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Este artista turco transforma escenas clásicas del cine en antiguas pinturas otomanas

Arte

Por: PijamaSurf - 04/17/2017

Este increíble trabajo transporta a personajes memorables de la pantalla grande a preciosas pinturas en miniatura

El ilustrador y artista turco Murat Palta comenzó hace un tiempo a realizar estas preciosas ilustraciones basadas en escenas de famosas películas con el estilo que caracteriza a la miniatura otomana.

Por Fethullah Çelebi Arifi (Historiador, poeta y pintor) y/o Matrakçı Nasuh (pintor y paisajista) y/o otros pintores en la corte de Sultan Suleiman, el magnífico -Süleymanname MS. H. 1517, f. 149a, Topkapi Lib. Estambul; escaneado de la reproduccion de "A story of history" de Arnold Toynbee, dominio público

 

Este estilo se remonta al imperio otomano. Antiguamente, las pinturas en miniatura no solían tener la firma de su autor; de hecho, eran producto del trabajo colectivo. Un maestro concebía el orden de las figuras, la perspectiva y composición general de la escena; luego, sus discípulos ejecutaban el trazo con tinta negra y más adelante otro grupo terminaba de colorearlo.

Para esta tradición la perspectiva es entendida de un modo muy diferente, pues la sensación de aplanamiento de los personajes, fondos y objetos es a propósito. Un mismo cuadro puede representar, como vemos en estos ejemplos, distintos momentos y lugares.

El rechazo a una representación completamente realista se explica por la visión del sufismo, una forma mística del islam que fue ampliamente practicada durante el imperio. Para sus devotos las figuras de todos los seres, vivos y no vivos, era inestable y se encontraba en constante cambio, por lo que no valía la pena gastar tanto esfuerzo en representarlos con exactitud.

 

 

En 2011, Palta realizó su primera miniatura con este estilo utilizando a personajes y entornos de Star Wars, todo como parte de un experimento para su tesis, en el que se proponía mezclar la tradición oriental con el cine occidental contemporáneo. Fue tal el éxito obtenido que decidió continuar con el experimento y pintar a otros personajes clásicos de la pantalla con este estilo.

 

Star Wars

 

 

La naranja mecánica

 

 

Alien

 

 

 

Buenos muchachos

 

 

 

El origen

 

 

 

Kill Bill

 

 

 

 

Pulp Fiction

 

 

 

Scarface

 

 

 

Terminator II

 

 

 

El padrino

 

 

 

El resplandor

 

 

 

¿Qué otras películas te gustaría ver como miniaturas otomanas?

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Por: Psicanzuelo - 04/17/2017

‘El libro de cocina del alquimista’ (Joel Potrykus, 2016) y ‘Jamie Marks está muerto’ (Carter Smith, 2014) son cintas que cabalgan el género de terror sin realmente montarlo; más bien, elaboran exploraciones estéticas más profundas sobre la condición humana

En El libro de cocina del alquimista/The Alchemist Cookbook (Joel Potrykus, 2016) Sean (Ty Hickson), un chavo afroamericano, vive en un camper en medio del bosque de Michigan. En un inicio no es seguro si él “cocina” cristal o hace algún ritual de magia, poco más tarde entendemos que sucede lo segundo pero no deja de ser opción lo primero. Cortez (Amari Cheatom), quizás su único amigo humano (porque también tiene un gato, como todo mago), lo visita y se hace sándwiches con jamón y mostaza; no queda claro qué tipo de medicinas debe traerle porque se las trae a veces, hasta que cierto día no las trae, y los problemas de Sean crecen. Pronto sabemos la misión del alquimista, que es invocar a un gran demonio para que le ayude a materializar oro puro, en un ritual que usa fuego, figuras geométricas trazadas y palabras pronunciadas en la oscuridad de la noche. El hechizo tendrá sus fallas, que no dejan de recordar el humor macabramente endemoniado de El día de la bestia (Alex de la Iglesia, 1995).

Joel Potrykus (Buzzard, Ape) ha demostrado lo que puede hacer con un par de dólares anteriormente, con cintas minimalistas sin presupuesto hechas con la única ayuda de su cámara DSLR, con escasa iluminación; eso sí, con enorme alma punk, donde el personaje central es lo más importante, luchando contra un sistema que todo lo abarca. Potrykus menciona que The Alchemist Cookbook es una especie de Despertar del Diablo (Sam Raimi, 1981) pero dirigida por Jim Jarmusch con influencia de Haneke, usando algunas letras de los Pixies como diálogos de brujería.

Y es que nunca deja de haber una actividad notablemente desarrollada, profunda e interesante, tanto en forma como en fondo, en el cine norteamericano independiente; esto gracias a que esta potencia mundial cuenta con una gigante y poderosa industria cinematográfica. Un cine que no vive de apoyos gubernamentales, que es un negocio muy rentable, lo que no ocurre en países como México. Así, a la sombra de un gran sauce crecen bonitas parcelas experimentales, notoriamente expresivas, donde se cuece el futuro del cine. En el caso de El libro de cocina del alquimista, podríamos decir que es un producto cultural que indaga sobre cuestiones profundamente americanas, ciertas clases sociales y psicología del primer mundo. Pero en el fondo es inclasificable, brillante sin dejar de generar ansiedad, como todas las grandes obras de arte que no se entregan a un género preciso y que buscan algo más, son conscientes de sí mismas como vehículo de ideas. Potrykus menciona también en otra entrevista que su más reciente película es distinta a las anteriores; el equipo fue mayor a cinco personas contando a los actores, con equipo grande de iluminación y fotografía (Arri Alexa, etc.); en ello ha tenido que librar batallas personales teniéndose que perdonar por estar traicionando la causa, pero eso es lo de menos, lo que es de más es el resultado y se agradece que aun ahora arriesga quizás todavía más que antes. ¿Podría ser catalogada como cinta de terror?, ¿drama de adicciones?, ¿comedia fantástica? No lo creo.

Llama la atención otra cinta independiente norteamericana titulada Jamie Marks está muerto/Jamie Marks is Dead (Carter Smith, 2014) de entrada por su música original compuesta e interpretada por Francois Eudes Chanfrault (Alta tensión, Al interior), que había colaborado anteriormente con algunas cintas de la nueva ola del denominado cine de terror extremo francés, de excelente manufactura y maravilloso contenido, que nos impactó en la década pasada. La música de Eudes es ambiental, parte del diseño sonoro no sólo es música, y con notas de piano por momentos que nos cambian de dimensión, de lo psicológico/metafísico a la vida “real” donde ocurre todo; gracias a la música funciona la trama. En una cinefotografía que recuerda el sleeper Invierno profundo (Debra Granik, 2010), con esos tonos fríos, azules, pero de luz suave, contrastes varios en encuadres de alta profundidad gracias a la luz incidente en fondos, que contrasta con las luces verdes provenientes de fuentes reales de noche, faros, focos, etcétera...  

Adam (Cameron Monaghan), un chico pelirrojo adolescente, queda fascinado con el cadáver de un chavo nerd de su escuela que fue varias veces víctima de bullying, Jamie Marks (Noah Silver), al mismo tiempo que Gracie (Morgan Saylor), una chica freak pero bonita, con su look grunge, le rinde homenaje al muerto con respetuosos altares. La policía no sabe si se trata de un asesinato o de un suicidio, pero el fantasma de Jamie se hace parte de la vida íntima de Adam; entre penumbras se acerca cada vez más a él, que tiene que elegir entre el mundo de los vivos y el de los muertos.  

El director de la cinta, Carter Smith, fue fotógrafo de moda previamente a estrenarse como director de cine con la película de horror que ocurre en tierras ancestrales mayas, Las ruinas (2008), pero ello tiene cierta lógica, por la manera como trata visualmente sus secuencias. Adaptando una popular novela para adolescentes, como en la mayoría de las buenas películas, Smith explora temas sociales, en este caso la homosexualidad reprimida, el Edipo y su solución, porque Adam tiene que trascender sus impulsos sexuales para adentrarse en la vida de numerosos fantasmas parte de la comunidad; tiene que trascender la relación que tiene con su madre (Liv Tyler) y encontrar en Gracie un complemento.

Las dos cintas, tanto El libro de cocina del alquimista como Jamie Marks usan símbolos para explorar psicologías y sociologías, a fin de cuentas explorar a profundidad un tiempo y un lugar, como en el mejor cine de terror o ciencia ficción, pero se alejan de ser una cinta de género, porque no es su función asustar; de hecho, no están echas para eso, son películas de reflexión con un trabajo estético y actoral sobresaliente, envueltas en ambientes que se sienten universos particulares. Ambas cintas utilizan el bosque en un sentido freudiano: eso que acecha, el inconsciente del sujeto, pero también es lo ancestral, que por más tecnología que usemos sigue ahí, oscuro y eterno, aguardando pacientemente.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo