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¿El psicoanálisis perderá vigencia cuando el ser humano sea capaz de comprender su vida?

El psicoanálisis ha conocido un desarrollo histórico peculiar, oscilante entre la aceptación y aun la fascinación por un lado y, por el otro, el rechazo y la denotación más furibunda. Con todo, el psicoanálisis persiste.

¿Cuál es la causa de dicha persistencia? Una respuesta seria pasa, necesariamente, por el malestar del ser humano, para el cual, hasta ahora, la cultura no ha encontrado un solo remedio efectivo. O, mejor dicho: sí los ha encontrado, desde el pensamiento de los Vedas y el budismo hasta las “reglas para vivir” del Dr. Jordan Peterson, de Platón y los estoicos a las ideas de Nietzsche o las reflexiones de Byung-Chul Han, el malestar que al parecer acompaña inevitablemente a la existencia humana ha sido objeto de estudio e investigación filosófica, de lo cual, a su vez, se han derivado diversos intentos de respuesta a las preguntas que en algún punto asaltan la vida humana: ¿es posible vivir sin malestar? ¿es posible vivir sin miedo? ¿es posible vivir sin sufrimiento y sin angustia? ¿es posible vivir sin ira?

Estas preguntas fundamentales tienen respuesta, pero a diferencia de otras disciplinas, sistemas de pensamiento o corrientes filosóficas, doctrinas espirituales y religiosas, la postura del psicoanálisis es clara al respecto: es el propio sujeto quien debe elaborar por sí mismo dicha respuesta. 

Sin duda, parece más sencillo adherirse a una solución ya hecha: seguir tal o cual serie de mandamientos, tomar el antidepresivo o el ansiolítico, intentar ser hoy hedonista y mañana probar el minimalismo, etc. Y nos parece más sencillo porque así es como aprendemos a vivir: obedeciendo, adoptando las formas de vida que nos enseñan y que, se nos dice, son necesarias para ser aceptados por otros (en la comunidad de lo humano). Pero frente a esto, el psicoanálisis llama al sujeto a detenerse para preguntarse si eso es lo que realmente quiere, si esa es la vida que desea o es aquella que le enseñaron a desear.

Cabe decir que dicha confrontación no es sencilla y mucho menos en una cultura que nos empuja justamente a lo contrario: a vivir sin reflexionar, sin interrogar ni emprender un esfuerzo propio y auténtico de cambio. 

Compartimos estos párrafos a manera de introducción para una entrevista que le hizo Emilia Granzotto a Jacques Lacan en 1974. De todas las personas que han intentado seguir el método elaborado por Sigmund Freud, quizá Lacan ha sido el único que aportó verdaderamente al desarrollo del psicoanálisis, por el hecho simple pero al parecer muy difícil de realizar de que su único interés a lo largo de su trayectoria fue leer atentamente la obra de Freud. 

Originalmente, la entrevista se publicó en la revista italiana Panorama, en su número del 21 de diciembre del año referido. La transcribimos íntegra, en razón de los varios puntos de interés que Lacan tocó en aquella ocasión y porque creemos que a lo largo de la charla se teje una cohesión que vale la pena conservar así para entender las palabras del psicoanalista. 

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Panorama: Prof. Lacan, se escucha hablar más y más a menudo de la crisis del psicoanálisis, se dice que Sigmund Freud está superado, que la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina no alcanza a comprender al hombre ni a interpretar a fondo su relación con el ambiente, con el mundo…

Lacan: Son historias. En primer lugar, la crisis no existe, no está. El psicoanálisis, al contrario, no ha alcanzado del todo sus límites. Hay aún muchas cosas para descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. En el psicoanálisis no hay solución inmediata, sino solamente la larga y paciente investigación acerca de los porqués. En segundo lugar: Freud. ¿Cómo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él, problemas… del inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico al sujetamiento a las leyes del lenguaje.

Su doctrina ha puesto a la verdad en cuestión, un asunto que concierne a cada uno personalmente. Nada que ver con una crisis. Repito: estamos lejos de los objetivos de Freud. Es porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas que ha habido desviaciones, los epígonos no han seguido siempre fielmente el modelo, eso ha creado la confusión.

Después de su muerte en 1939, algunos de sus alumnos pretendieron hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivo, la readaptación del individuo a su entorno social. Es decir, la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.

Él mismo lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy día poco importa quien tiene las responsabilidades de gobernar y todo el mundo se pretende educador. En cuanto a los  psicoanalistas, ¡ay!, por desgracia prosperan como los magos y los curanderos. Proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.

Panorama: ¿Qué exactamente?

Lacan: Lo defino como un síntoma, revelador del malestar de la civilización en la cual vivimos.  No es ciertamente una filosofía; yo aborrezco la filosofía, hace ya tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco una fe y tampoco me va llamarla ciencia. Digamos que es una práctica que se ocupa de aquello que no anda, terriblemente difícil, ya que pretende introducir en la vida cotidiana al imposible y al imaginario. Hasta ahora, ha obtenido ciertos resultados, pero no dispone aún de reglas y se presta a toda suerte de equívocos.

No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, ya sea en relación con la medicina, la psicología o las ciencias afines. Es asimismo muy joven. Freud murió apenas hace 35 años. Su primer  libro, La interpretación de los sueños, fue publicado en 1900 y con muy poco éxito. Creo que fueron vendidos unos 300 ejemplares en aquellos años. Tenía pocos alumnos que pasaban por locos y ellos mismos no estaban de acuerdo acerca de la manera de poner en práctica y de interpretar aquello que habían adquirido.

Panorama: ¿Qué es lo que no anda en el hombre hoy en día?

Lacan: Hay una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta dónde se puede llegar arrastrando esa fatiga, ese malestar de la vida.

Panorama: ¿Qué es lo que empuja a la gente a analizarse?

Lacan: El miedo. Cuando al hombre le llegan las cosas, incluso las cosas que ha querido, que no comprende, tiene miedo. Sufre de no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo deviene enfermo del miedo de estar enfermo sin estarlo realmente. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza … pensamientos que no se pueden controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.

Panorama: ¿Por ejemplo?

Lacan: El neurótico llega a sentirse empujado por una necesidad espantosa de tener que verificar docenas de veces si la canilla está cerrada de verdad o si tal cosa está bien en su lugar, sabiendo con certeza que la canilla está como debe estar y que la cosa está en su lugar. No hay pastilla que cure eso. Tú debes descubrir por qué eso te llega y saber lo que eso significa.

Panorama: ¿Y el tratamiento?

Lacan: El neurótico es un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro. El psicoanalista no tiene mas remedio que ser el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto algo profundo sino, más bien, es inaccesible a la profundización consciente. Y decía también que en ese inconsciente ello habla: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.

Panorama: ¿Palabra de quién? ¿Del enfermo o del analista?

Lacan: En el psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina no son exactos, no son utilizados. Incluso las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas. Se dice "hacerse psicoanalizar". Es falso. Aquel que hace el trabajo en análisis es aquel que habla, el sujeto analizante mismo si él lo hace según el modelo sugerido por el analista que le indica cómo proceder y lo ayuda con sus intervenciones. Las interpretaciones que les son proporcionadas parecen dar sentido en un primer abordaje a aquello que el analizante dice.

En realidad, la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es el de mostrarle, a través de su propio relato, que su síntoma, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, que está desanudado de todo sentido. Incluso si en apariencia es real, no existe.

Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede piden mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la ponderación son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber ponderar la ayuda que se le da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.

Panorama: Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: el retorno a Freud. ¿Qué significa eso?

Lacan: Exactamente eso que es dicho. El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal. He fundado en París una escuela freudiana justamente para eso. Hace 20 años, o más, que vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud simplemente significa  despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenologías existenciales —por ejemplo— tanto como del formulismo institucional de las sociedades analíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer a Freud quiere decir solamente releer a Freud. Aquel que no hace esto en psicoanálisis, utiliza formas abusivas.

Panorama: Pero Freud es difícil. Y Lacan, dicen, lo torna incomprensible. Se le reprocha a Lacan  hablar y sobre todo escribir de tal manera que solamente aquellos iniciados pueden esperar comprender.

Lacan: Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en nubes de humo. Yo me pregunto por qué. A propósito del análisis, respeto conjuntamente con Freud que sea el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entre en el real. ¿No está claro? Pero el psicoanálisis no es una cosa simple.

Mis libros tienen reputación de incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me he preocupado ni un instante de complacer a algunos lectores. Tengo cosas para decir y las digo. Me es suficiente tener un público que lee, y si no comprende, paciencia. En cuanto al número de lectores, tengo más oportunidad que Freud. Mis libros son muy leídos; estoy asombrado por eso.
Estoy convencido de que dentro de 10 años como máximo, quien me lea me encontrará transparente como una buena jarra de cerveza. Es posible que entonces se diga: ¡ese Lacan, es banal!

Panorama: ¿Cuáles son las características del lacanismo?

Lacan: Es un poco apresurado decirlo, ya que el lacanismo no existe aún. Se percibe apenas un olor, como un presentimiento.

Sea lo que sea, Lacan es un señor que practica el psicoanálisis hace 40 años y que estudia desde hace más tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en uno de mis libros que aquello a lo cual nos devuelve el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el que somos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente infans, sin palabra. El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso concreto universal. Es el mundo de las palabras que creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el devenir del todo. Solamente las palabras dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría. ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?

Mi idea es que Freud, al enunciar en sus primeras obras (La interpretación de los sueños, Más allá del principio del placer, Tótem y tabú) las leyes del inconsciente, formuló —como precursor de su tiempo— las teorías con las cuales algunos años más tarde Ferdinand de Saussure abrió el camino de la lingüística moderna.

Panorama: ¿Y el pensamiento puro?

Lacan: Sometido, como todo el resto, a las leyes del lenguaje, solamente las palabras pueden introducir y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no daría un paso hacia el frente en las investigaciones acerca del pensamiento. Del mismo modo para el psicoanálisis. Sea cual sea la función que quisiéramos atribuirle –agente de cura, de formación o de sondeo– no hay más que un médium del que se sirve: la palabra del paciente. Y  cada palabra pide respuesta.

Panorama: ¿El análisis como diálogo? Hay gente que lo interpreta, sobre todo, como un sucedáneo laico de la confesión…

Lacan: ¿Pero qué confesión? Al psicoanalista no se le confiesa nada. Se va a decirle simplemente todo lo que se le pasa por la cabeza. Palabras precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis es el del hombre como animal parlante. Es asunto del analista poner en serie las palabras que escucha y darles un sentido, una significación. Para realizar un buen análisis, hace falta un acuerdo, una afinidad entre el analizante y el analista. A través de las palabras de uno, el otro busca hacerse una idea de lo que se trata y encontrar más allá del síntoma aparente, el difícil nudo de la verdad. Otra función del analista es la de explicar el sentido de las palabras para hacer comprender al paciente qué puede esperar del análisis.

Panorama: Entonces es una relación de una extrema confianza.

Lacan: Sobre todo un intercambio, en el cual lo importante es que uno habla y el otro escucha. Aun en silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Da solamente las respuestas que hace falta dar a las preguntas que suscitan sus buenas ganas. Pero –a fin de cuentas– el analizante va siempre adonde el analista lo lleva.

Panorama: Eso es la cura. ¿Y acerca de las posibilidades de curación? ¿Se sale de la neurosis?

Lacan: El psicoanálisis tiene éxito cuando vacía el campo tanto del síntoma como del real, y así llega a la verdad.

Panorama: ¿Podría explicarme ese concepto de una manera menos lacaniana?

Lacan: Yo llamo síntoma a todo aquello que viene del real. Y el real es todo aquello que no anda, que no funciona, eso que hace obstáculo a la vida del hombre y a la afirmación de su personalidad. El real vuelve siempre al mismo lugar, se lo encuentra siempre allí con las mismas manifestaciones. Los científicos disponen de una bella fórmula: que no hay nada de imposible en el real. Hace falta ser un caradura para hacer afirmaciones de ese género, o bien, como yo lo sospecho, una ignorancia total acerca de lo que se hace y de lo que se dice. El real y el imposible son antitéticos; no pueden estar juntos. El análisis empuja al sujeto hacia el imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, esto es, imaginario y sin ningún sentido. Mientras que el real, como un pájaro voraz, no hace otra cosa que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido.

Se escucha  siempre repetir que hay que darle un sentido a esto o a aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero de la vida no sabemos nada de nada, como se sofocan los científicos por explicar. Mi miedo es que, por culpa de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera. La ciencia está en camino de sustituir a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado.

Panorama: ¿Qué relación guardan entre sí hoy día la ciencia y el psicoanálisis?

Lacan: Para mí la única ciencia verdadera, seria para seguir, es la ciencia ficción. La otra, aquella que es oficial, que tiene sus altares en los laboratorios, avanza a tientas y a locas y comienza a tener miedo de su sombra. Pareciera que a los científicos también les llegó el momento de angustia. En sus laboratorios asépticos revestidos de sus guardapolvos almidonados, esos viejos niños que juegan con cosas desconocidas, manipulando aparatos siempre más complicados e inventando fórmulas siempre más oscuras, comienzan a preguntarse qué es lo que podrá sobrevenir mañana y qué terminarán aportando sus investigaciones siempre novedosas. En fin, digo: ¿Y si es demasiado tarde? Se llamen biólogos, físicos, químicos, para mí están locos.

Solamente por el momento, mientras están en vías de destruir el universo, se les ocurre preguntarse si por azar eso que hacen no sería peligroso. ¿Y si todo saltara? ¿Y si las bacterias tan amorosamente cuidadas en los blancos laboratorios se trasmutasen en enemigos mortales? ¿Y si el mundo fuera barrido por una horda de esas bacterias con toda la mierda que lo habita, comenzando por los científicos de los laboratorios? Hay tres posiciones imposibles dichas por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar. Agregaría una cuarta: la ciencia. Tan cerca como las demás, los científicos no saben que están en una posición insostenible.

Panorama: Es una definición bastante pesimista de aquello que comúnmente se llama progreso.

Lacan: Para nada, no soy para nada pesimista. El hombre no llegará a nada, por la simple razón de que es un bueno para nada, incapaz de destruirse a sí mismo. Una calamidad total promovida por el hombre, eso lo encontraría personalmente maravilloso. Sería la prueba de que finalmente ha logrado fabricar alguna cosa con sus manos, con su cabeza, sin intervención divina, natural o de otra especie.

Todas  esas bellas bacterias bien nutridas que se pasean por el mundo, como las langostas bíblicas, significarían el triunfo del hombre. Pero eso no llegará jamás. La ciencia tiene  su buena crisis de responsabilidad. Todo regresará al orden de las cosas, como se dice. Lo he dicho, el real tendrá la superioridad como siempre y nosotros estaremos jodidos como siempre.

Panorama: Otra de las paradojas de Jacques Lacan. Nos lanza no solamente la dificultad del lenguaje y la oscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, los divertimentos lingüísticos, los acertijos a la francesa y precisamente las paradojas. Aquel que lo escucha o lo lee debe de sentirse desorientado…

Lacan: No bromeo del todo, digo las cosas muy seriamente. Salvo que utilice las palabras como los científicos, de los que hablamos antes, utilizan sus alambiques y sus aparatos electrónicos. Busco siempre referirme a la experiencia del psicoanálisis.

Panorama: Usted dijo: el real no existe. Pero el hombre medio sabe que el real es el mundo, todo aquello que lo rodea, lo que se ve ante el ojo desnudo, se toca, es…

Lacan: De entrada rechacemos a este hombre medio que, él, para comenzar no existe, es solamente una ficción estadística. Existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del "hombre de la calle", de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en 40 años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es? ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?

Panorama: Hablamos del real, del mundo que todos vemos …

Lacan: Precisamente. La diferencia entre el real (a saber: eso que no va) y el simbólico y el imaginario (a saber: la verdad), es que el real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no es, hace falta pensar en todas las cosas banales que una infinidad de gente estúpida creen que es el mundo. E invito a los amigos de Panorama, antes de acusarme de paradoja, a reflexionar acerca de lo que acaban de leer.

Panorama: Aún más pesimista, se diría…

Lacan: No es cierto. No me coloco entre los alarmistas ni entre los angustiados. Estupendo si un psicoanalista no ha dejado atrás su estado de la angustia. Es cierto, hay alrededor de nosotros cosas horripilantes y devorantes, como la televisión, por la cual la mayoría de nosotros se encuentra regularmente fagocitado. Pero es únicamente porque las personas se dejan fagocitar que llega a inventarse un interés para aquellos que lo ven. Luego hay otros aparatos monstruosos, tan hambrientos: los cohetes en la luna, las investigaciones en el fondo del mar, etc. Cosas que devoran. Pero no hay por qué hacer un drama. Estoy seguro de que cuando hayamos tenido los cohetes, la televisión y todas las otras malditas investigaciones para la vida, encontraremos otras cosas para ocuparnos. Hay una reviviscencia de la religión ¿no? ¿Y qué mejor monstruo hambriento que la religión, una feria continua con la cual es posible entretenerse durante siglos, como ya se ha mostrado?

Mi respuesta a todo ello es que el hombre siempre supo adaptarse al mal. El solo real concebible al que tenemos acceso es precisamente este y hay que darse una razón. Dar un sentido a las cosas, como se dice. De otro modo, el hombre no tendría angustia, Freud no se habría vuelto célebre y yo no sería profesor universitario.

Panorama: Las angustias, ¿son todas ellas siempre de ese tipo, o bien hay angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a ciertas etapas históricas, a ciertas latitudes?

Lacan: La angustia del científico que tiene miedo de sus propios descubrimientos puede parecer reciente, pero, ¿qué sabemos nosotros de aquello que les llegó en otras épocas, de los dramas de otros investigadores? La angustia del obrero remachado a la cadena de montaje como al remo de una galera, esa es la angustia de hoy día. O más simplemente, está ligada a las definiciones y a las palabras de hoy.

Panorama: Pero, ¿qué es la angustia para el psicoanálisis?

Lacan: Algo que se sitúa en el exterior de nuestro cuerpo, un miedo, un miedo de nada más que del cuerpo –comprometido el espíritu– pueda motivar. En suma, el miedo del miedo. Muchos de esos miedos, muchas de esas angustias, al nivel donde lo percibimos, tienen alguna cosa que ver con el sexo. Freud decía que la sexualidad para el animal parlante que se llama el hombre, no tiene ni remedio ni esperanza. Uno de los deberes del analista es el de encontrar en las palabras del paciente el nudo entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.

Panorama: Ahora que se coloca al sexo en todas las salsas –sexo en el cine, en el teatro, en la televisión, en los diarios, en las canciones, en la playa– se dice que la gente está menos angustiada respecto de los problemas ligados a la esfera sexual. Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo…

Lacan: La sexomanía galopante es solamente un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa seria que comporta, y lo repito, una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe psicoanálisis colectivo, como no existen angustias o neurosis de masas.

Que el sexo sea puesto a la orden del día y expuesto en todos los rincones de las calles, tratado de la misma manera que no importa cuál detergente en los carruseles televisivos, no constituye absolutamente promesa alguna de beneficio. No digo que esté mal. Ciertamente, eso no sirve para aliviar las angustias y los problemas singulares. Eso forma parte del mundo, de esa falsa liberación que nos es proporcionada como un bien acordado desde lo alto por la susodicha sociedad permisiva. Pero eso no sirve al nivel del psicoanálisis.

 

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"Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar"

Pan no es quien está loco y debe ser curado sino la sociedad que ha olvidado cómo bailar con él.

James Hillman

O chestnut tree, great rooted blossomer, 
Are you the leaf, the blossom or the bole? 
O body swayed to music, O brightening glance, 
How can we know the dancer from the dance?

W. B. Yeats

La filosofía es el amor a la sabiduría; y en ese amor hay algo de danza, de entrar en ritmo y unidad; y en esa sabiduría hay algo de bailar el mundo y su problemática, de saber seguir la música y dejar que el cosmos se exprese en uno.

Tal vez no se asocie mucho la danza con el filósofo, de quien se podría pensar que prefiere observar la acción a cierta distancia, sin participar en el trance del momento, sin fundirse en la música y el furor -ejerciendo el juicio y la razón analítica con perspectiva-. Pero es una coincidencia notable que para Sócrates -a quien podríamos llamar el padre de la racionalidad filosófica occidental- la danza era un comportamiento virtuoso, ciertamente favorable para el quehacer filosófico, como también para el gran crítico de esa racionalidad, Nietzsche -quien, por cierto, llamó a Sócrates el hombre más feo del mundo-, la danza era poco menos que la esencia de la actividad filosófica. Así que en la danza se reconcilian estos dos grandes opuestos: Apolo y Dionisio. El orden y el caos. El control y la espontaneidad.

De Sócrates sabemos que cultivó el hábito de bailar en la mañana, algo que según una historia habría aprendido ya a una edad avanzada (Montaigne dijo que esto era los más notable del filósofo, que había aprendido a bailar ya en la vejez). En El banquete de Jenofonte se cuenta que en una ocasión Sócrates y sus amigos y discípulos celebraban un convite en casa del rico Kallias, quien cortejaba a Autolykos, un atlético mozo de espléndida belleza, quien recién había triunfado en las luchas olímpicas. Para entretenimiento y gozo de los presentes estaba allí una pequeña tropa de artistas, entre ellos dos doncellas y un bailarín, todos de gran belleza. Algo que se esperaba en casa de Kallias (cuyo nombre significa "belleza").

La proeza dancística de una de las doncellas llevó a Sócrates a decir que esto probaba que la naturaleza de las mujeres era tan excelente como la de los hombres (o casi tan excelente) y las hacía dignas de recibir instrucción filosófica. (Aunque esto en nuestra época nos puede parecer misógino y demás, en esa época era sumamente progresista e igualitario). Sócrates nota, maravillado, cómo el movimiento resalta y añade una dimensión extra a la belleza natural. Cautivado por la danza de un muchacho que hacía uso de todas las partes de su cuerpo en movimientos enérgicos y coordinados, Sócrates se arriesga a canonizar, y dice que la buena danza es aquella donde todo el cuerpo se activa en conjunto, donde nada queda inmóvil. Inspirado por esta efusión de los cuerpos, el filósofo a sus 70 años, para incredulidad de sus amigos, decide allí aprender a bailar. "Por Zeus, que yo bailaré", exclama, y pide al maestro de danza que participa también en el banquete que le enseñe a hacer "esas figuras [o formas]". Luego el filósofo sin temor al ridículo imita grotescamente los movimientos gráciles de la doncella y el muchacho, ganando la jovial burla de sus compañeros, hasta quedar exhausto y llamar a que fluya profusamente el vino. Sócrates también celebraba la vida.

En este pasaje, Sócrates sugiere que la danza dota de salud y simetría al cuerpo y permite reflexionar sobra la naturaleza de la belleza -belleza que no es sólo un accidente físico, sino una imagen de lo divino-. Quizás no sea baladí que Sócrates pide aprender esas "figuras" o esas formas, y así tal vez sugiere que el movimiento de la danza trasluce formas arquetípicas. En la danza entonces se comunica el bien, lo bello, lo justo y lo verdadero. El filósofo que baila ejercita su cuerpo para poder aprehender las formas divinas. 

Es verdad que no podemos argumentar que para Sócrates sea central a la filosofía la danza (aunque, de cualquier manera, esta anécdota es significativa). Pero con Nietzsche ciertamente podemos hablar de que la danza es parte esencial de su filosofía: es una de las metáforas que más usa para expresar su filosofía vitalista dionísiaca. Es difícil encontrar alguien que haya hablado con mayor entusiasmo poético sobre la danza que Nietzsche (aunque hay que decir que a veces la danza es una metáfora omniabarcante: la escritura es danza, la percepción es danza, la voluntad de poder es danza). Las ideas de Nietzsche de que la existencia tenía una raíz irracional y de que toda espiritualidad debía encontrarse en la vida misma, hacen de la danza un vórtice para la filosofía. Sus ideas no fueron infértiles, ya que inspiraron a personas como Isadora Duncan, una bailarina que fue poseída por las ideas de Nietzsche y su ideal dionisíaco. 

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La más famosa frase de Nietzsche sobre la danza es esta, que pone en boca de Zaratustra: "Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar". La frase aparece entre las anotaciones del inconcluso La voluntad de poder, donde se dice:

¡Cuántos dioses no serán aún posibles! A mí mismo, por ejemplo, a quien el instinto religioso, el instinto creador de dioses, se le ha activado en momentos inauditos, ¡de qué diversas formas se le ha revelado cada vez lo divino...! ¡Qué de cosas extrañas han pasado ante mí, en aquellos momentos sin tiempo en que no se sabe absolutamente nada de lo viejo que se es y de lo joven que todavía se puede ser...! Yo no dudo que haya muchas especies de dioses, las cuales no se pueden imaginar sin un cierto alcionismo o una evidente ligereza. Probablemente los pies ligeros son una cualidad integral del concepto de "dios". ¿Es necesario mencionar que dios prefiere mantenerse más allá de todo lo burgués y lo racional? Y, que, dicho sea entre nosotros, también más allá del bien y mal. Encarna una visión libre, en palabras de Goethe. Y para invocar la autoridad de Zaratustra, que en este caso es inestimable, quien va tan lejos que confiesa "Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar".

Este párrafo es importante porque nos muestra el lado que no suele mencionarse de la famosa afirmación de Nietzsche: "Dios ha muerto". El dios que Nietzsche había visto agonizar era el dios cristiano, el dios de la moral, domesticado, anquilosado, sin nada que decir al hombre, sin irrumpir como presencia vital... un dios que no sabía bailar. Pero Nietzsche tenía una enorme sed divina. Según Heidegger, Nietzsche fue "el último filósofo alemán en buscar apasionadamente a Dios". El ateísmo de Nietzsche era un ateísmo sobre todo en el sentido de oponerse ferozmente a la divinidad como una persona suprasensible, trascendente, que juzga el mundo sin participar en su vitalidad. Un dios que supiese bailar es un dios que nace del cuerpo, un dios como Dionisio -el dios que representa la vitalidad, la desmesura, lo irracional, el éxtasis-. Aunque es verdad que Nietzsche desea un nuevo dios, y es que van "¡2 mil años y ni un nuevo dios ha nacido!". El dios al que llama, entonces, es el dios que nace de la voluntad de poder del ser humano, la cuerda que lo lleva a cruzar el abismo. Un dios que regresara a un sustrato arcaico más allá de la racionalidad, en la pura expresión de la creatividad que es un instinto cósmico incontenible. El momento en el tiempo donde más relumbra esta divinidad es en las fiestas de Dionisio en el bosque, fuera del orden establecido y la mesura apolínea, salvajes, libres y vigorosas, una comunión de la sangre, el vino, el deseo y la danza.  Cabe mencionar que Nietzsche no conoció a otro dios que también sabía bailar: a Shiva, quien en su versión de Nataraja, crea (y destruye) el universo con su danza -dios que Alan Danielou entendió tenía una profunda identidad con Dionisio. Y Nietzsche seguramente sorprendería de descubrir que la religión que tanto vilipendió, particularmente por su falsa moral y su rigidez, probablemente tenía un rito dancístico: no sólo Dionisio bailaba, también lo hacia Cristo. Textos gnósticos y apócrifos narran lo que académicos han llamado "la danza circular de la cruz". En el texto apócrifo de los Actos de Juan, Jesús le dice a sus discípulos después que se recitan una serie de canciones y se tocan música de flautas: "Si tú respondes a mi danza, y te ves en mí mientras hablo, y si haz visto lo que hago, debes de guardar silencio de mis misterios. Tú que bailas, entiende lo que hago, pues tuya es esta pasión humana que debo sufrir."

Ninfas bailan mientras Pan -el dios de la naturaleza totalizante que el cristianismo mató y demonizó- toca su flauta mágica (y fálica)

Nietzsche veía en la danza una forma de comunión con este "instinto creador de dioses": "No sé que otra cosa más podría desear el espíritu de un filósofo que ser un buen bailarín. Pues la danza es su ideal, su arte más fino, y finalmente la única forma de piedad que conoce: 'su servicio divino'". De la misma manera que una vida sin música sería un error, debíamos considerar "un día perdido si en él no hemos bailado por lo menos una vez". Porque en la danza se revelaba la ligereza de la existencia que estaba cerca de la verdad. "Mi alfa y omega es que todo lo que es grave y pesado debe hacerse ligero; todo lo que es cuerpo, danza; todo lo que es espíritu, ave". La danza nos conecta con el cuerpo y su divina irracionalidad: "hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría". Uno puede conocer el mundo con el cuerpo, y más aún con el cuerpo en consonancia con la vitalidad que pulsa en la tierra: "Un bailarín porta sus oídos en sus pies".

Nietzsche argumenta que los filósofos ya no saben pensar, denuncia esa enfermedad -que hoy es una epidemia- del filósofo de curul o de torre de marfil; el filósofo que no vive por sí mismo: sólo discute las ideas de pensadores canonizados; el filósofo que no trabaja su propio organismo, su propio aparato para conocer la realidad:

ya no se reconoce que pensar requiere una técnica, una enseñanza curricular, una voluntad de maestría  -que el pensamiento quiere ser aprendido como la danza, como una forma de danzar-. ¿Quien entre los alemanes conoce aún por su propia experiencia el temblor delicado que los pies ligeros en materia espiritual desatan en cada músculo?

El pensar filosófico entonces es una forma de danza, ya que la danza, como también señala Sócrates, involucra todo el cuerpo -es una forma de integrar el todo-, y lo que Nietzsche busca es que el pensamiento sea parte de la misma corriente vital que lo mismo hace estrellas que compone sinfonías y destruye templos. Nietzsche finalmente nos revela lo que es este brutal universo:

¿Debería mostrártelo en mi espejo? El universo es un monstruo de energía, sin principio ni final; una cantidad de energía fija e implacable que ni disminuye ni crece, que no se consume a sí misma, sino que sólo altera su cara... Es energía que permea todo, el juego de fuerzas y olas de fuerza, al mismo tiempo una y muchas, aglomeradas aquí y desvaneciéndose allá, un proceloso océano de fuerzas rugientes en sí mismas, siempre cambiante, siempre fluyendo de regreso por incalculables eras de recurrencia, con un flujo y reflujo de sus formas, produciendo lo más complicado a partir de las estructuras más simples; produciendo lo más ardiente, lo más salvaje y lo más contradictorio de lo más quieto y rígido y congelado, y luego regresando de la multiplicidad a la uniformidad, del juego de las contradicciones de regreso a la delicia de la consonancia, diciendo sí a sí mismo, incluso en esta homogeneidad de sus cursos y eras; por siempre bendiciéndose a sí mismo como algo que recurre por la eternidad -un devenir que no conoce saciedad o disgusto o cansancio- este, mi mundo dionísiaco de eterna autocreación, o eterna autodestrucción, este misterioso mundo de voluptuosidad dual; este mi "Más allá del bien y el mal", sin propósito, a menos de que exista un propósito en la dicha del círculo, sin voluntad, a menos de que un anillo por naturaleza deba mantener una buena voluntad consigo mismo. ¿Quieres un nombre para mi mundo? ¿Una solución a todos tus enigmas? ¿Quieres también una luz, tú, él más oculto, fuerte y valiente de los hombres de la negra medianoche? ¡Este mundo es la Voluntad de Poder -y nada más! ¡E incluso ustedes, sí, sólo son esta voluntad de poder! 

El filósofo para Nietzsche lo que busca es convertirse en la danza misma, decir sí a la existencia de tal forma que sea digno repetir esta vida eternamente y fluir en la savia energética de la existencia sin vacilación o recato. Hay en esto una forma de ese sentido de religiosidad cósmica que no necesita de un Dios, sino que prefiere eliminar todo intermediario para volcarse hacia el corazón de la vibración y participar en la pura fuerza creativa/destructiva como si se tratara de una bacanal. 

Para Sócrates y Platón, por otro lado, el fin de la filosofía era justamente convertirse en Dios, elevarse a la eternidad contemplando las formas arquetípicas, separando el alma del cuerpo. Caminos sumamente distintos pero que, sin embargo, comparten la danza. 

Así entonces, si estás con un filósofo y quieres poner a prueba su filosofía -ver si es más que su discurso- velo bailar, ve cómo baila cuando viene el fuego y el agua, cuando llega el caos, cuando se mueven los astros, cuando aparecen los cuerpos vibrantes, cuando llegan los sonidos de la tierra negra, cuando se acerca la muerte...

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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