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Una tentativa de cosmología budista... Un universo sin principio ni final, cuyo espacio y ámbitos existenciales surgen en relación a la conciencia

En su texto Budismo esencial (Alianza, 2017), Juan Arnau, profesor de filosofía, astrofísico y sanscritista, establece lo que considera que son las cinco premisas sobre las cuales se sostiene en el budismo la idea del cosmos. Hay que mencionar que estas nociones no son directamente enunciaciones del Buda histórico, sino elaboraciones posteriores de filósofos y practicantes budistas (como Vasubhandu en su clásico Abhidharmakosa), basadas en la doctrina del Buda y en las experiencias contemplativas. El Buda, según los sutras del Canon Pali, había declinado responder a 14 preguntas metafísicas o cósmicas, bajo el argumento de que responder a ellas no era útil para la práctica, en tanto que hacían caer en extremos (nihilismo o eternalismo). Posteriormente esto daría fruto en la filosofía madhyamika, el camino medio, que señala que no se puede decir que las cosas sean o que las cosas no sean (el practicante budista debe saber habitar en el terreno de la paradoja: puesto que la verdad no puede ser dicha, es inefable).

A continuación las premisas que Arnau entiende que pueden ser la base de una cosmología budista, la cual es eminentemente moral y mental, más que material:

1. El universo ha existido desde siempre y siempre existirá. Carece de límite temporal, pudiéndose obviar la caracterización de un Creador. No hay aquí una mirada que juzgue ni un soberano que presida vicisitudes de la existencia. Tampoco es necesaria una cosmogonía o génesis del mundo, aunque sí la descripción de las condiciones de finalización de límite especial.

2. El universo carece de límite espacial.

3. El funcionamiento del mundo está regido por una ley que se expresa mediante un dictum: "dado esto, ocurre aquello" (en sánscrito, "asmin sati idam bhavati") y, referida al origen y destino de los seres conscientes, mediante la teoría del origen condicionado explicada en el capítulo anterior.

4. La fuerza gravitante de las acciones [karma] de los seres (con sus estados mentales asociados) configura el espacio y el tiempo cósmicos. Ello tiene como consecuencia una contracción y una expansión periódicas del universo.

5. El universo se estructura, según el principio anterior, en diferentes ámbitos de existencia, que constituyen una jerarquía. Dichos ámbitos de existencia se encuentran asociados a un modo especial de proceder adquirido a través de la repetición de actos y tendencias instintivas semejantes, así como la preservación de determinados estados mentales dominantes, aunque no exclusivos, de cada ámbito.

Hay que hacer algunas anotaciones. Sobre el primer punto, de aquí surge la noción de que el budismo es una religión no teísta. Para precisar: no es teísta en tanto que no habla de un dios creador; el universo es autopoético, no es una cosa ni una entidad, es un proceso dinámico y abierto que se autoorganiza. Por otro lado, pese al esfuerzo de algunos pensadores modernos que buscan secularizar el budismo, el cosmos budista está lleno de dioses, los cuales habitan algunos de los "ámbitos" a los que refiere el punto 5. Estos dioses son, como todos los seres, meras "continuidades de procesos cognitivos" que habitan en otros modos de existir (para el budismo un modo de percibir o conocer genera un mundo donde existir), como resultado de su buen karma y particularmente de sus logros meditativos.

El "origen condicionado" es el motor y la telaraña que mantiene corriendo y reciclándose el samsara. Esto es visualizado con la llamada rueda de la vida, en la cual se muestran los 12 eslabones del origen condicionado o "nidanas", siendo la ignorancia el primer eslabón, la semilla que origina el samsara y produce el ciclo de muerte y renacimiento. Arnau lo define así: "cualquier cosa o fenómeno se origina a partir de otras cosas o fenómenos y depende de éstos, que, además de considerarse causa del hecho producido, son a su vez resultado de otras causas y condiciones". Esta noción es también llamada en sánscrito pratityasamutpada (también conocida como originación dependiente) e implica que cada cosa, en última instancia, depende de todas las demás; por lo tanto, no se puede decir que tenga una existencia inherente. De aquí la noción de vacuidad, que dominaría el budismo mahayana. También de aquí se explica la noción de que el nirvana es el dharma no condicionado y, también, el principio que marca el inicio de la práctica del budismo, que es la renuncia al samsara o lo mundano, bajo el entendido de que simplemente no existe solución a su predicamento (ya que está siempre totalmente enredado con todo, toda felicidad será impermanente) y nunca encontraremos el cese del sufrimiento en el samsara. Paradójicamente, el nirvana no se encuentra más que en el samsara (algo que enfatizará la tradición de mahasiddhas tántricos), pero aquí la diferencia estriba en que el practicante debe identificar aquello que no cambia y no es condicionado, la propia naturaleza de la mente, para poder entender la no-dualidad del samsara y el nirvana.

Los ciclos de contracción y expansión periódicos son equivalentes al pralaya y manvantara de la cosmología hinudista como se expresa en los Puranas y el Mahabharata. La diferencia estriba en que los universos (el budismo sugiere la existencia de innumerables universos) no son considerados actos (o sueños, como se suele decir) de una deidad, sea Brahma o Vishnu, etc., sino que son solamente las fluctuaciones del karma, los espacios acondicionados para la mente, producidos por la mente y sus actos. Recordando que el karma (en su aspecto de condicionante) es siempre la intención o la inclinación mental de un ser consciente. Así, el espacio y los mundos coemergen, indivisibles de los estados mentales. Dice Arnau:

Espacio y tiempo, ámbitos de existencia y evolución cósmica, pasan a considerarse creaciones de los seres conscientes, cuyo destino o disolución dependerá de las evoluciones de sus temperamentos. La gravedad se ha hecho vocación. El cosmos, destino consciente. Hay aquí un cambio radical de perspectiva: el ser no habita en el espacio, sino que el espacio habita en el ser.

Los ámbitos de la existencia que configuran el cosmos budista son el mundo sensual o mundo del deseo (kamadhatu), el mundo sutil o mundo de las formas (rupadhatu) y el mundo inmaterial o mundo sin forma (arupadhatu). El mundo sensual es el mundo en el que habitamos los seres humanos, junto con los animales, los seres de los infiernos y los llamados fantasmas hambrientos (pretas); por encima están los asuras (dioses resentidos, similares a los llamados titanes de la mitología griega) y seis clases más de dioses. Estos seres son dominados por el deseo y el karma que genera el apego a las sensaciones placenteras, dolorosas o indiferentes. El mundo de la materia sutil es similar al mundo de los arquetipos o de las ideas platónicas --cada mundo emerge a partir de un "viento" del mundo superior. Los dioses de este mundo, compuesto por 16 niveles o cielos, son llamados "brahmas". En el mundo inmaterial o no local, los seres "o estados mentales que lo pueblan" viven en profundos estados de samadhi o calma y dicha, sin tener percepciones visuales o auditivas, acaso como en el estado de sueño profundo. Los dioses de este mundo viven por eones en la más completa calma; sin embargo, aún sujetos a la impermanencia, su karma positivo en algún momento se acaba y regresan al ciclo de muerte y renacimiento. Es por esto que en el budismo se habla de la "preciosa vida humana", la cual es considerada superior, ya que la conciencia del sufrimiento sirve como acicate para lograr un estado libre de todos estos ámbitos (que es la budeidad). Además, se tiene acceso al dharma. El budismo mantiene que muchos de los llamados estados de liberación (moksha) de otras religiones confunden el samadhi del mundo inmaterial con la liberación total.  

A los pobladores relativos a estos ámbitos hay que añadir una hueste de seres mitológicos que coexisten con el ser humano e interpenetran otros ámbitos, como las nagas, los rakshas, los ghandharvas y muchos otros que comparte con el hinduismo. El mahayana introducirá el concepto de los campos búdicos (buddhakṣetra), los cuales son como estaciones para bodhisattvas, en los cuales renacen para alcanzar finalmente la liberación. Se hablará de los diferentes campos búdicos de diferentes bodhisattvas, siendo el más famoso el del Amitabha. De aquí también el llamado "Budismo de Tierra Pura".

Por último, hay que mencionar que esta es la visión cosmológica del budismo temprano, basada en lo que se llama la verdad relativa. En la teoría de las dos verdades, avanzada en el mahayana, se habla de que existe una verdad relativa que es la del mundo que experimentamos convencionalmente y una verdad absoluta que es la verdad de la mente despierta o búdica. En los términos de la verdad absoluta, el universo y todas sus manifestaciones son como espejismos o sueños... Como señala Arnau glosando a Nagarjuna: "Nacimiento y muerte son una ilusión, como lo es la distinción entre el mundo atribulado del samsara y el mundo dichoso y sereno del nirvana". Para el budismo tántrico esto queda cifrado en en el entendimiento, bajo la visión pura, de que el universo es el mandala de la deidad, todo es mágica e insustancial aparición. El gran maestro del vajrayana y del dzogchen, Padmasambhava, dirá: "aunque no existentes, los fenómenos aún aparecen".

Llega el momento en el que debemos decidir entre tener razón o crecer espiritualmente, lo cual significa ser capaces de trascender nuestra importancia personal y servir a los demás

El maestro espiritual estadounidense Rudy, autor del bestseller Spiritual Cannibalism, alguna vez dijo: "debes elegir entre crecer o tener razón". Algo similar fue expresado por el filósofo y ocultista Manly P. Hall, quien dijo que "la vida se trata de entender, no de ser entendido". Estas dos frases aparentemente muy sencillas resumen gran parte del dilema existencial de una persona que busca evolucionar espiritualmente, para lo cual es necesario trascender el ego o la importancia personal en favor del bien universal.

No hay duda de que el ego es importante en la consolidación de todo individuo. Incluso para que alguien pueda aspirar a los aspectos más elevados de la existencia, aquellos de la autorrealización o de la liberación, es importante antes haber consolidado y afianzado su seguridad como persona, alimentar en cierta forma su solidez como individuo y cultivar el amor propio. Paradójicamente esto es necesario, si bien luego justamente el siguiente estadio de la evolución dependerá de que pueda abandonar los constructos que le brindan seguridad y disolver su ego, incluso destruirlo en el altar de la compasión, el sacrificio y la entrega hacia algo superior. Pero para alcanzar la totalidad del sí (self), como sugirió Jung, primero es necesario individuarse.

Esta siguiente etapa de la evolución espiritual generalmente se presenta con esta disyuntiva: querer seguir teniendo razón, seguir fortaleciendo nuestra identidad, generalmente llenándonos de cosas que nos dan seguridad, como son los bienes materiales y sobre todo el éxito y el reconocimiento de los demás, o crecer e ir más allá de los los lugares comunes que marca la sociedad como picos existenciales. El ego fue importante para el crecimiento del individuo, particularmente en el paso de la adolescencia hacia la adultez, pero hay un punto en la madurez en el que se convierte en el principal obstáculo para la continuidad del crecimiento, el cual evidentemente deja de ser material (tanto en el sentido de que como adultos dejamos de crecer físicamente como en el sentido de que enfocarnos en el éxito material va en detrimento del crecimiento espiritual). La manera en la que el adolescente (el que crece hacia pero también el que carece de) se consolida es fundamentalmente buscando tener razón, buscando ser entendido, buscando ser admirado y aceptado. La manera en la que crece una persona madura es trascendiendo el deseo de ser admirado y reconocido, poniéndose al servicio de los demás, actuando sin esperar algo a cambio. Este poder brindarse enteramente al otro es de hecho la seña esencial de que ha crecido, de que ha integrado su personalidad y superado la mentalidad pueril que se caracteriza por creer que el mundo gira alrededor de uno, y por lo tanto permite que una persona sea un buen padre o madre. Asimismo esto marca el momento en el que podemos superar las trampas de la razón, de la intrincada mente racional que teje sus laberintos y oculta formas de conocer y comunicarse que son más cálidas e intuitivas, más ligadas al corazón que al cerebro. Al dejar de buscar tener razón todo el tiempo y autoafirmarnos se libera un enorme caudal de energía, una soltura y ligereza que posibilitan la evolución espiritual. El término "evolución espiritual", evidentemente, hace referencia a la noción de que existe una evolución que no es meramente material, que podemos describir justamente como el crecimiento del ser. Para que el ser crezca es necesario dejar de identificarse solamente con una existencia individual separada: crecer en ese sentido es ser más, ir de la conciencia del uno a la conciencia del todo.

Se puede hablar de que actuar compasivamente, con la intención de ayudar a los demás es trascender el ego. Naturalmente, el amor y la compasión trascienden el ego en el sentido de que buscan primordialmente la felicidad de los demás. Pero también se puede hablar de que actuar así, primero buscando entender a los demás para poder efectivamente ayudarlos, en vez de proyectar en ellos nuestros miedos y esperanzas, es de hecho la más alta inteligencia individual: la claridad pura del yo que marcha al matadero para descubrir su infinitud. Una inteligencia que es paradójicamente la destrucción del ego individual a sabiendas de que lo que permite la evolución del ser es aniquilar todos los complejos, hábitos e identificaciones que crean la ilusión de que existimos separados, de que somos un yo sólido, estable e independiente. Uno antepone entender a los demás antes de buscar que los demás satisfagan nuestros deseos porque ha entendido que pensar egoístamente acaba conduciendo al sufrimiento. Así que podemos hablar también de una sublimación del ego (lo que era ilusoriamente sólido se vuelve realmente etéreo e ilimitado), de un acto meta-egoico, que reconoce que su verdadero sí mismo es mucho más grande y noble. Todas las religiones e incluso filósofos como Heidegger coinciden en que cuando dejamos de identificarnos con las pequeñeces y las trivialidades del yo individual que se percibe en conflicto con un universo de objetos, el Ser universal se reconoce y actúa en nosotros. Es por esto que el Buda consideró que la idea más poderosa y sobre todo útil que existe es la del no-yo o anatman, la cual se expresa también como la vacuidad o ausencia de existencia independiente, que a su vez se expresa como la interdependencia de todas las cosas. Un sentido ecológico y no egológico. 

Quien ya no se preocupa por tener o imponer su razón, quien ya no busca la aprobación de los demás, quien ya no actúa para recibir algo a cambio de los demás, quien no se guía por la búsqueda del placer y la evasión del dolor, esa persona es libre y actúa desde la totalidad del Ser. La paradoja de la verdadera libertad es que es siempre una servidumbre, lo individual espontánea e incondicionalmente en servicio de lo universal. Esto es a lo que se refería Rumi cuando dijo que él no sabía lo que iba a hacer en ningún momento, de la misma manera que una pluma no sabe lo que alguien va a escribir con ella; el individuo se convierte en una herramienta para la expresión de la totalidad, en una función de la tendencia natural hacia la liberación de todos los seres.

 

Twitter del autor: @alepholo