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Por qué ejecutivos de Google, Twitter y Facebook están apagando sus aparatos y desconectándose de la red

Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 11/11/2017

Una ola de programadores y diseñadores desencantados están limitando su uso de la tecnología digital. ¿Qué es lo que saben que los motiva a hacer esto?

Estamos en las albricias de una revolución -o quizás sólo de una pequeña revuelta en el seno de los grandes gigantes de Internet, pero sin duda algo está pasando. Un punto de toma de conciencia. Puede ser que no acabe siendo muy significativo, pero actualmente resulta evidente, para cualquiera que se informe un poco y mantenga una conciencia crítica, que el uso masivo de la tecnología digital está teniendo efectos considerables en la atención y en la más básica capacidad de relacionarse de los seres humanos. Las voces más calificadas son las que conocen los detalles desde dentro, el cómo se está programando y diseñando la tecnología digital.

La forma en la que esto se empieza a difundir ha hecho que hace un par de semanas el creador del iPhone admitiera que el uso constante del iPhone puede ser algo malo. Algo que es evidente, pero lo notable es que aceptar esto desde dentro de la compañía habla de que estamos llegando a una posible masa crítica.

Pese a que la tecnología digital -especialmente el Internet- originalmente parecía haberse creado para avanzar el conocimiento de la humanidad, existen cada vez más estudios que sugieren que el uso excesivo de aparatos como los smartphones contribuye negativamente a la inteligencia de las personas. Uno podría decir que simplemente no hay que usarlos "excesivamente", pero el problema es que están precisamente siendo diseñados para que los utilicemos todo el tiempo. Y esto es algo de lo que son conscientes los ejecutivos y programadores de empresas como Google, Facebook y Twitter.

Un reciente artículo de The Guardian, sumamente completo, habla de esta tendencia y entrevista a diversos exempleados de los grandes gigantes de Internet, quienes hablan de cómo han empezado a modificar sus hábitos para volver a tomar control de su atención y han restringido el uso de aparatos en sus familias.

Tristan Harris, exempleado de Google (encargado de filosofía de productos), se ha convertido en uno de los críticos más vocales, él mismo habiendo experimentado los mecanismos que mueven lo que ha sido llamada "la economía de la atención", la economía que se basa en captar la atención de las personas para monetizarla. Harris incluso trabajó en un laboratorio en Stanford que estudia la conducta humana y se dedica a hacer la tecnología adictiva. "Nuestros cerebros pueden ser secuestrados", dice, y compara los smartphones con máquinas tragamonedas, como aquellas llenas de lucecitas y sonidos en Las Vegas. Como estas máquinas, la tecnología se hace adictiva con la promesa de una recompensa, lo cual genera dosis intermitentes de dopamina. Harris mantiene que actualmente las personas son insertadas en entornos donde la tecnología digital es ubicua y no existe, por otro lado, ninguna advertencia de sus efectos. Él sugiere que debemos generar un código hipocrático entre diseñadores y buscar primero no dañar, antes de ganar más dinero, aunque esto es algo que difícilmente tendrá éxito en las empresas. Y, dice, quizás también, en un futuro, tener aparatos con advertencias en sus paquetes, como hoy las tienen los cigarros.

Justin Rosenstein es un exejecutivo de Facebook que, entre otras cosas, desarrolló el botón de like (llama a los likes o "Me gusta": "brillantes golpes de seudoplacer"). El botón de like fue un éxito descomunal que hizo que "las personas disfrutaran del breve boost de recibir afirmación social" mientras que Facebook cosechaba datos valiosos de sus preferencias. El botón fue copiado por prácticamente todas las redes sociales. "Las personas se la pasan todo el tiempo distraídas", dice Rosenstein, acaso con un dejo de conciencia moral. Pero él ha tomado medidas: ha limitado su uso de Facebook y se ha prohibido estar en Snapchat, al que llama "heroína digital" .

Roger McNamee, un inversionista tanto de Facebook como de Google y quien le presentó a Mark Zuckerberg a la actual jefa operativa de Facebook, Sheryl Sandberg, dice que estas compañías "acreditan que están dando a los usuarios lo que quieren. [Pero] lo mismo puede decirse de las compañías de tabaco y los vendedores de drogas". Las personas que dirigen Facebook y Google son buenos tipos, cuyas estrategias bien intencionadas llevan a consecuencias horribles no intencionadas. El problema, señala, es que no hay nada que puedan hacer las compañías de tecnología para detener el daño, a menos de que abandonen sus actuales modelos de publicidad. Todo acaba siendo un problema del modelo económico insaciable, basado en generar más ingresos a como dé lugar, y no prosperidad real.  

James Williams, un estratega que ayudó a construir el sistema de métricas para el negocio de anuncios de Google, señala que estamos presenciando "la más grande, centralizada y estandarizada forma de control de atención en la historia de la humanidad... Las dinámicas de la economía de la atención están estructuradas de tal forma que mitigan la voluntad humana".

Nir Eyal, un reputado consultor de la industria, señala : "De la misma manera que no debemos culpar al panadero por crear deliciosos postres, no debemos culpar a los diseñadores o programadores por hacer productos tan buenos que todos queremos usarlos". Sin embargo, Eyal ha instalado un cronómetro que corta a su familia el acceso a Internet después de cierta cantidad de tiempo.

El diseñador Loren Brichter, quien creó el mecanismo "pull-to-refresh" de Twitter, acepta que los smartphones son como las máquinas tragamonedas. "Tengo hijos ahora y me arrepiento de cada minuto que no les estoy poniendo atención porque mi smartphone me chupó". Su postura es emblemática de la nueva generación que, al crecer, se da cuenta de que hay cosas más importantes que ganar dinero. "Twitter es adictivo. Esto no es algo bueno. Cuando estaba trabajando [en los diseños] no era  lo suficientemente maduro como para darme cuenta de esto", dice Brichter. 

 

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Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 11/11/2017

Los datos que las apps y otras plataformas digitales recaban de sus usuarios son mucho más precisos de lo que imaginamos

Si es posible decir que Internet ha revolucionado nuestras vidas, no menos cierto es que Internet mismo ha cambiado notablemente su forma y su funcionamiento en los últimos años, sobre todo en comparación con los propósitos con los cuales se originó. 

Quien haya vivido aquella época de la red quizá recuerde las intenciones humanistas y enciclopédicas que acompañaban al proyecto. De Wikipedia al papel de las redes sociales en la Primavera Árabe (que ahora parece tan lejana y tan irrepetible), Internet estaba alentado en aquellos días por los principios del libre flujo de información, el código abierto, el contenido generado por el usuario e incluso otros un tanto más utópicos como la solidaridad, la difusión del conocimiento, la transformación de las sociedades y más.

Algo pasó, sin embargo, que puso fin a ese sueño. Con los años Internet parece ocupar cada vez más el lugar en donde antes reinaba soberana la televisión, un medio que se creía distinto porque estaba sostenido sobre todo en el consumo pasivo de los contenidos pero que, ahora, comparte con mucho de lo que sucede en Internet la misma característica. Adormecidos por el entretenimiento, millones de internautas han sido encaminados poco a poco a únicamente consumir lo que aparece en sus pantallas.

Este cambio sustancial en la estructura de la red no puede explicarse sin tomar en cuenta un elemento fundamental: la información que, gracias a la tecnología por la cual accedemos a la red, es posible recabar de cada usuario. Basta tener un perfil de Facebook y pasar unos cuantos minutos navegando para que dicha empresa tenga un perfil más o menos preciso de su usuario, desde el nombre y el lugar donde vive hasta los amigos con quienes más se relaciona o los productos de consumo en los que está interesado. Y claro, conforme más tiempo transcurra, más exacta se vuelve esa información.

De ahí el interés de empresas como Facebook porque estemos en su plataforma el mayor tiempo posible. De ahí también las formas --que intentan ser cada vez más novedosas-- de mantenernos conectados a la red, sea con juegos, con música o, como sucede con Tinder, con la promesa de “hacer match” con otra persona.

En el periódico inglés The Guardian, Judith Duportail publicó los resultados de un ejercicio interesantísimo que revela la magnitud que, en nuestra época, ha alcanzado dicha recopilación de datos personales que realizan las plataformas digitales de acceso masivo.

Duportail escribió a Tinder para solicitar toda la información que sobre ella había recabado la app. La periodista pudo hacer esto porque en la Unión Europea existe una ley que permite a los ciudadanos hacer una petición de ese tipo, una vez al año, a determinadas empresas. Cabe mencionar asimismo que Duportail contó con la asesoría de la organización personaldata.io y Ravi Naik, abogado especializado en derechos humanos.

Para su sorpresa, Duportail recibió un documento de 800 páginas. Según escribe, la periodista comenzó a usar Tinder en 2013, la ha utilizado en 920 ocasiones, de las cuales resultaron 870 encuentros con igual número de personas. 

De esos años y esa actividad se derivó un expediente en donde la periodista encontró los likes que había dado en Facebook, fotografías tomadas de su perfil de Instagram, detalles sobre su formación escolar, el rango de edad de los hombres en los que se interesó, cuántas veces se conectó a la app, cuándo y dónde sostuvo conversaciones en línea a través de la app con otras personas, lugares en donde había estado, sus gustos e intereses, los trabajos que había tenido, la música que había escuchado, los restaurantes adonde había acudido a comer, su historial de mensajes (y con ellos sus “miedos, preferencias sexuales y secretos más profundos”, según escribe) y más, mucho más. 

¿Cuál es el fin de semejante operación? Paradójicamente, no es nada secreto. De hecho, está expuesto en el mejor lugar para que nadie nunca lo vea ni se pregunte por él: los términos y condiciones de uso de la app. En el caso de Tinder es claro: utilizar la información personal para dirigir publicidad especifica al usuario.

De acuerdo con Alessandro Acquisti, profesor de información y tecnología en la Universidad Carnegie Mellon, el algoritmo de la app está diseñado para conocer el comportamiento del usuario: los momentos en que se conecta, los individuos con los que hace “match” (y viceversa), el origen racial de éstos, las palabras que más se emplean en las conversaciones, cuánto tiempo transcurre una persona mirando la fotografía de otra antes de descartarla, etc. Al respecto, Acquisti hace una afirmación un tanto perturbadora: “la información personal es el combustible de la economía”.

El ejercicio de Duportail es una prueba de ello. Si Internet cambió radicalmente su manera de operar se explica, en buena medida, por la ambición que se impuso sobre un ambiente que consideró virgen, carente de explotación. En el modelo económico en que vivimos, sin embargo, ese estado es inadmisible, y como si se tratase de una selva o un bosque, no pasó mucho tiempo antes de que unas cuantas personas se preguntaran cómo capitalizar la actividad incesante que millones de personas sostenemos cotidianamente en la red. Y la respuesta está expresada parcialmente en ese expediente de 800 páginas. 

Quizá, para tener la respuesta completa, sería necesario conocer el camino que ha seguido esa información en todos estos años.