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Cómo superar el miedo a lo desconocido según un monje budista

Filosofía

Por: PijamaSurf - 06/13/2017

La compasión es el antídoto al miedo, y el karma un método para comprender su efectividad

Hemos sido testigos y víctimas de cómo el miedo provoca atentados, guerras, actos de intolerancia, discriminación, matanzas, acosos, violencia. Hemos vivido la apabullante reacción del miedo: inmediata, torpe, autodestructiva. Hemos abrazado al miedo como un único modo de vida, olvidando que es tan sólo una alternativa de supervivencia. Hemos sufrido el miedo.

Para Gyalwang Drukpa, director de la Drukpa School of Tibetan Buddhism, el miedo en la actualidad navega entre elementos extremistas, inestabilidad geopolítica y recursos naturales limitados; entre las comparaciones, las inseguridades y la envidia. Sin embargo, ¿cómo combatir el miedo que destruye todo lo bueno que hay en el mundo? La respuesta reside, según Drukpa, en la compasión. 

La compasión es el antídoto al miedo, y el karma un método para comprender su efectividad. Drukpa explica que el karma no es un destino predeterminado ni la aceptación de la injusticia o inequidad, sino el fenómeno de la naturaleza de la causa y el efecto: “El karma significa empoderamiento, y puede ser parte de la solución. El karma nos da un método para combatir miedo, terror, injusticia e inequidad. El karma significa que no estamos definidos por una situación, sino por las decisiones que realizamos”.

Esta idea abre la posibilidad de que un individuo no sólo elija el coraje y la compasión –en vez del miedo y el odio; también reduce la expectativa y la pasividad de que los líderes o gobernadores establezcan la paz. Es decir que una persona, como el lector mismo, puede “construir paz, y es fuerte, es duradera y es genuina”, pero requiere acciones, “un verdadero sentido de urgencia, coraje y mucho trabajo duro”. Porque, para Drukpa:

La paz significa que cada uno de nosotros tiene una obligación de construir un entendimiento mutuo y una obligación a rechazar el miedo. La paz nos requiere no sólo aceptar, sino celebrar las diferencias entre nosotros. El miedo necesita que rechacemos las diferencias. La paz nos motiva a aprehender las diferencias.

Actividades cotidianas como el trabajo en equipo pese a las diferencias físicas, sociales, raciales, religiosas, derivadas de la sexualidad –orientación sexual y de género, sexo…– son actos de paz y de coraje, pues al rechazar la diversidad se elige el miedo y el odio. Drukpa agrega que “estas diferencias no son las que nos fraccionan. Es la diversidad la que nos fortalece. La diversidad es algo que no debería ser tolerado, sino celebrado. Deberíamos darle la bienvenida con curiosidad, iluminación y goce. Esto es lo que el miedo teme”. Y celebrar la diversidad es algo que se puede realizar de inmediato, algo que impacta kármicamente en la construcción de la paz. 

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'El banquete' no termina sin que Sócrates nos brinde una última lección sobre la forma en que el amor nos lleva a querer amar todo lo que suceda en nuestra vida

Una de las últimas escenas de El banquete nos muestra a Agatón, Aristófanes y Sócrates conversando a la luz del amanecer, “cuando los gallos ya cantaban”. Después de comer, beber y conversar (todo intensamente, todo vivamente), ellos fueron los últimos sobrevivientes del festín, por así decirlo. Quien los ve es Aristodemo, otro de los invitados a la comida en honor a Agatón y uno de los varios a quienes el alcohol, el cansancio o la combinación de ambos terminó por vencer. Por un instante, Aristodemo abre los ojos entre su sueño de beodez y mira ahí cerca a aquéllos, todavía despiertos y “pasándose una gran copa de izquierda a derecha”. “Sócrates, naturalmente, conversaba con ellos”, nos dice la narración.

¿De qué habla Sócrates en esos momentos finales del Banquete?:

Aristodemo dijo que no se acordaba de la mayor parte de la conversación, pues no había asistido desde el principio y estaba un poco adormilado, pero que lo esencial era –dijo– que Sócrates les obligaba a reconocer que era cosa del mismo hombre saber componer comedia y tragedia, y quien con arte es autor de tragedias lo es también de comedias.

Según afirman los comentaristas de este Diálogo, no hay otro momento en que Platón profundice sobre esta tesis socrática y, al parecer, ni siquiera lo vuelve a mencionar. Otros le han prestado mayor atención y han querido ver menos una escena circunstancial que la clave para interpretar todo lo expuesto anteriormente.

Si por un momento dejamos de lado los comentarios ya existentes en torno a este fragmento y, a cambio, lo examinamos por cuenta propia, quizá podríamos arribar por nosotros mismos a ciertas conclusiones.

De entrada, consideremos que Sócrates departe con dos poetas, uno trágico y uno cómico –Agatón y Aristófanes, respectivamente. Pensemos también que, en la Grecia de esa época, los autores solían estar consagrados a un solo género, es decir, los poetas trágicos sólo escribían tragedia, los cómicos sólo comedia, los épicos sólo épica, etc. Se trataba, al parecer, de una regla tácita que, por otro lado, podría tener fundamento en la capacidad misma del autor: incluso en nuestros días, lo usual es que un escritor se aboque al género en donde demuestra más habilidad, y cuando prueba suerte con otros, pocas veces el resultado es exitoso.

Sócrates, sin embargo, defiende otra postura. Ante un poeta trágico y otro cómico, él parece representar cierta síntesis dialéctica en donde la tragedia y la comedia se unen, sin mezclarse ni confundirse quizá, pero sí confluyendo en el mismo talento creativo.

Más allá de las interpretaciones existentes, podría ser coherente considerar esta hipótesis a la luz de la teoría sobre el amor que el filósofo recién ha compartido con todos los convidados al Banquete. Si recordamos bien, después de escuchar los elogios a Eros que han realizado los propios Agatón y Aristófanes, Erixímaco, Pausanias y Fedro, Sócrates recurre a las enseñanzas recibidas de Diotima y expone un concepto del amor mucho más amplio que el de sus compañeros de velada. Todos, dice Sócrates, hicieron del elogio un mero listado de cualidades o virtudes de Eros: “todos los que han hablado antes no han encomiado al dios, sino que han felicitado a los hombres por los bienes que él les causa”, dice al iniciar su discurso como una especie de reproche. Sócrates, en cambio, intenta definir la naturaleza de Eros y, grosso modo, nos lo presenta como un “demon” que impulsa al ser humano a vivir.

Dicho así, claro, puede sonar sencillo, y aunque podría agregarse cierta exactitud platónica al respecto, lo cierto es que la idea socrática del amor apuesta sobre todo por la vitalidad, porque sólo viviendo la vida con todo lo que puede aportar nuestro ser, intentando agotar esa vitalidad que, paradójicamente, es inagotable por definición, es cuando podemos decir que estamos realmente vivos. Y Eros es, para Sócrates, el responsable de ello. Eros nos impulsa a vivir nuestra existencia

¿Y esto qué relación puede tener con la tragedia y con la comedia y con la hipótesis de que un autor tendría que ser capaz de escribir ambos géneros? De nuevo en el campo de la interpretación, podríamos pensar la idea en sentido figurado. Podríamos decir que más que a un autor como escritor y poeta, quizá Sócrates estuviera pensando en el ser humano como autor de su propia vida, “guiado por el deseo y el amor”.

Ese ser humano a quien el contacto con Eros vuelve poeta “aunque antes fuera extraño a las Musas”, según defiende Fedro, debería tener el arte suficiente para componer tragedias y comedias en su propia vida, lo cual podría ser una forma de decir que el ser humano debería ser capaz de vivir todos los matices de su vida con el mismo talento, con la misma creatividad, con el mismo ánimo vital con que experimenta unos y otros.

Sócrates, en este sentido, podría estar invitándonos a sacudirnos las categorías con las que a veces nos vestimos (o nos vistieron) para andar por el mundo. No es que haga falta llamarse artista para hacer arte, no es necesario definirse como una persona atlética para hacer ejercicio, no se necesita presentarse como budista para tener compasión por lo demás o creerse culto para leer o escribir. Con cierta frecuencia, esa idea que llegamos a hacernos de nosotros mismos nos impide explorar y probar otros ámbitos de la vida que miramos de lejos y con cierta frustración anticipada por creer que eso no es para nosotros o que nosotros no estamos hechos para eso. 

“Quien con arte es autor de tragedias lo es también de comedias”, nos dice Sócrates, y quizá podríamos releer esa frase para decir que Eros nos hace querer amar por igual lo trágico y lo cómico de la vida, junto con todo aquello que se encuentra entre esos dos puntos equidistantes de la existencia.

 

Imagen principal: Das Gastmahl des PlatonAnselm Feuerbach (1869; detalle)

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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