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Amar a los enemigos: Martin Luther King contra el poder destructivo del odio

Filosofía

Por: pijamasurf - 04/04/2018

En uno de sus sermones más notables, Martin Luther King dio algunas razones por las cuales es necesario amar a nuestros enemigos

El nombre de Martin Luther King es bien conocido. De todos los líderes sociales que han cruzado por la historia, pocos como él que hayan provocado un efecto positivo tan considerable gracias a casi únicamente un par de recursos: su honestidad y su palabra.

Como sabemos, King encabezó sobre todo la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos, que hasta su época sufría un trato discriminatorio y aun, cabría decir, francamente vejatorio. El célebre incidente en que Rosa Parks se negó a darle el asiento a una persona de tez blanca (a lo cual estaba obligada por ley, aunque ahora esto parezca increíble) mostró hasta qué punto llegaba dicha segregación en la década de 1950.

Amparado en un ideario político y estratégico basado en la no violencia, la desobediencia civil y la doctrina cristiana que predicaba por su formación como ministro bautista, Martin Luther King fue una de las figuras más destacadas en esa búsqueda de igualdad. 

En ese sentido, su trayectoria es uno de los mejores ejemplos del potencial que el ser humano posee para trabajar en conjunto y vivir en relativa armonía, para ser sincero y transparente, para vivir sin miedo y para luchar por la propia libertad… 

Esto es posible, no cabe duda; aunque tristemente, el asesinato de King demuestra que muchas personas todavía no están listas para vivir así.

En esta ocasión compartimos algunos fragmentos de un sermón de King poco conocido en español, el cual fue pronunciado el 17 de noviembre de 1957 en una iglesia bautista de Montgomery, Alabama. Su tema general fue el conocido precepto de Cristo, transmitido por los Evangelios, que nos insta a amar a nuestro enemigos. 

Con la inteligencia y la sinceridad que lo caracterizó, King expuso en su sermón de manera sencilla al menos cuatro razones por las cuales amar a nuestro enemigos es una de las mejores acciones que podemos emprender en aras de nuestro bienestar personal y colectivo. Leamos a King:

Creo que la primera razón por la cual debemos amar a nuestros enemigos (y creo que esto estaba en el corazón del pensamiento de Jesús), es esta: que odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tu me devuelves el golpe, y así sucesivamente, ven que se lleva hasta el infinito. Simplemente, nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede cortar la cadena del odio, la cadena del mal. Y esa es la tragedia de odio, que no se corta. Sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Alguien debe tener suficiente religión y moral para cortarla e inyectar dentro de la propia estructura del universo ese elemento fuerte y poderoso del amor. […]

Hay otra razón por la que deben amar a sus enemigos, y es porque el odio distorsiona la personalidad de la persona que odia. Solemos pensar en lo que el odio hace por el individuo odiado o los individuos odiados o los grupos odiados. Pero es aún más trágico, es aún más ruinoso y más perjudicial para el individuo que odia. Comienzan odiando a alguien, y comenzarán a hacer cosas irracionales. No puedes ver bien cuando odias. No puedes caminar derecho cuando odias. No puedes mantenerte de pie. Tu visión se distorsiona. No hay nada más trágico que ver a un individuo cuyo corazón está lleno de odio. Llega al punto en el que se convierte en un caso patológico. Porque ante la persona que odia, puedes ponerte de pie y ver a esa persona y esa persona puede decirse hermosa, y puedes decir que es horrible. Para la persona que odia, lo bello se vuelve horrible y lo horrible se vuelve hermoso. Para la persona que odia, lo bueno se vuelve malo y lo malo se vuelve bueno. Para la persona que odia, lo verdadero se vuelve falso y lo falso se vuelve verdadero. Eso hace el odio. No puedes ver correctamente. El símbolo de la objetividad se pierde. El odio destruye la estructura misma de la personalidad de la persona que odia. […]

Los psicólogos y los psiquiatras nos dicen hoy que cuanto más nos odiamos, más desarrollamos sentimientos de culpa y empezamos a reprimirnos inconscientemente o suprimir ciertas emociones conscientemente, y todo se amontona en nuestro ser subconsciente y causa trágicas respuestas neuróticas. ¿Y no será que la neurosis de muchas personas cuando se enfrentan a la vida es porque hay un elemento de odio por allí? Y la psicología moderna ahora nos llama a amar. Pero mucho antes de que la psicología moderna existiera, el psicólogo más grande del mundo que caminaba alrededor de las colinas de Galilea nos dijo que amáramos; miró a los hombres y dijo: "Amad a vuestros enemigos; no odien a nadie". No es suficiente amar a nuestros amigos, porque cuando empiezas a odiar a una sola persona, se destruye el centro de tu respuesta creativa a la vida y al universo; así que amen a todos. El odio en cualquier punto es un cáncer que corroe el centro vital de tu vida y tu existencia. Es como un ácido de erosión que corroe lo mejor y la esencia objetiva de tu vida. Así que Jesús dice "Amen", porque el odio destruye al que odia, al igual que al que es odiado. […]

Ahora bien, hay una razón final por la cual creo que Jesús dice: "Amad a vuestros enemigos". Es esta: que el amor tiene dentro de sí un poder redentor. Y hay un poder que eventualmente transforma individuos. Es por eso que Jesús dice: "Amad a vuestros enemigos". Porque si odias a tus enemigos, no hay manera de redimir y transformar a tus enemigos. Pero si amas a tus enemigos, descubrirás que en la misma raíz del amor hay potencial de redención. Tan sólo continúas amando a la gente y sigues amándola, a pesar de que te están maltratando. Allí está la persona que es un prójimo, y esta persona te está haciendo algo malo a ti y todo eso. Sólo sigue siendo amable con esa persona. Continúa amándola. No hagas nada para avergonzarlos. Continúa amándolos, y no pueden soportarlo por mucho tiempo. Oh, reaccionan de muchas maneras al principio. Reaccionan con amargura porque están molestos de que los ames así. Reaccionan con sentimientos de culpa, y a veces te odiarán un poco más en ese período de transición, pero sólo continúa amándolos. Y por el poder de tu amor se quebrarán con la carga. Es el amor, ya ven. Es redentor, y es por eso que Jesús dice "Amen". Hay algo sobre el amor que se acumula y es creativo. Hay algo sobre el odio que derriba y es destructivo. Así que amen a sus enemigos. 

El odio destruye, pero el amor crea. He ahí la síntesis poderosa de King a la consigna cristiana.

 

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La seducción nos entretiene y nos distrae; la angustia, en cambio…

Todos, en algún momento de nuestra vida, enfrentamos esta decisión. 

Por un lado tenemos el dolor o el sufrimiento, quizá el deber o la obligación, posiblemente la renuncia, el duelo, una responsabilidad que debemos asumir o una decisión que sabemos que tenemos que tomar, el miedo o el temor, las dudas, la crítica severa a uno mismo, la intranquilidad o la impaciencia… En una sola palabra: la angustia.

Por otro lado, se nos ofrece la seducción. ¿Quién, ante un trabajo, no ha preferido evadirlo con algún tipo de placer? ¿Quién no ha hecho lo mismo con el dolor y con el sufrimiento? Necesitamos escribir y de pronto sentimos hambre. Nos sentimos solos y tomamos el teléfono para buscar una persona con quién estar. Hay algo en nuestra vida que no está marchando como quisiéramos y nos regalamos a nosotros mismos una compensación: una compra que sale de nuestro presupuesto, una comida que va más allá de la saciedad, una borrachera. Un deber nos apremia pero preferimos distraernos con las redes sociales, en una conversación trivial o con tareas que bien podríamos dejar para otro momento… Las formas de la seducción son muchas y seguramente cada persona conocerá la propia y el camino por el cual llega a ella.

El dilema, sin embargo, no es moral. Por favor, no se entienda de esa manera. No es que el consumo de alcohol, las drogas, el sexo o la comida sean "malos", o que elegir la angustia sea "bueno" por sí mismo. En modo alguno. El dilema es más bien existencial, pues seguir uno u otro camino tiene efectos específicos en el curso que toma la vida.

La seducción nos atrae porque parte de su fuerza se encuentra en un patrón inconsciente de pensamiento y de conducta relacionado con la adversidad. Frente a aquello que parece adverso, es probable que todos tengamos miedo, la diferencia es que algunos, con miedo y todo, deciden encarar la adversidad y otros prefieren evitarla. Y, de nuevo, ninguna conducta es mejor que otra. De nuevo también, cada una tiene derivaciones distintas. 

El problema con los patrones inconscientes es que se vuelven incontrolables fácilmente. De algún modo, ese es el origen de las adicciones de todo tipo. Quien no puede dejar de "trabajar", de comprar, de "conquistar" mujeres o lo que sea que tenga como comportamiento adictivo, en una medida importante se debe a que no ha hecho consciente el patrón de pensamiento que sostiene dicha compulsión. No conocemos la fuerza que nos lleva a actuar de determinada manera y por ello la obedecemos ciegamente. 

Ahí se descubre otra característica importante de la seducción: es insaciable. Tanto en la forma como en el fondo. Tanto en la manifestación que adquiere –la bebida, la comida, el afán de sentirse acompañado, etc.–, como en su carácter de entidad para la que nunca nada será suficiente. Siempre demandará más y por principio su mandato será siempre inapelable. 

De ahí también que la seducción sea, paradójicamente, insatisfactoria. ¿Quién puede decir que de verdad disfruta estar en Facebook? ¿Quién puede decir que disfruta procrastinar? ¿Quién no ha sentido de nuevo ese hueco que parecía haber sido llenado con una fiesta o con el sexo y que, al acabar la fiesta o el sexo, reaparece, tan vacío como estaba antes? La seducción no nos complace verdaderamente porque en última instancia no es lo que queremos, sino algo que aprendimos a aceptar como reemplazo de lo que queremos. 

En este sentido, la seducción es equiparable a las nociones de goce y deseo del Otro que se encuentra en el psicoanálisis de Sigmund Freud y de Jacques Lacan. En términos muy sencillos pensemos en estas imágenes: un bebé llora porque siente frío, pero su madre piensa que tiene hambre y lo alimenta; un niño habituado a sentirse atendido llora porque se siente descuidado, y su madre o su padre, que no lo pueden atender en ese momento, le brindan algo colorido o ruidoso con lo cual pueda entretenerse y distraer así ese malestar. Poco a poco las cosas se vuelven un tanto más complejas, pero la esencia del goce está ahí: sentir que disfrutamos lo que otro nos da a cambio de lo que en verdad queremos. Por eso Lacan contrapuso el goce al placer, pues la satisfacción que creemos encontrar en el goce es una farsa que aprendimos a montar para complacer al Otro, mientras que el placer es auténtico porque surge espontáneamente de la condición deseante del sujeto. 

Por eso, cuando hacemos algo que sí queremos hacer, nos sentimos de inmediato llenos de vida. No importa que esa tarea requiera esfuerzo físico o mental, no importa el tiempo que necesite, no importa que al menos de inicio parezca apabullante: hay algo que nos impulsa a seguir, que nos mantiene con alegría o con esperanza en medio de la contrariedad, que por momentos parece capaz de neutralizar el cansancio y el desgaste; y cuando la tarea termina, incluso a pesar de toda la energía volcada en ella, nos deja no sólo satisfechos, sino además con cierta sensación de más vida aún, con la sorpresa de que cedimos parte de nuestra vida y a cambio ésta no sólo no se redujo, sino además se multiplicó.

¿Así nos sentimos después de entregarnos a la seducción? Lo cierto es que no. Pero entonces ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué, aunque el goce de la seducción no nos satisface ni nos hace sentirnos así de vivos, seguimos cediendo a su mandato? ¿Y por qué, en otro sentido, parece que no podemos sentirnos siempre así, inundados de vida? ¿Es que de verdad no es posible?

Una respuesta a esas preguntas es relativamente sencilla: porque no conocemos nuestro propio deseo. Muchos de nosotros sabemos que deseamos pero no sabemos qué deseamos. Es decir, tenemos (relativa) conciencia de nuestra condición de sujetos deseantes pero no hacia dónde o de qué maneras está encauzada dicha condición, y en esa ignorancia repetimos el patrón de conformarnos con lo que aprendimos a aceptar como satisfactorio. 

Tanto Freud como Lacan nos mostraron que el deseo humano es como un nuevo lenguaje que el sujeto debe aprender si quiere formular claramente lo que desea. "No sé lo que quiero", dicen algunas personas cuando se descubren confrontadas a ese dilema propio de la existencia humana. Justificadamente, pues en la formación del ser humano no es común que se le brinden los recursos para emprender un aprendizaje que debe hacer por sí mismo: el de las palabras y la gramática de su propio deseo.

¿Cuál es, en este escenario, en el plató de la vida humana, el papel de la angustia? En psicoanálisis, de Freud a Slavoj Zizek, se sostiene que la angustia es la única emoción auténtica, la única emoción que se presenta sin disfraces ni fingimientos y por ello mismo es la única señal que no engaña. A esto podría sumarse también la consideración de Søren Kierkegaard, quien entendió la angustia como el vértigo de la libertad.

La angustia, en este sentido, es eso que nos invade cuando percibimos vagamente que podemos ser libres pero esta misma sensación nos perturba e incluso nos aterra. Puede sonar paradójico, pero así es: nos da miedo ser libres. En buena medida porque asumir nuestra libertad no es tanto una decisión como un recorrido, una "obra en proceso" que pasa necesariamente por darnos cuenta de que mucho de lo que aprendimos es falso o cuestionable; que implica poner en duda lo que aprendimos de nuestros padres, de la cultura en la que crecimos e incluso de la época en la que nos encontramos; abrir algunas habitaciones largamente abandonadas; implica confrontarnos con nosotros mismos, desesperarnos con nosotros mismos, reconciliarnos con nosotros mismos; implica una de las tareas más difíciles de la existencia: conocer nuestras propias emociones y lo mismo las heridas que los afectos de donde surgieron; implica descubrir que muchas de las ideas, hábitos, creencias y todo aquello que creemos más propio de nuestra "identidad" es fruto del azar, la circunstancia y el accidente; en última instancia, implica darnos cuenta de que la vida en sí misma es absurda y está sostenida apenas y frágilmente sobre el vacío de la muerte. Y hasta cierto punto parece muy natural y muy humano que todo ello nos angustie. Desde la seguridad de la orilla, ¿quién querría atravesar ese abismo?

Sin embargo, para vivir en libertad, para vivir conscientemente como seres deseantes, del lado de la vida y la satisfacción auténtica, en la plenitud de la que se ha hablado en Occidente desde la Grecia antigua, donde el sujeto no es Esclavo pero tampoco Amo, es necesario enfrentar esa angustia o, dicho de manera menos tremebunda, hacerle caso a esa señal.

¿Qué elegir entre la seducción y la angustia? Para esto no hay una respuesta. "El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría", escribió William Blake; y san Agustín, durante los años de juventud que entregó a los placeres sensuales, rezaba así a Dios: "Señor, dame castidad y templanza ... pero no ahora". No menos cierto es que el camino puede terminar antes de arribar al palacio y la templanza puede convertirse en el propósito incumplido de la oración. 

A veces hay que elegir la seducción y a veces la angustia, me parece. En todo caso, en conciencia plena de las implicaciones de una y otra elección. La seducción nos entretiene y nos distrae. La angustia, con cierto trabajo de por medio, puede llevarnos a una vida fuera de la obediencia, posiblemente libre y en la cual nuestra condición ineludible de seres deseantes no vive censurada; una vida llena de vida: una vida auténtica.

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N. B. En parte este texto tiene como inspiración la idea de la fase "estética" de la existencia que desarrolla Kierkegaard en Lo uno o lo otro (1843), particularmente en la primera parte, en donde expone ese momento en que se vive bajo el imperio de los sentidos y los placeres. La editorial Trotta publicó Lo uno o lo otro por primera vez íntegro en español entre 2006 y 2007, pero desde hace tiempo varios de sus ensayos han circulado como piezas sueltas y relativamente autónomas. En este sentido, quien desee profundizar en la idea de seducción en oposición a la angustia o en la oposición entre estética y ética que propuso Kierkegaard (y no tenga a la mano la versión completa de Lo uno o lo otro) puede acudir a Diario de un seductor, In vino veritasLa rotación de los cultivos, entre otras. Para la idea de angustia en relación con la libertad, los títulos son fáciles de descubrir. Esta emisión de France Culture también es ilustrativa al respecto.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: El fin de la transferencia y el comienzo del amor

 

Twitter del autor: @juanpablocahz