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En los mares de Australia, un grupo de científicos encontró una zona de congregación de pulpos con toda la apariencia de una ciudad construida por ellos mismos

La inteligencia de los pulpos y otros cefalópodos es sorprendente y en algunos casos increíble, sobre todo para una especie como la nuestra que, culturalmente, ha desarrollado la creencia de que somos el pináculo de la evolución.

Los pulpos, sin embargo, son uno de los mejores ejemplos de que la capacidad cerebral bien puede tener otras expresiones y seguir otros desarrollos además del que puede observarse en el caso del ser humano.

El descubrimiento que ahora reseñamos abona a dicha reputación de los pulpos, pues durante muchos años los científicos que investigan su comportamiento solían considerarlos animales solitarios, pero a partir de hoy esa creencia podría ser puesta en duda.

De acuerdo con el reporte de una investigación publicada recientemente en la revista especializada Marine and Freshwater Behavior and Physiology, en las inmediaciones de la bahía de Jervis (al sureste de Australia) fue descubierta en las aguas submarinas una estructura en torno a la cual se observaron varios pulpos reunidos, comunicándose y al parecer incluso habitando.

Además de que este hallazgo cuestiona la idea de la aparente falta de comportamiento social de los pulpos, tiene relevancia porque la estructura encontrada no tiene un origen natural, sino que aparentemente es una construcción expresa de los moluscos.

Antes, en el 2009, se realizó una observación similar, en la misma zona de las aguas australianas, de una reunión considerable de cefalópodos en torno a un punto específico. Entonces se presumió que el objeto por el cual los pulpos se concentraban en esa área era un artefacto humano no identificado, de aproximadamente 30cm de largo, incrustado con firmeza en el suelo marino y posiblemente metálico, mismo que había caído al mar y que por su rareza en el contexto submarino había servido de punto de referencia para los pulpos. En aquella ocasión los científicos bautizaron el lugar como “Octópolis” (por los octópodos, el orden de moluscos al que pertenecen los pulpos, por sus ocho brazos, y “polis”, la palabra griega para ciudad).

No obstante, en este descubrimiento la expedición no observó ningún objeto en específico que congregara a los pulpos, sino más bien “construcciones” al parecer propias, elaboradas con conchas y otros restos de moluscos de los que usualmente se alimentan (almejas, ostiones, etc.) y, asimismo, aprovechando las formaciones rocosas del suelo submarino. A esta segunda ciudad los científicos la bautizaron como “Octlantis”, que en español se traduce como “Octlántida” (en alusión al mito griego de la Atlántida, la ciudad submarina mítica mencionada por Platón en un par de sus Diálogos, ejemplo de sabiduría y destruida por su soberbia). 

(Cada una de las letras señala un pulpo residente de "Octlántida")

Cabe mencionar, por otro lado, que en esta segunda ciudad los investigadores se toparon con un fenómeno hasta ahora inédito y que no alcanzan a explicar: la violencia. Aparentemente, en “Octlántida” los pulpos macho pasan buena parte de su tiempo peleando entre sí, persiguiéndose y echando a sus congéneres de las construcciones que sirven de sus guaridas. Una consecuencia más previsible es que un punto de reunión como este atrae naturalmente a los depredadores, un desafío que los pulpos tendrían que resolver si persisten en habitar su "ciudad".

(Un pulpo expulsado de "Octlántida")

El descubrimiento, como decíamos, pone en duda la idea ampliamente difundida de que los pulpos son animales que viven solitariamente, pero también, como lo sugiere David Scheel, autor principal del estudio y adscrito a la Universidad Alaska Pacific, podría ser evidencia de que la selección natural sigue caminos similares sin importar la especie de la cual se trate, en este caso, llevando a los pulpos a un comportamiento social complejo equiparable al que presentan especies vertebradas complejas.

 

Imágenes: Scheel et al

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Ecosistemas

Por: PijamaSurf - 09/19/2017

A diferencia de los humanos, el bosque migra usando a la naturaleza en su totalidad mediante tácticas que aseguren el futuro de generaciones de sus habitantes

La migración humana y animal es un fenómeno que ha sucedido desde tiempos inmemoriales: se ha producido como una manera de buscar las mejores opciones para sobrevivir en un medio ambiente más accesible a nuestras necesidades. Sin embargo, poco se sabía de la capacidad de la migración de todo un bosque…

El bosque, considerado como un ecosistema inamovible, estacionario, es un sitio en donde habita una vasta cantidad de biodiversidad animal y vegetal y que, en caso de ser necesario, migra hacia un espacio con mejores disposiciones para su supervivencia. A diferencia de los humanos, el bosque migra usando a la naturaleza en su totalidad mediante tácticas que aseguren el futuro de generaciones de sus habitantes.

La mayoría de estas tácticas, explica Juliet Lamb, bióloga de la vida salvaje, se concentran en la expansión de semillas. Es decir que para que una planta pueda moverse, necesita producir semillas en grandes cantidades y entonces mandarlas hacia sitios más sostenibles. La manera de hacerlo es produciendo frutos sabrosos para los animales, quienes los consumirán y desecharán mediante materia fecal y sus semillas se esparcirán lejos de su fuente original; otra manera es dejarlas correr al río o al aire para que la piel peluda de un animal pueda dirigirlas hacia otros sitios.

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Frente a esta situación, la migración asistida por parte de expertos en la vida salvaje ha empezado a surgir en diferentes partes del mundo. Se trata de ayudar a los árboles a transportarse hacia áreas con cierto nivel de confort, con un clima perfecto para proveer su futuro. La selección de los sitios se realiza mediante estudios ecológicos y modelos de computadora. Hasta ahora, los bosques continúan migrando sin que nosotros nos demos cuenta de ello.