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Seek, el 'Shazam' de la naturaleza que identifica plantas y animales

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 04/09/2018

Una herramienta lúdica y didáctica para conocer mejor el mundo en el que vivimos

Primero, una prueba:

No fue sencillo, ¿cierto?

Por las razones que sean, con cierta frecuencia nuestro conocimiento sobre la naturaleza va de lo nulo a lo apenas suficiente, por más que sin duda es uno de los campos de investigación y curiosidad que de algún modo pueden beneficiarnos más, intelectual y vitalmente. Después de todo, fue a partir de la observación del entorno que el ser humano sobrevivió y evolucionó.

Recientemente fue dada a conocer la aplicación Seek, la cual ha circulado bajo el sobrenombre de “el Shazam de la naturaleza”. Como saben quienes estén familiarizados con dicha tecnología, Shazam es una app de reconocimiento musical en la que basta registrar algunos cuantos segundos de una canción para obtener su título, su intérprete y algunos otros datos complementarios.

Seek funciona con un principio similar: a partir de una fotografía, permite encontrar información sobre dos de los ámbitos naturales más destacados: el reino vegetal y el reino animal. Su base de datos ofrece información de Wikipedia y a su vez se alimenta de las imágenes captadas por sus usuarios. En este sentido, es una mejora sustancial con respecto a otra app que hace un tiempo fue recibida con entusiasmo, PlantNet, que como su nombre indica tenía, sin embargo, la limitante de estar enfocada únicamente en plantas. 

No así con Seek, con cuyas amplias posibilidades es posible experimentar no necesariamente en un viaje a tierras remotas y exóticas. Con toda probabilidad basta con que salgas al parque más cercano o al jardín del lugar donde vives para encontrarte con al menos una docena de especies de plantas, aves, insectos y acaso algún pequeño mamífero cuyo nombre no conoces.

Por lo pronto Seek está disponible únicamente para el sistema operativo iOS, pero es posible que en breve se encuentre disponible también para otras plataformas.

 

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Ecosistemas

Por: pijamasurf - 04/09/2018

Finalmente se comprueba una de las sospechas más temibles sobre el efecto de la actividad humana en la vida marina

En el último par de años, cada vez más voces han señalado el enorme riesgo que representa la presencia del plástico en el planeta, sobre todo por su uso sumamente extendido como un material "desechable". Miles de toneladas de plástico se producen cada año para los propósitos más triviales –envases, bolsas, popotes, etc.–, objetos que se utilizan una vez, se arrojan a la basura y después se ignora su destino, que en muchos casos es el océano, donde llegan para aguardar los mil años que necesitan para degradarse. 

Salvo que el océano es, en esencia, un ecosistema. Esto es, un lugar lleno de vida. Aun una sola gota de mar contiene vida en sí misma, microscópica, necesaria para otras formas de vida mayores o más complejas. Y el plástico está matando esa vida. Como señaló hace un par de días el fotógrafo Frans Lanting en esta publicación, debido a que esta mortalidad ocurre en islas y océanos remotos, en general o la ignoramos o creemos que no sucede así. Pero es real y, peor aún, es una situación que se agrava a cada momento.

Prueba de ello es un hallazgo realizado recientemente por investigadores de la Universidad de Exeter, del Santuario de Focas de Cornish y del Laboratorio Marino de Plymouth (PLM, por sus siglas en inglés), quienes por fin pudieron demostrar uno de los efectos más nocivos del plástico sobre la vida marina, que, a su vez, podría incidir en otros ecosistemas e incluso en la supervivencia de la especie humana.

Durante varios años, el Grupo de Investigación en Microplásticos del PLM, encabezado por Pennie Lindeque, sostuvo la hipótesis del riesgo que, de entrada, representa para la vida la presencia de plástico en las aguas marinas y, en segundo lugar, la descomposición de éste en micropartículas que por su tamaño ínfimo pueden filtrarse inadvertidamente a cualquier ser vivo, especialmente los animales. Aunado a esto, los científicos especularon también que a través de la cadena alimenticia dichas partículas continuarían viajando y afectando distintos organismos, con el riesgo final de llegar incluso al ser humano, que al comer un pez o un molusco contaminado, podría terminar ingiriendo el plástico que él mismo desechó. El efecto no carece de justicia, sin duda, y aunque no fuera así, esto demuestra que en la naturaleza todo está conectado.

Hasta hace poco, todo esto era una suposición. Coherente quizá, pero para la cual no se tenían pruebas. Hasta ahora. De acuerdo con los resultados de una investigación publicada en la revista Environmental Pollution, ahora se sabe que, efectivamente, las partículas de plástico son capaces de tocar todos los puntos de la cadena alimenticia del océano, desde el zooplancton hasta los depredadores al final del ciclo.

Para comprobar su hipótesis, los científicos analizaron las heces de focas de la especie Halichoerus grypus tenidas en cautiverio y, por otro lado, el tracto digestivo de peces en estado salvaje de la especie Scomber scombrus (conocido como caballa o macarela), con los cuales alimentaron a las focas. 

De los especímenes examinados, en 1/3 de los peces y en la mitad de los desechos fecales se encontraron micropartículas de plástico, lo cual llevó a los investigadores a concluir la presencia de un fenómeno conocido en la biología como “transferencia trófica”, en la cual cierto elemento de la dieta de una presa pasa a su depredador por efecto de la cadena alimenticia. 

Según se aclara en la reseña que ofreció el PLM sobre el estudio, este fenómeno se había comprobado antes en animales en los niveles más bajos del ciclo, con sistemas digestivos en condiciones diferentes (sobre todo moluscos y cangrejos), lo cual hace que este sea el primer caso en que se documenta en mamíferos marinos.

El estudio será profundizado, pero por el momento los hechos son claros: el plástico está afectando la vida en el océano o, mejor dicho, la vida en el planeta, pues como decíamos antes, todos los ciclos naturales están conectados. Y nuestra especie no escapa a esa regla.

 

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