*

X

¿Por qué se suicidan tanto los médicos?

Salud

Por: pijamasurf - 09/09/2014

A pesar del tope de 80 horas de trabajo semanal para residentes, la medicina sigue siendo una de las profesiones más desgastantes física y emocionalmente, tributando vidas al estrés y las largas jornadas. El testimonio de un par de médicos jóvenes puede iluminar este panorama
medic

Imagen: nytimes.com

Ser médico es una profesión de riesgo: algunos estudios muestran que los médicos tienen el doble de probabilidad de suicidarse que las personas que no ejercen esta profesión; la probabilidad se triplica en el caso de las mujeres. La nanocirugía avanza a pasos agigantados, al igual que el prospecto de nuevos tipos de transplantes y vacunas contra enfermedades hasta hoy incurables; sin embargo, los médicos no pueden comportarse como robots: siguen enfrentándose finalmente al ciclo de vida y muerte al que todo organismo está expuesto, y para algunos es simplemente demasiado difícil.

Se estima que al menos 400 médicos cometen suicidio cada año en Estados Unidos, más que el promedio de la población general y más que en cualquier otro grupo académico-ocupacional --y la tendencia es más pronunciada entre psiquiatras y anestesistas. La paradoja de que los médicos no puedan diagnosticar sus propios malestares asociados con el ejercicio de la profesión (como estrés, aislamiento social y abuso de drogas) ha sido documentada estadísticamente, pero algunas voces al interior del gremio están de acuerdo en que se requieren cambios de fondo.

Pranay Sinha es un médico de primer año de residencia en el departamento de medicina interna del Hospital de Yale-New Haven. Su teoría es que los médicos (en especial los residentes en EE.UU.) son formados de acuerdo al ideario del ensayo “Aequanimitas” de Sir William Osler, fundador del primer programa de residentes del Johns Hopkins Hospital en 1889. El médico debe proyectar ecuanimidad intelectual, emocional y física, muchas veces más allá de las que posee realmente.

Sinha se dio cuenta de que es sólo cuestión de tiempo para que el médico tenga que enfrentarse a la realidad estresante de aquello que, paradójicamente, también le genera satisfacción: certificados de defunción, diagnósticos mal establecidos, prescripciones erradas…

Para remediar dicha soledad, Sinha enfatiza la necesidad de “una cultura médica que nos aliente a compartir estas vulnerabilidades” cambiando la competencia entre colegas, así como el sentimiento de soledad, por un sentido de conexión.

“Descubrimos que algunos enfermos no se curan pero se sanan”

Los dramas médicos no ocurren solamente en Dr. House o Grey’s Anatomy: la supuesta infalibilidad de los médicos ha sido cuestionada también en un contexto latinoamericano en el libro Permiso para morir. Cuando el fin no encuentra un final, de próxima aparición en Argentina.

El caso del músico Gustavo Cerati y su innecesaria agonía dan pie a una reflexión de Daniel Flichtentrei sobre el derecho a la muerte voluntaria, pues “hay investigaciones que señalan que los médicos realizamos maniobras de reanimación cardiopulmonar hasta en un 85% de los casos, aun considerando que serán inútiles o que sólo prolongarán la agonía” .

La educación “enfática” de los médicos, como la llama Flichtentrei, parte de la premisa de que toda vida merece ser vivida, lo que lleva muchas veces a la construcción de un nuevo tipo de paciente: los familiares del enfermo que ven al paciente convalecer innecesariamente, cuando las esperanzas clínicas han sido agotadas.

Aunque Flichtentrei no se refiere propiamente a la singular tasa de suicidios entre médicos, su propuesta para afrontar con una nueva humildad el ejercicio de la medicina podría beneficiar a otros practicantes, especialmente por el enfoque de ida y vuelta que plantea:

Aprendemos a “ser” y no sólo a “hacer”. Leemos, tomamos cursos de postgrado, asistimos a congresos y a simposios para adquirir como médicos las habilidades que teníamos antes de ingresar a la facultad y que habíamos perdido al salir de allí. Las competencias elementales para comprender el sufrimiento ajeno y para permitirnos sentir el propio. La habilidad para articular lo analítico y lo narrativo. Una mañana al entrar en la sala del hospital nos damos cuenta de que podemos escuchar y no sólo preguntar. Que el “escuchatorio” puede articularse con el interrogatorio. Que la gente tiene cosas valiosas para decirnos y que son ellos mismos, con sus propias historias, quienes le dan sentido a la vida que se les termina. Descubrimos que algunos enfermos no se curan pero se sanan. Que ellos se sienten mejor. Y nosotros también.

 

 

Te podría interesar:

El problema de que las farmacéuticas se beneficien de crear enfermos crónicos

Salud

Por: pijamasurf - 09/09/2014

Hay un profundo conflicto de intereses en la industria farmacéutica, que hace que los enfermos sean tomados como clientes para toda la vida

farma1

Monica Müller es una homeópata, escritora y expublicista que ha cobrado cierta relevancia en Argentina. En su nuevo libro, Sana Sana, la industria de la enfermedad, plantea algo que ya hemos discutido antes aquí: cómo las farmacéuticas, en muchos casos, están más interesadas en prolongar las enfermedades que en curarlas, para poder seguir vendiendo medicamentos a un paciente-cliente toda la vida. El Premio Nobel de Medicina Richard J. Roberts ha afirmado que a las farmacéuticas no les interesa desarrollar medicamentos que curan enfermedades ya que esto no es rentable; buscan medicamentos cronificadores. Existe un conflicto de interés sistémico cuando hay más dinero creando enfermos que curando.

Entrevistada por el diario La Nación, Müller dijo que las farmacéuticas y cierta parte de la industria médica que recibe beneficios suelen "inventar enfermedades con el objeto de ampliar el mercado hasta que todos se vuelvan enfermos". Esto ha creado un modelo de salud en el que las medicinas sólo "reprimen síntomas" y en el que impera el "uso irracional de antibióticos" (quizás el más serio problema en la salud mundial, habiendo creado en el microbioma humano, un desastre ecológico similar a lo que ocurre en la Tierra) por lo que debemos "desaprender" este paradigma.

"La sinergia entre la exigencia del paciente, el cansancio del médico y la presión del laboratorio termina por hacer de cualquier persona sana un enfermo y de cualquier enfermo, un enfermo grave", señaló. Müller también habló sobre los efectos nefastos de la publicidad farmacéutica, que "lleva a que si alguien está cansado, automáticamente piense en una aspirina", medicamentos de fuertes efectos colaterales de fácil acceso y ubicua presencia, que se han "convertido en un producto de consumo, que se asimila a un cosmético o a una golosina". La cultura de la pastilla ha hecho que la respuesta automatizada lleve a las personas a preguntarse ante cualquier problema "¿Qué tomo?", en vez de "¿Qué hago?", siendo que la salud es una cuestión integral que tiene que ver con una serie de factores que incluyen aspectos psicoemocionales y se benefician de una cierta actitud proactiva, no de descansar en el milagro científico de la pastilla.

Lee la entrevista completa.