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La relación entre la vida y la energía en la Tierra

Olivia P. Judson en la revista Nature ha compilado una breve historia de la energía (libre) de la Tierra. Esta historia está dividida en cinco épocas que han impulsado la evolución de la vida, con cada época ligada a una nueva fuente de energía que ha transformado la vida. Estas son: energía geoquímica, luz solar, oxígeno, carne y fuego. La energía libre, dice la autora, es un requerimiento universal para la vida, produce el movimiento en su aspecto mecánico y las reacciones químicas que en la biología producen cambios celulares. Hay que notar que esta trayectoria evolutiva parte del supuesto de que la vida surgió en la Tierra y no llegó a la misma del espacio en forma bacterial (teoría de la panspermia). 

En un principio existían dos formas de energía disponibles, la energía geoquímica y la luz solar. Estas dos son energías intrínsecas, una de la posición de la Tierra en el sistema solar y la otra es una propiedad del planeta que ocurre como reacción del agua al basalto y otras rocas, lo cual genera compuestos como el hidrógeno, el metano y el sulfuro de hidrógeno. La Tierra se habría formado hace 4.5 mil millones de años; la autora calcula que la vida comenzó hace más de 3.7 mil millones de años. 

A grandes rasgos tenemos aquí una espiral evolutiva en la que al tiempo del surgimiento de la vida, inicia la utilización de energía geoquímica. A esto le sigue la fotosíntesis anoxigénica, y la entrada a la era de la luz solar. Surgen la cianobacterias y más tarde fósiles de algas; empieza la era del oxígeno. Empieza la era de la energía de la carne; plantas vasculares colonizan la tierra firme; aparece el fuego en la tierra (el fuego necesita tres condiciones: una fuente de ignición, como los rayos en la atmósfera, oxígeno, y combustible); el fuego impulsa la evolución de los homínidos y más tarde se utiliza para generar herramientas y tecnología que a su vez permite utilizar otras formas de energía.

De alguna manera, explican los científicos, los animales tienen una mayor reactividad condicionada, lo cual lleva a cuestionarse sobre una inteligencia similar a la humana

Quizá una de las principales características de la inteligencia humana es la asombrosa herramienta del lenguaje. Sin él, no seríamos capaces de desarrollar ideas ni de transmitirlas mediante la diversidad de idiomas que hemos aprendido a compartir a lo largo de los siglos. Sin embargo, si el lenguaje trata de transmitir ideas, ¿no es cierto que los animales poseen también esta característica, lo cual los calificaría de inteligentes?

Conforme los científicos empezaron a cuestionarse sobre la inteligencia animal, decidieron enseñar a animales como los primates las bases del lenguaje humano. Los resultados han sido contundentes: los animales han aprendido a usar signos para obtener objetos que les interesan, pero no han desarrollado la capacidad lingüística de los niños de 3 años de edad. 

Entre las principales diferencias entre el infante humano y el cachorro animal está la curiosidad, como en la pregunta “¿por qué?”. De acuerdo con los científicos, dicha pregunta marca la toma de conciencia sobre aquellas cosas que se desconocen, así como el desarrollo de la habilidad que justifica acciones y pensamientos. Pone en evidencia la imaginación de un yo en el futuro (y por lo tanto de la presencia del “otro” en una posición similar), lo que resulta invariablemente en la habilidad de la empatía. Esto no se evidencia en la conducta de los animales.

Otra diferencia principal es la habilidad de decir “no”. Los niños comienzan a dar negativas antes de los 2 años de edad; los animales, en general, no poseen esta habilidad. Para los científicos, dar un “no” como respuesta señala una lógica básica de la que los animales carecen, pues reaccionan en la mayoría de las ocasiones por meros condicionamientos clásicos operantes. Los animales no entienden la negación ni la posibilidad, por lo que este fenómeno marca su incapacidad lingüística.

La ética es también otra diferencia entre cachorros e infantes. Esta habilidad normativa es lo que ayuda a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, lo justo y lo abusivo. Los científicos afirman que los animales no comprenden este tipo de conceptos de la conducta moral ni de las emociones complejas. Por ejemplo, los monos capuchinos pueden llorar de frustración, mas no de indignación moral. 

De alguna manera, explican los científicos, los animales tienen una mayor reactividad condicionada, lo cual lleva a cuestionarse sobre una inteligencia similar a la humana. Los animales producen sonidos que expresan sus emociones, y algunos incluso usan signos bajo las características de un condicionamiento pavloviano, pero no son capaces de preguntarse por las causas ni de comprender una negación dentro de los paradigmas lingüísticos humanos. Esto niega las hipótesis sobre un posible desarrollo de lenguaje en los animales. Esto no reduce sus capacidades de sentir el sufrimiento, la alegría, el enojo, la sorpresa, el miedo o el amor, lo cual promueve un vínculo importante con los humanos gracias a la empatía.