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Teresa Wilms Montt, poeta, mística, musa, anarquista (fotos y poemas de una de las mujeres más bellas en la historia de la literatura)

Arte

Por: pijamasurf - 12/06/2017

La trágica y deslumbrante vida de la poeta chilena Teresa Wilms Montt

Aunque murió apenas a los 28 años después de haber ingerido veronal (veneno), la vida de Teresa Wilms Mont estuvo llena de acontecimientos, de poesía y de tragedia. 

Teresa se casó a los 17 años contra la voluntad de su familia -parte de la más alta burguesía de Chile- con Gustravo Balamaceda Valdés. Su matrimonio la hizo romper prácticamente para siempre con su familia. Su marido, sin embargo, tenía problemas de alcohol y era muy celoso. Durante su matrimonio empezó a acercarse a los sindicatos y a interesarse por los derechos de las mujeres y la lucha social. Es también en esa época donde Teresa tiene contacto con los masones. Viaja a Santiago y allí conoce el encanto de la vida nocturna y la bohemia, algo que luego replicará en otras ciudades del mundo. Luzmaría Jiménez Faro describe esta faceta en una reciente edición de su poemario "Anuarí": 

fascina a Teresa, que es recibida con una enorme expectación, y se convierte en una ‘diosa de la noche’. A una mujer tan extraordinariamente bella, con una mirada tan profunda y cautivadora, de ojos claros, con un cuerpo espléndido, en definitiva una mujer llena de armonía y sensualidad, y con una conversación animada e inteligente, le surgieron cantidad de admiradores y amigos.

Ella escribiría en uno de sus poemas:

Dos senos de una blancura inquietante; dos ojos lúbricamente embriagados y una mano audaz de sensualidad, se han atravesado en mi camino. Una voz indefinible, como el hipo de un sollozo histérico, me ha dicho: Soy el erotismo: ¡Ven!

Y yo iba; iba siguiendo a esa bacante estrambótica, como sigue la hoja de acero al imán. Iba empujada por el misterio... Mis labios se helaban, y tenían en la garganta una opresión de hierro. Iba la mirada húmeda, los ojos claros como brillantes en alcohol.

Durante esta primera etapa bohemia, Teresa se vuelve amante del primo de su marido.  Fue recluida en un convento, luego de que su marido descubriera que le era infiel. Viviendo como monja y separada de sus dos hijas, coquetea por primera vez con el suicidio. Logra escapar del convento con la ayuda del poeta Vicente Huidobro -otro posible amante-. De allí viaja a Argentina donde traba amistades con Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges. En Buenos Aires un joven se enamoraría de ella,  y, al ser rechazado, se suicidaría. Teresa recordaría a su infausto amante no correspondido dedicándole un poemario, "Anuarí", en el que cumpliría su amor, aunque sólo en un limbo literario. Formaría una especie de fraternidad sagrada y espectral con Anuarí, una cofradía de la muerte:

En la luz del crepúsculo el cristal de la ventana me devuelve el reflejo de mi cara. […] Sombra, silencio, nada existe para saciar la inquietud de mi lámpara vital. En sueños, vive en su mundo mi espíritu, invocando a la muerte hermana, vagabunda y eterna.

[...] Me amaste, Anuarí, y alcancé la Gloria suspendida en tus brazos.
Desapareciste, y quedé sola, los ojos náufragos en noche de lágrimas.
Bondadosa ha vuelto tu sombra, entre ella y el sepulcro espera una hora mi alma.

Después de Buenos Aires partiría a Nueva York en un barco, para trabajar como enfermera durante la gran guerra, pero fue acusada de ser una espía nazi. Dejando América, viajó por las grandes ciudades de Europa y conoció a una pléyade literaria, particularmente a los españoles Azorín, Ramón Gómez de la Serna, Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez  y Ramón Valle-Inclán, el más místico del grupo, y quien prologaría uno de sus libros:

Con el dolor de la caída se junta el anhelo por volver a la luz. Maravillosa virtud la de esta voz que golpea la puerta de bronce del templo de Isis: los ecos milenarios se despiertan, y las sombras antiguas acuden al conjuro, pasan guiadas por la música de las palabras que se abren como círculos mágicos en un aire nocturno.

 Tiene esta voz una gracia alejandrina, en ella se junta como en el antro de un viejo alquimista, los verdes venenos de sierpes y plantas, las piedras cristalinas donde están grabados los signos salomónicos, y las esferas de bronce que marcan el camino de los astros paralelo al camino de las vidas. Maravillosa voz alejandrina que renueva el temblor de las visiones apocalípticas, y la mística calentura del fakir que deslíe su conciencia en el Gran Todo.

Teresa como una de las sacerdotisas de Isis, la diosa egipcia que "lleva el fruto del sol" y cuyo velo epifánico es el umbral hacia los misterios más profundos del alma. 

El 22 de diciembre de 1921 ingresa al Hospital Laënnec, donde muere a los 28 por ingerir una dosis letal de veronal. Fue una crónica de una muerte anunciada. No podía soportar estar lejos de su familia y a la vez tenía un impulso hacia conocer más, y sentir más, presa del magnetismo irresistible de la noche.

Teresa fue lo más cercano que tuvo la literatura hispanoamericana a Louis Andres Salomé, la musa de escritores e intelectuales como Rilke, Nietzsche y Freud. Carlos Javier González Serrano, del excelente sitio El Vuelo de la Lechuza (esa ave hegeliana de la sabiduría), incluso utiliza la analogía de un fuego nietzscheano: "Aunque es la pasión la que, como brasa nietzscheana incandescente, la empuja a vivir, a vivir siempre más, si bien todo su irreprimible ardor se mezcla con el gélido recuerdo del inevitable fin, adivinado sin descanso en el horizonte". Al parecer Teresa es uno de esos raros espíritus cuya intensidad vital es ya una sospecha de la inminencia de la muerte, uno de esos seres que, como las supernovas, al brillar demasiado intensamente, se consumen más rápido y estallan. Vidas al filo de la navaja, vidas que contemplan el abismo y el abismo les regresa la mirada. Vidas que enamoran y hacen perder la razón. Admirable y terrible.

Teresa Wilms Montt será recordada como una precursora del feminismo en Chile y hace unos años su vida fue llevada al cine.  Hay una frase que se queda y que la define:

Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo.

El parecido con el entendimiento de uno de los grandes místicos del siglo XX, Nisargadatta Maharaj, maestro del advaita vedanta, es notable:

El amor dice: 'Yo soy todo'. La sabiduría dice: 'Yo soy nada'. Entre ambos fluye mi vida.

 

 

 

 

Con información de El Vuelo de la Lechuza

‘Yo, un negro’ (Jean Rouch, 1958): el cine entre arte e investigación

Arte

Por: Lalo Ortega - 12/06/2017

La obra del cineasta y antropólogo francés existe con un pie en la ficción, y otro en el documental

Cortesía de su influencia y éxito comercial inconmensurables, es fácil pensar que el destino del cine siempre fue la representación de lo que otras artes ya han manifestado antes. En su capacidad única de capturar la realidad mejor que otros medios de expresión, el cine del mainstream a menudo ha caído en la paradójica representación de lo que Hitchcock llegó a despreciar como “teatro filmado” (desdén que, por extensión, aplica a la literatura adaptada a la gran pantalla). ¿Cuál es, entonces, la esencia del cine como arte independiente?

Ya en 1955, el pintor, artista y cineasta experimental, Hans Richter, escribía que una de las posibilidades del medio para emanciparse yacía en volver de la ficción a la historia, y del estilo teatral al documental. Así, la naturaleza provee al cine de una materia prima propia que no es limitada por las tradiciones literarias preexistentes: su capacidad creadora es dada sólo por la cámara y la sala de edición. Jean Rouch, cineasta y antropólogo, exploró dichas posibilidades a lo largo del centenar de películas que constituyen su filmografía.

Pionero de técnicas como el jump cut y reverenciado como precursor de la Nueva ola de cine francés por sus integrantes, Rouch es, sobre todas las cosas, padre del cine de etnoficción. Junto con "Los amos locos" (Les Maîtres Fous, 1955), "Yo, un negro" (Moi, un noir, 1958) es una de las obras más conocidas del subgénero.

 

 

El filme muestra a un grupo de inmigrantes nigerianos que viven en Treichville, un barrio en la capital de Costa de Marfil, mientras buscan trabajo todas las mañanas. Al plantear Rouch, mediante voz en off al inicio, el proceso de su experimento, hace de "Yo, un negro" una obra que se inscribe dentro este nuevo tipo de cine.

Se trata de una improvisación, carente de un guión preexistente, en la que sus sujetos se interpretan a sí mismos con libertad de hacer y decir lo que quisieran, bajo seudónimos que mucho dicen sobre la influencia de la cultura occidental en la cosmovisión de la juventud africana de la época. Por limitaciones técnicas del registro sonoro, ésta no es una película con sonido directo: las narraciones y comentarios fueron grabadas después en París.

En el carácter imprevisible y caótico de su creación, el cine de Rouch se desprende de la antropología rígida para oscilar entre el arte y el método científico. Donde éste y el guión cinematográfico clásico se encargan de controlar el entorno y reducir las variables, la espontaneidad de los sujetos en "Yo, un negro" admite una experimentación del mundo más amplia y, de cierto modo, más real.

¿No es una contradicción que el antropólogo presente una realidad enmascarada a posteriori por la narración de sus propios sujetos? O, quizá a la inversa, Rouch propone ir más allá del registro objetivo de los hechos gracias a la capacidad intrínseca del cine de representar la subjetividad.

 

El Cine Tonalá y Le Cinéma IFAL son sedes del ciclo “Jean Rouch: una aventura cine-etnográfica” durante el mes de diciembre. Para conocer fechas y horarios del programa, consulta este enlace.

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios