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Estos cuadernos de viaje reavivarán tu instinto nómada y tu deseo de viajar

Buena Vida

Por: pijamasurf - 04/30/2018

José Naranja, ingeniero aeronáutico de profesión, dejó un día su trabajo y comenzó a viajar; desde entonces consigna sus experiencias en estos admirables cuadernos

El ser humano es migrante por naturaleza. Desde los orígenes remotos de nuestra especie hasta nuestros días (tan llenos de fronteras y limitaciones), en nuestro interior se encuentra inscrito el impulso de salir y conocer, de descubrir, de dejar un día la tierra natal y caminar en dirección al horizonte, a veces con un propósito en mente, a veces sólo por seguir ese impulso nómada que antecede a toda planeación.

José Naranja es un hombre de origen español, que tiene 39 años de edad y durante varios años de su vida se desempeñó como ingeniero aeronáutico. En cierto momento, sin embargo, como Ismael en Moby Dick, sintió el llamado del viaje y decidió dejar su trabajo y salir de viaje. No como si tomara vacaciones o aquello fuera una pausa momentánea, sino que aquella decisión fue un giro determinante en su vida.

A partir de entonces, comenzó a recorrer el mundo. Y aunque por sí misma esta experiencia ya resulta destacada, posee un elemento que la hace aún más relevante. En el 2005, José se hizo de una libreta Moleskine y comenzó a llenarla con observaciones sobre lo que experimentaba. Siempre le había gustado escribir, pero de pronto, quizá por el formato del cuaderno, encontró una libertad expresiva que no había conocido antes.

Texto, dibujos, redacciones relativamente extensas o elaboradas, apuntes sueltos, estampillas postales, boletos de entrada a ciertos lugares, etiquetas comerciales, mapas, bocetos; todo aquello que tuviera cabida en una página en blanco, José lo admitía para sus libretas.

Eventualmente, este viajero incansable dejó de adquirir las libretas Moleskine y empezó a hacer sus propios cuadernos. Con el tiempo también –y gracias en buena medida a las redes sociales– su trabajo comenzó a ganar fama, que si bien no es el principal propósito de José, de algo servirá para persistir en su deseo de viajar.

Los cuadernos, por otro lado, dan muestra de otro de los grandes efectos de los viajes: estimulan la creatividad. Viajar, en cierto sentido, nos da otros ojos, para ver lo desconocido pero también para mirar de otra manera lo que creíamos conocer: las personas, los árboles, los paisajes, la comida y por último, y también al principio, a nosotros mismos. 

 

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Mediante el “afán de usar la tecnología” no sólo se renuncia a la concientización de la necesidad humana de gregarismo, sino también a la capacidad de desarrollar el silencio en nuestro interior

¿Qué es el silencio, en dónde se encuentra, por qué es cada vez más importante experimentarlo? Hay quienes explican que se trata de uno de los mejores consejeros que puedan existir: es neutro, objetivo y liberador de prejuicios, creencias irracionales y estrés. Otros enumeran sus múltiples beneficios para la salud psíquica y neuronal: el silencio ayuda a regenerar las conexiones neuronales, desarrolla la creatividad, disminuye el estrés y la tensión, renueva los procesos cognitivos. Y para unos cuantos más, es una experiencia contemplativa e incluso alquímica en la cual uno escucha al mundo entero para llenarse con sus sonidos, permitiendo a la conciencia adentrarse al centro de vida mediante la ausencia total del sonido. No obstante, uno no deja de cuestionarse: ¿cómo se encuentra el silencio, ese centro, en este mundo que ha convertido la voz en ruidos digitales a través de los teléfonos inteligentes, tablets y computadoras?

Se utilizan los gadgets electrónicos como un mecanismo distractor de todo pensamiento, sentimiento y estímulo externo; como herramientas que dan un espejismo de productividad y eficacia; como un facilitador de la comunicación, reduciendo la palabra a símbolos como emojis y mensajes de texto. Se cree inclusive que la conexión eterna con las redes sociales, correos electrónicos y mensajes proveerá un mejor desempeño en la vida profesional, personal y social. No obstante, y en palabras del explorador, abogado, editor y coleccionista de arte, Erling Kagge:

Se asume que la esencia de la tecnología es la tecnología misma, pero eso no es cierto. La esencia somos tú y yo. Es acerca de cómo la tecnología que utilizamos nos altera, aquello que esperamos aprender, nuestra relación con la naturaleza, aquellos que amamos, el tiempo que pasamos viviendo, la energía que se consume, y cuánta libertad dimitimos a la tecnología.

[…] Estamos renunciando a nuestra libertad en nuestro afán de usar la tecnología, sentenció Heidegger. Pasamos de ser personas libres a ser recursos. […] Sin embargo, no nos estamos convirtiendo en un recurso para nosotros mismos, desgraciadamente, sino para algo mucho menos llamativo. Un recurso para organizaciones como Apple, Facebook, Instagram, Google, Snapchat y gobiernos que están tratando de comandarnos, con nuestro apoyo voluntario, para usar o vender información. Eso huele a explotación.

Esto quiere decir que mediante este “afán de usar la tecnología” no sólo se renuncia a la concientización de la necesidad humana de gregarismo, sino también a la capacidad de desarrollar el silencio en nuestro interior. Es decir que se difumina tanto la esencia de los vínculos sociales como el estar en el aquí y el ahora con una conexión de mente y cuerpo. Por ello, es indispensable establecer límites con la tecnología: ser capaces de apagar el teléfono, sentarse y no decir nada, cerrar los ojos, respirar profundamente y enfocar la atención en la respiración; cuando se está con alguien más, un familiar, un amigo, la pareja, apartar los gadgets electrónicos y enfocar nuestra atención en la experiencia que surge de la convivencia; etcétera.

Según la filosofía oriental, la mera observación de la mente, de los pensamientos y sentimientos que surgen en el interior, permite “enfatizar la conciencia, el amor, la celebración, la valentía, la creatividad y el sentido del humor, invita a tomar conciencia de quién es el que hace las acciones en la mente”. Es decir, se trata primero que nada de establecer los límites con la tecnología: discernir cuándo se puede uno desconectar de la vida social digital. Segundo, de aprender a escuchar a la mente, aprendiendo a observar los pensamientos sin juzgarlos ni calificarlos: sólo basta con saber que están ahí. Tercero, no hacer ningún esfuerzo por acallar a la mente: sólo es cuestión de mantenerla en el aquí y el ahora atestiguando la experiencia de existir de la manera más amorosa posible. En palabras del orador y gurú hindú, Osho: “Todo eso ha pasado hasta llegar a ti. En pocas palabras, cargas toda la existencia de la existencia. Eso es la mente. De hecho, decir que es tuya no es verdad: es del colectivo, nos pertenece a todos”. Sólo a partir de entonces se puede reconquistar la esencia de uno, de la convivencia e intimidad social, y redescubrir la libertad de la unicidad.

 

Imagen principal: Simplilearn