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Esto es lo primero que debes hacer para ayudar a que una persona sane, según el psicólogo Carl Jung

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/11/2017

Carl Jung explica lo que un médico o terapeuta (o alguien que quiere ayudar) debe de primero trabajar en él mismo. Curiosamente exactamente la misma recomendación que hace el maestro budista Chögyam Trungpa

Ya sea que nos dediquemos a la medicina o a la terapia o que simplemente tengamos contacto con una persona enferma, en muchos de nosotros surge la interrogante de cómo realmente ayudar a una persona enferma física o psicológicamente (y comúnmente descubrimos que no es fácil dividir una enfermedad mental de una supuestamente sólo física).¿Cómo dirigir nuestra intención de ayudar para que sea realmente efectiva, que no sea estéril o que no sea una proyección de nuestros propios juicios sobre lo que creemos es la salud o lo que creemos que una persona debería de hacer? La clave parece estar en la compasión sincera y en la aceptación de la persona tal como es, paradójicamente, para sanar primero debemos de aceptarla como está, sin querer cambiarla. Comúnmente cuando lidiamos con una persona profundamente enferma, decimos que queremos ayudarla pero no la aceptamos con sus defectos y problemas, así que en realidad no la queremos -aunque digamos que sí. Comúnmente decimos que su dolor nos duele, pero generalmente evitamos abrirnos completamente y sentir genuinamente su dolor como si fuera nuestro, ponemos ciertos límites. Y la persona afectada lo que de alguna manera quiere es ser comprendida en su dolor, que alguien la acepte y la entienda. Esto lo explicó mejor el psiquiatra y psicólogo analítico Carl G. Jung, una persona ciertamente calificada para evaluar la relación entre un paciente y su médico o su terapeuta y los procesos psicológicos que intervienen de parte de ambos. En una conferencia, Jung dijo:

Las personas se olvidan de que incluso los doctores tienen escrúpulos morales y que algunas confesiones de los pacientes son difíciles de asimilar incluso para un doctor. Sin embargo, el paciente no se siente aceptado a menos de que lo peor de él mismo sea aceptado también. Nadie puede hacer esto con meras palabras. Viene solamente de la reflexión y a través de la actitud del doctor para consigo mismo y su propio lado oscuro. Si el doctor quiere guiar a otro o incluso acompañarlo a dar un paso en el camino, debe sentir con la psique de la otra persona. No puede sentirla cuando la juzga. Ya sea que ponga palabras a su juicio o se lo quede él mismo, esto no hace ninguna diferencia. Tomar la posición opuesta y acordar con el paciente de antemano tampoco sirve y lo enajena de la misma manera que la condenación. El sentimiento viene solamente de una objetividad sin prejuicios.

Jung sugiere que hay algo más allá de lo meramente científico y objetivo en la sanación de un paciente, el ser o alma se alimenta de un estado de compasión, comunión y profunda aceptación, de compartir el sufrimiento y entender que está bien sufrir o ser de cualquier forma. Tal vez al quitar el peso de ser juzgados, el ser humano se libera y se abre a la posibilidad de no contraer sus energías y dejar de estresarse. De alguna manera esta apertura libre de juicio del terapeuta o médico brinda significado o sentido a la vida del paciente. Jung agrega que se trata de:

un profundo respeto a los hechos -por el hombre que sufre por ellos y por el predicamento de la vida de ese hombre. La persona verdaderamente religiosa tiene esta actitud. Sabe que Dios ha hecho que sucedan todo tipo de cosas extrañas e inconcebibles y busca de las formas más curiosas entrar en el corazón de un hombre. Así entonces, siente en todas las cosas la presencia de la voluntad divina. Esto es de lo que hablo con objetividad sin prejuicios. Es un logro moral de parte del doctor que no se ve repelido por la enfermedad y la corrupción. No podemos cambiar nada si no lo aceptamos. La condenación no libera. Oprime. Y yo soy el opresor de la persona que condeno -no su amigo o par en su sufrimiento. 

El médico no se resiste a la enfermedad, no la ve como una aberración, como algo "malo" en sí mismo, sino la entiende como parte de la naturaleza. Esta visión es importante porque cuando el paciente también se deja de ver como alguien culpable o estigmatizado por una condición puede dejar de resistirse y dejar de aferrarse a su propia enfermedad -paradójicamente, por ejemplo, obsesionarse con curarse, suele producir el efecto contrario al deseado. Jung luego explica que para que el paciente pueda aceptarse y sentir la apertura de su médico, antes el mismo médico debe de haberse aceptado a sí mismo, haber hecho las paces con su propia sombra, con el lado negativo de su personalidad. 

Pero, si el doctor desea ayudar al ser humano, debe aceptarlo tal como es. Y sólo puede hacer esto realmente si antes ya se ha visto y aceptado tal como es él mismo. Tal vez esto suene simple, pero lo simple siempre es lo más difícil. En la vida real, se requiere del más grande arte para ser simple. Y así, la aceptación propia es la esencia del problema moral, y el examen crucial de la perspectiva que uno tiene de la vida. Que yo alimente al mendicante, que perdone un insulto, que ame al prójimo en el nombre de Cristo -todas estas cosas son sin duda grandes virtudes. Lo que hago en contra del menor de mis prójimos lo hago también a Cristo. ¿Pero qué si descubro que el menor entre todos ellos -el más pobre de los mendigos, el más imprudente de todos los agresores, el Demonio mismo- todos están dentro de mí? Y que yo mismo estoy en un estado de necesidad de mi propia generosidad. Que yo mismo soy el enemigo que debe ser amado. ¿Qué entonces?

Jung utiliza estas analogías religiosas que llevan al fundamento de su psicología que es la integración o individuación. La verdadera salud -más allá de tener esta o aquella otra enfermedad física que de alguna manera son inevitables- es haberse aceptado completamente y dejar de tener miedo de expresar el propio ser. Esto implica reconocer en el propio corazón la totalidad de la existencia, todo el dolor y todo el placer, el mal y el bien. La verdadera individualidad es la totalidad. Esto es expresado de otra forma en la palabra inglesa "health" que tiene la misma raíz que "whole" o que la palabra "holístico", la salud es la integración, ser todo lo que somos. 

Las conclusiones de Jung son notablemente parecidas lo que escribió el maestro budista Chögyam Trungpa Rinpoche, aconsejando a sus alumnos sobre cómo lidiar compasivamente con las demás personas. Trungpa parte del principio que enseña el budismo tántrico de que la naturaleza base de todos los seres es la compasión y la sabiduría -este su estado natural. Partiendo de ese principio uno ve más allá de las manifestaciones someras de una enfermedad y reconoce el principio en común que tiene con la persona. De la misma manera que Jung, Trungpa plantea que el sanador o el maestro espiritual debe de tener un proceso individual muy desarrollado para ser capaz de ir más allá del aferramiento egoísta que se rehusa a sentir el dolor del otro como el propio.

Si el paciente se siente terrible, el sanador recoge esa sensación del malestar del paciente: por un momento siente lo mismo, como si él mismo estuviera enfermo. Por un momento los dos no están separados y un sentimiento de autenticidad ocurre. Desde la perspectiva del paciente esto es exactamente lo que se necesita: alguien que reconozca su existencia y el hecho de que realmente necesita ayuda. Alguien que en verdad vea su enfermedad. El proceso de sanación puede entonces empezar en el estado del paciente, porque se da cuenta de que alguien se ha comunicado con él completamente. Ha habido un mutuo atisbo de un terreno en común. Las bases subyacentes psicológicas de la enfermedad se empiezan a resquebrajar, se disuelven...

En este punto, no hago distinción entre médico y psiquiatras: ya sea que estemos lidiando con el nivel psicológico o físico, la relación con el paciente debe ser exactamente la misma. La atmósfera de aceptación es extremadamente simple pero efectiva. El punto central es que paciente y sanador compartan la sensación de dolor y sufrimiento -la claustrofobia o el miedo o el dolor físico. El sanador se tiene que sentir parte de todo el engranaje. Parece que muchos sanadores evitan tal identificación; no quieren involucrarse con una experiencia tan intensa. En lugar de esto, la juegan de manera desafectada y despreocupada, tomando un perspectiva más de negocios.

Todos hablamos el mismo lenguaje; experimentamos el mismo tipo de nacimiento y exposición a la muerte. Así que hay seguramente un vínculo, algo de continuidad entre tú y el otro. Es algo más que mecánicamente decir "Sí, ya sé, duele mucho." En vez de sólo simpatizar con el paciente, es importante realmente sentir su dolor y ansiedad. Luego puedes decir "Sí, siento el dolor", pero de una forma distinta. Relacionarse con completa apertura significa que estás completamente cautivado por el problema de alguien más. Puede que exista un sentido de no saber bien cómo manejarlo y sólo hacer lo mejor que puedes, pero incluso tal torpeza es una afirmación enormemente generosa. Así que una completa apertura y una perplejidad se encuentran en un punto muy sutil.

Trungpa hace énfasis en el poder de la comunicación que se libera cuando el paciente siente que alguien realmente comparte su dolor, esto opera una suerte de magia sanadora, un rapport, una transferencia positiva que disuelve la enfermedad en el hecho de que nadie se aferra a ella demasiado, porque hay esta apertura que permite fluir.

Si tienes una meta, entonces estás tratando de manipular la interacción y la sanación no puede ocurrir. Debes entender a tus pacientes y motivarlos a que se comuniquen, pero no puedes forzarlos. Sólo entonces puede el paciente -que había estado sintiendo una sensación de separación, que es a su vez una sensación de muerte- empezar a sentir que hay esperanza. Por fin a alguien realmente le importa; alguien realmente lo escucha, aunque sea unos pocos segundos. Esto permite que ocurra una genuina e intensa comunicación. Dicha comunicación es sencilla: no hay truco o compleja tradición que aprender. No es una cuestión de aprender sino de simplemente dejar que suceda. 

Psiquiatras y médicos, al igual que los pacientes, deben de aceptar su sensación de ansiedad sobre la posibilidad de dejar de existir. Cuando hay apertura, el sanador no tiene que resolver completamente el problema de la persona. Ese acercamiento de tratar de reparar todo ha sido en el pasado siempre un problema; tal acercamiento crea una serie de sucesivas curas y decepciones, que van de la mano. Una vez que el miedo básico es reconocido, continuar con el tratamiento es muy fácil. El sendero viene a ti: no hay necesidad de crear el sendero tu mismo. Los profesionales de la sanación tiene la ventaja de poder desarrollarse a sí mismos, al trabajar en una gran variedad de situaciones que vienen a ellos. Hay innumerables posibilidades para desarrollar la conciencia y la apertura. Claro que es más fácil simplemente hacer menos a tus pacientes y a sus predicamentos, pensando que eres afortunado de no tener sus enfermedades. Te puedes sentir superior. Pero el reconocimiento de ese terreno en común -la experiencia de nacimiento, envejecimiento, enfermedad y muerte, y el miedo que los subyace- trae una sensación de humildad. Este es el comienzo del proceso de sanación. El resto parece seguir fácil y naturalmente, basado en la compasión y sabiduría inherentes. Este no es un proceso particular místico o espiritual; es la simple experiencia humana ordinaria. La primera vez que intentas acercarte a alguien así puede ser difícil. Pero se hace ahí mismo [sin pensarlo demasiado].

Y, finalmente, ¿qué significa cuando decimos que un paciente ha sanado? Sanar, irónicamente, significa que una persona ya no se avergüenza de la vida; es capaz de enfrentar la muerte sin resentimiento o expectativa.

 

 

Chögyam Trungpa Rinpoche, consciente de los peligros pero también de las cualidades del alcohol, escribe sobre cómo utilizar alquímicamente esta sustancia, algo que sólo puede hacerse con cierta madurez y dominio de la atención

Chögyam Trungpa Rinpoche fue el maestro tibetano que primero trajo el budismo tántrico a Estados Unidos. Trungpa fundó una universidad (Naropa, en Colorado), fue maestro de importantes artistas y celebridades (entre ellos Allen Ginsberg) y, como quizás ningún maestro budista antes ni después, entendió la mentalidad occidental y acopló a ella las profundas enseñanzas del vajrayana (budismo tántrico). Trungpa dominó con sutileza el inglés, experimentó con la pintura, la poesía y los arreglos florales, se vistió como un elegante dandy (generalmente de traje) e incorporó algunos de los hábitos de la sociedad occidental -como fumar y beber alcohol. Aunque esto ha sido sumamente controversial, sus alumnos -algunos de los cuales son destacados maestros budistas actualmente, como Pema Chödrön- mantienen que todo eso fue sólo un medio hábil para poder vincularse de manera más íntima con ellos, para establecer un puente comunicativo entre la mente sublime de un maestro realizado y jóvenes estadounidenses confundidos por el materialismo espiritual y los fatuos sueños de una estéril revolución psicodélica.

El texto que presentamos a continuación aparece como el décimo capítulo del libro The Heart of the Buddha: Entering the Tibetan Buddhist Path. Hay que precisar que este texto contiene una gran sutileza y está lleno de ironía, por lo cual debe leerse con cuidado, no tomarse literal, y reflexionar en torno a él. Trungpa escribió esto hace unos 40 años; sin duda, los hábitos han cambiado. Los millennials, por ejemplo, al parecer beben menos y tienen también menos sexo. El alcohol como lubricante social quizás ya no tiene el mismo protagonismo -hoy se utilizan las redes sociales para crear esta primera apertura. En Estados Unidos, los jóvenes parecen preferir fumar marihuana a beber alcohol (beber alcohol es más peligroso para la salud, y provoca muchas más muertes) (pero, paradójicamente, las personas que beben alcohol viven más en promedio que las que no beben nada de alcohol). Por otro lado, el alcohol ha sido utilizado por innumerables culturas dentro de un contexto ritual o festivo, y ha sido laudado y exaltado por grandes artistas, místicos y demás. El alquimista y erudito mallorquín Raimundo Lulio, una de las mentes más brillantes del período prerrenacentista europeo, consideró que el alcohol (aqua-ardens) era la quintaesencia. Lulio fue uno de los primeros en destilar alcohol, extrayéndolo del vino. En la alquimia y en la medicina el alcohol jugaría un papel importante, al fijar una esencia o "capturar un espíritu"; y en la alquimia, el término "alcohol" llegó a significar "espíritu rectificado". Luego conoceríamos popularmente a las bebidas destiladas como "espíritus". Otra etimología, quizás la más aceptada, mantiene que viene del árabe "kohl", un polvo metálico utilizado como delineador de los ojos. Otros trazan la etimología al árabe "al-ḡawl": "efecto maligno", "espíritu" o "demonio"; de aquí viene la palabra inglesa "ghoul", que significa genio, demonio o espíritu. El alcohol parece oscilar en esta fina balanza entre el veneno y la medicina, entre lo diabólico y lo divino.

Trungpa escribe desde la perspectiva del budismo tántrico. Para los tibetanos la perspectiva tántrica es una visión sublime de la realidad que requiere de una enorme madurez espiritual, especialmente porque se basa en la trascendencia de la dicotomía bueno-malo, sujeto-objeto. No renuncia al mundo ni se protege de las cosas que pueden afligir a la mente inmadura; va más allá la dualidad de utilizar antídotos para contrarrestar efectos negativos -con esto se acerca a la alquimia y a la homeopatía. ¿Es bueno o malo el alcohol? Evidentemente, ni uno ni otro -depende de cómo se use, y, sobre todo, depende de la persona que bebe y de su estado de conciencia y entendimiento. Beber puede ser también una forma de practicar (dentro de una tradición espiritual o contemplativa), pero se requiere hacerlo con una clara intención y con una insoslayable atención. Esto requiere una gran madurez, según Trungpa, ya que el alcohol produce una mezcla de jovialidad expansiva y depresión, y para mantenerse atento y ecuánime hay que atender a las dos y no aferrarse sólo a una. Asimismo, es muy común que algunas personas crean, engañados por su ego, que su estado de conciencia es similar al de un maestro tántrico y entonces tendrán licencia de usar cualquier sustancia argumentando que todo tiene un mismo sabor no-dual, que toda experiencia es igualmente sagrada y que están más allá de toda dicotomía. Sobra decir que la gran mayoría de las personas, de hacer esto, estarían viviendo una delirante fantasía. Es necesario tener cierta humildad y no perseguir el placer y huir del dolor para poder beber conscientemente. Trungpa, quien demuestra un gran entendimiento de los efectos y engaños del alcohol (y de la psicología del bebedor), parece decirnos que debemos evitar beber para sedarnos, escapar a otra realidad o matar el tedio. Y que podemos beber en ocasiones de manera consciente, sin culpa, utilizando una cierta cualidad del alcohol, que nos hace estar en el presente, que llama nuestra atención a la sensación inmediata que se produce en el cuerpo y en la mente. Observar este efecto y estar atento a las sensaciones es una manera de beber conscientemente y atender al "espíritu" que se mueve en nosotros; paradójicamente, el alcohol puede aterrizarnos -esto es lo que hace en término alquímicos, fija el espíritu volátil. Por supuesto, si nos distraemos, este espíritu, este genio en la botella, rápidamente puede convertirse en demonio.

 

El alcohol como veneno o medicina

La naturaleza del hombre es buscar comodidad y entretenerse a sí mismo con todo tipo de placeres sensuales. Desea un hogar seguro, un matrimonio feliz, amigos estimulantes, comida deliciosa, ropa fina y buen vino. Pero la moralidad generalmente enseña que esta forma de indulgencia no es buena; debemos concebirnos a nosotros mismos de una forma más amplia. Debemos pensar en nuestros hermanos y hermanas que carecen de estas cosas; en vez de caer en la autoindulgencia, debemos ser generosos y compartir lo que tenemos con ellos. El pensamiento moralista tiende a ver al alcohol como perteneciente a la categoría de excesiva autoindulgencia; incluso puede que vea al alcohol como una actividad burguesa. Por otra parte, aquellos que gustan de beber obtienen una sensación de bienestar del alcohol que les permite ser más amables y abrirse con sus amigos y colegas. Sin embargo, incluso estos, generalmente albergan algún tipo de culpa por beber; temen que pueden estar abusando de sus cuerpos y se sienten deficientes en amor propio.

Hay un tipo de bebedor que trabaja duro en el día, haciendo pesadas labores o algún tipo de oficio físico. Este bebedor gusta de llegar a casa y tomar un trago después del trabajo o alzar una copa o dos en una animada congregación en un bar. Luego hay algunos bebedores más gentiles -como ejecutivos y hombres de negocios- que habitualmente crean una atmósfera de convivencia y jovialidad en sus relaciones abriendo botellas. Estos últimos tienden más a tener un sentido oculto de culpa que sus hermanos proletarios que celebran el fin de la jornada. De cualquier manera, invitar a alguien a beber parece tener más vida que invitar a alguien a tomar un té. Otras personas beben para matar el aburrimiento, misma razón por la cual algunos fuman. Un ama de casa que ha terminado de barrer o de lavar, a veces puede tomar una gotas mientras que contempla la decoración u observa las últimas revistas de moda. Cuando el bebé llora o suena el timbre, tal vez tome un shot antes de enfrentar la situación. El trabajador de oficina aburrido tal vez mantenga una ánfora en su escritorio para poder tomar un trago entre las visitas de su jefe o de su secretaria. Tal vez busque alivio del tedio con una visita a un bar a la hora de la comida. Las personas que toman en serio al alcohol se relacionan con él como un refugio del ajetreo existencial; pero también temen que se pueden convertir en alcohólicos. En estas situaciones psicológicas hay un amor y odio en el estilo de beber, el cual se mezcla con una sensación de adentrarse en lo desconocido. En algunos casos este viaje a lo desconocido podría haber producido antes una claridad, la cual, en la presente situación, sólo puede enfrentarse a través de la bebida. De otra manera, esa claridad se vuelve demasiado dolorosa. Uno de los problemas que enfrentan los bebedores convencidos es ser acosados por la visión moralista del alcohol, la cual presenta la cuestión artificial de si uno debería beber o no. En el trance de esta cuestión, uno busca reforzamiento entre los amigos. Algunos pueden unirse a beber libremente. Otros tendrán definitivamente reservas sobre cuándo y cómo beber. El verdadero bebedor siente que esas personas son amateurs, ya que nunca se han relacionado de todo corazón con el alcohol. Comúnmente sus reservas son sólo convenciones sociales: de la misma manera que el lugar para estacionar el coche es el estacionamiento, así también uno sabe cuál es el punto adecuado después del cual uno ya no debería beber. Está bien beber mucho en fiestas o cenas testimoniales siempre y cuando uno beba con la propia esposa o esposo y se vaya a casa en taxi.

En realidad, parece que hay algo equivocado en este acercamiento al alcohol basado solamente en la moralidad y en la conducta social. Los escrúpulos implicados tienen que ver sólo con los efectos externos que tiene beber. El verdadero efecto del alcohol no es considerado, sólo su impacto en el formato social. Por otro lado, un bebedor  siente que hay algo valioso en beber, más allá del placer que obtiene por hacerlo. Existe una calidez y una apertura que parecen provenir de relajar el autocontrol y la autoconciencia. También existe una cierta confianza de poder comunicar adecuadamente las percepciones, lo cual cancela la sensación común de ser inadecuados. Los científicos notan que pueden solucionar sus problemas; los filósofos tienen nuevas introspecciones; y los artistas descubren percepciones claras. El bebedor siente más claridad porque siente con mayor realidad lo que es; por lo tanto, sus fantasías y elucubraciones pueden hacerse a un lado. Parece que el alcohol es un veneno débil, que puede transmutarse en una medicina. Una antigua fábula persa habla de cómo el pavo real se alimenta del veneno, lo cual nutre su sistema y hace que brille su plumaje. La palabra whiskey viene del gaélico uisgebeatha, lo cual significa "agua de la vida". Los daneses tienen su aquavit. La papa rusa produce vodka, "pequeña agua". Estos nombres tradicionales sugieren que el alcohol puede usarse sin daño y que quizás tiene propiedades medicinales. De cualquier manera, el poder del alcohol ha afectado las estructuras sociales y psicológicas en gran parte del mundo a lo largo de la historia. En el misticismo de la India, tanto hindú como budista, el alcohol es llamado amrita, la poción inmortal. Birwapa, un siddha indio, logró la iluminación cuando tomó siete galones de licor una tarde. El Sr. Gurdjief, un maestro espiritual que enseñó en Europa, habló de las virtudes del "beber conscientemente" e insistió en que sus alumnos practicaran el beber conscientemente entre ellos. 

Beber conscientemente es una demostración real y obvia del poder de la mente sobre la materia. Nos permite relacionarnos con las varias etapas de la intoxicación: experimentamos nuestras expectativas, una delicia casi maléfica cuando los efectos empiezan a sentirse, y la ruptura final de la frivolidad en la que las fronteras habituales se empiezan a disolver. Sin embargo, el alcohol puede fácilmente pasar de una medicina a un tónico mortal. La sensación de jovialidad y expansiva cordialidad puede seducirnos y hacernos perder nuestra atención. Afortunadamente, existe una cierta depresión que viene con beber alcohol. Existe una fuerte tendencia a aferrarse a la cordialidad e ignorar la depresión; este es el instinto mecánico. Y es un gran error. Si tomamos alcohol simplemente como una sustancia que nos alegrará o nos hará aflojar como un sedante, se convierte en algo extremadamente peligroso. Esto ocurre con el alcohol y con cualquier otra cosa en la vida con la que nos relacionamos sólo parcialmente [debemos enfrentar, siempre, también la sombra de las cosas]. Existe una enorme diferencia entre el alcohol y otras sustancias embriagantes. En contraste con el alcohol, sustancias como el LSD, la marihuana y el opio, no traen consigo una depresión simultánea. Si esta depresión ocurre, es sólo de naturaleza conceptual. Pero con el alcohol, siempre hay síntomas físicos, ya sea cambio de peso, pérdida de apetito, una sensación creciente de pesadez (que incluye las resacas), etc. Siempre se mantiene la sensación de que uno sigue teniendo un cuerpo. Psicológicamente, la intoxicación del alcohol es un proceso de ir hacia abajo, a diferencia de subir hacia el espacio, como ocurre con otras sustancias. Ya sea que el alcohol se vuelva veneno o medicina, esto depende del nivel de atención que uno tiene cuando bebe. Beber conscientemente, permaneciendo atento al propio estado mental, transmuta los efectos del alcohol. Aquí el estado de atención involucra un incremento de la vigilancia del propio sistema como un inteligente mecanismo de defensa. El alcohol se vuelve destructivo cuando uno se entrega a la jovialidad -bajar la guardia hace que los venenos entren en el cuerpo.

El alcohol puede ser un buen campo de prueba. Trae a la superficie el estilo latente de las neurosis del bebedor, el estilo que habitualmente oculta. Si sus neurosis son fuertes y ocultas habitualmente en la profundidad, luego suele olvidar lo que pasó cuando estaba borracho o se avergüenza demasiado como para recordarlo. La creatividad del alcohol inicia cuando hay una sensación de bailar con su efecto -cuando uno toma los efectos con sentido del humor. Para el bebedor consciente o el yogui, la virtud del alcohol está en que lo lleva a la realidad ordinaria, así que uno no se disuelve en un estado meditativo de no-dualidad. En este sentido el alcohol actúa como un elixir de la larga vida [puesto que el yogui necesita algo que lo haga adherirse al cuerpo]. Aquellos que están demasiado involucrados con la sensación de que el mundo es un espejismo o una ilusión, deben ser sacados de su meditación a un estado de no meditación para relacionarse con las personas. En este estado, las apariencias, los sonidos, los olores del mundo se vuelven de sobremanera conmovedores y humorísticos. Cuando el yogui bebe, es su forma de aceptar el mundo dualista de la experiencia ordinaria. El mundo requiere de su atención -de su relacionarse con- y de su compasión. Se alegra y divierte por tener esta invitación para comunicarse. Para el yogui, el alcohol es combustible para relacionarse con sus estudiantes y con el mundo en general, de la misma manera que la gasolina permite que un automóvil se relacione con el camino. Pero, naturalmente, el bebedor ordinario que trata de emular este estilo trascendental de beber convertirá el alcohol en veneno. En las enseñanzas hinayana del budismo, se registra que el Buda reconvino a un monje por meramente saborear una hoja de pasto remojada en alcohol. Hay que entender que el Buda con esto no estaba condenando los efectos del alcohol, sino condenando la atracción hacia él, involucrarse con él como una tentación. El concepto del alcohol como una tentación diabólica es muy cuestionable. Cuestionar esta concepción conlleva una incertidumbre sobre si el alcohol está ligado al mal o al bien. Esta incertidumbre puede crear en el bebedor una sensación de inteligencia y carencia de medio. Lo lleva a relacionarse con el momento presente tal como es. Voluntad e inteligencia sin miedo ante lo inmediato y frente a lo desconocido son la energía básica de la transmutación que es descrita en la tradición tántrica budista. En el Guhyasamaja Tantra, el Buda dice: "Aquello que intoxica a la mente dualista es, de hecho, la pócima natural de la inmortalidad". En el tantra budista, el alcohol se utiliza para catalizar la energía fundamental de la intoxicación; esto es, la energía que transmuta la dualidad del mundo de las apariencias en advaya -"no-dos". Así, la forma, el olor, el sonido pueden ser percibidos literalmente como son, dentro del reino de mahasukha, la gran dicha. El Chakrasamvara Tantra dice: "Sólo con dolor y sin placer, uno no puede liberarse. El placer existe dentro del cáliz del loto. Esto el yogui debe nutrir". Esto coloca gran énfasis en el placer. Pero la comprensión del placer viene de relacionarse abiertamente con el dolor.   

El alcohol trae consigo una euforia que parece ir más allá de las limitaciones; al mismo tiempo trae también la depresión de saber que uno sigue en el cuerpo y que las propias neurosis siguen pesando. Los bebedores conscientes pueden tener un vislumbre de ambas polaridades. En el misticismo tántrico, el estado de intoxicación es llamado el estado de no-dualidad. Esto no debe entenderse como una seducción que nos cautiva -y, sin embargo, un vislumbre del orgasmo cósmico de mahasukha es posible para el bebedor consciente. Si uno se abre lo suficiente como para eliminar la mezquindad del apego a la propia liberación aceptando la noción de libertad [es decir, que uno ya es libre tal como es], en lugar de dudar de ella, uno logra los medios hábiles y la sabiduría. Esto es considerado el más alto intoxicante. 

 

Twitter del traductor: @alepholo