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Cómo transformar la ansiedad en una energía de productividad y creatividad

Salud

Por: pijamasurf - 12/27/2017

La ansiedad y la euforia –también traducida como excitación– son la misma cosa. Lo único que las diferencía es el encuadre que se les dé. La manera en que se interpreten

Llega un momento en la ansiedad que puede convertirse en una crisis, un hoyo negro que consume toda la energía creativa y deja tan sólo polvos de agobio: pensamientos compulsivos y repetitivos, respiraciones inestables, dolores de estómago, cabeza o espalda, congoja omnipresente, sudoración y taquicardia. Antes de que este malestar se convierta en una experiencia incontrolable, Steven Kotler, autor de "Stealing fire: How Silicon Valley, the Navy SEALs and maverick scientists are revolutionizing the way we live and work" y "The James Altucher Show", explica cómo la ansiedad puede convertirse en un recurso a favor de la creatividad.

Desde una premisa bioquímicamica, Kotler explica que “la ansiedad y la euforia –también traducido como excitación– son la misma cosa. La ansiedad es causada por el exceso del neurotransmisor norepinefrina, el cual es, en pequeñas cantidades, un químico para enfocar la atención. Lo único que las diferencia es el encuadre que se les dé. La manera en que se interpreten.” En otras palabras, si las sensaciones físicas que empiezan a sentirse se asocian directamente con la experimentación de un malestar, el resultado será la ansiedad, pero si, por otro lado, las sensaciones físicas se replantean y se dirigen hacia una toma de conciencia de una atención mantenida, el resultado será la creatividad.

Para lograrlo, Kotler invita, primero que nada, a aprender a respirar correctamente:

Cuando se está nervioso, el ritmo cardíaco incrementa y la respiración se vuelve superficial, lo cual significa que el intercambio del aire disminuye y básicamente, el fondo de los pulmones se llena de dióxido de carbono. Por tanto el cerebro recibe una señal de que algo no está bien y activa la respuesta de la ansiedad.

Por ello, ante los primeros síntomas físicos es importante respirar adecuadamente, es decir, inhalar durante cuatro segundos, sostener la respiración durante cuatro segundos, exhalar durante cuatro segundos, sostenerla durante cuatro segundos y volver a empezar.

 

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A continuación, el objetivo será reencuadrar las emociones:

Comunícate a ti mismo de que estás excitado/emocionado, y no nervioso. Por ejemplo, decirse ‘Estoy emocionado por este discurso que tengo que dar’, ‘Estoy emocionado por la promoción que me dieron en el trabajo’. Se trata de una herramienta de trabajo de la terapia cognitivo conductual, el cual permitirá salirse del ciclo vicioso del neuroticismo. […] Una nueva historia puede llevarse a cabo si se está alerta y listo, en vez si se está sufriendo del miedo y la ansiedad.

Y finalmente hay que prestar atención a los desencadenantes físicos, a aquellos movimientos o gestos que se realizan cuando se está bajo la oleada de la euforia –como un chasquido de dedos, remojarse los labios, movimientos de pies–. El objetivo es repetir esos gestos antes de realizar aquella actividad que está provocando angustia y así liberar esa energía excesiva que se está acumulando en el cuerpo: “Estas son maneras para dar prioridad y hacer señalamientos de cómo potenciar la energía en el interior, y evitar gastarla combatiendo en contra de ella.”

¿Un fármaco dará al cuerpo los beneficios del ejercicio físico? Estos laboratorios así lo esperan

Salud

Por: pijamasurf - 12/27/2017

Varios laboratorios se encuentra en la carrera de desarrollar el compuesto químico que desate en el cuerpo una reacción similar a la que se obtiene de la actividad física

La idea de ejercitarse es relativamente reciente y, además, propia sólo de ciertas sociedades contemporáneas en las que el sedentarismo se ha vuelto una práctica cotidiana. En las ciudades donde la principal actividad económica son los servicios, por ejemplo, es común ver gente corriendo en las calles por la mañana o por la tarde (es decir: antes o después del trabajo), también se pueden encontrar gimnasios u otros sitios acondicionados para realizar alguna actividad física (canchas de fútbol, por ejemplo, albercas públicas, etc.).

En otros lugares, sin embargo, y también en otros momentos de la historia, la recomendación de ejercitarse fisicamente tenía menor presencia (e incluso no exisitía) porque la vida solía vivirse activamente. Se caminaba, se hacían actividades que demandaban movimiento y fuerza (en el campo, por ejemplo, o en ciertas labores industriales) y aun en la vida de casa no estaba exenta de actividad. 

En este sentido, en muy pocos años, pasamos de una forma de vida en donde el ejercicio no era necesario porque era suficientemente activa, a otra en la que la falta de actividad ha devenido en factor de riesgo y desarrollo de enfermedades como la obesidad, la diabetes, padecimientos cardiovasculares y otros.

Quizá por eso, porque se trata de una necesidad más o menos nueva, también se trata de un hábito que cuesta adoptar. Atrapados entre la obligación y la comercialización del ejercicio físico y, por otro lado, la necesidad auténtica de realizarlo cuando se vive sedentariamente, el sujeto contemporáneo batalla para emprender con disciplina la práctica, en apariencia sencilla, de dar actividad a su cuerpo.

Aprovechando esa ambigüedad, desde hace algunos años algunos laboratorios se encuentran en la carrera de desarrollar un compuesto químico que dé los beneficios del ejercicio físico a la salud humana… sin que la persona tenga que ejercitarse.

Por paradójico o contradictorio que pueda parecer esto, es real. Uno de los primeros científicos en experimentar al respecto fue Ron Evans, del Instituto Salk de Estudios Biológicos con sede en San Diego, California. En uno de sus estudios, Salk tenía un par de ratones de laboratorio con una dieta similar a la de muchas personas en los países occidentales: alimentos de alto contenido calórico ricos en grasas y en azúcares. Ambos roedores, además, se encontraban en condiciones de vida sedentaria. Sin embargo, cada uno presentaba un aspecto diametralmente distinto.

Uno de ellos, llamado informalmente “Couch Potato Mouse” (en alusión a la expresión en inglés “patata de sofá”, que se refiere al hábito de pasar muchas horas en un sofá, mirando televisión o series), lucía como cualquier persona con esa dieta y la escasa actividad física de su cuerpo: obeso y letárgico. 

El otro, sin embargo, apodado “Lance Armstrong Mouse”, estaba en las condiciones opuestas: esbelto, inquieto y con la mirada viva. 

La diferencia entre uno y otro era un compuesto químico con el que Evans ha estado experimentando desde 2007 y que, en este caso, recibía el ratón “Lance Armstrong”. Grosso modo, el químico conocido como 516 provoca en el cuerpo una reacción similar a la del ejercicio físico, en particular sobre los genes que controlan el metabolismo.

516 es un compuesto desarrollado a finales de la década de 1990 por Tim Willson en los laboratorios de la farmacéutica GlaxoSmithKline. Inicialmente se trató de un químico proyectado para combatir la diabetes y, en sus primeras fases de prueba, ofreció resultados promisorios. Al probarlo en monos con obesidad, incrementó drásticamente los niveles del llamado “colesterol bueno” y redujo los de nocivo; también contribuyó notablemente a reducir los niveles de insulina y triglicéridos de los animales. El fármaco parecía idóneo para tratar no sólo la diabetes, sino casi cualquier síndrome metabólico asociado con síntomas como la obesidad, la hipertensión y los altos niveles de glucosa en la sangre. Parecía, en este sentido, una panacea.

Sin embargo, algunos años después, en 2007, los experimentos tuvieron un revés. Algunos de los ratones que también habían recibido el compuesto comenzaron a desarrollar distintos tipos de cáncer al doble de velocidad que aquellos que no habían estado expuestos al químico. Desde la lengua hasta los testículos, según refiere Nicola Twilley en The New Yorker. En GlaxoSmithKline se tomó entonces la decisión de abandonar el desarrollo ulterior del fármaco. 

Casi al mismo tiempo, otros retomaron la experimentación con el compuesto químico. Ron Evans, por ejemplo, pero también Ali Tavassoli, quien en su laboratorio de la Universidad de Southampton, en Inglaterra, encabeza la investigación en torno al Componente 14, un fármaco que como el 516, ha logrado reducir los niveles de glucosa en la sangre de ratones sedentarios, así como su grado de obesidad y su peso corporal, todo ello sin mediación de la actividad física e, incluso, con una dieta rica en grasas. En su caso, se trata de un químico que estimula las células con una falsa señal de que los niveles de energía han descendido notablemente, con lo cual el metabolismo se activa y el cuerpo comienza a quemar sus reservas energéticas.

Bruce Spiegelman, del Departamento de Biología Celular de la Universidad de Harvard, también ha descubierto un par de hormonas que en sus efectos emulan los beneficios del ejercicio físico: en contacto con células propias del tejido muscular y graso, estas hormonas provocan una respuesta de intensa actividad, capaz de quemar grasas y carbohidratos y, según Spiegelman, incluso elevar los niveles de ciertas proteínas saludables (asociadas en el cerebro con la memoria y el aprendizaje).

Otras investigaciones en otros laboratorios del mundo, están siguiendo caminos similares, en direcciones parecidas o quizá contrarias, con puntos de encuentro y de divergencia pero, en cualquier caso, en torno a un estado del metabolismo humano hasta ahora poco estudiado: cuando el cuerpo está en movimiento. 

¿En algunos años se venderá en las farmacias la pastilla que nos evitará la molestia de hacer ejercicio? Atendiendo a los esfuerzos contemporáneos, parece muy probable, aunque igualmente parece quedar en el aire la incógnita de los efectos que un fármaco de ese tipo pueda tener sobre el cuerpo humano. 

Si es el caso que estos fármacos terminan por desarrollarse, ¿quién será su consumidor final? ¿Las personas sedentarias que dicen no tener tiempo de hacer ejercicio? ¿Los oficinistas de todos niveles que pueden pasar 10 o 12 horas en su lugar de trabajo pero no media hora en un parque caminando? ¿Personas aquejadas de una enfermedad metabólica incapaces de aceptar la finitud humana? ¿Y qué hay del placer de hacer ejercicio? ¿También el placer puede sintetizarse en una pildora?

El sueño de la razón engendra monstruos, dice el famoso grabado de Goya y, acaso la farmacología contemporánea, puede contarse entre ellos.

 

En este enlace, el reportaje completo de Nicola Twilley en The New Yorker.

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