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Este párrafo de 'Un mundo feliz' explica la tragedia moderna (o cómo canjeamos la verdad y la belleza por la comodidad y el placer)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/06/2018

Huxley comprendió que para que la máquina de la producción masiva pudiera seguir rodando, se debía proveer a los individuos de constantes gratificaciones (la ilusión de la felicidad). El problema es que la felicidad hedonista significa un pacto fáustico en el que se sacrifica la belleza y la verdad

La novela Un mundo feliz es, sin duda, una de las visiones literarias que con mayor claridad se anticiparon a los acontecimientos que estamos viviendo. Existe una bizantina disputa sobre si estamos viviendo el mundo que imaginó Orwell o el mundo que imaginó Huxley (y aunque hay claroscuros, parece que Huxley fue más preclaro). El analista de medios Neil Postman distinguió la visión distópica de Huxley de la de Orwell. La del primero estaba basada en el deseo y la segunda en el miedo; de manera quizá un poco más sofisticada, Huxley entendió que en el "futuro" íbamos a ser controlados no a través de la fuerza, la represión violenta o la supresión de la información, sino sobre todo, a través de la distracción y el entretenimiento. El siguiente párrafo se lee de manera ominosa, si bien ya en 1932, cuando se publicó por vez primera la novela, había visos de que la producción serial -el fordismo- requería del ser humano una constante atención hacia los productos y, por lo tanto, una asociación de la felicidad con el consumo. Asimismo, Huxley ya vislumbraba que las personas estaban dispuestas a sacrificar su libertad en niveles alarmantes a cambio de seguridad, especialmente después de haber vivido una guerra. Esto se pudo comprobar con el movimiento nazi. 

Nuestro Ford hizo por su propia cuenta una enormidad para modificar el énfasis de la verdad y la belleza hacia la comodidad y la felicidad. La producción masiva exigía ese cambio. La felicidad universal mantiene las ruedas girando constantemente; la belleza y la verdad no pueden. Y, por supuesto, cuando llegó a ocurrir que las masas tomaban poder político, entonces era la felicidad lo que contaba y no lo la belleza y la verdad. Sin embargo, pese a todo, la investigación científica aún era permitida. Las personas aún seguían hablando de la belleza y la verdad como si fueran bienes soberanos. Hasta el tiempo de la guerra de los 9 años. Eso hizo que cambiaran de tono completamente. ¿De que sirven la belleza o la verdad o el conocimiento cuando las bombas de ántrax están brotando por todas partes? En ese momento la ciencia empezó a ser controlada por primera vez... Las personas estaban listas hasta para que les controlaran sus apetitos. Todo por una vida tranquila. Hemos seguido controlando las cosas desde entonces. No fue muy bueno para la verdad, por supuesto. Pero ha sido muy bueno para la felicidad. Uno no puede tener algo gratis. La felicidad se debe pagar. 

La producción masiva, el capitalismo, la deificación del dinero, la tecnología y la materia, etc., requieren de una cierta pasividad, de un cierto estado de consumidor, de renunciar a la agencia, de que los individuos se vean parte de una gran máquina de la cual sólo son piezas y ante la cual no pueden hacer nada. Para que el individuo renovara su deseo y pudiera seguir consumiendo y alimentando el sistema que hoy se conoce como economía de crecimiento infinito, la felicidad debió asociarse con la participación en los bienes de consumo que produce el sistema. Huxley lleva esto a una especie de hipérbole, considerando que es como el consumo de una droga (y así, ¿es la dopamina digital una versión del soma de Huxley?), que mantiene a los individuos felices y, en consecuencia, inofensivos para el sistema. Como dice la canción de Radiohead: "happy, more productive". La depresión, la melancolía y la tristeza se convierten en anatema, en estados que deben ser rápidamente curados y eliminados. Al eliminarse, se elimina una dimensión de profundidad de la existencia; sólo queda la verticalidad: tratar de escalar socioeconómicamente, de obtener más. Se pierde también la dimensión estética, ya que ésta requiere de integrar y considerar seriamente todo tipo de sensaciones buenas y malas -el amor y la muerte en el mismo vaso-, de la introspección, de descender a la propia alma y demás cosas que el aséptico neoliberalismo moderno no consiente. De aquí esta fórmula de que cambiamos la belleza y la verdad a favor de la felicidad o el placer (hedonista y narcisista). Preferimos vivir cómodos y seguros a enfrentarnos a lo desconocido, al mysterium tremendum, lo numinoso. La sociedad se convierte en un organismo funcional, eficiente, predecible, pero sin alma, y en una perenne crisis existencial que es suprimida por paliativos. Crisis existencial que es rápidamente atacada por el entretenimiento, por la manipulación del deseo (por la manufactura de deseos), y ahora, por la captación de la atención de la tecnología digital. Se trata de que el hombre no se enfrente a la oscuridad de su propia mente, ya que si lo hace se dará cuenta de que está sumido en una profunda crisis y que la vida que vive no tiene profundidad, es similar a la de una máquina. Un hombre realmente no puede tolerar esto mucho tiempo; si lo hace, se enfrentará con la necesidad de una profunda transformación. Es por ello que es mejor distraerse. Huxley lo vio de manera genial; el monstruo de la indolencia ya estaba latente y hoy se ha expandido como una red global de comunicación que nos dice que estamos perpetuamente conectados. Estamos conectados pero a la vez cada vez más desligados de nosotros mismos y de aquellas cosas que históricamente le dieron sentido al hombre. Dostoyevski creía que el ser humano no podía vivir sin belleza; belleza también en el sentido platónico: el esplendor de la verdad, el símbolo del espíritu. 

Quizás la gran ilusión moderna tiene que ver con la idea de que el ser humano existe para su propia felicidad. Una felicidad que no es ciertamente la felicidad eudaimónica de Aristóteles; se trata más bien de la felicidad individualista de suprimir todas las amenazas, todo el dolor, todo el miedo, toda la oscuridad, y de abrirse el terreno hacia la máxima comodidad y hacia el más alto diseño del placer. Esta es la promesa de la tecnoutopía: una existencia descorporalizada en la que se puedan crear paraísos hedonistas sintéticos. Solzhenitsyn veía las cosas de manera distinta:

Si, como sostiene el humanismo, el hombre naciera sólo para ser feliz, no nacería para morir. Ya que su cuerpo está condenado a la muerte, su tarea evidentemente debe ser más espiritual: no el grosso involucramiento en la vida cotidiana, no la búsqueda de mejores formas para obtener bienes materiales  y su consumo libre de preocupaciones. Debe ser el cumplimiento de un deber sincero y permanente, de tal manera que el viaje de la vida se convierta en una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo un mejor ser humano del que uno era cuando llegó.

 

Foto: Kalosy

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Sobre el inconsciente colectivo, la gran idea de Jung que merece contemplarse profundamente

La noción del inconsciente colectivo es una de las aportaciones más famosas de Carl Jung y una de las razones de su ruptura con la teoría psicoanalítica de Freud. Mientras que para Freud el inconsciente sólo es esa parte de la mente que almacena material que una vez fue consciente -olvidado o reprimido-, para Jung el inconsciente tiene un aspecto personal (como el de Freud) y un aspecto impersonal y colectivo. Otra diferencia importante es que para Jung la sexualidad no era el factor dominante que hacía que los eventos psíquicos se volvieran inconscientes, ni tampoco era lo único que se mostraba cuando lo inconsciente se volvía consciente (en sueños, lapsus, asociaciones, etc.). La teoría de la libido de Jung, como la expresó en su libro Símbolos de transformación, el cual selló su desavenencia con Freud, es más amplia, siendo la libido toda energía psíquica ligada a la vida, y no sólo al deseo sexual.

Podríamos afirmar que para Jung, ya que la psique es la realidad primordial del universo y sólo conocemos comúnmente la punta del iceberg de la psique, el inconsciente colectivo es algo así como la noche cósmica o el caos primordial del cual emerge toda nuestra existencia consciente, la cual es definida por la diferenciación del ego. Jung interpreta mitos como la creación védica (Rig Veda 10.129) o el Genésis bíblico, específicamente probar el fruto del árbol del bien y el mal, como el paso del inconsciente a la conciencia individual. Esta es la caída o el "pecado original", el cual, aunque coloca al hombre en un estado de alienación y extravío, es también la posibilidad sine qua non de la autorrealización. Es, ciertamente, aquello que le da sentido y hace interesante esta trama no poco trágica. 

En su prolífica obra, Jung reiteradamente define y explica con numerosos ejemplos lo que es el inconsciente colectivo. En este ensayo, a la manera de una circunambulación, haremos un recorrido alrededor de estas definiciones que nos permiten entender un concepto complejo pero fascinante, brillante y sumamente útil para entender nuestra naturaleza y encontrar significado en la existencia. Jung distingue entre tres niveles psíquicos:

(1) La conciencia, (2) el inconsciente personal y (3) el inconsciente colectivo. El inconsciente personal consiste en todos aquellos contenidos que se volvieron inconscientes debido a que perdieron intensidad y fueron olvidados o porque la conciencia se retrajo de ellos (represión) y, por otra parte, de los contenidos, como [algunas] impresiones sensoriales, que nunca alcanzaron suficiente intensidad para llegar a la conciencia pero que lograron entrar a la psique. El inconsciente colectivo, sin embargo, como la herencia ancestral de posibilidades de representación, no es individual sino común a todos los hombres, tal vez incluso a los animales, y es la verdadera base de la psique individual.

La teoría de Jung sugiere que somos portadores de un sustrato psíquico ancestral, algo así como una memoria de todos los eventos psíquicos que se han impreso en el alma humana y que por su intensidad o por una especie de energía teleológica se han asegurado un lugar predominante. En su ensayo La estructura y la dinámica de la psique, Jung añade: "Teóricamente, debería ser posible 'pelar' las cáscaras del inconsciente colectivo una por una hasta llegar a la psicología del gusano e incluso a la de la amiba". Vemos entonces que para Jung hay una memoria psicológica inconsciente similar a la memoria genética que se observa fisiológicamente, por ejemplo con el llamado cerebro reptiliano, la glándula pineal y demás.

El inconsciente colectivo, nos dice Jung, está conformado de dos elementos fundamentales, los cuales están estrechamente entrelazados: los instintos y los arquetipos:

El inconsciente colectivo consiste en la suma de los instintos y sus correlatos, los arquetipos. De la misma manera que todos poseemos instintos, todos también poseemos una reserva de imágenes arquetípicas. 

Jung llegó a esta conclusión analizando los sueños de sus pacientes, y particularmente la irrupciones del inconsciente colectivo que se presentan en pacientes con esquizofrenia:

En sueños, fantasías y otros estados excepcionales de la mente, los más remotos símbolos y motivos mitológicos pueden aparecer autóctonamente en cualquier momento, con frecuencia, debido al resultado de influencias particulares, tradiciones y excitaciones que operan en el individuo pero generalmente sin señal de las anteriores. Estas "imágenes primordiales" o "arquetipos" como los he llamado, pertenecen a la reserva básica de la psique inconsciente y no pueden explicarse como adquisiciones recientes. En conjunto constituyen el estrato psíquico que he llamado el inconsciente colectivo.

Los arquetipos pueden explicar cosas como la psique de una nación o una civilización, o incluso la influencia o atracción que ejercen los astros en la psique humana:

El inconsciente colectivo, hasta el punto en el que podemos decir algo sobre él, parece consistir en motivos mitológicos e imágenes primordiales, por lo que los mitos de todas las naciones son sus verdaderos exponentes. En realidad, la totalidad de la mitología puede considerarse una especie de proyección del inconsciente colectivo. Podemos ver esto claramente considerando las constelaciones del cielo, cuyas formas caóticas antiguas fueron organizadas a través de proyecciones de imágenes. Esto explica la influencia de las estrellas como es afirmada por los astrólogos. Estas influencias no son más que percepciones introspectivas inconscientes de la actividad del inconsciente colectivo. De la misma manera que las constelaciones fueron proyectadas a los cielos, figuras similares fueron proyectadas a las leyendas, a los cuentos de hadas o a personajes históricos.

Con esto Jung no está diciendo que la astrología o los mitos fundacionales -que sirven como estructuras éticas- sean falsos o no tengan una influencia más allá de la sugestión o superstición personal, sino que esta influencia, en todo caso, es el resultado de la historia de la psique como proyección. La influencia de las estrellas viene de adentro, no del cielo -aunque se podría decir que el cielo está adentro, como creía Paracelso-. Esto no es menor, ya que el poder de proyección de la psique es capaz de manifestar y autorregular la realidad desde su inconsciencia. 

Esta fascinante noción de los arquetipos Jung la encuentra en Platón, San Agustín y Pseudo Dionisio, pero la modifica según sus observaciones analíticas, ya que Jung lo que hace es una notable síntesis entre ciencia y religión. La idea jungiana de los arquetipos, por otro lado, encontrará nuevas manifestaciones en ideas como los memes de Richard Dawkins (quien inconscientemente ideó algo muy similar desde la biología) y los campos morfogenéticos de Sheldrake (quien es paradójicamente aborrecido por Dawkins). Jung explica que los contenidos del inconsciente colectivo suelen irrumpir de manera personalizada, como "figuras arquetípicas":

La investigación mitológica los designa como "motivos", para Lévy Bruhl son représentations collectives, Hubert y Mauss los llaman "categorías de la imaginación". Yo he empleado la noción del inconsciente colectivo para abarcar todos estos arquetipos. Son formas psíquicas, como los instintos, que son comunes a toda la humanidad, y su presencia puede probarse dondequiera que se preserven registros literarios. Como factores que influyen en la conducta humana, los arquetipos tienen un papel que no es en ninguna medida menor. La totalidad de la personalidad puede ser afectada por ellos a través de la identificación. Este efecto es mejor explicado por el hecho de que los arquetipos probablemente representen las situaciones típicas de la vida.

Es un tema un tanto delicado este. Una de las ideas que se desprenden del trabajo de Jung es que los seres humanos no tienen ciertas ideas, las ideas tienen a los seres humanos. Esto es lo que luego ha sido llamado "posesión arquetipal" y sirve para explicar fenómenos tan radicalmente opuestos como Jesús o Hitler. Aunque generalmente ser poseído por los arquetipos -estos instintos e imágenes suprapersonales- suele hacer simplemente que nos disolvamos en una conciencia de masa, con dictámenes remotos y enajenantes; ser consumidores, miembros difusos del rebaño, más que individuos críticos. Por otro lado, la existencia significativa necesariamente se nutre de una base que trasciende a su propio ego, es decir, debe tomar del inconsciente colectivo para enriquecer su existencia y posiblemente individuarse. Debajo de las capas personales egoístas existe una necesidad de sentido y de completud: el ser humano tiene sed de totalidad. Esto, como vimos, puede ser peligroso, pero por otra parte, es lo único que realmente importa: ser lo que uno es, y eso que uno es está compuesto en gran medida por el inconsciente colectivo, por factores impersonales o suprapersonales. Es, entonces, necesario llevar a la conciencia, "iluminar" aspectos de este inconsciente colectivo, pero para hacer esto con éxito se debe tener un "entendimiento crítico", gran capacidad de discernimiento e intuición (de aquí, obviamente, que se utilice un analista o incluso un gurú en Oriente). De alguna manera la psicología de Jung, en su proceso de individuación, nos pide que nademos en el mismo océano en el cual han nadado y se han ahogado todos los locos, desquiciados y egos inflados de la humanidad. Que nademos en el mar del inconsciente -en ese mar caótico, en esa zona abisal llena de dragones, serpientes, ninfas y dioses- y que salgamos heroicamente a flote. Ese mar es nuestra herencia espiritual, el unus mundi, nuestra posibilidad de hacer que el todo se reconozca a sí mismo:

El inconsciente colectivo contiene toda la herencia espiritual de la evolución de la humanidad, nacida de nuevo en la estructura cerebral de cada persona. Su mente consciente es un fenómeno efímero que realiza todas las adaptaciones  y orientaciones, por lo que, a razón, se puede bien comparar su función con la de orientarnos en el espacio. El inconsciente, por otro lado, es la fuente de las fuerzas instintivas de la psique y de las formas o categorías que la regulan, es decir, los arquetipos. Todas las ideas más poderosas de la humanidad se remontan a los arquetipos. Esto es cierto particularmente de las ideas religiosas, pero los conceptos centrales de la ciencia, la filosofía y la ética no son excepciones a esta regla. En su forma presente son variantes de ideas arquetípicas, creadas conscientemente aplicando y adaptando estas ideas a la realidad. Pues la función de la conciencia no sólo es reconocer y asimilar el mundo externo a través del umbral de los sentidos, sino trasladar a la realidad visible el mundo que yace en nuestro interior. 

Un último comentario sobre esto. Es de notarse que aquí la mente consciente -el ego- es sólo una especie de sistema de navegación, mientras que el inconsciente es aquello que se manifiesta como el espacio en el que tenemos la experiencia y el significado mismo que se representa como esa experiencia. Una de las ideas más profundas de Jung es esta noción de que la imaginación primordial está materializándose en el mundo y nos la encontramos como la historia con todas sus vicisitudes (o, dicho de otra manera, la imaginación primordial se encuentra a sí misma). Las imágenes o arquetipos son realmente las fuerzas que esculpen la realidad que habitamos, y entonces un proceso de conciencia o iluminación sería hacer visible, tangible e inteligible el fondo último y prístino de la existencia. Jung llama a esto el Selbst, el matrimonio alquímico de los opuestos, la constelación de la divinidad en el alma. 

 

Twitter del autor: @alepholo