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Con su habitual búsqueda por la libertad, Henry David Thoreau llegó a preguntarse sobre el sentido del trabajo y el afán incansable de productividad que lo rodea, una reflexión sumamente necesaria actualmente

El trabajo es una de las categorías más importantes lo mismo de nuestra época que, en buena medida, de la vida en sí. El trabajo puede ser, al mismo tiempo, fuente de preocupación o de satisfacción, causa de angustia o un medio para transformar paulatina y positivamente la existencia propia e incluso la convivencia social.

Por todo el tiempo que dedicamos a trabajar, por toda la energía y recursos que ponemos en ello, parece necesario y acaso incluso urgente hacer una pausa para reflexionar qué lugar tiene el trabajo en nuestra vida, qué efectos, qué fines perseguimos al trabajar y cómo esto se encuentra en relación con los demás aspectos de nuestra vida.

En sus Diarios, Henry David Thoreau dedicó algunas páginas lúcidas y memorables a la cuestión. Como sabemos, Thoreau adquirió relevancia por retirarse en cierto momento de su vida a los bosques de Walden Pond, Massachusetts, en un retiro que eligió siguiendo una consigna clara:

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida, para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.

En este sentido, Thoreau fue siempre un hombre proclive a la reflexión y el cuestionamiento, especialmente de aquello que se nos impone socialmente y ante lo cual, en ocasiones, parece que el individuo se encuentra inerme, indefenso, con ninguna otra opción más que resignarse a aceptarlo –como la obligación de trabajar.

En un apunte de marzo de 1842, Thoreau escribió:

El trabajador realmente eficiente se da cuenta de que no tiene que colmar su día de trabajo, sino más bien acometer sus labores diarias con un aura de tranquilidad y placer. De esta manera, tiene un amplio margen para relajarse durante el día. Del tiempo, guarda con celo el grano y procura no exagerar el valor de la cáscara. ¿O es que una gallina se sienta a poner el día entero? Puede poner solamente un huevo y, paralelamente, no colecta lo necesario para poner otro. Quien trabaja mucho no trabaja arduamente.

Las palabras de Thoreau –en especial las finales– tocan uno de los rasgos más característicos del trabajo en su forma contemporánea: la productividad, sin duda uno de los supuestos propósitos más perseguidos tanto por empleadores como por empleados, quienes participan –a veces inconsciente o involuntariamente– en una carrera frenética en donde parece que el único objetivo es producir más, siempre más, aunque nadie sepa por qué ni para qué o para quién se produce eso que resulta del trabajo cotidiano.

Es esta una competencia ciega que, entre otros efectos, por sus condiciones mismas no conduce a otro fin más que al cansancio perpetuo, al agotamiento y la decadencia en sentido literal y figurado, real y simbólico: en todo el mundo, miles o millones de personas viven perpetuamente fatigadas, sometidas a una exigencia de producción que no cesa, ni de día ni de noche; o, en otro caso, podemos considerar lo que sucede con los recursos y la vida de nuestro planeta, afectados al punto del colapso debido a la producción sin fin de un sistema económico incapaz de frenar sus procesos.

Ante este panorama, el mensaje de Thoreau se inscribe como una suerte de llamado a la pausa y la reflexión. Dicho con un término significativo dentro del psicoanálisis lacaniano, podríamos pensar mejor aún en una interrupción. Es necesario interrumpir el trabajo, su agotante cadena de producción, su exigencia de ser siempre eficiente y acaso, por encima de todo, el vaciamiento constante de sentido al que nos lleva y que además contagia a otros aspectos de nuestra vida. Como una especie de flujo hiperactivo, el trabajo en su forma contemporánea parece más estar erosionando la vida subjetiva y social del ser humano que, como quería Marx, contribuir a transformarla.

También en Walden encontramos esta breve reflexión, que nos ofrece otro motivo para pensar la manera en que trabajamos actualmente:

La mayor parte de los hombres, incluso en este país relativamente libre, se afanan tanto en artificios innecesarios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida.

¿Para qué queremos la libertad?, parece preguntarnos entre líneas Thoreau. ¿Para desgastarnos y desperdiciar nuestro tiempo? ¿Para trabajar agotadoramente? ¿O para “recoger los mejores frutos de la vida”?

 

El fragmento citado de los Diarios de Thoreau fue tomado de BrainPickings.

Ilustración: A. Dan (de la novela gráfica Thoreau - La vie sublime, realizada en colaboración con Maximilien Le Roy)

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Por qué aceptamos tan fácilmente trabajos que nos enferman, nos endeudan y nos esclavizan?

Twitter del autor: @juanpablocahz

¿Los éxitos profesionales son sinónimos de la felicidad?

Sociedad

Por: PijamaSurf - 06/24/2017

El éxito se ha distorsionado en una noción ilusoria de poder: quien lo tiene, goza de privilegios y felicidad

En las premisas de las sociedades actuales, el éxito profesional es sinónimo de poder y superioridad. Sin embargo, ¿realmente un estudiante de las mejores universidad del mundo es más inteligente o tiene bases éticas mejor formadas que otro de una universidad sin tanto renombre internacional, un padre que se queda en casa a cuidar a los hijos mientras que la madre provee estabilidad económica contribuye menos a la sociedad que uno que trabaja en una compañía con un horario establecido, o una mujer con 200 seguidores en una red social es menos valiosa que otra con 2 mil? De alguna manera, el éxito se ha distorsionado en una noción ilusoria de poder: quien lo tiene, goza de privilegios y felicidad; quien no lo tiene se hipnotiza por los privilegios, aspirando a llegar a tenerlos algún día. 

No obstante, ¿qué pasaría si este tipo de éxito elitista fuera tan sólo una herramienta para manipular el autoconcepto de los individuos? Se dice que una vez que se consiga una serie de logros educativos y profesionales, un puesto ejecutivo en una empresa con deslumbrantes bienes materiales, entonces alcanzaremos la felicidad. Desgraciadamente, las pruebas empíricas de esta premisa han puntualizado que cuando se falla en alcanzar las expectativas materiales la autovaloración de una persona disminuye significativamente, cayendo en el círculo vicioso de la desesperación. 

En la película Only Lovers Left Alive –2013– el personaje de Eve no sólo condena esta “obsesión” sino que también brinda una posible solución, mediante este pequeño soliloquio:

¿Cómo es que has podido vivir por tanto tiempo y todavía no entenderlo? Esta obsesión de ti mismo es una perdida de vida. Podrías invertirlo en salvar cosas, apreciar la naturaleza, nutrir la amabilidad y amistad, y bailar. Has sido muy suertudo con el amor, por cierto, si se me permite decirlo.

De alguna manera Eve, con 3 mil años de existencia, es capaz de observar que tanto el éxito como la felicidad tienen una fuerte base en la filantropía, sabiduría y apreciación de la naturaleza. Es como si cultivar estas cualidades otorgara a las personas un sentido prolongado y profundo de plenitud, lo cual permite enfrentar positivamente las crisis existenciales, las críticas y cotidianas con paz y resiliencia. 

De acuerdo con el psicólogo Erik Erikson, el sentido de la vida se desarrolla en estadios. En la adolescencia, por ejemplo, el estadio se enfoca en crear un sentido de identidad; en la adultez joven, en forjar vínculos íntimos con otras personas; y en la adultez, en reproducirse y proveer al cultivar a la siguiente generación, en ayudar a otros a cumplir sus objetivos y alcanzar su potencial, en mantener al mundo en su continuidad. De modo que el éxito, según Erikson, no se ve a través de la lupa de la presunción material sino del desprendimiento del ego y egoísmo. 

La vida, menciona la psicóloga eriksoniana Emily Esfahani Smith, es exitosa “cuando uno no sólo ve por su propio bienestar, sino también por el de los otros, ya sea mediante la crianza de niños, enseñando a colegas o creando algo nuevo y útil para el mundo”. Reproducir la generosidad de ser se vuelve un legado que les da vida. De lo contrario, la sensación de estancamiento e inutilidad podrían comenzar a habitar nuestra alma, psique y cuerpo. Un ejemplo que menciona Esfahani es tener un rol de proveedor –no forzosamente económico– en alguna comunidad, y así reducir el vacío de la inutilidad social.