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Genial profesor universitario te da el método y la motivación correcta para dejar de procrastinar

AlterCultura

Por: pijamasurf - 08/07/2017

El sencillo pero contundente método para dejar de procrastinar de Jordan Peterson

Uno de los modelos para describir la personalidad de un individuo más utilizados en la psicología moderna es el "modelo de los cinco grandes". Como su nombre indica, este modelo clasifica la personalidad de un individuo en cinco grandes dominios (extraversión, apertura, responsabilidad, cordialidad y neuroticismo). El doctor Jordan Peterson, profesor de psicología de la Universidad de Toronto, ha encontrado que los dos mejores predictores para determinar el éxito de una persona a largo plazo en la vida (midiendo factores cualitativos tanto como cuantitativos) son si un individuo entra mayormente en el dominio de apertura (openness) o en el dominio de responsabilidad (conscientiousness). El apartado de responsabilidad (o la cualidad de ser concienzudo y diligente) está dividido en la cualidad de ser ordenado y en la industriosidad o productividad (siendo la industriosidad un mejor predictor, a su vez, del éxito a largo plazo), por lo cual Peterson considera que procrastinar es uno de los factores que más afectan negativamente el desarrollo y la felicidad duradera de la gente.

Aunque existe un componente genético que marca una tendencia hacia este dominio de responsabilidad, Peterson señala que se pueden realizar cambios sustanciales en dirección de este dominio fundamentalmente creando una estructura de microhábitos que se implementan en servicio de las metas que tengan valor para una persona. Primero se hace una evaluación situacional (dónde estás, a dónde quieres ir) de la cual se deriva una motivación (para los extrovertidos es tener más amigos, para los cordiales es una relación íntima, para los de alta apertura es la actividad creativa, para los neuróticos, seguridad, etc.). Esta es parte esencial de vencer la procrastinación: establecer una meta clara y valiosa. Aquí la idea es desarrollar una visión a mediano y largo plazo de lo que el individuo quiere que su vida llegue a ser. Para esto Peterson recomienda escribirla, ya que al escribir solemos clarificar y ordenar nuestro pensamiento. Idealmente una persona encuentra esta meta en la universidad ("quién quieres ser") y entonces se enfoca en eso, esa es su meta. Peterson mantiene que es importante evitar ser ambiguo y vago en las metas para protegerse y evitar fracasar; si se hace esto, como no se está realmente avanzando a la meta que se desea, en realidad se está fracasando todo el tiempo.

Una vez que se tiene la meta, incluyendo aspectos particulares (cómo te gustaría que fuera tu relación con tu pareja en 5 años, tu salud, tu trabajo, etc.), ésta se descompone en microprocesos o microrutinas que pueden implementarse más fácilmente. Para que estos microprocesos puedan realizarse, se enmarcan dentro de una estructura de recompensas utilizando el sistema de dopamina del cerebro. Los microprocesos dan recompensas en proporción a su asociación con la meta que se ha planteado. Esto funciona produciendo emociones positivas cuando te mueves hacia la meta, a la cual le has dado valor (este valor, a su vez, produce más recompensa justamente por la carga positiva o valor que le has puesto). En otras palabras, estos microprocesos o microtareas son una forma de implementar un sistema de retroalimentación positiva en tu cerebro y en tus actitudes (si te pones metas irrealizables, esto no se logrará; necesitas un constante flujo de recompensas para entrenarte).

Cada mañana especificas tu meta a largo plazo y algo que quieres evitar, metas que sean significativas, que te ayuden a ser feliz de manera sustentable). Para ir en dirección de la meta general, es fundamental crear un horario que permita el cumplimiento de microrutinas; el horario no deber verse como una prisión a la cual debes ajustarte sino con la mentalidad de que es para tener el día que quieres, el mejor día que pudieras tener (tomando en cuenta tu meta). Al establecer esto negocias contigo mismo la proporción adecuada de recompensa y responsabilidad, como si estuvieras negociando con alguien que te importa y quieres, porque de otra manera no funciona, dice Peterson. Y aunque es seguro que no vas a lograr el 100%, un 70% e incluso un 50% es un gran avance. Es importante darse cuenta de que no sueles hacer lo que te dices que quieres hacer, que no eres tu propio sirviente, por lo cual necesitas negociar e ir ganando terreno para mostrar el valor de tu plan.

Como motivación, Peterson ofrece cifras contundentes. En promedio, en Estados Unidos la hora de una persona vale 50 dólares; si se desperdician 6 horas al día (el promedio de tiempo gastado consumiendo medios digitales y demás distracciones) esto representa 2 mil dólares a la semana y 100 mil dólares al año, eso es lo que cuesta la procrastinación. Hay que hacer un cálculo de lo que vale tu tiempo y pensar, ¿le hubieras pagado esa cantidad a alguien por esa hora que pasaste procrastinando? E incluso si asumes que tu tiempo casi no vale nada, Peterson observa el hecho de que cuando desperdicias tu tiempo generalmente lo que ocurre es que te sientes miserable, no entras en un estado de dicha (el gran mito de nuestra época es pensar que no tener que hacer nada, que no tener responsabilidades es lo que determina el éxito y la felicidad).

Otro tip del doctor Peterson es dejar de hacer las cosas que ya sabes que debes dejar de hacer. Seguramente no vas a dejar de hacer las cosas más importantes y difíciles que sabes que debes dejar de hacer, pero puedes empezar por un subconjunto de otras cosas menores que también te puede beneficiar dejar de hacer y que son más fáciles de abandonar. Cuando logres hacerlo, apoyado en tu mismo sistema de recompensa, podrás luego tener más fuerza para intentar las otras. El doctor Peterson señala que la forma en la que un individuo crece realmente es enfrentándose a las cosas a las que le tiene miedo, por lo cual es fundamental empezar a dejar de hacer las cosas que sabemos que nos hacen daño y comenzar a hacer las cosas que sabemos que nos hacen bien (y nos llevan a nuestra meta) pero nos cuestan trabajo o nos dan miedo. Es útil saber que clínicamente se ha encontrado que enfrentar estas cosas fortalece a una persona, y esto desbloquea su potencial y presenta la posibilidad de realmente superar todo aquello que actualmente nos hace sufrir. Realmente no sabes en quién puedes convertirte si empiezas a aprovechar tu tiempo y a invertir en ti mismo.

Llega el momento en el que debemos decidir entre tener razón o crecer espiritualmente, lo cual significa ser capaces de trascender nuestra importancia personal y servir a los demás

El maestro espiritual estadounidense Rudy, autor del bestseller Spiritual Cannibalism, alguna vez dijo: "debes elegir entre crecer o tener razón". Algo similar fue expresado por el filósofo y ocultista Manly P. Hall, quien dijo que "la vida se trata de entender, no de ser entendido". Estas dos frases aparentemente muy sencillas resumen gran parte del dilema existencial de una persona que busca evolucionar espiritualmente, para lo cual es necesario trascender el ego o la importancia personal en favor del bien universal.

No hay duda de que el ego es importante en la consolidación de todo individuo. Incluso para que alguien pueda aspirar a los aspectos más elevados de la existencia, aquellos de la autorrealización o de la liberación, es importante antes haber consolidado y afianzado su seguridad como persona, alimentar en cierta forma su solidez como individuo y cultivar el amor propio. Paradójicamente esto es necesario, si bien luego justamente el siguiente estadio de la evolución dependerá de que pueda abandonar los constructos que le brindan seguridad y disolver su ego, incluso destruirlo en el altar de la compasión, el sacrificio y la entrega hacia algo superior. Pero para alcanzar la totalidad del sí (self), como sugirió Jung, primero es necesario individuarse.

Esta siguiente etapa de la evolución espiritual generalmente se presenta con esta disyuntiva: querer seguir teniendo razón, seguir fortaleciendo nuestra identidad, generalmente llenándonos de cosas que nos dan seguridad, como son los bienes materiales y sobre todo el éxito y el reconocimiento de los demás, o crecer e ir más allá de los los lugares comunes que marca la sociedad como picos existenciales. El ego fue importante para el crecimiento del individuo, particularmente en el paso de la adolescencia hacia la adultez, pero hay un punto en la madurez en el que se convierte en el principal obstáculo para la continuidad del crecimiento, el cual evidentemente deja de ser material (tanto en el sentido de que como adultos dejamos de crecer físicamente como en el sentido de que enfocarnos en el éxito material va en detrimento del crecimiento espiritual). La manera en la que el adolescente (el que crece hacia pero también el que carece de) se consolida es fundamentalmente buscando tener razón, buscando ser entendido, buscando ser admirado y aceptado. La manera en la que crece una persona madura es trascendiendo el deseo de ser admirado y reconocido, poniéndose al servicio de los demás, actuando sin esperar algo a cambio. Este poder brindarse enteramente al otro es de hecho la seña esencial de que ha crecido, de que ha integrado su personalidad y superado la mentalidad pueril que se caracteriza por creer que el mundo gira alrededor de uno, y por lo tanto permite que una persona sea un buen padre o madre. Asimismo esto marca el momento en el que podemos superar las trampas de la razón, de la intrincada mente racional que teje sus laberintos y oculta formas de conocer y comunicarse que son más cálidas e intuitivas, más ligadas al corazón que al cerebro. Al dejar de buscar tener razón todo el tiempo y autoafirmarnos se libera un enorme caudal de energía, una soltura y ligereza que posibilitan la evolución espiritual. El término "evolución espiritual", evidentemente, hace referencia a la noción de que existe una evolución que no es meramente material, que podemos describir justamente como el crecimiento del ser. Para que el ser crezca es necesario dejar de identificarse solamente con una existencia individual separada: crecer en ese sentido es ser más, ir de la conciencia del uno a la conciencia del todo.

Se puede hablar de que actuar compasivamente, con la intención de ayudar a los demás es trascender el ego. Naturalmente, el amor y la compasión trascienden el ego en el sentido de que buscan primordialmente la felicidad de los demás. Pero también se puede hablar de que actuar así, primero buscando entender a los demás para poder efectivamente ayudarlos, en vez de proyectar en ellos nuestros miedos y esperanzas, es de hecho la más alta inteligencia individual: la claridad pura del yo que marcha al matadero para descubrir su infinitud. Una inteligencia que es paradójicamente la destrucción del ego individual a sabiendas de que lo que permite la evolución del ser es aniquilar todos los complejos, hábitos e identificaciones que crean la ilusión de que existimos separados, de que somos un yo sólido, estable e independiente. Uno antepone entender a los demás antes de buscar que los demás satisfagan nuestros deseos porque ha entendido que pensar egoístamente acaba conduciendo al sufrimiento. Así que podemos hablar también de una sublimación del ego (lo que era ilusoriamente sólido se vuelve realmente etéreo e ilimitado), de un acto meta-egoico, que reconoce que su verdadero sí mismo es mucho más grande y noble. Todas las religiones e incluso filósofos como Heidegger coinciden en que cuando dejamos de identificarnos con las pequeñeces y las trivialidades del yo individual que se percibe en conflicto con un universo de objetos, el Ser universal se reconoce y actúa en nosotros. Es por esto que el Buda consideró que la idea más poderosa y sobre todo útil que existe es la del no-yo o anatman, la cual se expresa también como la vacuidad o ausencia de existencia independiente, que a su vez se expresa como la interdependencia de todas las cosas. Un sentido ecológico y no egológico. 

Quien ya no se preocupa por tener o imponer su razón, quien ya no busca la aprobación de los demás, quien ya no actúa para recibir algo a cambio de los demás, quien no se guía por la búsqueda del placer y la evasión del dolor, esa persona es libre y actúa desde la totalidad del Ser. La paradoja de la verdadera libertad es que es siempre una servidumbre, lo individual espontánea e incondicionalmente en servicio de lo universal. Esto es a lo que se refería Rumi cuando dijo que él no sabía lo que iba a hacer en ningún momento, de la misma manera que una pluma no sabe lo que alguien va a escribir con ella; el individuo se convierte en una herramienta para la expresión de la totalidad, en una función de la tendencia natural hacia la liberación de todos los seres.

 

Twitter del autor: @alepholo