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La eterna pregunta de si vivimos en un universo determinista y si existe un orden divino, contestada desde 3 perspectivas: Einstein, Hawking y el pensamiento védico

Detrás de la pared, los dioses juegan con los números de los cuales está hecho el universo.

Le Corbusier

"Dios no juega a los dados", dijo Einstein en respuesta al indeterminismo que postula la física cuántica. Esta es una de las frases más famosas del físico alemán, y no sin razón, ya que implica uno de los grandes enigmas que discute la física moderna y la filosofía a través de la historia. Esto es, el problema, de no fácil resolución, de si el universo y todos sus sucesos han sido ya determinados y obedecen a leyes matemáticas inmutables o si las cosas son indeterminadas, inciertas e incluso incognoscibles. 

Con esta frase Einstein claramente se colocaba en el bando de Laplace, quien a finales del siglo XVIII había fijado la idea de un universo determinista -fresca la noción de la mecánica newtoniana: un universo predecible como un reloj, donde todo seguía patrones perfectos-. Laplace había sugerido que si conociéramos en un momento dado del tiempo las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, podríamos calcular su comportamiento en cualquier otro momento del tiempo. Se cuenta que Napoleón le preguntó a Laplace que cuál era el lugar de Dios en ese sistema, a lo que éste contestó: "No tengo necesidad de esa hipótesis". Stephen Hawking comenta que esto no significa que Laplace no creyera en Dios, sino que creía que simplemente no intervenía para modificar las leyes de la ciencia. Esta idea nos acerca justamente a la idea de Dios de Einstein. Como ocurre con todo gran intelectual, pero especialmente con Einstein, diferentes grupos ideológicos buscan apropiarse de su pensamiento y utilizarlo como un recurso de autoridad. Así hay quienes usan esta frase para decir que Einstein creía en Dios. No entraremos a fondo en este tema que ya hemos discutido aquí. Lo que debemos mencionar es que el Dios de Einstein en todo caso es como el no hipotetizado Dios de Laplace y, más aún, como el Dios de Spinoza, cuyo pensamiento puede resumirse en la frase Deus sive Natura: Dios es igual a la naturaleza. No hay, para Einstein, un Dios trascendente que juega con las leyes del universo o que interviene para afectar el curso de la evolución. No es el Dios de los milagros y los castigos. Es un Dios que es idéntico a las leyes y a la física del universo, y por lo tanto, quizás se pueda prescindir de la palabra "Dios" (pero entrar en esto nos desvía del tema).

Con la teoría cuántica -que hoy es mayormente aceptada- y particularmente con el principio de incertidumbre de Heisenberg, los científicos empezaron a cuestionarse seriamente este dogma determinista. La mecánica cuántica descubrió que no se puede determinar al mismo tiempo la posición y el momento lineal (o la masa y la velocidad) de una partícula. Entre más precisa sea la observación de una, menos se conoce la otra. Heisenberg famosamente dijo que lo que observamos en la materia no son cosas (o partículas) per se sino ondas de probabilidad. Hawking ha sugerido que en realidad no existen posiciones y velocidades de partículas, solamente ondas. Este problema posteriormente se ha relacionado con el llamado efecto del observador de la física, donde el acto de observar parece afectar el fenómeno observado, lo cual pone en duda la existencia de una realidad independiente de la observación de la misma, algo que ciertamente no le gustaba a Einstein.

Hawking apunta que en el caso del principio de incertidumbre al menos aún era posible predecir una combinación de posición y velocidad (un cálculo de probabilidad). Pero con lo que se ha descubierto en torno a la física de los agujeros negros, hasta esto desaparece. Una teoría sugiere que la información de una partícula que cae a un agujero negro puede perderse -y por lo tanto no podríamos calcular la posición o la velocidad de otra partícula con la cual está entrelazada-, lo cual da al traste con la noción de un universo predecible y determinista. Según Hawking: "Einstein estaba doblemente equivocado... No sólo Dios juega a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos donde no los podemos ver". En su defensa, hay que decir que Einstein era consciente de estos problemas y creía que la aparente aleatoriedad del universo era sólo un comportamiento estadístico no fundamental a las leyes del universo y que habría de ser explicada en un futuro con una teoría de variables ocultas (el físico David Bohm postuló una interesante alternativa que, sin embargo, no ha sido aceptada por la comunidad científica).

 

EL TIEMPO COMO UNA TIRADA DE DADOS

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; el tiempo es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre.

Borges

Para complementar esta historia científica -ya sea con una mera curiosidad o con algo así como una resonancia arquetípica- resulta interesante notar que en la cosmogonía védica el tiempo mismo puede entenderse como un juego de dados cósmico. El juego de dados aparece tan temprano como el Rig Veda, el texto religioso más viejo de la India, hace unos 3 mil años (los cálculos varían, y algunos dan fechas mucho más antiguas). Y, notablemente, la gran batalla que se cuenta en la Mahabharata -la gran epopeya de la India- es consecuencia de la derrota del rey Yudhishthira frente a Duryodhana en una tirada de dados. Al perder, el clan de los Pandava (entre los que se encuentra el guerrero Arjuna) debe exiliarse al bosque durante 12 años, antes de regresar a ocupar la corona que les pertenece. Al regresar, el clan de los Kaurava no concede entregarles su patrimonio, por lo cual estalla una de las guerras más famosas de la historia de la literatura (acaso sólo comparable a la guerra de Troya). 

A diferencia de la concepción lineal que nos da la idea de progreso en Occidente, en la India se tiene una concepción cíclica del tiempo, la cual se deriva de una observación de los ciclos de la naturaleza. A su vez, los ciclos del tiempo tienen una connotación vinculatoria entre el macrocosmos (el mundo celeste o divino) y el microcosmos (el mundo terrestre y humano), como bien apunta en  su libro Tiempo cíclico y eras del mundo en la India el profesor Luis González Reimann. Existe también un paralelo entre la creación (o manifestación) del universo y su destrucción (o disolución) -algo que no ocurre una vez, sino innumerables veces- y el proceso de transmigración de las almas a través del samsara hasta su eventual liberación (moksha) y reintegración a la unidad primordial. La liberación del ciclo de muerte y renacimiento es, al menos en parte, el equivalente microcósmico de la disolución del universo, la llamada noche de Brahma, en la que el creador reabsorbe el cosmos. Esto queda constatado en el hecho de que se utiliza el término atyantika pralaya para la liberación espiritual (moksha) de un individuo y se utiliza también el término pralaya para los diferentes tipos de disolución con que la deidad absorbe el universo. Este tipo de liberación es una forma de acelerar de alguna manera el proceso universal que puede tardar miles de millones de años vagando en la ignorancia y sufrimiento y reintegrarse a la unidad original que es dicha perfecta. Por otro lado, quizás resulte interesante al lector notar que entre los diferentes tipos de pralaya o disoluciones existe al menos un tipo en el que el cosmos que es absorbido no es destruido en su totalidad sino permanece en estado latente y vuelve a emerger cuando la divinidad entra de nuevo en actividad. Algo que evoca la controversia que existe entre los físicos sobre los agujeros negros y si éstos al engullir la materia dejan escapar luego información -que en esta teoría es aún más fundamental que la energía o la materia- o si ésta se pierde del todo (por lo cual viviríamos en un universo indeterminado y aleatorio). En el caso del hinduismo, sustituyendo el agujero negro por la deidad, responderíamos que la información puede volverse a emitir, por lo cual no se pierde y prevalece la causalidad y del determinismo. Esto coincide con una de las teorías físicas dominantes actualmente, que mantiene que la superficie de un agujero negro es una especie de holograma, en el cual la información de la realidad multidimensional queda inscrita. Por último, la teoría cíclica hindú también describe lo que llama el nitya pralaya, esto es, la creación y disolución permanente de los elementos materiales, lo que coincide con otra noción de la física moderna: el hecho de que constantemente las células y átomos que constituyen los cuerpos están regenerándose y la noción de que el vacío no es tal, y constantemente están surgiendo y desapareciendo lo que los físicos llaman partículas virtuales. 

La escala de la concepción del tiempo que se consolidó en el periodo posvédico es de proporciones que desafían lo "astronómico"; por una parte, el proceso de creación/disolución es infinito (en estricto sentido, no hay un principio o final) y, por otra, la vida de Brahma, el demiurgo, es muy superior a la edad que tiene el universo. Un ciclo de creación o día (kalpa) de Brahma dura 4 mil 320 millones de años humanos (lo mismo dura la noche que duerme). Ahora bien, se considera que Brahma vive 100 años (en su escala de tiempo, obviamente), lo cual es igual a 3.1104 x 1014 o 17 mil 300 veces la antigüedad de nuestro universo según los cálculos de González Reimann. Ahora bien, la división fundamental que se hace de estos ciclos es la de los famosos cuatro yugas o eras -es probable que a partir de esta división deriven las demás-. Estas eras inician con una gran conjunción planetaria y marcan esplendor y decadencia cíclicos de las virtudes espirituales de las humanidades que emergen dentro de la creación. Los yugas son: Krta (o Satya), de 1 millón 728 mil años; Treta, de 1 millón 296 mil años; Dvapara, de 864 mil años; y Kali, de 432 mil años, sumando entre todos 4 millones 320 mil años o un mahayuga, el cual es considerado el gran año. Nótese la proporción 4,3,2,1, y el hecho de que mil mahayugas constituyen un kalpa y 10 eras de Kali son equivalentes a un mahayuga. Existe una división más llamada manvantara, la cual denota el período en el que surge una nueva humanidad presidida por un progenitor -una especie de Adán- llamado Manu. Cada kalpa consta de 14 manvantaras y cada manvantara de 71 mahayugas (aunque este cálculo no es exacto y se utilizan períodos de transición o sandhis, los cuales son como épocas crepusculares). 

El esquema de los yugas tiene ciertos paralelos con la idea de Ovidio de las cuatro eras del hombre (oro, plata, bronce, hierro). El Krta Yuga es la era de prosperidad, sabiduría y demás (asociada con la verdad) y progresivamente van descendiendo, como si se estuvieran alejando de un sol central, hasta Kali, que es la era del conflicto y la ignorancia (en la cual supuestamente nos encontramos ahora). Lo relevante en este caso es que los nombres de cada una de estas eras corresponden a las diferentes tiradas de dados en el juego de dados védico. Krta siendo la jugada ganadora, correspondiendo al número 4; Treta al número 3; Dvapara al 2 y Kali, la peor de todas, al 1. La noción de Krta como la jugada ganadora en los dados se puede extrapolar de tal forma que nacer en el Krta Yuga -donde se dice que se vive 400 años- es tener suerte, sacar un lote afortunado; suerte que va disminuyendo progresivamente con el tiempo. Por otro lado, en la intrincada madeja de correspondencias védicas -los bandhu- es de notarse que los nombres de cada yuga y jugada de dados en algunos textos son asociados también con los diferentes puntos cardinales, siendo Krta, el correspondiente al este, a la salida del Sol. González Reimann nota que el número 4 puede indicar la totalidad. Algo en lo que Jung coincide en su estudio de la alquimia occidental, Mysterium Coniunctionis, donde sugiere que el cuaternario implica la totalidad, los cuatro elementos que deben ser reunidos en uno. Por otro lado, la palabra yuga literalmente significa "yunta", el instrumento empleado para unir los caballos a un carruaje, y en la Mahabharata se dice que las diversas medidas de tiempo (yujyante) están unidas formando una gran rueda de tiempo (kala-chakra), lo cual evoca un poco la visión del profeta Ezequiel del merkabha o el carro flamante de ruedas entreveradas, conformado por cuatro animales o seres divinos. La visión trata ciertamente de un cuaternario y simboliza la totalidad (siendo que las cuatro figuras parecen corresponder a los cuatro signos fijos del zodiaco, cuatro polos del año: el año solar es, por supuesto, un microcosmos del gran año).

Es interesante notar también que la palabra más usada para "dados" en sánscrito es aksha, de la raíz aks, de la cual se deriva también la palabra latina axis (como en axis mundi). La palabra krta, de la misma raíz que karma, significa acción (y la palabra yuga la misma raíz que yoga, de donde viene nuestra palabra "juntar"). Un verso dice: 

Los yugas Krta, Treta, Devapara y Kali son como la conducta del rey. Se dice que el rey es el yuga.

Dormido es como Kali, al despertar como Dvapara, cuando está dispuesto a actuar como Treta y moviéndose como el Krta Yuga.

El Krta Yuga es, entonces, donde las cosas se hacen, y siendo que para el pensamiento indio sólo existe algo realmente digno de hacerse y eso es la liberación, podemos sugerir que en el Krta Yuga es donde se logra la liberación más fácilmente, donde los hombres logran su cometido. Aunque esto no significa que en el Kali Yuga esto no ocurra, ya que si bien la batalla que se narra en la Mahabharata coincide con el inicio del Kali Yuga y la muerte de Krishna, según diversas corrientes dentro del hinduismo los dioses han entregado doctrinas especiales para esta era un tanto ignara, como es el caso del bhakti-yoga (la devoción) del mismo Krishna, que logra con métodos más sencillos la liberación, y el cual se expone en el capítulo más famoso de la Mahabharata: la Bhagavad Gita.

Un curioso paralelo puede trazarse entre la idea de que los diferentes ciclos del tiempo son como las diferentes jugadas de dados -¿y por lo tanto, de alguna manera, una tirada determina la fortuna de la transmigración?- y la idea que expone Platón en La república  en el relato de Er, el soldado que alcanza a ver lo que sucede en el estado post mortem, espiando, como si fuere, el telar de las Moiras al no beber del agua del Leteo. En ese extraño episodio, que es antecedido por una especie de viaje astral, se dice que las almas toman parte en una lotería en la que se disponen los diferentes lotes o paradigmas de vidas venideras. Se efectúa un sorteo y los que van saliendo tienen la opción de decidir entre las diferentes vidas que yacen allí como fichas en el piso. El texto dice que la elección que hacen las almas es consecuente con lo vivido y aprendido en su vida pasada. Así, un hombre sabio es quien ha entendido antes cuáles son las condiciones que determinan una buena vida y puede elegir apropiadamente en ese momento, mientras que hombres que en vida no han logrado tal conocimiento suelen tomar decisiones precipitadas que los llevan a tomar lotes abominables o funestos. Por ejemplo, se cuenta allí que el astuto Odiseo, recordando todas sus peripecias y pesares, y evidentemente queriendo descansar, eligió la vida discreta de un ciudadano común y corriente. Otros, sin embargo, acaban adhiriéndose a los destinos de un hombre que devora a sus propios hijos, o de monos, cisnes u otras bestias. El mito nos sugiere que el destino es una mezcla de azar, moralidad y determinismo (ya que si bien las almas reciben los patrones de las vidas, de todas maneras son capaces de elegir cómo enfrentan los diferentes hechos predeterminados). O, también, que la forma de contrarrestar un cierto factor aleatorio inherente a la existencia es a través de la sabiduría y el bien. 

Regresando a la cuestión de este artículo sobre si Dios juega a los dados, en el caso de la India la respuesta es afirmativa, pero con un sentido diferente al que vimos antes. En la cosmología védica, lo que los hombres hacen es en gran medida una imitación de lo que entienden que los dioses hicieron antes -fundamentalmente, porque los dioses no siempre fueron dioses, sino que alcanzaron la divinidad con ciertas conductas-. Así que uno debía esperar que los dioses también tiren los dados y que sean los hombres los que los imiten (si bien, también existen advertencias en contra de la ludopatía en los Vedas). En el mismo himno del Rig Veda en el que se menciona la tirada de dados (y el lamento de un hombre que lo perdió todo en un juego) se dice que los dados se rigen "por reglas tan inmutables como las del dios Savitr". Savitr es el Sol, lo cual no es insignificante, ya que los ciclos de los yugas tienen una conexión matemática con el año solar (además de ser equivalentes a las 432 mil sílabas del Rig Veda). Dice González Reimann que el himno sugiere que:

los dados también obedecen a leyes inmutables que están más allá del control de los humanos y más cerca del mundo de los dioses. Las fuerzas que controlan el movimiento de los dados son, entonces, una expresión de las leyes naturales, a las cuales también está sujeto el tiempo con sus diversos ciclos.

Para los védicos, estas leyes naturales son una expresión de rta, el orden cósmico que más tarde sería llamado dharma y el cual, según los mismos Vedas, surge como emanación natural de la concentración de la energía divina (tapas) al comienzo de cada universo. Al parecer los védicos veían incluso en el aparente azar de una tirada de dados un orden secreto, una "variable oculta", el efecto de una inteligencia divina.  

González Reimann recalca la similitud entre la palabra que designa el lugar donde se jugaban los dados, devana, y deva, la palabra que designa a los dioses, cognado de "dios" y "día" en nuestra lengua. Asimismo, la palabra para destino, daiva, también tiene la misma raíz, div ("brillar"), que deva. El destino, como el día (el tiempo), está asociado a los dioses.

En el Nirnayasindu se narra un episodio en el que el rishi Narada viaja al Kailash, la montaña sagrada de Shiva, donde se encuentra al dios jugando a los dados con su divina consorte Parvati. Según González Reimann, Narada menciona que el universo entero es el tablero donde los dioses juegan a los dados, compara los 12 meses con 12 aspectos del juego y dice que el resultado del juego equivale a la creación o disolución del universo. Cuando Parvati gana, el universo se crea; cuando Shiva gana, el universo se disuelve (Shiva es el destructor en el famoso trimurti). Aunque realmente no hay un triunfo definitivo, ya que estos dioses son también los dos polos fundamentales de la existencia de cuya atracción y repulsión se establece el vaivén universal, el juego del caos y el cosmos, la noche y el día. Y en el hinduismo el universo mismo suele ser considerado como el juego (lila) de la deidad suprema, la cual crea y habita y destruye el mundo por deporte. Por otro lado, uno imagina que las partidas de Shiva y Parvati son amenizadas con las legendarias caricias eróticas de esta pareja que será tan cara para la imaginación tántrica. 

Otro verso del Rig Veda dice: "los dioses se mueven como los dados, nos dan riqueza y nos la quitan". Esto sugeriría que para el hombre el destino es incomprensible y que su vida está sujeta a fuerzas incontrolables. Sin embargo, las Upanishad, que son la continuación esotérica de los Vedas, revelarán el secreto, la "variable oculta", esto es, la doctrina de la identidad entre la divinidad y el ser humano. Como dice la Bhradaranyaka Upanishad:

aquel que piensa: 'la divinidad es una cosa y yo otra', ese 'no sabe'. Es como un animal para los dioses. Como los animales sirven a los hombres, así también cada hombre sirve a los dioses. Cuando un hombre pierde uno de sus animales esto causa gran descontento, ¿qué se puede decir de muchos animales? Por ello no les gusta a los dioses que los hombres sepan esto.

De aquí que podamos inferir que, a fin de cuentas, son los hombres los que controlan el destino de la tirada de dados que es la existencia temporal (y eso es lo que los dioses no quieren que sepamos, porque conocer la realidad nos libera de su poder invisible). La forma en la que se controla esta tirada de dados que determina nuestro destino es con los actos que realizamos: con el karma que determina la transmigración y demás, pero de manera definitiva con el conocimiento de la verdad, que es esta identidad entre el alma y la divinidad suprema (Brahman). Estos textos parecen decirnos que mientras hay ignorancia el hombre es una especie de animal de ganado que es pastoreado y finalmente comido por los dioses o por fuerzas desconocidas e ininteligibles (vivimos en un universo donde cada cosa se alimenta de otra). Pero una vez que alcanza el conocimiento de sí mismo descubre cómo todos su actos y pensamientos lo han llevado al mundo, al cuerpo y al exacto lugar en el que está. Y es entonces, al ver el engranaje con el que está armado el juego y las variables ocultas que lo subyacen, que es capaz de liberarse de la aparente inexorabilidad de las leyes del tiempo.

Así entonces, tenemos en el pensamiento védico un dios o una serie de dioses que sí juegan a los dados, pero en un universo que permanece hasta cierto punto causal y determinista. Un determinismo, sin embargo, más moral y mental que físico, puesto que por lo menos desde las Upanishad -antes de que el Buda dijera Si uno habla o actúa con un pensamiento impuro, entonces el sufrimiento le sigue de la misma manera que la rueda sigue la pezuña del buey- ya se enseñaba que el universo estaba regido por una ley moral. Sin embargo, este determinismo -o esta sujeción a los actos y sus consecuencias- puede romperse cuando se comprende que el controlador de los dados no es distinto a uno. Entonces, enseñan las Upanishad, se trasciende el tiempo y sus leyes. El conocimiento de la eternidad e inmutabilidad del Ser (Atman) -que Shankara describe como pura conciencia luminosa no-dual- es suficiente para abolir para siempre el azar y disolver el océano del samsara como si se tratara de un sueño. La tirada de dados se revela ilusoria, o quizás sólo como lo que es: un juego, un juego donde el jugador es también sus oponentes, los dados y el mismo campo donde se lanzan los dados. 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

The Ancient Vedic Game of Dice and the Names of the Four World Ages in Hinduism

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"Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar"

Pan no es quien está loco y debe ser curado sino la sociedad que ha olvidado cómo bailar con él.

James Hillman

O chestnut tree, great rooted blossomer, 
Are you the leaf, the blossom or the bole? 
O body swayed to music, O brightening glance, 
How can we know the dancer from the dance?

W. B. Yeats

La filosofía es el amor a la sabiduría; y en ese amor hay algo de danza, de entrar en ritmo y unidad; y en esa sabiduría hay algo de bailar el mundo y su problemática, de saber seguir la música y dejar que el cosmos se exprese en uno.

Tal vez no se asocie mucho la danza con el filósofo, de quien se podría pensar que prefiere observar la acción a cierta distancia, sin participar en el trance del momento, sin fundirse en la música y el furor -ejerciendo el juicio y la razón analítica con perspectiva-. Pero es una coincidencia notable que para Sócrates -a quien podríamos llamar el padre de la racionalidad filosófica occidental- la danza era un comportamiento virtuoso, ciertamente favorable para el quehacer filosófico, como también para el gran crítico de esa racionalidad, Nietzsche -quien, por cierto, llamó a Sócrates el hombre más feo del mundo-, la danza era poco menos que la esencia de la actividad filosófica. Así que en la danza se reconcilian estos dos grandes opuestos: Apolo y Dionisio. El orden y el caos. El control y la espontaneidad.

De Sócrates sabemos que cultivó el hábito de bailar en la mañana, algo que según una historia habría aprendido ya a una edad avanzada (Montaigne dijo que esto era los más notable del filósofo, que había aprendido a bailar ya en la vejez). En El banquete de Jenofonte se cuenta que en una ocasión Sócrates y sus amigos y discípulos celebraban un convite en casa del rico Kallias, quien cortejaba a Autolykos, un atlético mozo de espléndida belleza, quien recién había triunfado en las luchas olímpicas. Para entretenimiento y gozo de los presentes estaba allí una pequeña tropa de artistas, entre ellos dos doncellas y un bailarín, todos de gran belleza. Algo que se esperaba en casa de Kallias (cuyo nombre significa "belleza").

La proeza dancística de una de las doncellas llevó a Sócrates a decir que esto probaba que la naturaleza de las mujeres era tan excelente como la de los hombres (o casi tan excelente) y las hacía dignas de recibir instrucción filosófica. (Aunque esto en nuestra época nos puede parecer misógino y demás, en esa época era sumamente progresista e igualitario). Sócrates nota, maravillado, cómo el movimiento resalta y añade una dimensión extra a la belleza natural. Cautivado por la danza de un muchacho que hacía uso de todas las partes de su cuerpo en movimientos enérgicos y coordinados, Sócrates se arriesga a canonizar, y dice que la buena danza es aquella donde todo el cuerpo se activa en conjunto, donde nada queda inmóvil. Inspirado por esta efusión de los cuerpos, el filósofo a sus 70 años, para incredulidad de sus amigos, decide allí aprender a bailar. "Por Zeus, que yo bailaré", exclama, y pide al maestro de danza que participa también en el banquete que le enseñe a hacer "esas figuras [o formas]". Luego el filósofo sin temor al ridículo imita grotescamente los movimientos gráciles de la doncella y el muchacho, ganando la jovial burla de sus compañeros, hasta quedar exhausto y llamar a que fluya profusamente el vino. Sócrates también celebraba la vida.

En este pasaje, Sócrates sugiere que la danza dota de salud y simetría al cuerpo y permite reflexionar sobra la naturaleza de la belleza -belleza que no es sólo un accidente físico, sino una imagen de lo divino-. Quizás no sea baladí que Sócrates pide aprender esas "figuras" o esas formas, y así tal vez sugiere que el movimiento de la danza trasluce formas arquetípicas. En la danza entonces se comunica el bien, lo bello, lo justo y lo verdadero. El filósofo que baila ejercita su cuerpo para poder aprehender las formas divinas. 

Es verdad que no podemos argumentar que para Sócrates sea central a la filosofía la danza (aunque, de cualquier manera, esta anécdota es significativa). Pero con Nietzsche ciertamente podemos hablar de que la danza es parte esencial de su filosofía: es una de las metáforas que más usa para expresar su filosofía vitalista dionísiaca. Es difícil encontrar alguien que haya hablado con mayor entusiasmo poético sobre la danza que Nietzsche (aunque hay que decir que a veces la danza es una metáfora omniabarcante: la escritura es danza, la percepción es danza, la voluntad de poder es danza). Las ideas de Nietzsche de que la existencia tenía una raíz irracional y de que toda espiritualidad debía encontrarse en la vida misma, hacen de la danza un vórtice para la filosofía. Sus ideas no fueron infértiles, ya que inspiraron a personas como Isadora Duncan, una bailarina que fue poseída por las ideas de Nietzsche y su ideal dionisíaco. 

Therese Duncan en la Acrópolis: "Era como la reencarnación de una ninfa griega", dijo el fotógrafo Steichen

La más famosa frase de Nietzsche sobre la danza es esta, que pone en boca de Zaratustra: "Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar". La frase aparece entre las anotaciones del inconcluso La voluntad de poder, donde se dice:

¡Cuántos dioses no serán aún posibles! A mí mismo, por ejemplo, a quien el instinto religioso, el instinto creador de dioses, se le ha activado en momentos inauditos, ¡de qué diversas formas se le ha revelado cada vez lo divino...! ¡Qué de cosas extrañas han pasado ante mí, en aquellos momentos sin tiempo en que no se sabe absolutamente nada de lo viejo que se es y de lo joven que todavía se puede ser...! Yo no dudo que haya muchas especies de dioses, las cuales no se pueden imaginar sin un cierto alcionismo o una evidente ligereza. Probablemente los pies ligeros son una cualidad integral del concepto de "dios". ¿Es necesario mencionar que dios prefiere mantenerse más allá de todo lo burgués y lo racional? Y, que, dicho sea entre nosotros, también más allá del bien y mal. Encarna una visión libre, en palabras de Goethe. Y para invocar la autoridad de Zaratustra, que en este caso es inestimable, quien va tan lejos que confiesa "Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar".

Este párrafo es importante porque nos muestra el lado que no suele mencionarse de la famosa afirmación de Nietzsche: "Dios ha muerto". El dios que Nietzsche había visto agonizar era el dios cristiano, el dios de la moral, domesticado, anquilosado, sin nada que decir al hombre, sin irrumpir como presencia vital... un dios que no sabía bailar. Pero Nietzsche tenía una enorme sed divina. Según Heidegger, Nietzsche fue "el último filósofo alemán en buscar apasionadamente a Dios". El ateísmo de Nietzsche era un ateísmo sobre todo en el sentido de oponerse ferozmente a la divinidad como una persona suprasensible, trascendente, que juzga el mundo sin participar en su vitalidad. Un dios que supiese bailar es un dios que nace del cuerpo, un dios como Dionisio -el dios que representa la vitalidad, la desmesura, lo irracional, el éxtasis-. Aunque es verdad que Nietzsche desea un nuevo dios, y es que van "¡2 mil años y ni un nuevo dios ha nacido!". El dios al que llama, entonces, es el dios que nace de la voluntad de poder del ser humano, la cuerda que lo lleva a cruzar el abismo. Un dios que regresara a un sustrato arcaico más allá de la racionalidad, en la pura expresión de la creatividad que es un instinto cósmico incontenible. El momento en el tiempo donde más relumbra esta divinidad es en las fiestas de Dionisio en el bosque, fuera del orden establecido y la mesura apolínea, salvajes, libres y vigorosas, una comunión de la sangre, el vino, el deseo y la danza.  Cabe mencionar que Nietzsche no conoció a otro dios que también sabía bailar: a Shiva, quien en su versión de Nataraja, crea (y destruye) el universo con su danza -dios que Alan Danielou entendió tenía una profunda identidad con Dionisio. 

Ninfas bailan mientras Pan -el dios de la naturaleza totalizante que el cristianismo mató y demonizó- toca su flauta mágica (y fálica)

Nietzsche veía en la danza una forma de comunión con este "instinto creador de dioses": "No sé que otra cosa más podría desear el espíritu de un filósofo que ser un buen bailarín. Pues la danza es su ideal, su arte más fino, y finalmente la única forma de piedad que conoce: 'su servicio divino'". De la misma manera que una vida sin música sería un error, debíamos considerar "un día perdido si en él no hemos bailado por lo menos una vez". Porque en la danza se revelaba la ligereza de la existencia que estaba cerca de la verdad. "Mi alfa y omega es que todo lo que es grave y pesado debe hacerse ligero; todo lo que es cuerpo, danza; todo lo que es espíritu, ave". La danza nos conecta con el cuerpo y su divina irracionalidad: "hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría". Uno puede conocer el mundo con el cuerpo, y más aún con el cuerpo en consonancia con la vitalidad que pulsa en la tierra: "Un bailarín porta sus oídos en sus pies".

Nietzsche argumenta que los filósofos ya no saben pensar, denuncia esa enfermedad -que hoy es una epidemia- del filósofo de curul o de torre de marfil; el filósofo que no vive por sí mismo: sólo discute las ideas de pensadores canonizados; el filósofo que no trabaja su propio organismo, su propio aparato para conocer la realidad:

ya no se reconoce que pensar requiere una técnica, una enseñanza curricular, una voluntad de maestría  -que el pensamiento quiere ser aprendido como la danza, como una forma de danzar-. ¿Quien entre los alemanes conoce aún por su propia experiencia el temblor delicado que los pies ligeros en materia espiritual desatan en cada músculo?

El pensar filosófico entonces es una forma de danza, ya que la danza, como también señala Sócrates, involucra todo el cuerpo -es una forma de integrar el todo-, y lo que Nietzsche busca es que el pensamiento sea parte de la misma corriente vital que lo mismo hace estrellas que compone sinfonías y destruye templos. Nietzsche finalmente nos revela lo que es este brutal universo:

¿Debería mostrártelo en mi espejo? El universo es un monstruo de energía, sin principio ni final; una cantidad de energía fija e implacable que ni disminuye ni crece, que no se consume a sí misma, sino que sólo altera su cara... Es energía que permea todo, el juego de fuerzas y olas de fuerza, al mismo tiempo una y muchas, aglomeradas aquí y desvaneciéndose allá, un proceloso océano de fuerzas rugientes en sí mismas, siempre cambiante, siempre fluyendo de regreso por incalculables eras de recurrencia, con un flujo y reflujo de sus formas, produciendo lo más complicado a partir de las estructuras más simples; produciendo lo más ardiente, lo más salvaje y lo más contradictorio de lo más quieto y rígido y congelado, y luego regresando de la multiplicidad a la uniformidad, del juego de las contradicciones de regreso a la delicia de la consonancia, diciendo sí a sí mismo, incluso en esta homogeneidad de sus cursos y eras; por siempre bendiciéndose a sí mismo como algo que recurre por la eternidad -un devenir que no conoce saciedad o disgusto o cansancio- este, mi mundo dionísiaco de eterna autocreación, o eterna autodestrucción, este misterioso mundo de voluptuosidad dual; este mi "Más allá del bien y el mal", sin propósito, a menos de que exista un propósito en la dicha del círculo, sin voluntad, a menos de que un anillo por naturaleza deba mantener una buena voluntad consigo mismo. ¿Quieres un nombre para mi mundo? ¿Una solución a todos tus enigmas? ¿Quieres también una luz, tú, él más oculto, fuerte y valiente de los hombres de la negra medianoche? ¡Este mundo es la Voluntad de Poder -y nada más! ¡E incluso ustedes, sí, sólo son esta voluntad de poder! 

El filósofo para Nietzsche lo que busca es convertirse en la danza misma, decir sí a la existencia de tal forma que sea digno repetir esta vida eternamente y fluir en la savia energética de la existencia sin vacilación o recato. Hay en esto una forma de ese sentido de religiosidad cósmica que no necesita de un Dios, sino que prefiere eliminar todo intermediario para volcarse hacia el corazón de la vibración y participar en la pura fuerza creativa/destructiva como si se tratara de una bacanal. 

Para Sócrates y Platón, por otro lado, el fin de la filosofía era justamente convertirse en Dios, elevarse a la eternidad contemplando las formas arquetípicas, separando el alma del cuerpo. Caminos sumamente distintos pero que, sin embargo, comparten la danza. 

Así entonces, si estás con un filósofo y quieres poner a prueba su filosofía -ver si es más que su discurso- velo bailar, ve cómo baila cuando viene el fuego y el agua, cuando llega el caos, cuando se mueven los astros, cuando aparecen los cuerpos vibrantes, cuando llegan los sonidos de la tierra negra, cuando se acerca la muerte...

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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