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Morir así debería ser la meta de todo individuo (sobre la muerte de Suzuki Roshi)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/05/2017

La muerte del gran maestro zen Shunryu Suzuki es una inspiración para vivir

Shunryu Suzuki fue uno de los primeros grandes maestros zen que llegaron a occidente y dejaron su marca. Suzuki Roshi fundó el San Francisco Zen Center, parte del linaje zen Soto que tiene en Eihei Dogen su fundador y que traza su linaje hasta Mahakasyapa, discípulo del Buda que habría alcanzado el despertar en el silencio que sería la esencia del zazen, cuando el Buda sonrío y mostró una flor a sus seguidores. Fue autor de uno los libros más populares sobre el budismo zen, "Zen Mind, Beginner's Mind".

Suzuki Roshi llegó a Estados Unidos en 1959 y murió el 4 de diciembre de 1971, hace justamente 46 años. Aunque Suzuki Roshi tuvo muchos discípulos, lo único que hizo realmente, fue abrir su templo y sentarse todas las mañanas solo a practicar zazen. Siguiendo su ejemplo, luego, muchos estudiantes se sentaron con él. Esta es la esencia del zen.

Uno de sus alumnos, Lewis Richmond, lo recuerda en la revista Lion's Roar, particularmente la enseñanza de su muerte. El maestro murió de cáncer, pero como dice Richmond, mientras esto colapsó el mundo de sus discípulos, no el del maestro. Aunque estaba sufriendo seriamente y no tomaba medicamentos, Suzuki Roshi seguía con su vida como si no estuviera pasando nada fuera de lo ordinario. Bromeaba sobre su enfermedad y seguía practicando. Suzuki Roshi, según narra su alumno, murió durante un rohatsu sesshin, un retiro tradicional de sietes días. En el primer día del retiro el maestro anunció que moriría.

No sé cómo arregló morir en el momento exacto que lo hizo, de manera tan considerada, dándonos siete días de meditación en el cojín para absorber su partida... ¿Cómo podía estar Suzuki Roshi tan tranquilo enfrentando la muerte? Me pregunté eso mucho en los meses que siguieron. ¿Qué le dio ese poder? ¿Por qué no se lamentaba, no por sí mismo, no por su trabajo -todo lo que había creado en Estados Unidos, todo lo que había hecho durante su vida-? La respuesta era clara. Estaba listo para morir. Encarnaba su propia enseñanza suprema. No te apegues a nada, ni siquiera a la verdad. Todo momento fresco. Ese era su dharma.

En gran medida las religiones y la misma filosofía -según la definición de Sócrates de un entrenamiento para la muerte- nos enseñan a morir. Esto no es necesariamente una búsqueda de la trascendencia, renunciando a la vida inmediata, puesto que la mejor forma de estar listos y en paz cuando llegue la muerte es practicar constantemente, atender al presente, no tener esperanza o miedo. Estar frescos y atentos. Esto es lo que enseña un maestro zen como Suzuki Roshi. Para el budismo, lo único que importa a la hora de la muerte es el estado en que se encuentra nuestra mente, el cual depende de haber llevado una vida virtuosa y haber practicado dharma. No nos podremos llevar nada de la vida, ninguna cosa: sólo lo que somos, nuestra conciencia. La muerte no acaba con la causalidad: somos responsables de lo que seremos. Así todo lo demás, todas las cosas que no contribuyen a esto son innecesarias y hasta estúpidas. La filosofía y la religión son fundamentalmente pensar la muerte y para quien descubre que la mente no tiene principio ni fin, la vida se convierte en un permanente entrenamiento para alcanzar un estado libre de confusión que permita superar esta prueba, que es también la posibilidad de la verdadera libertad.

Sobre la destrucción de la Universidad de Nalanda, la Alejandría de la India

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/05/2017

Nalanda quizás haya sido el centro del conocimiento más destacado en la historia de la humanidad. Fue una universidad budista en la que se enseñó filosofía y ciencia de otras culturas y escuelas, una joya arquitectónica y un espacio incluyente para diferentes estudiantes de todo Asia, que funcionó por unos 800 años

Ubicada en Bihar, en el noroeste de la India, cerca de la frontera sur con lo que hoy es Nepal, Nalanda fue el gran faro del conocimiento de la India medieval. Aunque existen indicios de universidades más antiguas que Nalanda (la Universidad de Taxil, también en la India), se considera que Nalanda fue la primera gran universidad en la historia de la humanidad y una de las más longevas, con casi 800 años de actividad. La universidad ocupaba más de 14 hectáreas, llegó a albergar a unos 10 mil alumnos y era considerada una obra maestra arquitectónica, recibiendo patronazgo de varios emperadores. Incluso hoy sus ruinas son uno de los sitios arqueológicos más visitados de la India, y un esfuerzo multinacional ha creado recientemente una nueva Universidad de Nalanda.

Reportes históricos sostienen que desde el siglo III de nuestra era se construyó en la zona un estupa para conmemorar a Shariputra, el discípulo más brillante del Buda, quien habría alcanzado la iluminación ahí mismo. El lama tibetano Taranatha, del siglo XVII, menciona que también en el siglo III Nagarjuna y su discípulo Aryadeva habitaron en la zona, siendo de alguna manera los fundadores espirituales de la universidad. Nagarjuna es la figura central en la transmisión del budismo mahayana, que sería la difusión académica fundamental de Nalanda. El inicio histórico aceptado de Nalanda es en la era del imperio Gupta, probablemente durante el imperio de Kumaragupta (415-455).

Un prestigio comparable con el que tenía el Museo de Alejandría como centro de conocimiento en Occidente, lo tiene en Asia Nalanda, y una tragedia para el saber similar a la quema de la Biblioteca de Alejandría (la cual habría sido destruida en parte por Julio César, luego por el patriarca cristiano Teófilo y finalmente por la invasión musulmana) fue la destrucción de Nalanda a finales del siglo XII. Tanto Nalanda como Alejandría se caracterizaron por reunir saberes de las más diversas culturas de su tiempo y permitir acceso al conocimiento a individuos de los más diversos credos y, en contraparte, fueron destruidas por la intolerancia religiosa. Es imposible saber realmente cuántos libros albergaba Nalanda, pero se manejan cifras de hasta 9 millones, algo que algunas personas consideran exagerado y estiman algo más cercano a cientos de miles de ejemplares -en Alejandría se calcula también que existieron cientos de miles de manuscritos-. 

Además de estudios budistas, los estudiantes de Nalanda aprendían medicina, astronomía, gramática, lógica, sánscrito, estudiaban los Vedas y filosofía sankhya, entre otras, lo que muestra el carácter incluyente y ecuménico de este centro. Pupilos de Corea, Japón, China, el Tíbet, Indonesia, Persia y Turquía estudiaron allí. Destacados maestros budistas del mahayana y del vajrayana como Aryadeva, Atisha, Naropa, Chandrakirti, Dharmakirti, Shantarakshita, Dignaga, Arhyabata y otros, aprendieron y enseñaron en Nalanda. Hasta la fecha, el Dalái Lama se considera como parte del linaje de los grandes maestros de Nalanda.

Nalanda fue destruida por el general turco Bakhitayar Khilji en el año 1193, según fue documentado en el libro Tabaqat-i Nasiri del historiador persa Minhaj-i-Siraj. En esta redada habrían muerto también cientos de monjes y se señala legendariamente que la biblioteca ardió por varios meses, llenando el cielo de humo y cenizas. Nalanda siguió funcionando durante cerca de 1 siglo, pero ya venida a menos. Las invasiones musulmanas fueron terminando con el budismo en la India, pues esta religión, ya desde siglos antes, se encontraba marginada. El budismo dejaría prácticamente de existir en su tierra madre en el siglo XIII y continuaría su desarrollo en Tailandia, Indonesia, China, el Tíbet, Japón, Corea y otros países de Asia.

Algunos nacionalistas indios consideran que la destrucción de Nalanda y sus innumerables manuscritos es una de las causas del declive del conocimiento en matemáticas, astronomía, alquimia y anatomía en ese país. Algunos manuscritos budistas, sin embargo, fueron salvados por monjes y viajeros chinos y tibetanos, quienes copiaron y tradujeron algunos escritos en sánscrito. Pensar en la gloria de la sabiduría de Nalanda y en la barbaridad de su destrucción, sin duda entristece el espíritu.