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4 estrategias de inspiración zen para combatir la procrastinación

Buena Vida

Por: pijamasurf - 04/08/2018

4 acciones sencillas que puedes emprender para dejar esa forma de autosabotaje llamada procrastinación

La procrastinación es uno de los grandes vicios de nuestra época y, a juzgar por nuestra historia, también de épocas pasadas. Algo hay en el ser humano que nos predispone a preferir la distracción y el aplazamiento frente al esfuerzo sostenido y constante. 

Con todo, la desventaja de la procrastinación no es únicamente que al final sólo retrase lo inevitable sino, sobre todo, que nos aleja de aquello que sí queremos hacer. En este sentido, bien puede considerarse una forma del autosabotaje en el que a veces incurrimos cuando intentamos seguir nuestras intenciones más sinceras pero, por distintas razones, no nos atrevemos a continuar sobre ese camino.

Joseph Campbell, el gran estudioso de los mitos, escribió alguna vez que la cueva a donde más tememos entrar es la que resguarda el tesoro que más apreciaremos. En ese espíritu compartimos ahora estos consejos, que quizá alguien encuentre útiles para dejar de escuchar la voz de la duda y opte, mejor, por el camino de la acción.

 

1. Toma conciencia de tu cuerpo

“Mente sana en cuerpo sano”. El poeta Juvenal no se equivocó cuando escribió estas palabras: la mente y el cuerpo son dos elementos de un mismo sistema y, por lo mismo, el estado de uno repercute en el otro. 

Alimentarse equilibradamente, dormir las horas necesarias para descansar, ejercitarse o reconocer los momentos en que es necesario interrumpir el trabajo, son algunas de las situaciones en las que el cuerpo incide directamente en la capacidad mental y de conciencia.

En tu alimentación diaria privilegia el consumo de leguminosas y de otras fuentes de proteína vegetal, que te darán la energía suficiente para continuar tu trabajo, saciarán tu hambre y no tendrás esa sensación de pesadez que sobreviene con otro tipo de alimentos (como la carne o los carbohidratos refinados). 

Para asegurar una buena oxigenación de la sangre que llega a tu cerebro, procura consumir verduras de hojas verdes (espinacas, acelgas, etc.) pero también realizar algún tipo de ejercicio físico.

Entre los consejos que alguna vez dio Margaret Atwood para las personas que escriben se encuentra uno muy peculiar y pocas veces dicho: hacer ejercicios para fortalecer la espalda, pues el dolor que puede sobrevenir por pasar mucho tiempo sentado no hace más que distraer.

El yoga es en ese aspecto muy similar, pues aunque podría pensarse que se trata únicamente de una disciplina física, en realidad su práctica es indisociable de la meditación, pues el fin del yoga es preparar al cuerpo para permanecer en una postura cómoda para meditar por tanto tiempo como sea posible sin que el cansancio o el dolor sean una distracción.

Sal a caminar cuando te sientas tenso o abrumado. Bebe agua. Si algo en el trabajo que realizas no fluye, permite que tu mente divague. Si es necesario, toma una siesta. Contempla, respira.

En pocas palabras: cuídate, cuidando tu cuerpo.

 

2. Haz un compromiso sencillo (pero consciente)

Como aseguraban los estoicos, la mayoría de nosotros es más fuerte de lo que cree. Es sólo el temor, el miedo al fracaso, las dudas y demás voces contrarias las que nos hacen pensar que no somos capaces de algo. Por ejemplo: el compromiso, que es otra forma de la concentración. 

Haz esta prueba: elige algo sencillo que siempre has querido hacer. No necesariamente las “grandes” tareas que con frecuencia se abandonan, pero sí quizá algo orientado hacia ese objetivo. Por ejemplo, en vez de comprometerte a ir todos los días al gimnasio, empieza por llegar caminando a tu trabajo; en vez de comprometerte a dejar de fumar, quizá puedas pensar en un día no fumar por la mañana; en vez de cambiar radicalmente tu dieta de un día a otro, piensa en alguna modificación sencilla y factible: beber tu café sin azúcar, aumentar tu consumo de frutas y verduras, etcétera.

Una vez que hayas elegido tu objetivo, comprométete a cumplirlo, pero no sólo eso. Observa sin juzgarte los momentos en que sientes que no puedes hacerlo, que dudas, que te inclinas por hacer lo que siempre has hecho. Más que un ejercicio de voluntad, se trata sobre todo de poner a funcionar tu conciencia, es decir, ejercer tu capacidad de decisión y acción conscientemente. ¿De veras es muy grave que esa mañana no fumes? ¿Es muy difícil caminar tres o cuatro calles adicionales a las de tu ruta cotidiana? Si crees que no puedes lograrlo, ¿por qué piensas así?

Otro elemento de utilidad puede ser que pienses en el motivo ulterior por el cual te fijaste dicho objetivo: tu salud, tu bienestar, tal vez tu imagen personal, un viaje para el cual estás ahorrando, etc. Si tu voluntad flaquea, recordar ese deseo te puede ayudar a concentrarte de nuevo.

Finalmente, después de varios días en que hayas proseguido en tu propósito, date cuenta también de esto: eres perfectamente capaz de cumplir con un compromiso, de establecer un objetivo y cumplirlo, de concentrarte y de aplicar todos tus recursos en algo que quieres. Todo es cuestión de conciencia.

 

3. Cuida tu espacio

Los espacios que habitamos tienen un gran efecto en nuestra mente y, al mismo tiempo, sus cualidades suelen depender tanto de la tarea que ahí se realiza como de las inclinaciones personales de quien ahí se encuentra. 

En la medida de lo posible, crea un espacio que favorezca tu concentración, en donde te sientas a gusto y que además favorezca también la labor que piensas hacer. Quizá puedas improvisar en un rincón del lugar en donde vives, quizá quieras invertir en cierta decoración especial (plantas, afiches, etc.), quizá lleves ahí tu silla favorita o lo único que necesites sea luz y ventilación. No importa qué elijas, sólo recuerda tener en mente que evitar la procrastinación es el fin principal.

Un consejo muy específico, pero que vale la pena mencionar: si crees que Internet es para ti una gran fuente de distracción, puedes considerar desconectarte mientras te concentras en tu trabajo, o al menos no llevar contigo un dispositivo para navegar.

 

4. Trabaja por placer

Al trabajo se le asocia comúnmente con el deber, la obligación y a veces incluso el castigo y el tormento. Cuando partimos de eso, la procrastinación es totalmente comprensible, pues se presenta como un escape un tanto inconsciente frente a algo que no sentimos ningún deseo auténtico de realizar.

¿Pero por qué llevar a ese mismo lugar mental una tarea que sí quieres hacer? ¿Por qué no intentar separar el trabajo que, efectivamente, se hace por obligación, de un posible trabajo que haces por gusto? Y aun en eso que hacemos por obligación, ¿por qué no encontrar también cierto placer? 

Encontrar el gusto en lo que hacemos es probablemente la mejor manera de combatir la procrastinación y, por otro lado, favorecer la concentración, pues toda nuestra energía está puesta en ello. 

De inicio esto puede no parecer sencillo, pues en nuestra formación lo más usual es que aprendamos a trabajar, como decíamos, únicamente instigados por el deber y la obligación, o porque creemos que el fruto de nuestro trabajo complacerá a otros. 

Desaprender dichos patrones también puede ser necesario para no escapar del deber no por la puerta falsa de la distracción sino, más bien, por la resolución auténtica que se encuentra en el placer.

 

¿Qué te parece? ¿Tú has probado otra estrategia que te ha resultado útil? Te invitamos a compartir tu experiencia en la sección de comentarios de esta nota o a través de nuestras redes sociales.

 

También en Pijama Surf: El desapego es el camino para cumplir tus propósitos y lograr un cambio efectivo en tu vida

 

Ilustración de portada: Dániel Taylor

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Qué es la inseguridad emocional, cómo afecta tu vida y qué puedes hacer al respecto

Buena Vida

Por: pijamasurf - 04/08/2018

Es propio del ser humano ser inseguro, ¿pero qué pasa cuando esa inseguridad afecta el curso de la vida?

A manera de preámbulo

El paradigma racional en el que vivimos suele desdeñar la influencia de las emociones en nuestra vida o, dicho de otro modo, nos hace creer que a éstas es posible dominarlas por la vía de la razón y el intelecto.

Nuestra mente, en efecto, es la única herramienta que tenemos para entendernos a nosotros mismos e igualmente al mundo que nos rodea, pero en lo que respecta a las emociones, dicho “entendimiento” no suele seguir los mismos caminos con que nos acercamos a otro tipo de fenómenos.

 

¿Qué es la inseguridad emocional y cómo afecta tu vida?

Todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado la inseguridad emocional. Tal vez, en la infancia o la adolescencia, cuando la mirada del maestro en la escuela se paseaba por todo el salón en busca del alumno a quien le haría una pregunta; quizá después, en compañía de la persona por la que se siente cierta atracción sexual; en el trabajo, cuando las tareas realizadas implican la evaluación de otra persona. 

En fin, los escenarios son muchos y cada persona sabrá por sí misma dónde y cuándo ha sentido esa inseguridad. El punto sólo es mostrar que nadie es ajeno a ésta: incluso quienes demuestran más confianza en sí, quienes nos parecen más fuertes y seguros, es muy posible que también ellos (o ellas) tengan un aspecto en su vida en donde dudan, tienen miedo o no saben qué hacer. La inseguridad, en este sentido, es totalmente humana.

El problema, sin embargo, surge cuando esa inseguridad no nos permite vivir plenamente nuestra vida.

En este sentido, el autosabotaje es uno de los efectos más usuales de la inseguridad emocional, pues con frecuencia el miedo frente a los otros, las dudas sobre nuestras propias capacidades y habilidades, la falta de confianza en lo que somos y pensamos, etc., conducen a situaciones en las que nuestra propia falta de determinación resulta en intenciones, proyectos o iniciativas malogrados o frustrados. 

Hay quien pierde la oportunidad de ser contratado en un trabajo o ser admitido en una escuela sólo porque sus emociones no le permitieron realizar o terminar el proceso necesario; algo similar puede ocurrir en el terreno amoroso, cuando las emociones propias juegan en nuestra contra; también al iniciar proyectos personales que aunque nos llaman de inicio y acaso responden a nuestros verdaderos intereses de vida, al final los abandonamos porque no nos sentimos con la fuerza necesaria para continuar. Sin duda, no serán pocos a quienes todo esto les suene conocido.

Una cosa es tener dudas o miedo frente a cierta situación y otra que por ese motivo al final terminemos por no decidir ni hacer nada y eso a su vez genere frustración, tristeza, enojo y otras formas del malestar. 

 

¿De dónde viene la inseguridad emocional? 

Aunque no es posible dar una sola respuesta a esta pregunta, existen al menos algunas constantes que pueden explicar su origen, a saber:

 

Una figura tutelar severa 

Con cierta frecuencia, las personas inseguras crecieron bajo un padre, madre u otra figura tutelar que criticaba y enjuiciaba continuamente las acciones del niño o la niña a su cuidado. En la medida en que en la infancia el mundo que nos muestran nuestro padre o nuestra madre es el único mundo que conocemos o que aceptamos como válido, podemos crecer creyendo que dichos juicios son una especie de regla incuestionable, que así es como hay que vivir: siempre bajo una mirada que evalúa y sanciona, que determina si algo está mal o bien hecho y de la cual es necesario contar con el “permiso” para actuar.

 

La necesidad de aprobación

Otra fuente importante de la inseguridad es la necesidad constante de aprobación con que también puede formarse una persona durante su infancia. La trampa de la aprobación suele ser la sensación de recompensa que nos brinda, que alimenta este ciclo: hacemos algo, una persona elogia eso que hicimos, nos sentimos bien, la sensación termina, ya no nos sentimos bien, buscamos hacer otra cosa en espera de que alguien lo vuelva a elogiar y el ciclo se reinicie. Cabe mencionar que ese alguien no suele ser un alguien cualquiera, sino sobre todo una figura por quien buscamos ser queridos. No obstante, como vemos, dicha necesidad no sólo tiene algo de adictivo sino que además termina por estar referida al exterior: quien incurre en esa forma de actuar, termina por vivir en función de la aprobación externa y con la sensación de sentir que lo que hace no tiene valor si nadie lo aplaude.

 

Una imagen negativa de sí

En algunos casos, hay personas que lamentablemente son formadas por quienes durante toda su infancia les hacen creer que son tontos, feos, incompetentes, inútiles, etc., es decir, que con sus palabras y sus acciones crean en el niño o niña una imagen deplorable de sí mismo. Y la persona crece creyéndolo. Dado que fue lo único que escuchó durante 10, 15 años continuos, crece bajo la idea de que efectivamente no es capaz de hacer ciertas cosas, que vale mucho menos que los demás, que nadie nunca se fijará en él o en ella, etcétera. 

 

Exceso de cuidado

La vida humana es ridículamente frágil, y es posible que eso asuste a muchos padres, sobre todo cuando se mira dicha fragilidad en una de sus formas más evidentes: un bebé, vulnerable como poquísimas crías en otras especies. Sin duda, eso debe de asustar a muchos. Y también sin duda, muchos de esos padres responden al miedo con una reacción muy lógica: el cuidado. No obstante, puede ocurrir que éste sea desmedido y fomente una idea de realidad en donde todo alrededor es temible, en donde hace falta siempre alguien con quien acometer una tarea, en donde se debe desconfiar de todo aquello que está fuera del ámbito de lo conocido, etc. En este caso, la desconfianza, el exceso de precaución, el temor frente a lo nuevo, son algunas de las formas que adquiere ese autosabotaje antes mencionado.

 

¿Qué hacer al respecto?

Cómo podemos ver, la inseguridad emocional es indisociable de las circunstancias del entorno donde crecimos y nos formamos. Más que pensar en “superar”, “curar” o “eliminar” nuestra inseguridad y las formas en las que se expresa, en buena medida su tratamiento (en un sentido literal: la manera de tratarla, la respuesta al qué hacer con ella) es como desandar un camino, que no es otro más que eso que creemos nuestra personalidad o nuestra identidad. Muchas personas viven creyendo que son inseguras porque sí, porque así son, como si fuera una condición de su esencia o como si este fuera su destino. No se dan cuenta, sin embargo, de que eso también fue un aprendizaje, que eso que creemos nuestra identidad o nuestra personalidad no es un “así soy” sino un “así aprendí a ser”. Y si algo puede aprenderse, también puede desaprenderse o cambiarse por nuevos aprendizajes, ¿no es cierto?

En este sentido, es muy posible que para algunas personas dejar de lado los patrones de pensamiento y conducta asociados con la inseguridad pase necesariamente por conocer, entender, aceptar y reconciliarse con su pasado. Este es un camino que cada quien debe recorrer por sí mismo, si decide emprenderlo, pues implica reconstruir ese rompecabezas que somos, recontarnos la historia que nos trajo hasta este momento y también mirar a las personas que nos formaron así, como personas, con sus propias inseguridades, sus dudas, sus temores, sus propios problemas emocionales y su inexperiencia para educar a otro ser humano (¿pero quién podría hacer esto bien?). 

Para esto, los métodos al alcance son varios. La meditación –entendida como la operación de observar sin juzgar– es uno de ellos. Escribir reflexivamente también puede ser útil, acaso acompañándolo de algunas lecturas (la filosofía de Soren Kierkegaard, de Friedrich Nietzsche o de Albert Camus puede ser provechosa en ese propósito). La terapia psicoanalítica de orientación lacaniana es también un espacio que ofrece al sujeto la posibilidad de conocerse y reconstruirse. 

En el ínterin, también es posible practicar algunas astucias que contribuyen en esa “reprogramación” de la inseguridad.

 

Ama tu vida

Lo que eres, lo que tienes, lo que no eres, lo que te falta: ¿no es suficientemente valioso para ser amado? ¿Por qué no parece suficiente que seas tú quien ama su propia vida y, al contrario, parezca necesario que alguien más valide tu propia existencia? Comienza a practicar la conciencia de lo que eres, en todos tus aspectos: tu físico, tu intelecto, tus emociones, las circunstancias en las que vives, etc. Míralos sin juzgarlos. Y así, en esa neutralidad de juicio, piensa: ¿por qué no aprender a quererlos? ¿Por qué no comenzar a quererte?

 

Mira lo que has logrado

Tu mundo no es tan drástico como a veces lo crees. Seguramente puedes señalar logros en tu vida, objetivos que has alcanzado y cuyos efectos en tu vida aún puedes notar. Eso lo has logrado incluso creyendo que eres inseguro (a), incluso a pesar de tus dudas y tus temores. ¿Y si comienzas a pensar que, después de todo, no eres esa persona insegura que crees ser?

 

Encara la adversidad

Como sabían bien los estoicos, la adversidad templa el carácter y, en otro sentido, nos descubre la realidad detrás del miedo. Con cierta frecuencia, cuando nos atrevemos a enfrentar una situación que nos asusta, pasada ésta descubrimos dos cosas: que somos más fuertes de lo que creemos y que nuestro miedo es como una niebla que se disipa apenas corre el viento fresco de la vida.

 

Toma conciencia de tu propia inseguridad

La inseguridad nos hace actuar inconscientemente. Es muy posible que aunque tengas una impresión de cómo te sientes cuando dices sentirte inseguro, hasta ahora no hayas mirado con atención plena ese estado emocional. ¿Qué te sucede? ¿En qué situaciones? ¿Bajo qué circunstancias? Comenzar a dar "rostro" a esa inseguridad, entenderla y otorgarle su lugar y su especificidad también es un paso importante para comenzar a actuar de otra manera, desde otro lugar.

 

Apóyate en el presente

Es ahora cuando estás viviendo. Las críticas que recibiste, los juicios severos, la falta de confianza en la que creciste o el exceso de cuidado: todo eso fue parte de un momento de tu vida que ya no es más. No es ahí donde te encuentras. Tú estás aquí, ahora.

 

El fundamento de muchas de estas alternativas es la vida bajo la conciencia, es decir, poder vivir conscientemente todos los actos de nuestra vida y dejar de actuar como emisarios de la voluntad que nos formó y nos descubrió el mundo. El paso de la inseguridad a la seguridad y la confianza no es otro más que el paso de la infancia a la madurez y de la tutela a la libertad.

 

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Imagen de portada: Filippo Spinelli