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Una introducción al simbolismo arquetípico de la alquimia, según la lectura de Jung

Lo que es importante y significativo para mi vida es vivir con la máxima plenitud posible para que la voluntad divina se cumpla dentro de mí. Esta tarea toma tanto de mí que no tengo tiempo para nada más... Lo que la naturaleza pide del manzano es que produzca manzanas, y en el peral que produzca peras. La naturaleza quiere simplemente que sea un hombre. Pero un hombre consciente de lo que soy y de lo que estoy haciendo. Dios busca la conciencia en el hombre... Este es el verdadero nacimiento y resurrección de Cristo en el interior. Si más y más hombres conscientes alcanzan esto, esto es entonces el renacimiento espiritual del mundo. Cristo, el Logos -esto es, la mente, el entendimiento, brillando en las tinieblas.- C.G. Jung Speaking: Interviews and Encounters with C.G. Jung

Hoy se celebra la Pascua, lo cual nos brinda un trasfondo simbólico o una especie de "sincronicidad" para investigar la relación entre Cristo y la piedra filosofal, la gran obra de los alquimistas (ya sea el oro o elixir en su forma material, medicinal o espiritual). Para penetrar este tema un tanto misterioso nos serviremos del trabajo de Carl Jung, quien dedicó buena parte de su último cuarto de vida a la exploración de la tradición alquímica de Occidente. Debo mencionar que la interpretación psicológica de la alquimia que hace Jung ha sido disputada por algunos alquimistas operativos (como Von Bernus) y algunos otros historiadores y comentadores de la alquimia (como Burckhardt, Haage y Hanegraaff). Es necesario detenernos brevemente en esto antes de continuar con el tema que nos atañe. 

Primero debemos mencionar que la interpretación psicológica de la alquimia de Jung es sumamente compleja (Jung escribió miles de páginas sobre alquimia). Una de las principales críticas que se le hace es que entiende todos los procesos alquímicos como procesos psíquicos y específicamente como proyecciones del inconsciente, negando de esta forma el importante componente material y los procesos de transformación de la materia en el laboratorio. Es cierto que la interpretación de Jung es marcadamente dispar en este sentido, cargándose radicalmente a lo psicológico. La crítica de Von Bernus parece acertada cuando dice que Jung se equivoca cuando ve "en las instrucciones e imágenes de los alquimistas sólo procesos psicológicos". Por ejemplo, cosas como el "árbol filosófico de oro", no son meramente símbolos o proyecciones del inconsciente de los alquimistas, sino que describen con cierta precisión procesos que se logran en el laboratorio. Jung, por supuesto, no niega que se lograran ciertas transformaciones de la materia en el laboratorio, aunque sí pone en duda que se haya conseguido tal cosa como esa piedra (lapis philosophorum) capaz de llevar a todos los metales a su perfección. Ciertamente, niega la interpretación meramente materialista de la alquimia. 

Titus Burckhardt, en su crítica de Jung, dice que "la fuente de la juventud de los alquimistas de ninguna manera mana de un oscuro sustrato psíquico; fluye desde la misma fuente que el Espíritu". Esta crítica es más endeble, ya que el "oscuro sustrato psíquico" -el inconsciente- para Jung abarca las regiones superiores del espíritu a las que Burckhardt alude, sólo que incluye y abraza también los avernos y profundidades. Jung se detiene más en estas profundidades, puesto que considera que el espíritu en nuestra época ha tomado una cierta pesadez; el fuego de lo alto se ha convertido en el agua sombría y represa; como en la historia gnóstica del Himno de la Perla, el hijo debe buscar en las aguas, rodeado de la serpiente, el tesoro. Asimismo, Jung interpreta que las etapas iniciales que son descritas por los alquimistas en términos de "mortificación" "negrura", "tortura", etc., y donde aparecen personajes teriomórficos como dragones, cuervos, serpientes y demás tienen que ver con el arquetípico proceso de un descenso al inframundo, una muerte y purificación espiritual, que para él requieren de una penetración en el propio inconsciente y una integración de los aspectos más sombríos del alma. En esto me parece que no se equivoca, al menos en el caso de esa gran corriente espiritual que es innegable que existe entre los alquimistas, quienes ciertamente no correteaban el oro vulgar y sabían de la necesidad del ascetismo. Los alquimistas veían en su obra una reiteración del proceso de creación macrocósmico y del drama religioso de Cristo, y en ocasiones incluso de algunos mitos "paganos" como la muerte y el desmembramiento de Osiris. Ellos mismos, siendo profundamente religiosos, debían revivir estos procesos; de manera correspondiente, su obra, expresada en los metales, también vivía este mismo proceso. Con singular fluidez y flexibilidad, los alquimistas hablan ora de su materia ora de sí mismos, como creando una zona liminal de interpenetración, lo cual no debe extrañarnos del todo -aunque el lenguaje que utilizan es sumamente extraño- si tomamos en cuenta la centralidad que tienen en la obra alquímica la espiritualización de la materia y la materialización del espíritu. De hecho, Jung entiende que esto hace de los alquimistas una suerte de heterodoxia cristiana y los acerca al gnosticismo, ya que a diferencia de la Iglesia, que proyecta el mal en la naturaleza y busca separar lo espiritual de lo material (y no reunirlo), los alquimistas ven en la naturaleza la lumen naturae, la luz oculta que tiene una potencia curativa que deben liberar para poder recrear la obra divina en la tierra; luz o espíritu que deben hacer ascender y luego descender de nuevo para oficiar la redención en sus propios cuerpos y crisoles. Los alquimistas no sienten que hayan sido completamente liberados por la pasión de Cristo y su expiación del pecado, sino que ellos mismos, como buenos místicos, deben llevar a fruición esa obra que es la vocación de todas las cosas impregnadas por el espíritu divino. 

"Mercurius, es materia y espíritu; el sí mismo como proceso simbólico abarca la esfera de lo corporal y la de lo psíquico", escribe Jung en Mysterium Coniunctionis. (Mercurius es otro de los nombres con los que personifican los alquimistas a la piedra filosofal, es un espíritu hermafrodita en el que se reúnen los opuestos). De aquí podemos derivar otra importante aclaración, que nos hace pensar que muchos de los críticos de Jung no han leído con suficiencia su obra -la cual consta de más de 20 volúmenes (y probablemente al final llegue, si no lo ha hecho ya, a más de 30 contando obra póstuma, cartas y demás)-, y es que la noción que tenía Jung de lo psicológico, de lo psíquico y del mismo inconsciente, es mucho más vasta de lo que comúnmente se entiende. Jung dijo: "Lejos de que este mundo sea un mundo material, este es un mundo psíquico", y también: "el cuerpo y el espíritu para mí son meros aspectos de la realidad de la psique. La experiencia psíquica es la única experiencia inmediata". Y en su autobiografía Jung habla de cómo desde su juventud concibió a las plantas y a los minerales como pensamientos de Dios, una idea que se encuentra a calca casi exacta en el Corpus Hermeticum. Aunque Jung escribió que lo que los alquimistas observaban en sus experimentos eran proyecciones o fantasías, eso no significa que esta energía psíquica no fuera capaz de modificar y aparecer en el mundo material; de hecho, Jung habla de que los alquimistas operaban en un estado de "participación mística" con su materia". Como sugieren estas citas, Jung creía que la psique constantemente se manifiesta en el mundo exterior y que los arquetipos que conforman el inconsciente colectivo trascienden el tiempo. En este sentido podemos pensar en el inconsciente colectivo como "el alma del mundo", en identidad con el anima mundi del neoplatonismo; es también, según el propio Jung, "el fundamento de lo que en la antigüedad se definió como la 'simpatía de todas las cosas"', con lo que se explica tanto la teoría hermética de las correspondencias como los fenómenos parapsicológicos.  

Habiendo hecho esa aclaración, sigamos con nuestro tema. Primero definamos lo que era la alquimia para Jung. Jung creyó ver en los esfuerzos de los alquimistas una búsqueda mayormente inconsciente por alcanzar la totalidad del ser, lo que en los términos de su psicología analítica se conoce como "individuación". Esta búsqueda de la totalidad o completud, del homo totus, se efectuaba en un teatro químico de proyecciones en el que la psique irrumpía al mundo con fuerza arquetípica y no sin cierta poesía: aguas encantadas por ninfas y espíritus; fuegos filosóficos que calcinaban sapos y serpientes; reyes solares y reinas lunares que se unían en incestuosos baños nupciales; leones verdes que combatían; colas de pavorreal que aparecían en medio de una feliz operación como una alianza iridiscente; amaneceres en el atanor; albos y rubicundos esplendores... En Mysterium Coniunctonis, la obra que culmina su larga reflexión sobre la alquimia, escribe:

Las afirmaciones de los alquimistas sobre la piedra filosofal, consideradas psicológicamente, describen el arquetipo del sí mismo (Selbst, Self, Atman). Su fenomenología se ejemplifica en el simbolismo del mandala, en el que se representa el sí mismo como una estructura concéntrica y frecuentemente en la forma de una cuadratura del círculo. Coordinados con esto hay varios símbolos secundarios, la mayoría expresando la naturaleza de la unión de los opuestos.

Jung, como antes Silberer, notó que la idea de la conjunción de los opuestos es la "idea central" de la alquimia occidental (y seguramente, también de la oriental). Vemos por ejemplo que la gran obra es el filius microcosmi, el hijo de Sol y Luna, del espíritu y la materia, del sulphur y el mercurio, del fuego y el agua e innumerables pares de opuestos. La alquimia puede concebirse como:

un drama arquetípico de muerte y renacimiento que yace oculto en la coniunctio [conjunción]... Es la tarea moral del alquimista llevar el fondo femenino maternal de la psique masculina, hirviendo con pasión, a una armonía en el principio del espíritu. ¡Verdaderamente una labor hercúlea!

El proceso por el que se lograba esto, según la lectura comparativa de Jung, tenía que ver con lograr extraer un espíritu celeste de la materia a través de la disolución -separar lo puro de lo impuro-, circularlo para que active su esplendor original y luego coagularlo. Este espíritu era la quintaesencia, el aspecto eterno e incorruptible del cuerpo, "un corpus glorificatum" que podía unirse con lo que el alquimista Gerhard Dorn llamó el unus mundi, el estado adánico de unidad divina:

Aunque el objetivo del opus alchymicum era indudablemente la producción del lapis o el caelum [el cielo], no cabe duda de su tendencia a espiritualizar el "cuerpo". Esto se expresa en el simbolismo del líquido "color aire" que flota en la superficie. Representa nada menos que un corpus glorificationis, el cuerpo resucitado cuya relación con la eternidad es obvia. 

Podemos comparar estas definiciones con las que hace el alquimista francés André Savoret, quien según el académico Richard Caron ha hecho la definición más concisa que se tiene de este arte hermético:

El proceso entero se trata de separar para reunir: corporalizar el espíritu y espiritualizar el cuerpo, el uno a través del otro. La alquimia espiritual procede de esta misma forma. Es por ello que Jesús nos dice que elevemos nuestras almas hacia Dios orando y las reincorporemos de nuevo ejercitando la caridad, deviniendo así uno, como Él es uno con el Padre...

En lo que concierne al hombre "físico", su Gran Obra es su transformación en un "cuerpo glorioso", un cuerpo regenerado e incorruptible... Este cuerpo glorioso es el cuerpo del hombre como era antes de la caída.

Vemos aquí que está profundamente arraigada en la alquimia y en general en el hermetismo la idea cristiana de Orígenes de la apocatástasis, o la reconstitución de la naturaleza a su condición original, es decir, Dios. Es por ello que la famosa prima materia de la alquimia es esencialmente idéntica a la materia última, al oro de los filósofos, y que ésta puede encontrarse en todas partes. Esto es algo que demuestran tanto Jung como Savoret y muchos otros, pero incluso encontramos una gran similitud en el budismo mahayana con la noción del embrión o germen búdico (tathagatagarbha en sánscrito). Lo que el practicante debe hacer es purificar y eliminar todos los obstáculos para que la verdadera y natural condición se manifieste. Se utiliza la metáfora de limpiar un espejo o también la de someter el oro al fuego, ya que el fuego elimina las impurezas y lo único que permanece es el oro (esta  imagen del oro purificado por el fuego se encuentra en casi todas las tradiciones religiosas, es algo así como una metáfora universal de la espiritualización y, en ocasiones, incluso literalmente).

En su altamente imaginativa y variada forma de referirse a la piedra filosofal, una de las correspondencias más frecuentes que usaron los alquimistas fue la de Cristo. La identidad entre la gran obra y Cristo es una de las constantes entre los alquimistas -obviamente, descontando a los alquimistas griegos y a los alquimistas árabes que fueron parte importante de la tradición-. Esta identidad es tanto arquetípica y espiritual como material (se revela en los procesos de la disolución, vivificación, coagulación, etc.). Escribe Jung:

Debe notarse cómo la alquimia puso en lugar de los sponsus [el esposo, Cristo] y sponsa [la esposa, la Iglesia] una imagen de la totalidad que por una parte era material y por otra espiritual y correspondía con el Paracleto [espíritu santo]. Adicionalmente había una cierta tendencia en la dirección de una Eclessia spiritualis. El equivalente alquímico del Hombre-Dios y el Hijo del Hombre era Mercurius, quien siendo hermafrodita contenía en sí mismo el elemento femenino, Sapientia y materia y el masculino, el Espíritu Santo y el Diablo. 

Jung considera que los alquimistas, al tomar de la tierra oscura y de la materia sublunar -a la que se refieren como un dragón-, incorporan a su disciplina al Diablo, lo integran, como si fuere, acercándose en este sentido a la posibilidad de trascender la dualidad, no negando la existencia y el valor del polo opuesto. En este sentido están cerca de la doctrina gnóstica que ve al Diablo como el hermano de Cristo, o como existiendo en relación dialéctica a Cristo: el bien necesita del mal en cierta forma, la naturaleza se regocija en la naturaleza, la naturaleza conquista a la naturaleza, la naturaleza domina a la naturaleza, dice el adagio. En la triada alquímica de sulphur, mercurio y sal, el sulphur es el principio fogoso, solar, activo, pero también es el corruptor, "tiene afinidades con el Diablo, mientras que por otro lado aparece como un paralelo de Cristo". Cristo obviamente también está conectado con el Sol y con el aspecto regio, triunfal y luminoso de la conciencia. Este sulphur es por una parte lo divino celeste y por otra parte el aspecto infernal, destructivo, pestilente, el azufre.

Los alquimistas utilizaron la figura de Cristo, según Jung, porque Cristo es el arquetipo del hombre perfecto, del hombre completo. Si el oro es lo más perfecto y la vocación de los metales, Cristo lo es en los hombres. El uso de este arquetipo fue fértil puesto que pertenece a una corriente más antigua que el cristianismo, según Jung:

El lapis, que nace del dragón, es laudado como el salvador y mediador, ya que representa el equivalente de un redentor que ha manado del inconsciente. El paralelo Cristo-lapis vacila entre una mera analogía y una identidad profunda, pero en general no es pensado como una conclusión lógica, por lo que un enfoque dual permanece. Esto no es sorprendente, ya que muchos de nosotros actualmente no hemos alcanzado a entender a Cristo como la realidad psíquica de un arquetipo, más allá de su historicidad. No dudo de la realidad histórica de Jesús de Nazaret, pero la figura del Hijo del Hombre y de Cristo el Redentor tiene antecedentes arquetípicos. Son éstos los que forman las bases de las analogías alquímicas.

Encontramos paralelos mitológicos entre Cristo, Osiris y Dioniso y otras deidades más y Jung nos diría que estas ideas primordiales trascienden probablemente a la humanidad. Estos arquetipos no son ideados por el hombre, sino que el hombre es una encarnación de estos arquetipos.

Hay una alegoría alquímica del alquimista Michael Maier (uno de los principales involucrados en el llamado "misterio rosacruz") en la que un adepto viaja a los diferentes continentes en busca de Hermes o Mercurius. En su viaje se encuentra con la sibila, quien lo guía hacia Mercurius y éste, finalmente, hacia el ave fénix. Jung analiza:

Como la sibila [de Eritrea], quien alguna vez había profetizado la llegada del Señor, ahora ella señala la vía hacia Mercurius. Cristo es el Anthropos, el Hombre Primordial; Mercurius tiene el mismo significado, y el Hombre Primordial representa la totalidad completa y original, que desde hace mucho ha estado cautiva por los poderes del mundo. 

Para Jung, los alquimistas buscaban completar la victoria de Cristo sobre los poderes mundanos y por ello querían obtener el remedio universal contra el sufrimiento y la muerte; eran los continuadores de la creación, los restauradores del paraíso, de una redención que no ha sido efectuada completamente o que, al menos, debe efectuarse en cada uno -como creía también Meister Eckhart, quien tantas veces repitió que la Palabra Divina (la luz y la vida eterna) debía nacer también en el alma, actualizarse, como si fuere-. Pero en esta identificación de Cristo con un "factor químico", con una medicina o elixir que se obtiene de la naturaleza, de alguna manera inconsciente, han hecho, siendo que la alquimia es la precursora de la química, que el estatus de la materia se eleve: "la ecuación tuvo el efecto de canalizar el númen espiritual hacia la naturaleza física y finalmente hacia la materia en sí misma, que a su vez tuvo la oportunidad de convertirse en un principio metafísico subsistente". Nos encontramos aquí con una interpretación posiblemente polémica: Jung sugiere que inadvertida e involuntariamente los alquimistas habrían contribuido a consolidar el materialismo científico que domina el pensamiento moderno y que el psicólogo suizo diagnóstica como uno de los grandes males que asolan al hombre moderno, que es un hombre en busca de alma y de sentido. 

Otra gran imagen que aparece con cierta constancia en las comparaciones que se hacen de la piedra filosofal es el ave fénix (la otra que no falta es la del uróboros), el ave que renace de sus cenizas, a veces, como Cristo, el tercer día. Se debe mencionar, aunque no debe extrañarnos, que el ave fénix es también un símbolo de Cristo dentro de la teología cristiana. Los alquimistas describen el estado de perfección de su materia como un fénix, generalmente un ave vinculada con el rojo o el morado -el estado final de la obra es frecuentemente el rubedo-. Como el fénix, los alquimistas son fundamentalmente quienes llevan a cabo la regeneración de la naturaleza. Y,  como en el caso del fénix, la gran obra, el oro de los filósofos emerge luego de que es probado y purificado por el fuego. Jung enlista las correspondencias entre Cristo y el fénix:

Para entender el mito del fénix es importante saber que en la hermenéutica cristiana, el fénix es una alegoría de Cristo, lo cual es una reinterpretación del mito. La autocombustión del fénix corresponde al autosacrificio de Cristo, sus cenizas a su cuerpo enterrado y su milagrosa regeneración a su resurrección. Según Horapolo... el fénix significa el alma en su viaje al mundo del renacimiento. Significa la "restitución duradera de las cosas"; en sí, la renovación.

Plinio señala que el fénix primero emerge como un gusano, lo cual puede resonar con los alquimistas, ya que también ellos toman una naturaleza vil y baja para la creación de su gran obra y la van transformando hacia su esplendor. Epifanio de Salamina también hace mención de que el fénix primero emerge como un gusano. El obispo bizantino dice que cuando el ave se consume en el fuego queda una ceniza de la cual brota "en un día un gusano de poca monta, el cual crece alas y se renueva".

Jung nota que el alquimista Khunrath hace referencia a "un día" en su Amphiteatrum y que ese "un día" podría ser el día de Pascua. "En la alquimia la unión del alma con el cuerpo es el milagro del coniunctio, por el cual el lapis se convierte en un cuerpo viviente. El fénix significa justo ese momento". Igualmente "la transformación alquímica comúnmente era comparada al amanecer del Sol", algo que ocurre también con el ave fénix, quien es, por supuesto, un símbolo de la renovación del Sol cada mañana.  

 

Twitter del autor: @alepholo

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En la reciente ola de medicina psicodélica, científicos de universidades como Johns Hopkins hablan de "experiencias espirituales" o "experiencias místicas" en sus descripciones de lo que le sucede a los pacientes. Incluso, como ha dicho Erik Davis, parece que se busca sintetizar una experiencia mística, crear la fórmula o el patente de lo místico, bajo el entendido de que estas experiencias tienen efectos de sanación y de resignificación en personas deprimidas, ansiosas, enfermos terminales etc. Lo anterior -sumado al término que se ha utilizado para popularizar los psicodélicos, "enteógenos"- nos sugeriría que las experiencias místicas o espirituales y las experiencias psicodélicas son los mismo. De manera un tanto paradójica se busca des-mistificar lo místico, hacerlo científico, convertirlo en una pastilla y eliminar la contingencia e impredecibilidad que suelen caracterizar estas experiencias; extraer todo su valor, toda su luz y eliminar toda su oscuridad y caos. Lo cual genera la importante pregunta de si ¿realmente se puede tener una experiencia mística transformadora sin el proceso de mortificación, sufrimiento, crisis y demás que comúnmente se conoce como "malviaje" y arquetípicamente representa el viaje del héroe al inframundo? 

Que lo psicodélico y lo espiritual son lo mismo no era lo que pensaba Carl Jung, indudablemente uno de los pensadores occidentales -¿científico, místico, artista, filósofo, qué fue Jung sino todos estos?- que más profundamente estudió el alma humana en el siglo XX. Se ha llamado a Jung popularmente "el médico del alma" y es difícil pensar en alguien a quien le quede mejor este apelativo. El término psicodélico significa lo que manifiesta la psique o alma y la psicología de Jung en gran medida fue una disciplina para hacer manifiesto e iluminar el material oculto de la psique, aquello que Freud popularizó como el "inconsciente" y que Jung notó tenía una parte colectiva, vasta e insondable. La psicología analítica de Jung se basa en la noción de que el ego sólo es un fragmento de la psique y para que el individuo pueda alcanzar un estado de integración, completud o realización, necesita constelar aspectos de su inconsciente personal (la sombra) que determinan siniestramente su conducta, pero incluso también acceder y armonizar su vida con el inconsciente colectivo, que es la dimensión de los arquetipos universales, que trascienden al individuo y al tiempo y que son los únicos capaces de brindar la sensación de totalidad que el hombre busca (visualizó esto como la conformación de un mandala, un centro universal que trasciende el ego y que permite una identificación entre el individuo y el universo). Jung desarrolló una serie de técnicas -como la "imaginación activa"- para manifestar la psique inconsciente, algo que también hacen los psicodélicos de manera indudable y a veces no sin vehemencia. Jung notó en sus pacientes que cuando el inconsciente colectivo se manifestaba de manera palpable en el individuo y éste era capaz de integrarlo y entender esta manifestación entonces generalmente ocurría una experiencia numinosa (o espiritual) que le transformaba radicalmente. Este encuentro con lo numinoso, le brindaba al individuo un significado y un soporte inmarcesible que le permitía lidiar con su vida como si se tratara de una obra de arte o un mito sagrado. Si el individuo no era capaz de integrar las manifestaciones del inconsciente podía verse arrebatado y poseído por fuerzas arquetípicas y padecer patologías como la psicosis o la esquizofrenia.  

En una notable entrevista, Jung narra el caso de una paciente (el cual aparece también en su obra escrita), una mujer muy inteligente que había desarrollado una proyección en la que veía a Jung como una figura paternal, a la cual se había apegado enormemente. Este hecho, que se presentaba ya de manera patológica como una delusión, estaba seriamente obstaculizando su desarrollo individual. La joven tenía numerosos sueños en los que Jung aparecía como la figura paterna. En el último de los sueños de esta serie Jung aparecía en un campo de trigo maduro y la sostenía como a una bebé; el viento soplaba y las espigas formaban olas, en sincronía con esas olas Jung la mecía dulcemente.  En el sueño Jung aparecía como una deidad pagana de la naturaleza. Después de que le narró este sueño Jung comprendió y le dijo a la paciente que era evidente que ella lo que quería y proyectaba en el él era una idea de Dios. Esto hizo clic y la paciente tuvo una experiencia numinosa, "una experiencia viviente del arquetipo", que la hizo recobrar la formación religiosa temprana que había perdido. Jung explica:

Esto es lo que las personas buscan. Una experiencia arquetípica, esto les da un valor incorruptible. Ellas dependen de otras condiciones, de otras personas, deseos, ambiciones... porque no tienen valor en sí mismas. Son sólo racionales. No están en posesión de un tesoro que les haga independientes. Pero cuando la joven puede sostener la experiencia, entonces ya no depende de alguien más, porque el valor está en ella. Y esto es una forma de liberación. Esto la hace completa. En tanto cuanto pueda asimilar esa experiencia numinosa, puede continuar su camino, su individuación. La bellota se puede convertir en un roble y no en un burro. 

La clave aquí yace en esta idea de descubrir el valor interno, el significado que nace de lo numinoso, el cual no está en algo externo y por lo cual siempre podemos recurrir a ello. Y, cabe mencionar, que el tesoro es más preciado siempre cuando es el fruto de la excavación de las profundidades, del trabajo, del sufrimiento y la superación de un obstáculo. Aunque la visión numinosa tiene un factor de gracia divina, es también la resultante de atravesar un proceso de introspección, de atreverse a adentrarse al inconsciente, que es ciertamente no sólo la fuente de epifanías y bondades celestes, sino también -y necesariamente antes- una cueva infernal.

La pregunta que se desprende de esto es obviamente si una experiencia psicodélica otorga esta misma independencia, este mismo valor incorruptible. Se podría argumentar que los resultados positivos en las universidades -donde se reportan casos en los que la ansiedad y la depresión son superadas con una o dos tomas de psilocibina- sugieren que los psicodélicos pueden también proveer este mismo valor o numinosidad que libera e independiza a la psique. Sin embargo, me atrevería a afirmar que resultados clínicos que afirman que se ha vencido una depresión no son lo mismo que una experiencia de transformación arquetípica como la que narra Jung. Sería un pensamiento fundamentalista decir que es imposible que una experiencia psicodélica produzca una experiencia numinosa o espiritual en toda su profundidad. Ciertamente deben de haber experiencias de este tipo, aunque me parece que deben de ocurrir generalmente cuando el individuo por su propio proceso ha llegado a un punto crítico y sirven sobre todo como el último empujón. En este sentido cabe hacer mención de los Misterios de Eleusis, en los cuales ha teorizado que se empleaba una sustancia psicodélica (posiblemente el ergot) para producir una teofanía o una intimación de la inmortalidad. Sin embargo, los asistentes a estos misterios -de la más alta reputación en la antigüedad- debían antes ser iniciados y prepararse y purificarse por meses, por lo cual, si es que realmente intervenía una droga, no se puede atribuir únicamente a esta  sustancia el poder visionario y transformativo, sino que evidentemente era sólo un componente más en un proceso que requería de un profundo trabajo individual. El caso del soma es aún más notable en este sentido, ya que el sacrificio védico del soma requería de una profunda meditación y de un compromiso moral de parte del sacrificante. Numerosas veces se repite en la literatura védica que el soma y el estado luminoso de esta misteriosa bebida dependen de que el sacrificante realice ciertos actos con una conciencia especial y específicamente  que sea verdadero, que diga la verdad y honre a los dioses. El soma es llamado el licor de la inmortalidad, pero es obvio que la verdad es la que realmente alcanza la inmortalidad (esta es la base del pensamiento védico).

La razón por la cual me parece importante marcar la diferencia es que la experiencia psicodélica -aunque pueda suponer un trabajo tortuoso, un descenso al inframundo, su propio nigredo, la etapa de la purga- cuenta con un factor de ruido cognitivo, que es el hecho de que el individuo ha vivido la experiencia a partir de un factor externo que ha introducido y que ha creado una serie de condiciones que difícilmente puede recrear por sus propios medios. Esto puede generar una cierta duda sobre la naturaleza y la veracidad de la experiencia y crear una disociación: el yo que vio (o creyó ver) a Dios en ayahuasca y el yo que se levanta todos los días a trabajar pueden no ser los mismos y estar separados por un abismo infranqueable. Puede ocurrirle al "psiconauta" como al inexperto Ícaro, quien escapó del laberinto con un artificio: con las alas de cera que le había construido su padre. Al no seguir las advertencias de llevar un "camino medio" se propulsó hacia el Sol -¿acaso embelesado por esa altura que no se había ganado?- y pereció, desplomándose en el mar. Anteriormente comparé la experiencia mística genuina y la experiencia psicodélica con la diferencia que existe en ascender a la cúspide de una alta montaña por el propio pie y ser depositado en la cima en un helicóptero. El valor de un verdadero tesoro no sólo está en el objeto, sino en el proceso de descubrimiento. No se trata de lograr transformar una pieza de oro -¡divino churro del teatro químico del cerebro!- sino de encontrar el elixir que puede usarse para llevar cualquier metal a su vocación áurea. Es decir no se trata de vivir una experiencia espiritual única -un momento fugaz espiando el palacio de la sabiduría vía el camino del exceso- sino de espiritualizar toda la existencia; más que de la piedra -del oro- se trata de la sabiduría, de saber hacer oro. Como dice el alquimista Gerhard Dorn "transfórmense ustedes en piedras filosofales vivientes".

Debo de mencionar que estas últimas ideas vienen de Jung y en gran medida aclaran mi propio pensamiento en torno a este tema. No quiero, por otra parte, descalificar tajantemente la búsqueda de lo numinoso a través de lo psicodélico, dentro de la innumerable diversidad de intenciones y prácticas que existen deben de haber casos excepcionales. Creo, sin embargo, que la verdadera función de estas sustancias es medicinal, más que recreativa o gnóstica. El poder de los psicodélicos para tratar adicciones, trauma y algunas psicopatologías es sumamente prometedor; igualmente importante es su estudio científico para conocer la naturaleza de la mente; no así para buscar la autorrealización, la iluminación, el despertar y demás. Para aquellas personas que padecen esa enfermedad moderna que es la pérdida de sentido, el desencantamiento y la alienación, los psicodélicos parecen ser la respuesta más fácil: a diferencia del yoga, la meditación y demás prácticas, un viaje de DMT asegura a cualquiera que su conciencia se disparará a un estado no-ordinario, lleno de formas fractales, mandalas y entidades hiperdimensionales ("elfos mecánicos" y "bolas de basquetbol enjoyadas que se autodriblan") y cosas por el estilo. Pero quizás habría que recordar lo que dijo Manly P. Hall: "no hay atajos para Dios", y volcarse hacia los psicodélicos como un antídoto a ésta condición puede añadir confusión, crear una dependencia espiritual y desviar la atención de una sincera búsqueda espiritual o religiosa, la cual no puede substituirse; es necesario conectarse con una tradición viva y llevar a cabo las prácticas ascéticas que siempre han sido necesarias para poder acceder a lo numinoso. "El hombre siempre ha vivido en el mito. Hoy creemos que podemos vivir sin el mito, sin la historia. Esto es una enfermedad", dijo Jung. Se podría argumentar que estas "tradiciones vivas" que nos conectan con la dimensión mítica ya no se encuentran fácilmente hoy en día y el "mito" ha sido eliminado de la conciencia por la ciencia. Ciertamente existe una profunda crisis en el cristianismo y las religiones de Oriente llegan a nosotros generalmente en versiones diluidas: el budismo, por ejemplo, se empieza a convertir en mindfulness y como tal deja de ser un camino hacia el despertar -hacia lo absoluto-, y se vuelve una mera herramienta para eliminar el estrés y estar mejor adaptados al mundo moderno. Las religiones deben de adaptarse al tiempo y a las culturas con las que entran en contacto, pero si en este proceso no son capaces de mantener su esencia y eficacia corren el riesgo de diluirse completamente. Nietzsche cuando escribió sobre la llamada de Muerte de Dios habló también de nuestra incapacidad de crear nuevos dioses, dioses danzantes, dioses de la experiencia inmanente. Ciertamente la religión organizada actual, socavada por la actitud utilitaria y la ansiedad del hombre moderno, en su incapacidad de producir experiencias místicas hace que las personas busquen por otro lados, como en el new age y en los psicodélicos, que son fuentes de facsímiles. Indudablemente el hombre moderno se encuentra en una encrucijada, ha perdido su alma y sin ella no puede encontrar sentido, pero el mundo mismo, "el desierto de lo real", parece comprobarle que el alma nunca existió.

Alguien podría esgrimir el argumento de que lo que está ocurriendo con los psicodélicos es un renacer dionisíaco, o acaso una síntesis de la religión y la ciencia, para poder espiritualizar de nuevo al mundo. Liberar lo divino y arquetípico de la psique (los que eran dioses se han convertido en enfermedades, escribió Jung) a través de un pacto con los daemons del mundo vegetal. Si tal cosa es lo que está sucediendo no es algo que yo haya podido observar. Contrariamente a esto, me parece que las plantas psicodélicas están siendo usadas fundamentalmente para adaptarse a este mundo materialista y desangelado. Son generalmente sólo paliativos para la crisis espiritual que estamos experimentado. Ir a la selva a tomar ayahuasca o ir a Burning Man permiten que el individuo aguante más y mejor el sinsentido de la modernidad. Los ejecutivos de Coca-Cola o Facebook que tienen una experiencia psicodélica dicen haberse transformado radicalmente pero regresan a sus puestos y siguen con sus vidas; sólo utilizan sus "visiones" para ser más creativos, para tener una ventaja por sobre los otros "que no se salen de la caja"; si acaso, ahora prohiben que sus hijos coman comida chatarra y pasen demasiado tiempo en sus iPads. Nada cambia radicalmente. Cuando el afterglow de la experiencia se empieza a esfumar vuelven a recargar baterías espirituales con otra escapada al spa de la jungla o alguna otra experiencia "trascendental" de fin de semana. Estoy seguro que existen nobles excepciones y seguramente hay casos en los que una persona está tan desconectada de sí misma y de lo divino que es necesario una sacudida violenta -y entonces los psicodélicos pueden ser una opción, aunque no la única-, pero obviamente debemos de referirnos a lo general: a esta tendencia global de buscar lo espiritual en los psicodélicos, puesto que la espiritualidad tradicional requiere de un esfuerzo y un compromiso mucho mayor. Cuando nos referimos a espiritualidad tradicional hablamos por supuesto de religión, una palabra que hoy está sumida en el oprobio y es anatema tomársele en serio entre los intelectuales. La religión es radicalmente menos cool que lo psicodélico y lo espiritual, pero me preguntó si realmente se puede sostener una verdadera espiritualidad, una verdadera comunión con lo divino, sin llevar a cabo una práctica religiosa o al menos sin sondear profundamente los misterios que presenta la religión al alma humana. Incluso los pioneros de nuevas formas de relacionarse con lo divino siempre tuvieron conocimientos profundos de las tradiciones religiosas y exploraron sus misterios en propia piel. Tal es el caso de Jung, de Steiner, de Gurdjieff y muchos más. Hay que ser un verdadero maestro para poder llegar al punto en el que se puede renunciar a todo dogma, a todo credo, a todo ismo. La mayoría de nosotros no somos maestros ni pioneros, por lo cual parece provechoso empezar con una mezcla de humildad y pensamiento crítico; la primera para evitar que el egoísmo coarte nuestra disposición a exponernos a las viejas enseñanzas y al encuentro con el mysterium tremendum, y el segundo para no caer en la mentalidad de masa y en el fanatismo que es la gran sombra de la religión que se posa sobre nuestra civilización.

En su correspondencia con el teólogo Victor White, Jung tocó este tema. En la carta se refiere a las experiencias de Aldous Huxley con mescalina y LSD. Y aunque admite que no sabe mucho sobre los efectos psicoterapéuticos de estas sustancias -¿habría cambiado de opinión al ver algunos de los resultados actuales?- Jung señala que no es necesario ni deseable ir más allá de los sueños y la intuición para conocer el inconsciente colectivo. "Entre más lo conoces, más grande y pesada se convierte la carga moral, puesto que los contenidos inconscientes se transforman en tareas y deberes individuales tan pronto como se vuelven conscientes". Jung dice que solamente tomaría mescalina si estuviera seguro de antes "haber hecho todo lo que sé que debía hacer" y no por mera curiosidad. Es decir antes agotar los esfuerzos del trabajo interior analítico. Añade que no confía en los regalos de los dioses que aparentan no pedir nada a cambio. Cita a Virgilio "[Hombres de Troya, no confíen en el caballo] Sea lo que fuese, temo a los aqueos, aunque sus manos ofrecen regalos". Y toca otro tema que no debe subestimarse, y es el hecho de que las puertas de la percepción se abren, pero ¿quién sabe también cómo cerrarlas para que no entren espíritus indeseados? "Este es el error que hace Aldous Huxley: no sabe que está tomando el papel de 'Zauberlehrling', quien aprendió a llamar fantasmas, pero no aprendió de su maestro cómo deshacerse de ellos". El error de Huxley, de Tim Leary, de Terence Mckenna... Y la frase que me parece es quizás lo más sabio que se ha dicho en torno a este tema. "Este es el error de nuestra era. Creemos que es suficiente descubrir cosas nuevas, pero no nos damos cuenta que saber más requiere de un incremento correspondiente en nuestra moralidad." Este parece ser el problema central de nuestra civilización, un aumento de poder sobre la materia y una explosión tecnológica no equiparada por el mismo aumento de conciencia. Jordan Peterson glosó estas palabras de Jung así: "ten cuidado del conocimiento que no te has ganado". Lo cual es obviamente el tema de Fausto, el hombre que canjea su alma por placer, poderes mágicos y conocimiento esotérico. Quizás, sólo quizás, se esté celebrando un pacto fáustico por debajo de esta euforia psicodélica. No estoy seguro, pero la duda es suficiente para seguir la advertencia de Jung y transitar antes otros caminos hacia esa numinosidad sin la cual la vida no tiene sentido.

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