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Olive Oatman, la única mujer mormona que murió con tatuajes indígenas

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/31/2017

Oatman regresó a la sociedad occidental, con la marca de haber vivido en una ambivalencia entre dos culturas casi enemigas

A mediados del siglo XIX, en la frontera entre EEUU y México, principalmente el desierto de Sonora, las tribus indígenas luchaban defendiendo sus tierras ante la invasión de los anglosajones y criollos. Con triunfos y tragedias lograron proteger tanto su cultura como sus hogares, aunque en algunas ocasiones, muy contadas, llegó a suceder que alguna de los dos grupos adoptó como propio al otro. Entre estas historias está el curioso caso de la única mujer blanca que aprendió de ambas culturas: Olive Oatman.

Se dice que, en 1850, la familia Oatman decidió mudarse de la iglesia mormona de Jesus Christ of Latter-day Saints –LDS Church– en Salt Lake City, Utah –en ese momento, México–, hacia el sudoeste de California y el oeste de Arizona. En su camino encontraron un grupo de 90 brewsteritas –seguidores del mormón rebelde James C. Brewster–, quienes les aconsejaron seguir el camino hasta California, que era el “punto de encuentro” de los mormones. La familia de ocho integrantes decidió unirse al grupo y viajar a lo largo de Nuevo México, en donde se dividieron en dirección de Socorro, vía Santa Fe.

Fue así que los Oatman lideraron al grupo hasta Socorro, y de ahí a Tucson. Sin embargo, llegando a Maricopa Wells –actual Maricopa County, en Arizona– fueron advertidos de que el camino no sólo era árido y peligroso, sino que las tribus nativas de la región eran “popularmente conocidas por ser violentas con los blancos” y, en caso de continuar, era seguro que pondrían en riesgo su vida. Si bien las otras familias prefirieron quedarse en Maricopa Wells hasta recuperarse lo suficiente para continuar el viaje, el líder de los Oatman, Royce, presionó a su esposa, Mary, y a sus siete hijos –de entre 1 y 17 años de edad– a continuar y adentrarse en el desierto sonorense por su cuenta.

Aproximadamente a 150km de Yuma, en las orillas del río Gila, fueron acechados por un grupo de nativos americanos, los yavapai. Aunque se desconocen los detalles, algunos dicen que los indígenas pidieron comida y tabaco, otros que “sin deberla ni temerla” se trató de un ataque. El resultado fue trágico: todos los Oatman murieron, salvo tres de ellos: Lorenzo, de 15 años, Olive, de 14, y Mary Ann, de 7. Al primero, después de haber sido golpeado al borde de la muerte, lo abandonaron a su suerte en el desierto; a las hermanas las llevaron a su villa a unos 96km de distancia, y así, amarradas con cuerdas, las niñas tuvieron que caminar durante varios días por el desierto y sobrevivir a la deshidratación y el agotamiento. Incluso se dice que, cuando pedían agua o descanso, las picaban con lanzas, forzándolas a seguir caminando. Durante 1 año vivieron en calidad de esclavas, buscando cobijo y migajas de comida, hasta que algunos miembros de la tribu mojave, con quienes los yavapai comerciaban, mostraron interés por las Oatman: el intercambio fue de algunos caballos, mantas, vegetales y otras pequeñas cosas a cambio de ellas.

Después de caminar durante días desde ahí hasta el pueblo de los mojave, cerca de la en ese entonces no fundada ciudad de Needles, California, las cosas mejoraron significativamente para las hermanas. El líder de la tribu, Espanesay, las adoptó como miembros de la comunidad, por lo que las tatuaron, como a todos los miembros de la tribu, espinas de cactus con líneas muy delgadas, tanto en la barbilla como en los brazos. De esta manera, no sólo se les reconocería como parte de la tribu sino que, de acuerdo con la cosmogonía de los mojave, también podrían reunirse con sus ancestros. Así, en el pueblo de los mojave, que se encontraba en un valle lleno de sauces y algodón cerca del río Colorado, las hermanas Oatman dejaron de ser esclavas, recibieron un nombre nativo, Oach, y comenzaron a formar vínculos muy cercanos con su familia adoptiva –en especial con la madre y la hija, Aespaneo y Topeka, respectivamente–. Inclusive, durante el resto de su vida, Olive hizo siempre énfasis en el afecto que sus padres adoptivos les procuraron.

Desgraciadamente, unos años después de su inicial captura, una sequía produjo una crisis de hambruna en el pueblo de los mojave. Mary Ann murió con tan sólo 10 años; sin embargo, Olive sobrevivió –inicialmente porque su madre adoptiva, Aespaneo, la alimentaba en secreto mientras el resto de los miembros moría de hambre–. Y en 1855, 2 años después de la venta del terreno mexicano al gobierno estadounidense, un miembro de la tribu quechan, llamado Francisco, apareció con los mojave con un mensaje del gobierno federal de los EEUU: las autoridades de Fort Yuma habían recibido rumores de que una joven mujer blanca vivía con los mojave y exigían su retorno, o al menos, que explicara por qué no había elegido regresar con los suyos. Al principio los mojave decidieron ignorar la solicitud, con el fin de salvaguardar a Olive; después negaron que fuera blanca, y finalmente aceptaron aquella demanda, por miedo a recibir una represalia contra toda la tribu. En todo este lapso, Olive también formó parte de la negociación. Incluso, años después, declaró:

Descubrí que le dijeron a Francisco que yo no era estadounidense, que era de una raza de personas como los indígenas, viviendo lejos de la puesta del Sol. Pintaron mi cara y pies y manos con un color sucio y pardo, a diferencia de otras razas que había visto. Esto, me dijeron, había decepcionado a Francisco; y por lo tanto, no tenía que hablar como una norteamericana [sic]. Me dijeron que tenía que hablar con él en otra lengua, y decirle que no era estadounidense. Entonces esperaron a escuchar el resultado, esperando oír mi algarabía sin sentido, ser testigos del efecto convincente sobre Francisco. Pero hablé con él con mi inglés roto, y le dije la verdad, y lo que ellos me habían ordenado hacer. Él empezó desde su silla en una rabia perfecta, jurando que no se le impondría más.

Aunque al principio los mojave estuvieron iracundos con Olive por desobedecer sus órdenes –tanto, que sugirieron que debería ser asesinada como castigo–, su familia adoptiva y Francisco decidieron una solución: Olive tendría que rendirse ante el gobierno de EEUU a cambio de un caballo, unas mantas y unos rosarios.

Olive regresó a la sociedad occidental, con la marca de haber vivido en una ambivalencia entre dos culturas casi enemigas. Con el tatuaje en su cara y los recuerdos de su pasado, intentó retomar una vida en el EEUU de la época: promovió su historia con libros como Life Among the Indians –después con el título de Captivity of the Oatman Girls– de Royal Stratton, y se casó con un granjero (después convertido en un rico banquero) llamado John B. Fairchild en Nueva York. Con el paso del tiempo se mudaron a Sherman, Texas, y adoptaron a una bebé llamada Mamie. Y si bien Olive nunca volvió a encontrar la felicidad, debido a un diagnóstico de depresión grave y dolores de cabeza crónicos que le duraron décadas, afirmaba encontrarse en la mejor situación; ¿cómo podía aceptar, en una sociedad en contra de los indígenas, que fue más feliz con ellos que en la cultura de lo correcto? Después de todo, Olive murió de un ataque al corazón en 1903, cuando tenía 65 años, con síntomas evidentes tristeza profunda…

¿El mundo está mejor que antes? Esta estadística lo pone seriamente en duda

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/31/2017

Existen numerosos reportes de que la violencia cada vez es menos, la expectativa de vida crece, la gente ya no muere de hambre, etc., pero hay algo sumamente preocupante que no se menciona tanto

Existen una gran cantidad de científicos, filántropos, investigadores y otras personas que celebran los avances que ha logrado el ser humano fundamentalmente encaramado sobre el poder de la ciencia, la tecnología y el humanismo secular para producir riqueza material, curar enfermedades y distribuir ideas de paz y democracia. Por ejemplo, según cita Yuval Noval Harari en su bestseller "Homo Deus", mientras que en la sociedades agrícolas, la violencia significaba alrededor del 15% de las muertes, durante el siglo XX la violencia alcanzó sólo el 5% y a principios del siglo XXI se acerca más al 1%. (Si es que tenemos una percepción de un mundo violento se debe al terrorismo y a su teatro del terror, según Harari). Claro que las poblaciones han aumentado mucho, lo cual significa que siguen muriendo muchas personas por actos violentos, pero el porcentaje es proporcionalmente mucho menor. Además, las poblaciones han aumentado mucho, en gran medida por avances de la ciencia como los antibióticos y las vacunas que prácticamente han acabado con pestes como la viruela.

Ahora bien, lo que llama la atención de esto, y Yuval Noval Harari cita numerosas otras cifras que muestran avances globales -como el hecho de que si bien sigue existiendo gran desigualdad y desnutrición, la hambruna como tal casi ha sido erradicada- es que ninguno de estos grandes avances cuantitativos se refleja en lo que realmente le importa al ser humano: ser feliz y tener significado en su vida. De hecho, quizás la razón por lo cual la prosperidad material global no se refleja en la felicidad, es porque lo mucho que ha disminuido el propósito o significado que tienen los individuos en el mundo.

En el 2012 murieron 620,000 personas por actos violentos, de los cuales 500,000 fueron por crímenes y sólo 120,000 por guerras. Sin embargo, ese mismo año 800,000 personas se suicidaron y 1.5 millones murieron por diabetes. Como señala Yuval Noval Harari, actualmente la azúcar es más peligrosa que la pólvora.

El tema que nos interesa aquí es que reiteradamente la prosperidad material no se transforma en cambios en satisfacción personal.  Los japoneses, por ejemplo, después de la desastrosa Segunda Guerra Mundial no estaban menos felices que en 1990 en la cresta del llamado "milagro económico de Asia". Escribe Yuval Noval Harari:

De hecho es una señal ominosa que, a pesar de mayor prosperidad, confort y seguridad, la tasa de suicidios en el mundo desarrollado sea también mucho más elevada que en las sociedades tradicionales.

En Perú, Guatemala, Filipinas y Albania (países en vía de desarrollo con pobreza e inestabilidad política), cada año se suicida una de cada 100,000 personas. En países ricos y pacíficos como Suiza, Francia, Japón y Nueva Zelanda, actualmente se quitan la vida 25 de 100,000.

Y dos casos notables: En Corea del Sur en 1985, antes de que el país se convirtiera en una potencia económica, 9 de cada 100,000 surcoreanos se suicidaban, actualmente la tasa se ha triplicado a 30 de cada 100,000. Chile es otro caso notable, siendo el país que más ha abrazado el modelo neoliberal en América Latina y el que reiteradamente reporta mejores estadísticas macroeconómicas y es por mucho el país donde existe más personas deprimidas y suicidas en el continente. Junto a esta cifra de los suicidios podríamos también citar importantes aumentos en depresión y ansiedad a lo largo del mundo en países "desarrollados".

Lo que resulta obvio de de todo esto es que la prosperidad económica e incluso la seguridad social no se traducen en felicidad. ¿Pero por qué no?  Tener más recursos económicos, saber que probablemente uno no va a morir mañana y tener acceso a todo tipo de tecnología que facilita las labores deberían de hacer más felices a los individuos. El tema es que la verdadera calidad de vida es algo más complejo. Para aumentar la producción en el mundo y desatar avances científicos y tecnológicos sobre la cresta de la economía siempre creciente, es necesario también crear más consumidores que vivan, en gran medida, sólo de consumir. Paradójicamente, para que estos consumidores puedan consumir de la manera exorbitante que la economía necesita, deben de pensar que su consumo está estrechamente ligado a su felicidad, lo cual, como han notado pensadores como Epicuro o el mismo Buda, es algo que va directamente en contra de la verdadera felicidad. Es decir, buscar la felicidad en objetos, fama, dinero, placer y demás es quizás el principal factor que va en contra de la verdadera felicidad. Así, nos vemos envueltos en esta extraña y absurda operación en la cual todos deberíamos de ser más felices porque tenemos más cosas y estamos más seguros, pero la realidad es que la mayoría no lo somos.

Epicuro, por ejemplo, recomendaba la moderación en bebida, comida, sexo y otras actividades de la vida. Pero justamente la gran economía que nos da tanto necesita que consumamos pastelitos, videos pornográficos y el último gadget con el que podremos estar siempre expuestos a las nuevas tendencias del consumo.

Así las cosas, queda la pregunta si realmente estamos mejor que antes, como mantienen todo los grandes promotores intelectuales y empresariales del sistema global. Una pregunta cuya repuesta, por otro lado, realmente no hará que se cambie el sistema, pero que al menos podrá llevar a las personas a pensar modelos alternativos para comunidades y quizás empezar a imaginar un mundo distinto antes de que este colapse o, como sugiere Yuval Noval Harari, alcance el estado de los dioses -felicidad e inmortalidad vía la bioingeniería- para una élite que se separe del grueso de la especie, el Homo Deus.