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La preciosa historia del momento fundacional del budismo zen

Un día el Buda alzó una flor blanca mientras enseñaba dharma a una asamblea de miles de monjes. Shakyamuni (como sería conocido entre los practicantes del mahayana) mostró la flor y guardó silencio. Sólo podemos imaginar la profundidad y la intensidad de ese silencio. Era ese silencio que ha inspirado la frase popular: el silencio es oro. Ese silencio que nos revela que la eternidad está presente en el instante. El silencio y la flor fueron la totalidad de la enseñanza del Buda pero el sermón no se completó hasta que uno de sus más logrados discípulos, Mahakashyapa, sonrió sutilmente ante el gesto del Buda. Ese fue el inicio del zen: en el silencio del Buda, en la flor (que es la sonrisa del silencio) y en la sonrisa (que es la flor del entendimiento) de Mahakashyapa yace la totalidad de la doctrina, la iluminación de todos los budas, siempre disponible en el silencio de la meditación que define al zen.

Podríamos concluir aquí este ensayo y quizás sería mejor así hacerlo, dejar que el silencio y el misterio del gesto transmitan lo inefable. Pero más que una lección de dharma, para lo cual hay ciertamente mejores vehículos que éste, nos interesa aquí recordar una historia, hacer una introducción a la fundación del zen y que ya cada quién luego pueda poner en práctica esto si siente cierta inspiración. Así entonces, podemos explorar y contextualizar el silencio del Buda y su flor de la iluminación.

El episodio relatado se conoce como el Sermón de la Flor, en chino literalmente se llama Niān huá wéi xiào: "Recoge flor, sonrisa sutil". No es parte de los sutras del Canon Pali ni del mahayana sino que fue parte de la tradición oral del zen o chan; su primer registro escrito data del año 1036 en China. Mahakashyapa es uno de los discípulos más famosos del Buda y aparece en numerosos sutras; se le conoce por su gran disciplina ascética. Su nombre, que significa en sánscrito "gran tortuga", tiene un linaje difícil de superar: Kashyapa fue el más viejo de los siete rishis o sabios que descubrieron los himnos de los Vedas al principio de los tiempos y Kashyapa también es el nombre del Buda previo a Gautama Buda según el Canon Pail. Los chinos, sin embargo, hicieron una traducción más poética que interpreta la raíz sánscrita "kas" como "brillar" y "pa" como "beber"; así Mahakashyapa para el zen será el "Gran Bebedor de Luz". Esto es acorde también con una historia que cuenta que al nacer una luz dorada llenó su habitación y entró en su mente. Esa luz es la luz de la transmisión del prajna. Mahakashyapa es quien bebe la luz del Buda, la luz del silencio que es la transmisión directa de un entendimiento más allá del tiempo. La luz que no puede transmitirse a través de las escrituras, sólo puede experimentarse en el silencio. El silencio es el método supremo del conocimiento, de aquello que no puede conocerse en palabras y que trasciende toda relación sujeto-objeto, la gnosis no-dual que es la esencia del estado búdico.

En uno de los textos clásicos del zen, Denkoroku (Crónicas de la transmisión de la luz), el maestro Keizan narra:

Ante una asamblea de 80 mil monjes en el Monte Grdhrakuta [Monte Buitre], el Buda sostuvo una flor en su mano y guiñó el ojo. Nadie en la asamblea entendió lo que estaba haciendo, y permanecieron en silencio. Mahakashyapa sonrió... El Buda sostuvo una flor y mostró que no estaba cambiando. Mahakashyapa sonrió para mostrar que era eterna. De esta forma Shakyamuni y Mahakashyapa se conocieron y sus pulsos se entremezclaron. El entendimiento perfecto y puro no involucra la mente que discrimina, así Mahakashyapa se sentó en meditación y cortó la raíz del pensamiento. 

La tradición cuenta que el Buda dijo en ese momento: "Poseo el Tesoro del Ojo del Verdadero Dharma y la maravillosa mente del Nirvana, y se lo transmito a Mahakashyapa". Mahakashyapa sería el gran patriarca del zen y todos los grandes maestros zen vivirían esta experiencia definitiva, recibiendo el Ojo del Verdadero Dharma, la transmisión directa del estado de iluminación. Shōbōgenzō: El Tesoro del Ojo del Verdadero Dharma sería el titulo de las obras de Dogen, el más grande maestro del zen japonés. En cierta forma todo el sendero no sería más que la resonancia presente de este único acto: el silencio, la flor, la sonrisa... Silencio porque la verdad no puede ser dicha; flor porque cuando se logra comprender todo se percibe como la expresión siempre pura de la verdad, de lo que no cambia; sonrisa porque la alegría es el estado natural cuando se entiende que todo es perfecto, que todo siempre ha estado iluminado y cuán innecesario es esforzarse. 

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En el texto citado de Keizan se describe el episodio de la iluminación del Buda como el prototipo o instante seminal que es actualizado por cada uno de los miembros del linaje:

Shakyamuni vio la estrella del amanecer y se iluminó. Dijo: "Yo y la gran tierra y todos los seres simultáneamente alcanzamos el despertar"... Cuando Shakyamuni se iluminó, la gran tierra y todo los seres se iluminaron. No sólo la gran tierra y todo los seres sino todo los budas del pasado, futuro y presente se iluminaron. Ya que esto es así, no pienses que fue Buda Shakyamuni quien se iluminó. No debes de ver a Shakyamuni como separado de la gran tierra y de todos los seres... Incluso las montañas, los ríos y las miríficas formas que florecen en abundancia, ninguna queda fuera de la pupila de Gautama. Todos ustedes aquí también están establecidos en la pupila del ojo de Gautama. No sólo están establecidos en ella, sino que está implicada en ustedes. La pupila de Gautama se convierte en la carne del cuerpo, se convierte en el cuerpo de cada persona, erigiéndose como un precipicio de 84 mil metros en cada uno. Así entonces no pienses que desde el pasado hasta este momento hubo una pupila de ojo brillante y personas distintas. Tú te comiste la pupila del ojo de Gautama: Gautama es la totalidad de cada uno de ustedes.

Esto lo que nos quiere decir, usando el lenguaje a veces enigmático del zen que busca destruir la lógica dualista con rayos de claridad no-conceptual, es que todos los seres tienen la esencia búdica, que el tiempo realmente no existe y por lo tanto el instante de la iluminación del Buda es la más íntima realidad presente, de la cual sólo estamos separados por constructos mentales dualistas. El ojo del Buda que lo contiene todo es el ojo cuya característica esencial es la visión no-dual, el ojo que ve a todo como buda, todo iluminado. Shakyamuni se ilumina viendo a Venus, pero no como una estrella que está allá afuera, sino como la luz viéndose a sí misma sin distancia ni diferencia. Visión pura. Pura iluminación. O, como dice un maestro contemporáneo de budismo vajrayana, todo lo que se escucha no es más que el sonido de la luz pasando a través de sí misma. Esta es la única transmisión, el mundo y todos los cuerpos: el susurro que hace la luz al pasar a través de sí misma.

Así cuenta Dogen, el gran patriarca de la corriente Soto en Japón, este seminal episodio del cual todo lo demás es sólo un eco:

La autenticidad de la transmisión de este buddha-dharma permanece sin ocultarse a lo largo del tiempo. Hace mucho en la asamblea del Pico del Buitre el Tathagata [el Buda, el que reside en lo real] confió a Mahakashyapa la insuperable enseñanza, el tesoro del verdadero ojo del dharma, la inconcebible mente del nirvana. Este evento fue atestiguado por devas que viven aún hoy en el mundo celestial; no debes dudarlo.

Dogen, quien también recibió esta transmisión directa en su memorable viaje a China, hace énfasis en el encuentro cara a cara:

De esta forma, día y noche el venerable Mahkashyapa atendió cuidadosamente a Shakyamuni, y pasó toda su vida siendo íntimamente iluminado por el rostro del Buda. Por cuánto tiempo ha estado pasando esto va más allá de la comprensión. Debes reflexionar alegre y silenciosamente sobre esto.

Así, el venerable Mahakashyapa hizo una reverencia formal al rostro de Buda Shakyamuni. Los ojos de Buda Shakyamuni se reflejaron en sus ojos, sus ojos se reflejaron en los ojos de Buda Shakyamuni. Este es el ojo búdico; este es el rostro búdico. Ha sido transmitido cara a cara sin interrupción hasta ahora. Esta es la transmisión directa.

Dogen señala que esta transmisión es como "vertir agua en el océano y hacer que se esparza infinitamente, o como encender una lámpara y permitir que brille para siempre". La transmisión directa está ocurriendo en este mismo instante: "Exactamente en este momento los budas ancestros están íntimamente transmitiéndola el uno al otro... Se transmite de viña a viña, sin ser cortada. Se transmite de ojo a ojo, con el ojo abierto. Se transmite cara a cara, con la cara revelada". 

Keizan transmite, en sus Crónicas de la transmisión de la luz, la misma idea de la resonancia presente de la experiencia de iluminación: 

Si prácticas urgentemente el Sendero hoy, Mahakashyapa no ha entrado aún en el Monte Kukkutapada y puede aparecer en Japón, el cuerpo carnal de Shakyamuni está todavía caliente y la sonrisa de Mahakashyapa será nueva otra vez. Si puedes alcanzar ese lugar, tu serás el sucesor de Mahakashyapa, y Mahakashyapa recibirá el verdadero dharma de ti... Sin principio ni final, aniquilando pasado y presente, este es el lugar en el que ocurre la transmisión del Tesoro del Ojo del Verdadero Dharma.

En el origen del zen está su sustento, la práctica fundamental que permite actualizar la experiencia de la iluminación en el presente. Dogen lo dice así: "Debido a que la práctica del momento presente es la práctica de la iluminación, la práctica de la mente principiante es en sí misma la iluminación original". El budismo zen se basa en la práctica del zazen, sentarse a meditar. Esta práctica emula el silencio del Buda y el entendimiento de Mahakashyapa, el entendimiento que está más allá de las palabras y que se refleja en una sonrisa, en una flor que crece después de toda palabra, sin razón alguna, sólo como expresión de la transmisión de la luz. Nos dice Dogen que al sentarnos a meditar no estamos iniciando un camino hacia la iluminación o realizando una tarea que tal vez produzca el fruto del despertar. Al sentarnos a meditar, cuando practicamos zazen ("el arte del no-pensamiento"), eso es ya la iluminación. Ese silencio que está siempre ahí, que no debemos producir sino sólo reconocer como nuestro, es el silencio de todos los budas. 

 

Twitter del autor: @alepholo

*Citas de Dogen tomadas Moon in a Dewdrop, edición de Kazuaki Tanahashi

En su novela 'El idiota', Dostoyevski sugiere que la belleza puede salvar al mundo, pero, ¿qué es la belleza realmente?

A menudo se desestima a la belleza considerándola un lujo o una frivolidad. Algunos incluso sugieren que guiarse por la belleza es un respuesta superficial a la vida. Esto indudablemente nace de no entender qué es la belleza. La belleza no es cosmética, es cósmica. La belleza es esencial para una vida profunda y llena de significado, para una vida que se ocupa del alma de las cosas. La belleza no tiene que ver meramente con un estándar consensual, más o menos idealizado, de lo que es deseable o agradable --no se trata de un canon-- sino con una agudeza de la percepción que alcanza a ver la realidad, tanto en su intensidad directa (que es luminosidad condensada en forma) como en su orden subyacente y su significado  (la naturaleza siempre se está expresando de manera estética y simbólica; como dijo Emerson, "la naturaleza es el símbolo del espíritu"). Es por esto que hay belleza tanto en el placer como en el dolor, en el cielo y en el inframundo (o en el infierno, como supieron Dante, Milton y Blake). Todo esto es bello, como intentaremos elucidar aquí, porque nos acerca a contemplar ya no solamente la belleza de un cuerpo o la forma pura, sino un principio que anima un cuerpo, una idea, un arquetipo, una moral e incluso una verdad que encarna en el mundo como forma. La belleza es la seducción de una energía eterna que se llama a sí misma en un juego de apariencias.

La tradición platónica sugiere que belleza, verdad y bien son palabras intercambiables. De la misma manera que la palabra "bonito" en español significa belleza pero tiene la misma raíz que "bueno", en griego la palabra kallos (de donde vienen palabras como calidoscopio o calistenia) tiene la connotación de "bueno" (la palabra hebrea que se usa en el Génesis, cuando se dice "y Dios vio que era bueno", en referencia a su creación, es tov, que también puede traducirse como "bello"). La estética y la ética estarán siempre ligadas, pero también la belleza tendrá un estrecho parentesco con la sabiduría, como sugiere el poeta Keats: "Belleza es verdad; verdad es belleza. Sólo esto sabrás aquí en la tierra y sólo esto necesitarás saber". En esto, siguiendo a Platón: "la belleza es el esplendor de la verdad".

La frase "la belleza salvará al mundo" aparece en la novela El idiota, de Fiódor Dostoyevski. La frase ha sido citada innumerables veces y sacada de contexto, por lo cual es necesario situar al lector. "El idiota" es una referencia al príncipe Myshkin, personaje principal de la novela, el cual, como el mismo Dostoyevski, sufre de epilepsia. En parte es por esto que se le considera idiota, pero también por su inocencia, incluso su ingenuidad. Una inocencia hasta cierto punto infantil, también en el sentido crístico, de hacerse como los niños para entrar al cielo. El príncipe no ha recibido una educación formal, suele hablar sin pensar lo que va a decir y ve con bondad a todas las personas. Esto en un mundo poco sensible (como el nuestro y el de Dostoyevski) puede confundirse como un signo de idiotez, pero podría ser un signo también de inteligencia, de una inteligencia del corazón. Y Dostoyevski así lo sugiere. Tal vez desde la noción mística de que es la ignorancia, el eliminar el conocimiento conceptual, todo lo pretencioso e inesencial de la inteligencia, lo que realmente acerca a la divinidad, por la vía negativa. Hay una honestidad, una desnudez y una inmediatez en el idiota que lo acercan a la luminosa oscuridad del des-conocimiento, como describe Pseudo Dionisio el estado supremo de comunión mística.

En la novela, el personaje de Hipólito dice: "¿Es cierto, príncipe, que dijiste alguna vez: 'la belleza salvará al mundo?'". El príncipe no responde a esto, pero leyendo la novela sabemos que esto concuerda con el carácter del príncipe. La encarnación de la belleza en la novela, la manzana de la discordia, es Natasha Flippovna, de quien se enamoran el príncipe y su rival  Rogozhin. El príncipe Myshkin dice de Filippovna: "es de una belleza prodigiosa, tiene la cara alegre y ha sufrido horriblemente, ¿no es verdad? Lo están diciendo los ojos". Lo importante aquí es que el príncipe ve en la belleza el sufrimiento y siente el deseo, en la belleza, de salvarla (Flippovna es una mujer atormentada, que fue abusada en la infancia por su tutor). Y señala: "si hubiera bondad en ella todo sería salvado". El sufrimiento sin alcanzar a percibir la belleza difícilmente genera compasión. La historia, sin embargo será trágica. Como el príncipe nota, "Roghozin se casaría con ella, y después de una semana la acuchillaría". Los dos tipos de amores son contrastados, el amor compasivo del príncipe y el amor destructivo y egoísta de Roghozin. En Los hermanos Karamazov, Dostoyevski dice: "Lo espantoso es que la belleza es misteriosa como también terrible. Dios y el diablo están luchando ahí [en la belleza] y el campo de batalla es el corazón del hombre".

Aunque la frase "la belleza salvará al mundo" no debe tomarse directamente como la tesis de Dostoyevski, quien como novelista total expresa la diversidad de la condición humana a través de sus personajes, da voz a todo los aspectos del alma humana. Dicho eso, es indudable que este es un tema que atraviesa su obra y que parece estar cerca de su corazón, ya que es algo que en mayor o menor medida encontramos en varios de los héroes trágicos con los que él mismo parece identificarse. La redención del hombre en un mundo en el que el significado se extravía, donde ya se anticipaba la idea nietzscheana de que "Dios ha muerto"... para Dostoyevski, sin lo divino se pierde el sentido de la existencia y en un mundo profano y decadente, sólo la más profunda afirmación del alma, algo radical y extraordinario, puede vindicar la existencia. "El hombre puede vivir sin ciencia, puede vivir sin pan, pero sin belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada más que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí", dijo Dostoyevski. La belleza parece decirnos que hay algo que debemos hacer, algo con lo que debemos unirnos, algo que debemos desnudar que es el sentido más profundo de la existencia. Venus (la belleza) seduce a Marte (la acción). ¿Sin belleza para qué actuar? ¿Si el mundo no fuera bello para qué habría que preservarlo y actualizar la creación con nuestros actos? La belleza instaura un dinamismo en la existencia e impide que la evolución se petrifique, insufla una tendencia volátil en la materia que la lleva al espíritu. 

En Los hermanos Karamazov, la experiencia de arrobo estético, una visión cósmica de la bóveda celestial en todo su esplendor (algo que el mismo Dostoyevski solía hacer: mirar las estrellas con ardor místico), hace que Alyosha entre en un estado de éxtasis que lo lleva a abrazar su llamado como un hombre religioso: "Quería perdonar a todos por todo, y pedir perdón, no para él mismo, sino por todos y por todo, 'como los otros me lo piden a mí', así vibraba su alma". Es la experiencia estética profunda la que detona una transformación ética, una confirmación de los principios más nobles del alma humana. La belleza del mundo aparece como el espejo de la bondad y la magnitud del corazón. 

Dostoyevski se describió a sí mismo como un realista, en el sentido de mostrar "las profundidades del alma humana". Es difícil concebir a otro artista para quien el apelativo encaje mejor, otro artista con una mirada tan amplia y penetrante para descubrir el alma como realidad. Él mismo vivió, en su tiempo en prisión y en sus enfermedades, estas experiencias de las profundidades, de la luminosidad del alma humana en la que se transparenta la totalidad de la creación, pero también el propio abismo de la crueldad humana, el gulag existencial: nada humano le fue ajeno. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, el escritor ruso Alexander Solzhenitsyn, quien ganó el premio por su estremecedor recuento de los campos de concentración del regimen estalinista, dijo:

La sentencia de Dostoyevski 'la belleza salvará al mundo' no fue una frase descuidada sino una profecía. Después de todo, a él le fue otorgado ver tanto, un hombre de una iluminación fantástica. Y en ese caso, ¿el arte, la literatura realmente pueden ayudar al mundo hoy?

Paul Celan supo que era indispensable escribir poesía después de Auschwitz. El príncipe Myshkin nos da una probada del poder salvífico de la belleza, de cómo la enfermedad se convierte en genialidad que penetra lo intemporal:

Pensaba, entre otras cosas, en que en su estado epiléptico había un grado, casi inmediatamente antes del ataque [...] en que, de pronto, en medio de la tristeza, de la bruma, de la opresión espiritual, parecía a veces inflamársele el cerebro y un estallido extraordinario exaltar al mismo tiempo todas sus energías vitales. La sensación de la vida, la conciencia, casi se duplicaba en aquellos instantes que se prolongaban como relámpagos. Alma, corazón, iluminábanse con desusada luz; todas sus agitaciones, todas sus dudas, toda su inquietud parecían amansarse de pronto, sumirse en una altísima serenidad, henchida de júbilo, y unas ilusiones radiantes y armoniosas, llenas de razón y de razones definitivas... Por lo demás, él no se aferraba a la parte dialéctica de su razonamiento, el estupor, la niebla mental, el idiotismo, eran para él la clara consecuencia de aquellos instantes... ¿qué hacer verdaderamente con la realidad? Porque aquello existía, él podía decirse a sí mismo, en aquel segundo, por una suerte ilimitada, que aquel segundo él lo sentía plenamente, y podía incluso valer por toda su vida [...] en ese momento se me hace comprensible esa frase extraordinaria de que "ya no habrá más tiempo".

[...] "¿Qué importa que sea sólo enfermedad, una tensión anormal del cerebro, si cuando recuerdo y analizo el momento, parece haber sido uno de armonía y belleza en el más alto grado --un instante de la más profunda sensación, sobreabundante de alegría y rapto, devoción extática, vida total?".

La belleza redime el sufrimiento, y el mismo sufrimiento es entendido, en su intensidad libre de identidad, como belleza. Al ver el sufrimiento de la bella Natasha Flippovna, el príncipe participaba en la pasión de Cristo, ese acto de sacrificio que es una obra de arte divina, en la que el sufrimiento del mundo es transmutado en una belleza intemporal, que se vuele disponible en el corazón de todas las cosas. Dostoyevski escribió en uno de sus cuadernos que "el sufrimiento es el origen de la conciencia", una cierta conciencia superior, una conciencia moral, una conciencia que obliga al alma a manifestarse, a crecer por encima de ese sufrimiento, el cual se convierte en la belleza de la sabiduría. Aunque el sentido de la frase que hemos analizado aquí puede interpretarse de otras formas, la interpretación cristiana parece ajustarse al propio espíritu que le imbuyó a su obra Dostoyevski, aunque por supuesto trasciende cualquier exclusividad sectaria. Simone Weil escribió: "En todo lo que despierta en nosotros un sentido auténtico y puro de belleza, ahí se encuentra, en verdad, la presencia de Dios. Hay una especie de encarnación de Dios en el mundo, de la cual la belleza es señal". La frase de Dostoyevski es ampliamente citada entre teólogos cristianos. Joseph Ratzinger hace una glosa de la frase anterior de Weil y de la sentencia del escritor ruso en lo que llama una via pulchritudinis, la belleza como sendero espiritual:

La belleza, ya sea del universo natural o del arte, justamente porque abre y extiende los horizontes de la conciencia humana, apuntando a más allá de nosotros, trayéndonos frente a frente con el abismo del Infinito, puede convertirse en un camino a lo trascendente, al misterio último, a Dios.

[...] La auténtica belleza libera el anhelo del corazón humano, el profundo deseo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, de aspirar a lo trascendente. Si reconocemos que la belleza nos impacta en la intimidad, que nos hiere, que abre nuestros ojos, descubrimos la alegría de ver, de ser capaces de penetrar el significado más profundo de la existencia.

Rumi había dicho "la herida es el lugar por donde entra la luz". Esa luz es la luz de la conciencia, de la gnosis. Lo que despierta la belleza es el deseo de conocer. Sí, la belleza despierta también el deseo de conocer en el sentido bíblico, de disfrutar con el cuerpo, del éxtasis de los sentidos. Pero cuando la belleza actúa en el individuo en toda su expresión, no se detiene solamente en el conocimiento somero, material, en la contemplación de la forma, sino que magnetiza hacia aquello de lo cual el cuerpo es un símbolo --dentro del movimiento de la belleza, de la fulguración de lo fenoménico hay algo que yace inmóvil, el punto de quietud del cual surge la danza del mundo. Es ahí donde conduce: la belleza se convierte en amor para llevarnos a la sabiduría --siendo amor y sabiduría las dos alas de una misma ave (el ave fénix, el ave de la inmortalidad); el amor siendo sólo la sabiduría en acción y la sabiduría siendo el amor en silencio (este es el secreto de la unidad de la rosa y la cruz dentro del misticismo cristiano).

En uno de los pasajes más famosos en la historia de la filosofía, la sacerdotisa de Eros, Diotima, le revela a Sócrates lo que se conoce como "la escalera de la belleza", el sentido anagógico (que alza hacia lo divino) de la belleza y del amor:

[Aquel que ha amado un cuerpo bello] debe llegar a comprender que la belleza que se encuentra en un cuerpo cualquiera es hermana de la belleza que se encuentra en todos los demás... Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno solo. Después debe considerar la belleza del alma como más preciosa que la del cuerpo, de suerte que, un alma bella, aunque está en un cuerpo desprovisto de perfecciones, baste para atraer su amor y sus cuidados.

Así tenemos este proceso de transformación que va de lo superficial a lo profundo, de lo grosero a lo sutil, de lo concreto a lo abstracto y de lo particular a lo universal: la iniciación a la cual somete el amor a sus adeptos. El adepto surcando con las alas del alma que fraguó el amor culmina su ascenso:

El que en los misterios del amor se haya elevado hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido en orden conveniente todos los grados de lo bello y llegado, por último, al término de la iniciación, percibirá como un relámpago una belleza maravillosa, aquella ¡oh Sócrates!, que era objeto de todos sus trabajos anteriores; belleza eterna, increada e imperecedera, exenta de aumento y de disminución.

En el Fedón, Sócrates expresa la misma idea: "La locura de un hombre que, al ver la belleza aquí en la tierra, y al ser recordado de la belleza verdadera, se vuelve alado". Debemos entender por locura la manía divina, el éxtasis de procedencia divina, que llama al alma a la contemplación de lo mismo. San Agustín sin duda hace eco del mismo pasaje:  

Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeta a cambio?" (Serm. 241,2)

Si habíamos empezado diciendo que existe una identidad entre la verdad, la belleza y el bien, podemos añadir al amor, en una relación de engendración mutua. Marsilio Ficino comenta al Banquete de Platón:

Y ese aspecto divino, o sea la belleza, en todas las cosas lo ha procreado el Amor, o sea el deseo de sí misma. Porque, si Dios atrae hacia sí al mundo, y el mundo es atraído por él, existe una cierta atracción continua entre Dios y el mundo, que de Dios comienza y se transmite al mundo, y finalmente termina en Dios, y como en círculo, retorna ahí de donde partió. Así que un solo círculo va desde Dios hacia el mundo y desde el mundo hacia Dios; y este círculo se llama de tres modos. En cuanto comienza en Dios y deleita, nómbrase belleza; en cuanto pasa al mundo y lo extasía, se llama Amor; y en cuanto, mientras vuelve a su Autor, a él enlaza su obra, se llama delectación.

Para concluir podemos decir que, en el caso de Dostoyevski, la belleza salva al mundo, despertando una profunda compasión que es lo divino en lo humano y posibilitando una comunión con esa misma divinidad a través del éxtasis (que es un hacerse a un lado del individuo para dejar que irradie lo universal). En Platón la belleza es la salvación del individuo, del alma --aunque sin utilizar un lenguaje mesiánico, la belleza sí tiene una cualidad soteriológica. La belleza, que es en sí misma la naturaleza prístina del alma, inmanta al alma a sí misma, a su altura divina, ayudándole a despojarse de sus vehículos menores, incluso usándolos como trampolines hacia lo realmente significativo y verdadero (el erotismo utiliza el cuerpo y la atracción de la belleza como un imán para trascenderlo: en el amor físico buscamos también la inmortalidad, pero hasta que no nos establecemos en la inteligencia del alma, no comprendemos que la inmortalidad es una realidad espiritual). De aquí que la belleza, en ambos casos, esté en el centro del misterio existencial, sea inseparable de la manifestación de lo divino como mundo, y por lo tanto un recuerdo, una cuerda de regreso, un re-ligar hacia el estado de plenitud en el que lo trascendente se ecualiza con y actualiza en lo inmanente.

 

Twitter del autor: @alepholo