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Una efeméride para reflexionar sobre el lugar que Facebook tiene en nuestra realidad contemporánea, personal y colectiva

Sin lugar a dudas, Facebook es la red social más importante de nuestra época y una de las empresas más exitosas que surgieron a partir de la invención y popularización de Internet. Las cifras sobre sus usuarios activos (y reales) varían: mientras algunos estiman que rondan los 2.3 mil millones, otros reducen dicho número a 1.4 mil millones. Por otro lado, se calcula que una persona dedica en promedio 1 hora de su día al uso de la red social, sea para actualizar su propia información o para sólo consumir los contenidos que se ofrecen. En total, Facebook acumula cerca de 50 millones de horas de uso de su red social cada día por parte de sus usuarios. Como vemos, la presencia de Facebook en nuestra vida contemporánea no es menor.

El efecto de Facebook en la vida personal y social de nuestra época ha sido, por estas mismas razones, ampliamente discutido. A nivel individual se han documentando sus consecuencias sobre el estado de ánimo y la autoestima del usuario, ya que al favorecer, por un lado, el voyeurismo hacia la vida de los otros y, por el otro, como resultado de esto, que las personas suelan compartir sólo la “mejor cara” de sus vidas, hay quienes desarrollan cierta inclinación tóxica a compararse con esa versión de los demás y creer que esas vidas son mejores. Si ya la comparación no es precisamente el mejor patrón mental que podemos utilizar para reflexionar sobre nuestra existencia, menos aún bajo estas condiciones.

Asimismo, otro efecto sobre la presencia de Facebook en nuestra cotidianidad que vale la pena mencionar está en nuestra capacidad de atención. Algunos estudios aseguran que antes de la invención del smartphone, un ser humano promedio podía concentrarse durante al menos 12 segundos en una tarea, pero a partir de la popularización de dicho gadget, dicho rango pasó a 8 segundos (más o menos el mismo tiempo de concentración de un pez dorado). Sin duda este efecto no es exclusivo de Facebook, pero la red social desde su inicio y hasta la fecha ha estado construida sobre la lógica de la distracción, el exceso de estímulos y la inmediatez, tres elementos radicalmente opuestos a la posibilidad de poner atención y concentrarse en una sola materia. 

En ese sentido, Facebook funciona bajo el principio de la adicción: entrega al cerebro una recompensa efímera (esa dopamina instantánea que se libera al recibir un like) que nos hace sentir bien y por ello mismo nos engancha a seguir consumiendo. La dosis es suficiente para no hartarnos pero tampoco dejar de sentir el estímulo. Como señalamos en este artículo sobre la "dopamina digital", quienes diseñaron la red social entendieron esta necesidad del ser humano muy pronto y, hasta la fecha, han trabajado para perfeccionar el mecanismo. 

Imagen: Asaf Hanuka

Las consecuencias del uso de Facebook en la vida social también han sido ampliamente debatidas, acaso especialmente a partir de los resultados de las más recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos. Hasta entonces, muchas personas pensaban que el uso de Facebook se limitaba al entretenimiento y a cierta trivialidad inofensiva, pero la manera en que incidió en la votación general en dicho proceso demostró que tanto Facebook como otras redes son capaces de generar realidades concretas, también en ámbitos decisivos para la vida colectiva. Los anuncios recientes de mejoras para combatir la difusión de noticias falsas o para inclinar Facebook más hacia la consolidación de lazos sociales intentan paliar ese efecto nocivo de las redes sociales que muchos han señalado: que fomentan la ignorancia, que encierran a las personas en sus propias opiniones y finalmente, como vislumbró claramente Zygmunt Bauman cuando Facebook apenas empezaba a crecer, que esa supuesta vocación social de las redes es cuestionable, pues en varios aspectos parece sólo reafirmar la soledad individualista del usuario. 

A este respecto cabe mencionar también las declaraciones de Chamath Palihapitiya, ex ejecutivo de Facebook, quien recientemente admitió ante estudiantes de Stanford que ayudó a crear “una herramienta que está destruyendo a la sociedad”, pues el tipo de interacción que se fomenta en la red social sustituye valores decisivos para el tejido social, como la cooperación o la crítica, por la satisfacción personal o el narcisismo.

Algunos medios han difundido la idea de hacer de cada 28 de febrero un “Día sin Facebook”. El origen de esta peculiar efeméride no es claro, pues hasta ahora son casi únicamente medios franceses los que parecen sostener la iniciativa (entre ellos, France Info, la estación de noticias de la radio pública francesa). Quizá conforme avance el día se "viralice" (paradójicamente, gracias a Facebook) y con el tiempo sea una fecha recurrente año con año. Entre los medios franceses el acento se ha puesto sobre todo en el efecto que Facebook tiene sobre el bienestar personal, la ansiedad que a veces genera, la dificultad que algunos pueden desarrollar para "desconectarse" de la red y, en contraposición a esto, la necesidad que tenemos en nuestra época de volver a conectar con lo esencial: nuestras relaciones personales, nuestro cuerpo, la naturaleza, la vida en sí.

Más allá de la autoría de la propuesta, sin duda esta jornada puede ser un buen pretexto para reflexionar sobre el uso que le damos a las redes sociales en nuestra vida. Como mucho de lo humano, la pregunta puede plantearse de este modo: ¿usamos Facebook o nos dejamos usar por Facebook?

 

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Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 02/28/2018

Una consecuencia inesperada de la geolocalización satelital aplicada en personas

El uso del teléfono celular se encuentra tan extendido y normalizado que muy pocas personas se preguntan por los efectos que esto tiene tanto en su vida personal como a nivel colectivo. Mucho se habla de la “adicción” a las redes sociales, de la distracción permanente a la que nos ha llevado este gadget, pero también se encuentra el hecho de que con teléfono en mano siempre estamos produciendo y consumiendo: produciendo data que otros capitalizan y consumiendo mercancías que nos mantienen embelesados mientras ocurre esa distracción. El grado de esta producción es tal –multiplicada por millones a cada instante– que seguramente está fuera de control, por más que se nos haga pensar lo contrario. 

Prueba de ello es un “incidente” en el que se vio involucrada la app Strava, que goza de cierta popularidad como “asistente” portátil de entrenamiento físico y, según se supo (aunque no por las mejores razones), es usada también por personal militar de Estados Unidos, Rusia y Turquía (entre otros países), quienes en varias ocasiones salieron a correr con la app funcionando y en algunos casos incluso la mantuvieron activa mientras realizaban pruebas de vuelo y, como resultado… la app reveló la posición de bases militares que hasta hoy eran secretas. Al parecer, aun cuando el personal se encontraba en zonas remotas, inhabitadas, hubo quien creyó que era buena idea llevar la cuenta de sus pasos, los kilómetros que corrió ese día y quién sabe, quizá hasta compartir su récord personal en Facebook.

En noviembre pasado, la compañía que posee la app liberó información sobre más de 3 mil millones de puntos de geolocalización satelital (GPS) y quizá nadie habría notado nada en ese maremágnum de data de no ser por un análisis del Institute for United Conflict Analysts (IUCAnalysts), una consultoría incipiente, especializada en los flujos de información relacionados con conflictos militares, inteligencia, guerras, etc. En Twitter, Nathan Ruser, fundador del IUCA, ha sido especialmente explícito sobre estas revelaciones involuntarias.

El incidente tiene su lado irónico porque exhibe también, descarnadamente, el poder que los datos personales tienen en nuestros días, tan desmedido por su misma naturaleza y por la forma en que se generan y se recolectan, mientras que en ese sistema que se presenta tan perfecto y controlado en realidad hay fugas, huecos, puntos ciegos. 

 

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