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65 horas de Miles Davis, el músico que cambió la historia del jazz (PLAYLIST)

Arte

Por: pijamasurf - 02/04/2018

Una playlist para seguir la evolución del talento de Davis

Miles Davis dijo alguna vez de sí mismo que, a lo largo de su trayectoria, había cambiado la música unas cinco o seis veces. 

La idea puede sonar exagerada, pero en el fondo no es del todo imprecisa. De todos los grandes músicos que han tramado la historia del jazz, Davis es quizá uno de los pocos que pueden encontrarse siempre entre las primeras filas de todas las variantes que ha tenido el género a lo largo de su historia, siendo él mismo, en no pocas ocasiones, quien se encargó de abrir nuevas sendas, nuevas formas de experimentar y nuevas expresiones para el género.

Del bebop en el que se formó –en la legendaria banda de Charlie Parker– al cool jazz, el hard bop y las exploraciones vanguardistas de los años 70, Davis escribió con su creatividad algunos de los capítulos más singulares en el desarrollo del jazz, arriesgándose hacia zonas que otros, por temor o por otras razones, no quisieron conocer.

En la playlist que ahora compartimos se compila toda la discografía de Miles Davis (con excepción de los álbumes que grabó cuando aún formaba parte del grupo de Charlie Parker). Se trata de 65 horas de genialidad pura, progresiva, admirable, que además, por seguir el orden cronológico de los álbumes, nos ofrece la circunstancia siempre especial de poder seguir la evolución de un talento, sus transformaciones sucesivas y sus giros inesperados.

“No temas a los errores: no existen”, dijo alguna vez Davis, y esas pocas palabras explican la razón de su genio.

 

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La filosofía del kintsugi, el arte de reparar piezas de cerámica resaltando las grietas con oro o plata, para reflexionar sobre la impermanencia y la imperfección

 

No hay una belleza realmente excelsa que no tenga una anomalía en sus proporciones.

-Francis Bacon

 

En Japón se practica un delicado arte de reparar objetos rotos dejando e incluso resaltado las grietas que marcan dicha ruptura, como si hubiera, y realmente la hay, una gran belleza en la cicatriz o en la marca que muestran las vicisitudes del tiempo. Esto se llama kintsugi, literalmente "ligazón dorada", y consiste fundamentalmente en reparar piezas de cerámica con barniz espolvoreado de resina dorada o plateada. 

Detrás de esta práctica yace no sólo una teoría estética sino una profunda visión filosófica de la realidad. A diferencia de la idea de que la belleza es la perfección -lo siempre joven e intocado- detrás del kintsugi yace una noción que celebra los accidentes del tiempo y la misma impermanencia de las cosas. En este sentido existe una conexión con el llamado wabi-sabi, que se encuentra, a su vez, emparentado al budismo zen, donde se busca dejar que la naturaleza exista sin demasiadas interferencias, buscando lo simple y espontáneo. Las piezas de cerámica podrían ser reparadas de tal forma que no se percibieran las grietas, pero esto sería en parte una negación de la realidad de la naturaleza y sus acontecimientos. Por otro lado, las piezas podrían no ser reparadas, pero entonces no tendríamos el recordatorio de la impermanencia y de la imperfección ensalzado por una idea estética -que es mezclar el polvo dorado con la cicatriz de la arcilla o de la porcelana, etc- que está supedita a un entendimiento filosófico. La imperfección aceptada y admirada se vuelve una forma de perfección del espíritu. De la misma manera el Buda, al entender la impermanencia de todas las cosas compuestas, encontró algo permanente: la conciencia despierta, el estado inmutable, un dharma luminoso y perfecto, el nirvana.

En el kintsugi se resaltan las grietas de la ruptura o de la decadencia natural de un objeto, puesto que así la impermanencia y la fragilidad de la existencia se hacen visibles, quedan, por así decirlo, a flor de piel, como objetos contemplativos. Christy Bartlett escribe en Flickwerk: The Aesthetics of Mended Japanese Ceramic:

No sólo no se intenta reparar el daño, sino que la reparación es literalmente iluminada... esto es una forma de expresión física del espíritu de mushin... Mushin es comúnmente traducido como "no-mente", pero conlleva la connotación de existir plenamente en el momento, de desapego, de ecuanimidad dentro de condiciones cambiantes... Las vicisitudes de la existencia a lo largo del tiempo, a los cuales los seres humanos son susceptibles, no podrían ser mejor expresadas que en los quiebres, golpes y destrozos a los cuales también la cerámica es susceptible. Esta agudeza o estética existencial ha sido conocida en Japón también como mono no aware, una sensibilidad compasiva, o tal vez una identificación con lo que está afuera de nosotros.

Así, estas vasijas rotas, agrietadas, heridas, son una suerte de refinados espejos en los que podemos vernos a nosotros mismos y aceptar nuestra propia naturaleza sujeta al cambio y a la degradación, en muchos sentidos tan frágil como el barro o la porcelana, e igualmente bella en sus transformaciones, especialmente en aquellos puntos en los que la pérdida, la enfermedad y la adversidad nos han golpeado, pero con ello nos han hecho crecer y nos han vuelto más sabios y sensibles. Como escribió el poeta Rumi, "la herida es el lugar por donde entra la luz". Es la cualidad de vulnerabilidad en una persona la que nos permite unirnos a ella y establecer un lazo de intimidad. La grieta es siempre también un atisbo de apertura, de espacio y posibilidad de interpenetración. Como dice un poema de Borges para una versión del I Ching:

 

la firme trama es de incesante hierro, 

pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha, 

pero en las grietas está Dios, que acecha. 

 

Serendipia del descuido, eso es el kintsugi: grieta o descalabro por donde descubrimos a la divinidad. El siguiente poema de Meister Eckhart (el más oriental de los místicos occidentales), tomado de una reciente edición de Jon M. Sweeney y Mark S. Burrows, expresa de manera sublime cómo son estas heridas o fracturas las que dejan entrar la luz e incluso las que permiten que lo divino subyacente se revele:

 

Es verdad:   

A veces tienes que   

romper las cosas   

si quieres     

ver a Dios en ellas.   

En la ruptura   

permitimos que lo sagrado   

se forme

en nosotros.

 

Twitter del autor: @alepholo