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¿Quién es verdaderamente un filósofo? Pitágoras, quien acuñó el término "filósofo", responde

Filosofía

Por: pijamasurf - 11/11/2017

Esta es la hermosa definición de "filósofo" de Pitágoras, el gran iniciado

La filosofía, es literalmente el amor a la sabiduría. ¿Pero qué es realmente la sabiduría? ¿Y por qué es importante dedicarse a ella, buscarla, amarla?

Tanto Aristóteles como Platón escribieron que la filosofía se origina en el asombro (thaumazein), en la sensación de lo misterioso y en el deseo de iniciarse en ese misterio. La filosofía es, como sugiere este artículo en el sitio Phalanx, fundamentalmente una iniciación. Una iniciación a los misterios del alma. Al menos esto era lo que ocurría en Grecia, con los misterios de Eleusis -parte de la cosmovisión órfica- que fueron centrales en la filosofía griega y que tuvieron a su gran "iniciado" en Pitágoras. Históricamente, la filosofía es tanto esta admiración ante la vida como este enigma, este deseo de iniciarse en los misterios para "conocerse a sí mismo", como decía el oráculo de Delfos. En los misterios de Eleusis, podemos hoy en día conjeturar con cierta confianza, lo que se mostraba a los iniciados era una dramatización extática de un mito que representaba la muerte -específicamente, la muerte del cuerpo y la separación del alma del cuerpo. O, en otras palabras, la inmortalidad del alma. Así entonces, la filosofía sería también la forma de separar o liberar el alma del cuerpo, algo que se acerca a la famosa definición de la filosofía de Sócrates: un entrenamiento para la muerte.

Fue Pitágoras, el músico, místico y matemático de Samos, quien acuñó el término "filosofía". En su biografía de Pitágoras, el filósofo neoplatónico Jámblico escribe: "el más puro e impoluto carácter es el de un hombre que se dedica completamente a la contemplación de las cosas bellas, y a quien es apropiado llamar un filósofo". Las cosas bellas para la tradición pitagórica-platónica no son meramente cosas que generan impresiones placenteras en los sentidos, sino imágenes o reflejos de la eternidad, de las esencias divinas, de la inteligencia que ordena el universo. Jámblico explica:

...el sondeo del cielo y las estrellas que en él revuelven, es en verdad bello, cuando se considera su orden. Puesto que derivan esta belleza y orden de su participación en la esencia inteligible. Y esta primera esencia es de la naturaleza del número y la razón, que se difunde en todas las cosas, y de acuerdo a la cual todos estos [cuerpos celestiales] están ordenados elegantemente y aptamente ornamentados. Y lo que verdaderamente se llama sabiduría, es una cierta ciencia que conversa con estos primeros objetos bellos, que poseen una unidad sustancial divina e inmutable; y es por participar en ella que las otras cosas pueden llamarse bellas.

Queda claro que la belleza refleja la inteligencia primordial del cosmos, que es divino en su origen. Así, conversar con la belleza es conversar y hacerse partícipe de este orden divino, cuya contemplación a la vez purifica la mente y -en términos platónicos- permite que crezcan las alas del alma para que ésta se alce por encima del mundo corruptible material, hacia lo eterno, lo bello, lo verdadero. El filósofo es, entonces, quien realiza esta contemplación, esta meditación de las esencias y los principios, desatendiendo lo mundano y corruptible. Fijando su atención en la divina armonía cósmica. Por ello Pitágoras consideraba que la música, las matemáticas y la astronomía eran las ciencias divinas, porque revelaban un mismo orden.

Lo anterior debe ser contrastado con la versión moderna de un filósofo (del filósofo académico), la cual se parece más en realidad a la de un sofista, de una persona que crea argumentos convincentes pero que poco se ocupa de la verdad y, menos, de la experiencia de la verdad y la transformación que produce en la conciencia dicha verdad.

Los 3 antídotos de Albert Camus para el absurdo de la existencia

Filosofía

Por: pijamasurf - 11/11/2017

Aceptar el absurdo de la existencia puede llevarnos a estados muy fecundos

Decir que la vida no tiene sentido es una afirmación que puede parecer, en igual medida, cierta o imprecisa. Desde una postura pesimista en extremo podría sostenerse que, en efecto, la vida por sí misma no tiene un significado que le sea inherente. Nadie puede decir, con absoluta certeza, que estamos vivos por un propósito específico y, por ello mismo, el corolario que se despende de esa imposibilidad es que, todo caso, dicho sentido se construye, podría decirse incluso que se inventa: se trata de una conclusión a la que cada persona llega por medios propios, en el marco de sus circunstancias. A este respecto, Fiódor Dostoyevski llegó a escribir, en Los hermanos Karamazov, que “hay que amar la vida antes de razonar sobre ella, sin lógica: sólo así se puede comprender su sentido”.

Sin embargo, esa construcción tampoco es tan individual como nos asegura esa postura. Si bien es cierto que cada persona está llamada a concebir el sentido de su propia existencia, esa misma invención ocurre en una matriz social y cultural de la que todos formamos parte. Por eso es posible que algunas personas crean, por ejemplo, que están vivas para engrandecer la obra de alguna divinidad, o para ser más compasivos, para mejorar el mundo, etc. Es decir: ya hay “sentidos” de la vida que, como las cartas de una baraja, es posible “elegir”, a los cuales el individuo arriba por aparente convicción propia.

Uno de los autores que mejor exploraron el llamado “absurdo de la existencia” fue sin duda Albert Camus, el filósofo de origen argelino, formado en Francia, que vivió de lleno el ambiente de la posguerra y el vaciamiento de sentido que experimentó la sociedad europea luego de una hecatombe sin comparación en su historia. En ese contexto, rotas todas las promesas alguna vez hechas por el progreso, parece lógico que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad por la vida se sintiera desamparada, dubitativa y, en última instancia, decepcionada por la existencia.

Con todo, como muchas veces sucede con las posturas calificadas como “pesimistas”, Camus no nos invita a rehuir a dicho absurdo sino, más bien, a encararlo. A nosotros ahora esto puede parecernos extraño o improbable, pues nos hemos habituado a evadir toda expresión de negatividad: el dolor físico, emociones como la tristeza o la angustia, los fracasos y los problemas. Todo ello nosotros ahora preferimos no enfrentarlo, sin ver, como nos asegura Camus, que hacerlo puede convertirse en el inicio de otra cosa. En una entrevista realizada en 1945, dijo el filósofo, a propósito del absurdo propio de la existencia:

Todo lo que puedo hacer es responder desde mi perspectiva, dando por hecho que lo digo es relativo. Aceptar el absurdo en todo lo que nos rodea es un paso, una experiencia necesaria: no tiene por qué convertirse en un callejón sin salida. Lo absurdo despierta cierta rebeldía que puede ser muy fecunda. Un análisis de la idea de rebeldía puede ayudarnos a descubrir otros medios capaces de restaurar un cierto sentido de la existencia, aunque éste mismo siempre se encuentre amenazado.

¿De qué nos habla Camus? En pocas palabras, del malestar que por su condición misma nos lleva a salir de ese estado. Cuando nos damos cuenta de que la vida es absurda, este mismo descubrimiento (en combinación, quizá, con el amor por nuestra propia existencia) nos empuja a rebelarnos en contra de eso absurdo y encontrar una razón por la cual vivir, un sentido en lo que hacemos, una dirección hacia la cual dirigirnos.

Pero esto es, en la perspectiva de Camus, un movimiento de espíritu doble y relacionado, casi causal: no podemos construir el sentido de nuestra propia vida si antes no aceptamos que la vida es absurda.

¿Y adónde nos llevaría la aceptación de ese hecho fundamental de la existencia? En la experiencia del filósofo, a al menos tres antídotos contra el vacío, según escribió en El mito de Sísifo:

Del absurdo he obtenido tres consecuencias: mi rebeldía, mi libertad y mi pasión. Con el solo juego de la conciencia transformo en regla de vida lo que era invitación a la muerte…

Vivir en rebeldía persistente, vivir en libertad, vivir con pasión: asume alguna de estas posturas frente a la existencia y es muy posible que nada de lo que hagas, experimentes y vivas te parezca absurdo, jamás.

 

También en Pijama Surf: Vivir es más importante que buscar el sentido de la vida: un fragmento de 'Los hermanos Karamazov'