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John Goodenough inventó una batería con base en cristal que supera en funcionamiento a cualquier otra creada con anterioridad

John Goodenough, de 94 años de edad, y un grupo de investigadores de la Universidad de Texas en Austin –EEUU–, inventaron una batería con base en cristal que supera en funcionamiento a cualquier otra creada con anterioridad (incluyendo la batería de iones de litio que Goodenough inventó en la década de los 80, la cual dio vida a tecnología como teléfonos inteligentes, computadoras portátiles, cepillos de dientes eléctricos y otros gadgets electrónicamente recargables). 

El nuevo invento de Goodenough es capaz de almacenar tres veces más energía que cualquier batería de iones de litio. De acuerdo con el Institute of Electrical and Electronic Engineers (IEEE), la nueva batería reduce el riesgo de quemarse y es capaz de recargarse en cuestión de minutos –en lugar de horas. 

La importancia de este invento reside en la relación frente a la energía tradicional, la cual se basa en el consumo de carbono, petróleo y gas natural. Contar con una tecnología renovable capaz tanto de almacenar energía en cantidades efectivas como de reducir el impacto en el medio ambiente implica un desarrollo significativo a favor de la ciencia y tecnología, en especial si se considera que las energías renovables disponibles dependen inicialmente de la disponibilidad de la naturaleza. 

Goodenough explica que la creación de esta batería podría poner en peligro a la industria energética, pues si las baterías se vuelven más asequibles, efectivas, seguras y de recarga más rápida, las industrias del carbón, petróleo y gas natural entrarán en crisis, tanto que incluso la IEEE se ha llegado a cuestionar si esta nueva batería de cristal podría acelerar el fin del aceite. 

Hay quienes aseguran que Goodenough es el nuevo Nikola Tesla, logrando que sus investigaciones cambien el rumbo de la tecnología y el consumismo de las sociedades mayoritariamente occidentales. 

En nuestro mundo, no tener un teléfono celular parece una aberración, pero quizás esto merezca repensarse

Hoy en día todos tienen un teléfono celular; negarse a tener uno es un acto menor de subversión que puede leerse como condena a la marcha del mundo dominado por la tecnología y lo que Tim Wu ha llamado el mercantilismo de la atención. De alguna manera no tenerlo es una forma de aislamiento (al menos eso es lo que nos han hecho creer las grandes compañías) pero a la vez es claramente una afirmación de que el propio tiempo, la concentración y el mundo no mediado son más importantes.

El profesor de filosofía Philip Reed, quien nunca ha tenido un teléfono celular, propone tres buenas razones para no tenerlo.

 

1. Costo

Esta es autoevidente. No tener un teléfono celular significa no tener que pagar un plan mensual, roaming, impuestos, y aniquila la posibilidad de que nos seduzcan con la posibilidad de actualizar nuestro aparato por el nuevo que está de moda. Como dice Reed, llama la atención que muchas personas en Estados Unidos pagan unos 75 dólares al mes de manera automatizada sin jamás cuestionarse que hace menos de 15 años esto hubiera parecido inconcebible e innecesario, pero ahora asumimos que es necesario.

 

2. El medio ambiente

La manufactura de los teléfonos móviles (especialmente los metales raros con los que se fabrican), el poder y la energía que consumen para cargarse y transmitir llamadas produce importantes niveles de emisiones de dióxido de carbono. Por otro lado, la obsolescencia programada de algunos de estos aparatos hace que se crea que sólo sirven por un par de años y un importante número de aparatos perfectamente funcionales acaban antes de tiempo en los basureros, esparciendo sustancias tóxicas a la tierra y al agua.  

 

3. Los teléfono celulares nos mantienen en constante comunicación con personas que no están

Esta es la razón que según Reed realmente lo mantiene convencido. Y aunque puede ser la más egoísta, integrada al panorama global es bastante racional. Reed explica que su razón para rehusarse a tener un celular es justamente la opuesta a la que motiva a las demás persona a tenerlo:

Simplemente no quiero la habilidad omnipresente de comunicarme con cualquiera que está ausente. Los celulares ponen a sus usuarios en constante llamado, constantemente disponibles, y aunque esto puede ser conveniente y liberador, también puede ser una carga abrumadora. La carga viene en la forma de una sensación de obligación a los individuos y a los eventos que están físicamente en otra parte. Cualquiera que ha checado su teléfono durante una conversación cara a cara entiende la tentación. Y cualquiera que ha hablado con alguien que ha checado su teléfono entiende lo que está mal con esto.

En cierta forma la tecnología celular que nos conecta con todo el mundo todo el tiempo es también la tecnología de la desconexión con aquello que está aquí, ahora. Mientras que la comunicación se vuelve omnipresente, nuestra presencia se dispersa y difumina. Estamos en todas partes, pero en todas estamos fragmentados. "Comunicarse con alguien que no está físicamente presente es alienante, obliga a la mente a separarse del cuerpo". Aquí Reed toca una fibra muy profunda que merece explorarse: ¿cuánto estamos perdiendo en comunicación no verbal, comunicación intuitiva, emocional, no cerebral, ligada a otros sentidos, empatía, capacidad de sentir el momento en toda su plenitud y sutileza?