar y aun destacar, cumpliendo con todos los requisitos impuestos para convertirse en representaciones de sí mismos.

¿Quién tiene tiempo ahora de conocerse? Tan llenos de distracciones como estamos, tan ocupados en la trivialidad del momento, tan ansiosos por ganar el reconocimiento inmediato y fugaz de una buena selfie, ¿a quién le queda tiempo para emprender el camino de conocerse a sí mismo? ¿Para qué hacerlo si es mucho más sencillo tomar videos y fotografías, condensar el estado de ánimo actual en un post de Facebook, vivir bajo la tiranía de la recompensa inmediata? ¿Quién tiene ahora el tiempo, la paciencia o la disciplina para persistir en la tarea inacabable de conocerse a sí mismo cuando a la mano y en este mismo instante está la alternativa de exhibirse a sí mismo?

La historia personal sólo puede elaborarla y contarla el propio sujeto, porque sólo él conoce la suma de circunstancias que lo llevó al momento actual de su existencia. Las redes sociales, sin embargo, nos han habituado a la idea de que todas las historias pueden contarse de cierta forma, bajo ciertas reglas, en el marco de ciertos límites, todo lo cual tiene algo en común: está diseñado a la conveniencia de cierto modo de producción y de consumo. Preferir la exhibición de sí al conocimiento de sí es, en buena medida, participar de ese cautiverio, aceptarlo mansamente.

¿Por qué no pensar que la historia propia podría convertirse en una obra de arte, en un mural, en una sinfonía? ¿Sólo porque poder hacer eso requiere más tiempo y esfuerzo que lanzar un tweet o publicar una fotografía en Instagram? ¿De verdad no tenemos tiempo ni recursos para hacer más en nuestra vida de lo que ya hacemos?

 

Imagen principal: arnoldart

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Los sueños lúcidos pueden usarse para disolver el ego y la separación y familiarizarse con la idea de que la vigilia es también un sueño

Hace unos meses publicamos una nota sobre un experimento muy específico que los soñadores lúcidos pueden hacer, el cual fue sugerido por el maestro budista Alan Wallace, para probar que existe cierta conciencia incluso en el sueño profundo e investigar la naturaleza de la mente. Ahora compartimos aquí una práctica, que se deriva de un sueño lúcido del mismo Wallace, con la cual podemos aprender a disolver la percepción egocéntrica del mundo y empezar a experimentar la realidad como una manifestación del poder creativo de la mente que trasciende toda fijación o límite (una conciencia que fluye sin un yo).

Durante una participación en un panel sobre sueños lúcidos (que incluía al doctor Stephen LaBerge, una eminencia en el tema), Alan Wallace contó un sueño, uno de sus primeros sueños lúcidos. Dice que estaba en un comedor de los 50 cuando cobró lucidez, y con el sentimiento de euforia que caracteriza el entrar en el estado de lucidez, saber que estamos soñando, se acercó a cada uno de los comensales y les anunció que era un sueño, que estaban en su sueño. Pero estas personas, que existían en el espacio de su mente, "en mi propio holodeck" (la referencia es a Star Trek), no se interesaban por saber esto, seguían involucrados con sus hamburguesas y bebidas. "Eso me sorprendió mucho, pensé 'este es mi sueño. ¿No sabes que este es mi sueño?'... Estos individuos que conformaban la 'sociedad de mi mente', aunque yo estaba lúcido, actuaban de maneras impredecibles".

Wallace señala que "en un sueño no lúcido, las personas parecen radicalmente otras", nos atraen, nos atemorizan, etc., pese a que todos surgen de nuestra mente. Pero incluso en un sueño lúcido este efecto de otredad y separación se puede mantener:

Cuando te despiertas en un sueño de todas maneras te puedes identificar más contigo mismo, con tu persona onírica y te preguntas por qué los demás no responden a ti, como en mi sueño... pero cuando maduras en la práctica del yoga de los sueños aprendes a cortar los tentáculos de la identificación y te das cuenta de que esta persona aquí y estas otras, todas surgen de la misma base, y todas son igualmente yo.

Así uno puede desplazar el centro de atención en un sueño lúcido de la primera persona hacia otras, notando que todas surgen de la misma base, que tienen la misma sustancia. Lo interesante de esto es que puede aplicarse a la vigilia, que desde la perspectiva de la mente iluminada, según el budismo, también es como un sueño, en tanto que todo surge del sustrato de la mente.  

Dice Wallace que si uno relaja el hábito de identificarse, de aferrarse a la propia persona, y en general suelta toda reificación, así entonces, tomando la perspectiva de la mente búdica, todas las apariencias de la vigilia también son una expresión de la propia mente, de la conciencia primordial: "Aquí convergen todas las tradiciones místicas del mundo. Al soltar esta identificación, uno ve que todos son tú".

Para poder aplicar esto evidentemente es necesario ser capaces de tener sueños lúcidos frecuentemente. Una vez que se tiene la lucidez en el sueño entonces se debe recordar el plan de investigar la realidad de los diferentes participantes en el sueño y buscar desplazar la perspectiva, para ver desde aquello con lo que nos encontramos --algo así como ponernos en sus zapatos; al hacerlo seguramente descubriremos, como dice Wallace, que todos son yo, pero que ese "yo" no está en ninguna parte, está vacío.

Aquí un poco de bibliografía para para empezar a practicar:

Dalái Lama, F. V. (2009). Dormir, soñar y morir: una exploración de la conciencia

Holecek, A, S. L. (2016). Dream Yoga: Illuminating Your Life through Lucid Dreaming and the Tibetan Yogas of Sleep.

Katz, M. (2011). Tibetan Dream Yoga: The Royal Road to enlightenment.

Leberge, S. (2009). Lucid Dreaming: A Concise Guide to Awakening in Your Dreams and in Your Life.

Norbu, C. N. (2002). Dream Yoga and the Practice of Natural Light.

Wallace, A. (2012). Dreaming Yourself Awake: Lucid Dreaming and Tibetan Dream Yoga for Insight and Transformation

Wangyal, T. (1998). The Tibetan Yogas of Dream and Sleep.

 

Twitter del autor: @alepholo