*

X
El origen del hiperindividualismo moderno y por qué esta actitud e ideología es lo que impide que el mundo pueda transformarse hacia una visión más utópica

En la época moderna -o posmoderna- en la que vivimos, se nos ha convencido de que el individuo independiente, libre y auténtico es la piedra angular de una sociedad igualmente libre y empoderada. Tenemos aún relativamente fresca la imagen de las grandes masas homogéneas controladas como rebaños del nazismo y estalinismo. O antes, de las masas dominadas por la Iglesia, el dogma y la superstición. Esto es justo lo que no queremos; esta diferencia, del mundo actual, en el que somos individuos que piensan por sí mismos, libres de rasgos gregarios y comunales, es lo que debemos proteger, es nuestro máximo logro como humanidad. Y todo lo que atenta contra esto es retrógrado, bárbaro, fanático.

Esta idea del individuo y del individualismo como objetivo existencial es relativamente nueva. El individuo -aunque nos parezca algo evidente: es lo que somos, individuos- se empieza a consolidar a partir del renacimiento y tiene su momento de despunte con la reforma y la ilustración -con las ideas de que el hombre es el centro del universo, de los derechos humanos, de la libertad de autodefinirse y demás-. Antes, la experiencia del ser en el mundo estaba dada con relación a la colectividad: el individuo se difuminaba en colectivos y el significado de su existencia estaba en cosas más grandes que él mismo, para las cuales vivía y en las cuales se disolvía. Pero aunque podemos trazar estos gérmenes de la conformación del individuo, lo que hoy llamamos individualismo -que es en realidad un hiperindividualismo- nació como tal a partir de las décadas de los sesenta y setenta, bajo la supuesta revolución de la contracultura. 

Podemos trazar la evolución del individualismo -o el individuo como eje de la realidad- a partir de la influencia de las ideas de Ayn Rand (especialmente la idea de que el fin de la existencia humana es la búsqueda de la propia felicidad), la noción inspirada por el movimiento de la contracultura (de los hippies) de que la revolución ocurría pero en el interior, solamente en la conciencia o de que se podían crear nuevos mundos pero dentro de la mente (y por lo tanto a lo que había que dedicar tiempo y esfuerzo era a desarrollarnos a nosotros mismos) pasando por la noción de la rebeldía del punk (que sería cooptada por el capitalismo: productos de consumo con los cuales afirmar la protesta y la diferencia) hasta el Internet y las redes sociales en las que lo fundamental es la autoexpresión y la autoedición de nuestras personalidades, dando lugar a lo que también se ha llamado un hipernarcisismo, que es también un utilitarismo egocéntrico. El periodista Adam Curtis, uno de los más lúcidos narradores de los eventos contemporáneos y las ideas que los subyacen, llamó a uno de sus documentales justamente "El siglo del yo" (The Century of the Self), sugiriendo que el siglo XX podía definirse como el siglo en el que el yo, o la preponderancia del individuo, logró consolidarse como la principal ideología de nuestra sociedad. En una reciente entrevista, Curtis explicó qué es el individualismo y por qué impide la conformación de movimientos sociales que produzcan cambios verdaderos:

Las ideas de cambio no encuentran tracción por el surgimiento del individualismo, el cual en nuestra época puede rastrearse a la década de los 70.  [El individualismo es] esta idea de que tú y yo creemos que lo que queremos, pensamos y sentimos es lo verdadero y auténtico y nadie debe de decirnos qué hacer. Es una idea muy poderosa, que domina nuestra sociedad [a la cual contribuyeron] Margaret Thatcher y el punk. El problema es que la política no puede lidiar con esto, porque la política requiere que un partido político te diga "ven conmigo, únete y usaremos ese poder colectivo para cambiar el mundo", pero para hacer esto tienes que aceptar que eres parte de algo, tienes que rendirte a algo más grande. Para los movimientos radicales esto fue un desastre e incluso más para la política, porque los partidos políticos se desvanecieron; no tenían apoyo masivo y por lo tanto, no podían hacer lo que se supone que debían de hacer en una democracia: ser tu representante, tu puente hacia el poder, porque nos habíamos vuelto tan dispersos, tan incapaces de unirnos a la acción colectiva...

Adam Curtis ,en su documental Hypernormalization, cita el caso de Patti Smith quien, en su libro Just Kids, deja claro que los artistas y, en general las personas, están cansadas de marchar y participar en protestas y demás porque eso no logra nada. Pero, en cambio, pueden expresar su fastidio con el sistema de formas creativas, autoexpresándose. El arte se convierte en una serie de puntos de vista radicales, entre más únicos y personales mejor. El problema con esto es que se olvida algo que era evidente antes: "cuando estás en un grupo, puedes ser más poderoso. Puedes cambiar las cosas. Tienes una confianza cuando algo sale mal que no tienes cuando estás solo", dice Curtis. En nuestra era se cree que los individuos tienen el poder; o al menos las celebridades, y si quieres cambiar el mundo: vuélvete rico y famoso. Pero el poder de los individuos, incluso las celebridades, nunca podrá compararse con el de los grupos. El ser humano es un animal social y obtiene significado de los demás y nunca encontrará motivación y respaldo para actuar  de manera consistente sino es dentro de un grupo. Notablemente, también la felicidad de las personas no está en el ejercicio de sus derechos individuales sino en el asumir responsabilidades, en saber que lo que hacen importa. Es por ello que con el individualismo también asistimos a lo que Max Weber veía como un progresivo desencantamiento, consecuencia del capitalismo. Algo que se constata con el aumento exponencial de la ansiedad y la depresión en los últimos años a nivel global.

A menudo se cree que el individualismo fue un producto o efecto colateral del marketing capitalista, pero Curtis sugiere algo más sutil: el marketing -amoral como es- simplemente se aprovechó de una actitud que despuntaba entre la sociedad y con ello, por supuesto, radicalizó el individualismo. La oportunidad estaba dada: las personas, siguiendo la euforia del libre albedrío, de ser individuos, querían autoexpresarse como tales "pero no sabían hacerlo", no todos podían ser artistas, pero todos podían comprar objetos que los diferenciaran y que les dieran un pedazo de identidad. 

En el movimiento hippie se alentaba a las personas a ser auténticas al responder a su yo  -esto era una reacción ante el conformismo, ante el viejo modo de política en el que se te decía qué hacer-. Ahora era "yo quiero hacer lo que quiero hacer", se trataba de buscar el yo verdadero. 

Es un error creer que importantes cambios sociales -como acabar con la segregación racial en Estados Unidos o los derechos de las mujeres y demás- fueron producidos por la contracultura:

Los cambios verdaderos fueron producidos por el movimiento de los derechos civiles, en el que activistas blancos y negros (muchos de ellos anónimos) en los 50 y 60 pasaron años dando sus vidas en el sur de Estados Unidos, a veces literalmente... De aquí surgió lo que se llamó la nueva izquierda, pero este movimiento se detuvo en los sesenta cuando surgió la contracultura, porque la contracultura empezó con el mensaje de que "nunca vas a acabar con el Hombre [the Man, el poder fáctico], no tienes el poder", por lo que la forma de hacerlo era cambiarte a ti mismo. Fue el surgimiento de un nuevo hiperindividulismo... ya no se trataba de ir al sur y de entregarse ahí en el anonimato, se trababa de la vanguardia de cambiarse a sí mismo, y de allí se transformaría el mundo -lo cual dejaba de lado a la política y creaba movimientos de psicoterapia radicales-...

Este es el momento donde entra el marketing capitalista, porque: 

si vas a ser un individuo autoexpresivo -la meta misma de la existencia- ¿cómo haces esto? Porque no muchos sabían cómo o tenían la confianza para hacerlo. Yo argumento que el capitalismo consumista moderno entró y dijo "Nosotros podemos ayudarte a hacer esto. Te podemos proveer con múltiples cosas para que puedas expresarte, gamas de ropas, coches, todo tipo de productos con los que podrías expresa tu identidad individual". Lo cual fue fantástico para el capitalismo porque podían ahora diversificarse y hacer muchos otros productos.

Surge entonces la directriz detrás del consumismo: productos para hacerte diferente, para verte especial, para que puedas expresarte y ser eso que eres que te hace único. El individuo moderno ya no quiere pertenecer a una masa social que le dé sentido y seguridad -religión, Estado, etc.- quiere distinguirse, separarse y cosechar los beneficios de ser único y especial. Lo cool es ser rebelde, ser diferente, no ser parte de nada. Claro que esta autenticidad individualista es casi siempre una fantasía. Al querer ser únicos y especiales, nos volvemos igual que los demás: solitarios en nuestras trincheras, observadores de un pobre espectáculo que en algunas pocas ocasiones logra conmovernos lo suficiente para que firmemos una petición o salgamos a una marcha. Generalmente, sólo miramos la procesión de noticias de terror y escándalo con una mezcla de ansiedad, ironía, indiferencia, enojo e impotencia. Todos tenemos una opinión y creemos que nuestra opinión es única y muy valiosa. Octavio Paz entendió esto bien:

Las sociedades modernas me repelen por partida doble. Por una parte, han convertido a los hombres -una especie en la que cada individuo, según todas las filosofías y religiones, es un ser único- en una masa homogénea; los modernos parecen todos salidos de una fábrica y no de una matriz. Por otra, han hecho un solitario de cada uno de esos seres. Las democracias capitalistas no han creado la igualdad sino la uniformidad y  han substituido la fraternidad por la lucha permanente entre los individuos... Se creía que a medida que se ampliase la esfera privada y el individuo tuviese más tiempo libre para sí, aumentaría el culto a las artes, la lectura y la meditación. Hoy nos damos cuenta que el hombre no sabe qué hacer con su tiempo; se ha convertido en el esclavo de diversiones en general estúpidas y las horas que no dedica al lucro las consagra a un hedonismo fácil.

El mundo moderno ha logrado producir comodidad pero no felicidad en su sentido profundo, esto es, significado y propósito y no mero placer. Max Weber sugirió, hace casi cien años, que entraríamos en la "jaula de hierro de la racionalidad". Un mundo en el que todo estaría bien administrador y controlado, y todo sería eficiente, pero perderíamos el asombro ante lo misterioso y maravilloso. Curtis cree que esto es de lo que carece el mundo y por lo cual buscamos cosas como teorías de la conspiración "para reencantar el mundo, aunque sea de una forma distorsionada". Es por esto también que necesitamos de lo religioso, y es por ello que muchos movimientos radicales fanáticos de derecha galvanizan tan fácil a las personas -porque las personas están hambrientas de sentido, de asumirse dentro de algo más grande que ellas-.

Curtis considera que, en la actualidad, el poder está en los sistemas de manejo o administración, en las grandes redes de información descentralizada, en las finanzas y en los gigantes de Internet. Sugiere que el algoritmo ha logrado lo que los políticos no pueden:

El genio del poder moderno es que hace lo que no logran los políticos, mantener la sensación de individualismo. Las redes sociales hacen que sientas que te expresas y que eres totalmente tú en línea, expresando ideas o quejas o sentimientos y, sin embargo, a la vez sólo eres un componente dentro de un complejo circuito que te está observando y categorizando de tal forma que dice si está haciendo esto, eso significa que es como este grupo que categorizamos aquí, por lo cual podemos decirle a esa persona en el circuito "ya que estás haciendo esto, no te gustaría esto otro" y tú dices "sí, muy buen" -porque es como lo que hiciste antes y te hace sentir seguro dentro de tu individualidad-. Los modernos sistemas de management han logrado aceptar tu individualidad y expresividad, permitirte que sientas que cada vez eres más expresivo y a la vez manejarte callada y felizmente, sin que te des cuenta de que eres parte de un grupo, porque tú eres apenas un componente en el circuito, pero las computadoras sí lo ven y dicen "Ah, como éste hay 300 millones iguales"... Pero no es una conspiración, es un sistema que puede ver en la información que lee de ti y otros los patrones de los que eres parte y decir, "Ok, los colocaremos dentro de esta categoría".

Progresivamente el ser humano empieza a ceder su poder a las máquinas y a los programas informáticos. Se convierte en un componente dentro de un complejo engranaje que maneja el mundo de manera eficiente, que evita el riesgo, que trata de domar o, al menos, hacer que el caos de la realidad pase desapercibido. Al individuo le gustaría que el mundo cambiara, que fuera más justo, libre y equitativo, pero sin tener que entregar su seguridad, sin tener que aventurarse a lo desconocido o a perderse en el anonimato. Quiere cambiar el mundo, pero quiere también el crédito y reconocimiento por haberlo hecho. El punto que no cruza es justamente aquel en donde su identidad empieza a ser seriamente amenazada... Se aferra a la idea de que la libertad es hacer lo que uno quiere. Pero hay otras ideas de libertad. 

Para cuestionar el poder, debes de enfrentarte a él. Para hacer esto, debes adentrarte en grupo al bosque en la noche. Debes de ser poderoso y seguro como grupo. Y debes de hacer algo que creo que muchos artistas modernos y personas en general me parece encuentran muy difícil: entregarte a algo superior a ti. Hay otras ideas que han sido olvidadas de [lo que es la] libertad. Por ejemplo, la idea religiosa de libertad, creo que la frase es "en Su servicio, la libertad perfecta".

Esto es casi inconcebible para el individuo moderno, que la libertad verdadera sea disolverse en algo mayor, entregarse a él, abandonarse a sí mismo, darse por completo, sin buscar beneficio personal. De alguna manera se guía por aquella frase de Milton de "Paradise Lost", la cúspide de la soberbia: "mejor reinar en el infierno que servir en el paraíso". Es quizás esta actitud la que impide que se pueda construir "un paraíso en la tierra".

 

*       *      * 

Como apéndice, es importante mencionar que muchas de las ideas que subyacen a la conformación del individualismo no son meros engaños o desvíos en los que ha caído la humanidad, sino que son parte de una evolución compleja, que a veces opera más en ciclos que como una línea recta. Por supuesto que el desarrollo individual, el autoconocimiento y la búsqueda del yo verdadero son cosas que tocan fibras profundas, casi intemporales, y que rinden también beneficios para el bienestar de una persona y el mundo cuando son llevados a sus últimas consecuencias y no seguidos como nuevas máscaras para el ego. Asimismo, la idea de que si uno cambia, el mundo cambia, es verdad en cierta forma, sin embargo, es el más endeble pensamiento new age pensar que esto es suficiente o que la experiencia de iluminación o conexión que tuve en un momento inusual va derramarse por el mundo, contagiando automáticamente a todos los seres sensibles por algún tipo de campo cuántico o conciencia colectiva. Si bien existen indicios de que puede existir tal cosa como una conciencia colectiva, siguiendo los trabajos de Rupert Sheldrake (resonancia mórfica) y del Global Consciousness Project de la Universidad de Princeton, los efectos de esta transformación colectiva son sumamente débiles en comparación con lo que puede hacer una persona que activamente busca a los otros, se organiza y crea un espacio de convivencia, comunicación y, posiblemente, de acción colectiva. Este fue por supuesto el error de los hippies, quienes tomaron demasiado LSD y fumaron demasiada marihuana y confiaron demasiado en el poder de la buena vibra -una buena vibra que ellos mismos no podían sostener cuando bajaban de sus viajes psicodélicos-. Lo verdaderamente revolucionario obviamente es trasladar el viaje cósmico o místico vivido en el interior al mundo exterior, la experiencia personal en experiencia colectiva. Hacer de una visión: comunión. Este es el verdadero arte, la verdadera labor profética. Pero como Curtis señala, el arte moderno no puede cumplir con su función de desafiar el poder y la realidad establecida, justamente porque está basado en pura autoexpresión, y el mundo mismo actualmente está basado en esa misma autoexpresión. Es por eso que el arte moderno se parece tanto a la publicidad y al capitalismo. Lo que está más allá de la autoexpresión es la rendición, el servicio, la disolución o la destrucción del individuo: hacerse nadie y nada en favor del todo, dejar que corra la energía vital sin exigir copyright

Al hipeindividualismo moderno ha contribuido en gran media a la espiritualidad moderna basada en ideas orientales de la búsqueda interior del yo, del alma o de algo auténtico y único que yace en la profundidad del ser. Estas ideas, si fueran llevadas a su última consecuencia -y no fueran mezcladas con el capitalismo consumista o con el "materialismo espiritual"- llevarían a lo opuesto del individualismo, puesto que, en el fondo de filosofías como el yoga, el vedanta o el budismo, está la noción de que el ser individual con el que nos identificamos es una ilusión y no existe de manera independiente. Lo real, el ser verdadero, la divinidad misma o la verdad -aquello que se busca- es lo que emerge cuando se elimina la ignorancia y la confusión, que es básicamente creer que uno existe como individuo separado en un mundo material -o en otras palabras cuando uno deja de creer que es lo más importante del universo (y es que la mayoría realmente creemos esto y vemos al mundo a través de este filtro de ser el centro del universo)-. Lo que piden estas filosofías o religiones es la aniquilación del yo, su anulación en algo más grande. Como dice Curtis "en Su servicio, la libertad perfecta". 

Todo esto es paradójico porque la mayoría de las personas cuando emprendemos una búsqueda "espiritual" lo hacemos por motivos egoístas, para obtener más seguridad, para volvernos más poderosos y consolidar nuestra identidad -ahora como personas espirituales, maestros de esto o aquello-. Pero esta búsqueda justamente implica, si es llevada a cabo de manera auténtica, la destrucción de aquello que de entrada nos impulsó a hacer la búsqueda en cierta forma: todo logro espiritual no podrá ser "nuestro", no podrá ser algo que poseemos, de otra manera, evidentemente, no es algo espiritual, puesto que lo realmente espiritual es siempre la anulación de la importancia personal en favor o servicio de algo más grande (Dios, la verdad, la humanidad, etc.). Esto es también lo verdaderamente moral, lo bueno, lo verdadero, lo bello. Es por ello que la religión en Occidente se ha convertido en espiritualidad new age mayormente, porque la espiritualidad new age no requiere algo tan radical. Uno puede seguir siendo un individuo y disfrutar de la vida moderna. No es necesario ni renunciar a nuestra propia identidad ni renunciar al mundo; sólo nos permite adaptarnos mejor y hacernos menos vulnerables al caos natural de la existencia. La espiritualidad así, es en realidad la forma en la que nuestro ego finge su muerte para consolidar su poder en la sombra. Es el meta-producto de consumo y, de hecho, la forma más ilusa de materialismo, un materialismo espiritual. 

Twitter del autor: @alepholo

Citas de Adam Curtis: https://thecreativeindependent.com/people/adam-curtis-on-the-dangers-of-self-expression/

Traducción del primer capítulo de 'Deep Principles of Kabbalistic Alchemy', la reciente obra de David Chaim Smith que revitaliza el esoterismo contemporáneo e introduce la práctica contemplativa como alquimia

No conozco a un autor contemporáneo en el esoterismo occidental cuya obra sea más relevante y estimulante para la práctica contemplativa que la de David Chaim Smith. Anteriormente hemos reseñado algunas de las obras de Smith en este sitio, y en esta ocasión estamos contentos de presentar una traducción de la introducción y el primer capítulo de su más reciente obra Deep Principles of Kabbalistic Alchemy, que es la primera parte de una serie titulada The Lightning Flash of Alef, cuya siguiente entrega, Bath of  Bright Silence, está programada para principios del 2018. En esta serie, Smith explora una visión no emanacionista de la cábala, en la cual sostiene que la totalidad está presente en cada punto de la manifestación, fulgurando como el mundo de las apariencias -la base o raíz (Ein Sof) se despliega a sí misma en aparente diversidad sin disminuirse ni debilitarse-. Esto es, no hay una emanación con grados de diferenciación de poder o de cercanía a la luz de Ein Sof, como sostiene la visión cabalista emanacionista, la cual se ha convertido en la versión estándar de los estudios cabalísticos académicos.

Ya que la totalidad -la base irreductible- está presente y disponible en todos los fenómenos, la contemplación cobra un papel de primer orden en este tipo de misticismo. Como sugiere Smith, el acto puro y simple de contemplar cualquier fenómeno con el fuego de la atención sostenida es una forma de alquimia. La percepción puede ser depuración y oración cuando se llena de un deseo gnóstico y se abre la posibilidad de apercibir y reconocer lo infinito aquí mismo, y de anular la división entre lo que conoce y lo que es conocido, lo cual es el gran cometido de todo trabajo místico.

La siguiente traducción es apenas un primer intento de comunicar en español una pequeña parte de un material que me parece sumamente valioso. Smith ha creado un lenguaje de gran precisión técnica con el cual vincula la tradición alquímica y la cabalística, así como una veta gnóstica no-dual. Este lenguaje se apoya en una serie de diagramas o cartografías esotéricas que son portales de contemplación dentro del libro. Esto dificulta un poco la traducción y, para hacerle justicia a la obra, requeriría quizás de cuantiosas notas, aclaraciones y, probablemente, refinaciones de la misma traducción que no se ajustan a este medio, que no se ocupa de lo académico sino de lo meramente divulgativo. En un futuro, posiblemente podamos contar con una versión más completa de su obra y con un estudio crítico que permita al lector de lengua española acceder a este tesoro de gnosis intoxicante. Mientras tanto, dirijo a los lectores al sitio de David Chaim Smith donde se pueden adquirir sus libros y familiarizarse directamente con su trabajo.

Introducción

Este estilo de misticismo contemplativo inicia con una profunda consideración de un sistema de símbolos dedicado a misterios de los cuales no puede hablarse ni escribirse de manera convencional. En el momento en que el entendimiento intelectual se esmera por lo inasequible, sobretonos e implicaciones emergen lentamente e inundan la percepción con un torrente de cualidades que se hacen sentir. Inundar la percepción con sensaciones sutiles permite que el significado cambie de registro. La mente puede invitar un espectro de resonancias para que invadan el mundo, haciendo que la distinción entre designaciones internas y externas entre en un crepúsculo donde la mente se embelesa en la disolución de las fronteras conceptuales convencionales.

El crepúsculo se expresa como un campo simbólico en el que el significado se desborda para remodelar la forma y el estilo con los cuales se despliega a sí mismo. Todas las cosas se vuelven símbolos, y los símbolos se vuelven cosas vivientes. Esto hace que los fenómenos se hagan cada vez más como un sueño. Es dentro de este registro de interpenetración superfluida que el trabajo profundo de la contemplación realmente empieza.

El material de este libro puede trabajarse en cuatro niveles. Primero, una lectura general introduce la selección de símbolos y sus significados externos a un nivel intelectual. Segundo, el material puede ser sondeado en el espacio interno hasta que los primeros atisbos sutiles de tonos-sensaciones1 empiecen a filtrarse. Al sentirse, estas resonancias exudan niveles mucho más íntimos que la mera intelectualización: el dinamismo puro del pensamiento se mezcla y expande a través de los campos de sensación sutil. La tercera etapa evoca un nivel de significado más allá de la intelectualización y el sentimiento resonante. A este nivel los axiomas nucleares de los símbolos se abren de adentro hacia fuera en despliegues de puros patrones. Estos patrones son transparentes a la esencialidad2 básica que comparten tanto la percepción como lo que es percibido, lo cual es la cuestión mística fundamental. Es dentro de estos patrones que la mente se viste a sí misma, existiendo como los puros patrones y ya no como una identidad humana separada.

La cuarta etapa se concentra en el fulgor inasible que permea los patrones. Esta etapa ofrece una oportunidad para la total rendición de la mente. El verdadero valor de un símbolo es descubierto dentro de la búsqueda dinámica que hace la mente de éste, más allá de cualquier objeto de pensamiento específico, cuando la atención se baña en la plenitud indiferenciada que permea el acto contemplativo. Entre más profunda se hace la cognitividad (awareness)3 más se abre la plenitud, hasta que tanto la mente como sus constructos disuelven todo vestigio de división conceptual.

En su sentido más profundo, la contemplación es una forma de alquimia que transmuta y consume las divisiones dualistas. A través de la práctica disciplinada de la contemplación, la sensación de autonomía de la mente y su estructura de entendimiento pueden diluirse en la base o raíz de todas las cosas, que es la esencia primordial. Esto está predicado en un reconocimiento y aislamiento de la base (ground), lo que se conoce como su destilación. La base es la quintaesencia alquímica que disuelve la frontera entre la cognitividad interna y las apariencias externas y que, paradójicamente, se vierte a sí misma continuamente como el aparentemente diverso espectro de los fenómenos. Cuando es reconocida en su derramarse hacia afuera, la base se vuelve un baño completo más allá de cualquier asidero, identificación o identidad y de cualquier punto de referencia. Es precisamente el dinamismo de esta no-referencialidad lo que se realiza cuando la gnosis despierta.

Si estas sugerencias son seguidas, el campo de símbolos generará regalos que invitan a la mente a bañarse en la base. Puedes retribuir los regalos con interés y atención. Entre más se retribuye, más se manifestarán. Al final, la mente transmuta la recolección de información en un proceso de apertura, y el aprendizaje se convierte en una especie de des-aprender. Cuando la solidez de la identidad y de la identificación es des-hecha, la mente se entrega a la amplitud de su inherente naturaleza sagrada, la cual es finalmente reconocida como la naturaleza de todas las cosas más allá de la aprehensión de la mente.

El reconocimiento de la esencialidad está basado en dos pregunta claves: ¿Qué o quién reconoce?  y ¿qué es reconocido? La esencia está más allá de un sujeto que percibe y un objeto que es percibido y así la pregunta se mantiene: ¿sobre qué están basadas estas proyecciones?

El misterio de esta pregunta ofrece una especie de voz silenciosa siempre creciente, como una planta brotando de la tierra hacia su madurez. Las semillas del conocimiento que han sido plantadas pueden ser regadas con un anhelo no-verbal, que se mezcla con la luz solar de la atención concentrada. Cuando la mezcla permea la tierra del entendimiento, las semillas se hacen plantas en la noche, y el sol se oculta detrás del horizonte de la conciencia. Entonces las plantas puede arraigarse profundamente en el suelo. Entre más se riegan, más profundas se hacen las raíces.

El crecimiento de este proceso alcanza su madurez cuando la transmisión de sabiduría entra en una fase radical. Se convierte en una forma de voz en la que se vuelve indistinguible su decirse de su oírse. Entre más profundamente madura el proceso, más se unifican los aspectos de transmisión y recepción en el silencio. La fruta de esta cosecha está más allá de cualquier cosa que pueda contener un libro. Esta es la cosecha que es reunida para su destilación en el intoxicante primario de la gnosis.

Este es el primer libro en la literatura esotérica occidental que abiertamente articula una visión cohesiva de la base como el soporte que unifica la percepción ordinaria con la sabiduría más sublime (ver hyulie y avira en el capítulo 2). Por esto, será oportuno acercarse a este libro como una disciplina en sí misma, para que estos símbolos no sean confundidos con otras fuentes que no comparten la misma visión.

 

Capítulo 1. El Tzimtzum

El tzimzum, o contracción primordial, es una profunda metáfora cabalística que asume el papel de un mito de creación. Primero, sólo hay absoluta luz divina. Luego, la luz se retrae de un punto central para formar un círculo, vaciando un espacio en el cual todos los mundos se pueden manifestar. Esto implica que el tzimtzum precede a toda otra actividad y fabrica un metacontexto para todos los fenómenos como la dimensionalidad y el tiempo. Esto también implica que el tzimtzum marca una división entre la simplicidad absoluta previa y la subsecuente variación relativa, la cual se desdobla dentro del espacio vaciado después de la contracción inicial.

La visión que sostiene este libro es que el tzimtzum nunca ocurrió, y no se refiere en realidad a una proto-historia de la creación. El tzimtzum es un símbolo complejo que describe la paradoja entre la infinita incontenibilidad  y la aparición de modos finitos de contención. Los hábitos perceptuales comunes no logran aprehender aquello que no puede ser reducido a términos finitos, ni de manera intelectual ni a través de los sentidos. El círculo del tzimtzum es un símbolo que hace que la mente se enfrente con su paradoja más íntima -el muro perceptual que oscurece y obstruye el paso libre de la visión-. Sin embargo, para que  esto pueda entenderse, los hábitos reactivos de la mente deben de ser examinados y reconciliados.

La raíz de todos los hábitos perceptuales es la reificación, esto es, la tendencia de sustancializar o solidificar estados cognitivos. Esta tendencia obliga a la percepción a cerrarse sobre sí misma dentro de unidades de las cuales se puede agarrar, lo cual incluye un encerramiento en estados amorfos o confusos. La reificación reduce el campo abierto de la posibilidad a una interminable procesión fragmentada de cosas, ideas, experiencias y estupores. Ir cortando, a través de las resistencias que reifican los fenómenos, es la base de un sendero místico, y descubrir la naturaleza de la paradoja a través de la percepción directa es la meta.

La esencia de tanto lo que percibe como de lo que es percibido es incontenible, y esa esencialidad incontenible es absolutamente ilimitada. El término usado en la cábala para esta esencia ilimitada es Ein (no) Sof (fin). La aspiración mística última es entender que Ein Sof es el cuerpo y la sangre de todos los fenómenos. Esta paradoja central iguala a la nada con la totalidad. Este entendimiento es la gnosis, o despertar espiritual, que representa la culminación del proceso alquímico, el fruto resultante de la lucha de la mente por actualizar una destilación de su propia naturaleza esencial.

La vastedad espaciosa de Ein Sof se ve oscurecida por el hábito perceptual en el momento en el que se asume el rol de un sujeto que percibe. La fabricación de un yo instantáneamente choca con una interminable serie de objetos percibidos, entre los cuales están los pensamientos y las sensaciones que tiene de sí mismo y de su propia identidad. Esta estructura dualista, al ir recibiendo y adhiriéndose a información externa e interna, divide el campo de los fenómenos en las categorías de un yo y lo que no es ese yo. Un sujeto identificado con un yo no puede satisfactoriamente reificar el misterio de Ein Sof como una realidad asible. Por lo tanto toda las visiones convencionales sobre lo divino están limitadas a especulaciones incompletas. El muro erigido por la conceptualidad es precisamente la barrera que el místico quiere atravesar, y el símbolo que representa ese lugar último de ruptura es el círculo del tzimtzum.

La visión en la que se fundamenta este libro es llamada no-emanacionista,  y mantiene que Ein Sof jamás puede ser disminuido, degradado o desplazado. Esta visión mantiene que nada nunca se separa de la pureza primordial de Ein Sof, no obstante que aparenten manifestarse fenómenos delimitados. La sabiduría que soporta esta visión no puede ser transmitida meramente con un lenguaje convencional, por lo tanto se sirve de símbolos. Un símbolo es simplemente una transmisión de significado. En el caso del círculo del tzimtzum, el significado no puede ser reducido a ningún atributo que lo defina, más que a la paradoja primordial en sí misma.

El relato cabalístico del tzimztum es elaborado en una secuencia simbólica. Primero, la totalidad emerge como un punto irreductible en el corazón de la luz de Ein Sof. Desde la visión no emanacionista, este punto no es más que Ein Sof, y cabalísticamente sirve como su malkut, o función de despliegue. El punto es absoluto, y no ofrece ningún tipo de atributo de división dimensional. Por lo tanto, el punto no puede separarse de la simplicidad de la luz divina, y actúa sólo como una concentración de su foco.

La luminosidad luego se contrae en un círculo alejándose del punto y dejando un espacio vaciado o chalal hapanui. La contracción y la evacuación marcan la paradoja última. ¿Cómo es posible que el infinito sea vaciado o dividido? Estas acciones sólo aplican a las sustancias materiales finitas, así que, ¿cómo podrían aplicar a Ein Sof? Esas conclusiones materiales no pueden aplicarse a la contracción y, sin embargo, el desplazamiento aparece, y en esto yace la paradoja. Una vez que la paradoja es entendida en términos cósmicos puede aplicarse también a cada detalle de la manifestación.

El no emanacionismo es inherente a la base de los fenómenos desde el comienzo que no tiene comienzo. Previamente a la contracción, Ein Sof no se reduce para poder emanar su luz. La luz (aur) de Ein Sof no es un efecto derivado de una causa. La luz se expresa directamente sin nunca disminuir o degradar la pureza de su naturaleza esencial. Esta distinción es importante, porque si Ein Sof hubiera tenido que disminuirse en la expresión de su luz, esto ciertamente la haría disminuirse aún más en la expresión del sefirot. Subsecuentemente cada sefirot disminuiría la luz más y la secuencia de emanaciones disminuidas acabaría, comparativamente, en un universo material inerte. Esta lógica está basada en una cadena lineal de causalidad, la cual es el fundamento del pensamiento conceptual ordinario. En el sentido más profundo, el misticismo se libera de esto. El reduccionismo inherente a la fabricación de estructuras conceptuales es su más grande impedimento.

En la narrativa cabalística el punto representa el malkut de la luz de Ein Sof, y la periferia del círculo vaciado representa el keter de la sucesión de cuatro mundos que le siguen. Si la narrativa se toma literalmente se debe aceptar la temporalidad relativa, ya que la periferia es descrita como habiéndose separado del punto a partir de la contracción de la luz. Este es precisamente el tipo de conceptualización que reduce los símbolos a términos ordinarios. La visión no emanacionista corta a través de la temporalidad al aceptar el juego del símbolo más allá del tiempo y la sustancia. Así se entiende que la periferia nunca se separó del punto, aunque la separación aparece. Aquí yace la paradoja clave.

Tres aspectos del círculo del tzimtzum son presentados: un interior (lo que aparenta ser contenido) un exterior (lo incontenible), y una línea en la que estos aspectos se tocan. Para que estas distinciones relativas transmitan significado más allá de lo conceptual, el significado de todos los límites debe ser transmutado. Este es el propósito último del símbolo del tzimtzum. Punto y círculo expresan una totalidad indivisible que no puede ser restringida dentro de una cadena de causas y efectos. Es por esto que es crucial entender el tzimtzum como un modelo para la contemplación de la paradoja primordial, la cual está implícita en cada parte de la manifestación.

El malkut de la luz de Ein Sof y el keter de lo que surgirá de ella están los dos completos en la base que iguala todos los fenómenos. Si la visión de la no emanación es entendida, origen y destino pierden todo significado relativo en la gran espaciosidad de la totalidad absoluta. Esto no significa que echemos por la borda los símbolos relativos, lejos de esto. Sin embargo, deben ser reexaminados con una nueva capacidad de significado, y esto es precisamente lo que hace el sutil y delicado lenguaje simbólico cabalístico.

Ni la cúspide del círculo del tzimzum ni su punto original deben ser contaminados con los trazos de un marco temporal. El círculo invita a la mente al borde de la nada en el no-tiempo, donde la esencialidad de Ein Sof puede ser contemplada no obstante su aparente división. En este sentido, el círculo del tzimtzum es el único símbolo que hay para la paradoja desnuda de la manifestación.

Los textos cabalísticos mantienen que después de que la luz de Ein Sof es vaciada del círculo, un reshimu o residuo de la luz permanece. Todos los mundos y todas las cosas dentro de ellos emergen del reshimu. Este asunto introduce a la mente a la naturaleza de la base de todos los fenómenos. El reshimu es el resultado de una remoción, y por lo tanto es definido por una ausencia. Sin embargo, la idea de que se ha quedado atrás implica una presencia. La mayoría de los cabalistas que se aferran a las nociones convencionales de sustancia proyectan una mitología causal en base al raciocinio de que la luz nunca fue completamente removida, y por lo tanto permanece de una manera en extremo sutil. Esta explicación es simplemente un vestigio del hábito de la mente de aferrarse a los fenómenos materiales. El reshimu está más allá de esto, y no puede ser resuelto por medio de explicaciones mecanicistas.

El reshimu es un símbolo paradójico. Es puro y abierto como la luz de Ein Sof; no obstante, aparece de manera sustancial dentro del espacio de la creación. Su rango de posibilidades es perfecto, y por lo tanto debe incluir la posibilidad de todas las imperfecciones percibidas. Lo que es realmente perfecto es completo y entero, y debe incluir la libertad de desplegar cualquier inconsistencia. La naturaleza absoluta de la base nunca cambia, pero su despliegue relativo se presenta a sí mismo como cambio constante.

Que no haya confusión: la absoluta esencialidad y su expresión relativa no representan dos verdades separadas. Lo absoluto es verdad en un sentido definitivo, aunque asume siempre forma relativa. La forma se distorsiona en su significado cuando los hábitos de la mente se aferran a ella. Aunque la verdad siempre está disponible, yace oculta detrás de una cortina de impulsos parpadeantes. Es por esto que el místico medita sobre la visión y se acerca a los fenómenos con gran reverencia y sutileza, esforzándose por unirse a Ein Sof no importa lo que surja.

__________________________________

1. La contemplación no es un mero proceso intelectual sino que requiere de una proceso sensual-emotivo, en el que los símbolos que se contemplan son sentidos. Y al sentirse van actuando sobre el cuerpo del individuo como destilando sustancias endocrinas, néctar, un rocío lumínico. A esto Smith se refiere con el término feeling-tones, tonos-sensaciones o tonos-sentimientos que permiten un influjo sobre los los diferentes dominios cognitivos: lo mental, lo corporal y lo emocional. Quizás la mejor traducción para esto sería la palabra sánscrita “rasa”, la cual significa jugo, líquido, esencia, sabor, emoción o cualidad. Refiere también a una sensación estética, a una cualidad que se encuentra en la poesía y en el teatro; aparece también en el nombre que se le da en sánscrito a la alquimia: rasáyana, el camino de la esencia. La contemplación alquímica se sustenta en la generación de estos tonos que son sentidos holísticamente y que hacen transparentes los diferentes campos a través de los cuales nos relacionamos con el mundo.

2. Es importante mencionar que Smith utiliza el término essentiality (esencialidad) y no essence (esencia), para enfatizar la cualidad dinámica, una naturaleza esencial que es más una cualidad activa o un proceso que una cosa. Esta esencialidad o base (ground) de los fenómenos que se manifiestan en aparente diversidad, sin poder fijarse, está más allá de la mente dualista que conceptualiza y define. Es en realidad Ein Sof, lo infinito, lo que trasciende el lenguaje, la representación y la experiencia (que requiere de un sujeto-objeto), pero que, sin embargo, es total inmanencia, realidad absoluta que no se ve disminuida o debilitada por la manifestación. Smith detalla un sistema para reconocer la identidad de Ein Sof (lo absoluto) con los fenómenos (lo relativo) que experimentamos diariamente (esto puede expresarse cabalísticamente con el axioma de la inseparabilidad de keter y malkut).

3. Smith distingue entre awareness y consciousness. El término awareness no tiene una traducción exacta: el español es bastante pobre en su diferenciación de cualidades y estados de cognición o conciencia. Generalmente, awarenness se traduce indistintamente como "conciencia"; si bien esto ya se queda corto, en este caso awareness se usa con precisión técnica y tiene una acepción diferente  de consciousness. El término es insatisfactorio ya que Smith entiende awareness como el estado puro de la experiencia cognitiva o el estado esencial de la mente, que no depende de un objeto o un contenido, que trasciende justamente la dualidad sujeto-objeto, mientras que consciousness es la conciencia ordinaria dualista. Dicho eso, el término "cognitividad" tampoco es satisfactorio, ya que refiere a la facultad de conocer algo, pero implica algo distinto a sí. Sobre la diferencia que hace Smith existen muchos paralelos con las tradiciones orientales, donde existen términos muy específicos que diferencian las cualidades de lo que en español llamamos "conciencia".