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¿Qué es la filosofía y por qué es la más sublime de todas las ciencias? Aristóteles nos lo dice

Filosofía

Por: pijamasurf - 05/20/2018

El filósofo explica qué es la filosofía y por qué es una ciencia divina

Son dos las grandes fuentes de donde se deriva la filosofía occidental: Platón y su alumno Aristóteles. Para Platón, la filosofía -tomando de Sócrates- era la preparación o el entrenamiento para la muerte y también, aquello que lleva el alma de regreso hacia el mundo de las ideas y le permite al hombre hacerse divino (apoteosis). Aquellos pensadores menos idealistas y menos dados a la metafísica se inclinan más hacia la filosofía de Aristóteles -quien no sólo fue un gran filósofo, sino un protocientífico-. Aristóteles era llamado en la Academia de Platón simplemente "la Mente", debido a su enorme capacidad intelectual, y también "el lector", ya que (como nadie antes que él) fue un formidable lector (Aristóteles leía para sí mismo, como leemos nosotros; la mayoría de los griegos, en cambio, empleaban esclavos para que les leyeran en voz alta). El pensamiento de Aristóteles llegaría a Europa a finales de la Edad Media pasando a través de la cultura árabe, pues el maestro griego fue traducido mucho antes al árabe que al latín, siendo una importante influencia en pensadores de la talla de Averroes y Avicena, entre otros de los grandes sabios del esplendor cultural islámico. Santo Tomás de Aquino luego comentaría la obra de Aristóteles e incorporaría su filosofía a la teología cristiana. Algunos de los primeros científicos fueron obviamente miembros de la Iglesia cristiana, como Roger Bacon, uno de  los padres del método científico, para quien la influencia de Aristóteles fue central. Los pensadores cristianos se referirían a Aristóteles simplemente como "el filósofo". 

Dijimos que Aristóteles es menos metafísico que Platón. Sin embargo, esto no quiere decir que la filosofía de Aristóteles no sea "metafísica", sino que Aristóteles se separa y critica la teoría de las ideas de su maestro, argumentado que no es necesario postular múltiples realidades independientes o trascendentes, pues las ideas o formas no se encuentran separadas de las cosas sensibles. No obstante, Aristóteles no es realmente un materialista, ya que para él existe una necesaria "sustancia eterna e inmóvil", a la cual llama "Dios". El dios de Aristóteles no es un dios que se inmiscuya en la creación, ni es tampoco un dios personal: es absoluta conciencia que se piensa a sí misma, es un "motor inmóvil" que magnetiza al cosmos, el cual se mueve hacia él a través del amor. 

El libro donde Aristóteles expone su filosofía o su metafísica es el libro que ha sido llamado Metafísica, un libro que ha sido titulado así sólo porque le sigue a la Física y Aristóteles dice que su materia debe estudiarse sólo después de estudiar la física. Algunos comentadores han dicho que el libro bien podría llamarse también "filosofía", pues esto es lo que discute allí. Tanto Platón como Aristóteles coinciden en que la filosofía nace, en los hombres, del asombro o la admiración (thaumazein). La maravilla, el misterio, están en el origen del conocimiento: la filosofía es amiga de los mitos, pues "el asunto de los mitos es lo maravilloso". Pero a diferencia de otros tipos de conocimiento, la filosofía se distingue por no tener otro motivo que ella misma, es aquella "a la que se busca por sí misma, sólo por el ansia de saber" y no por sus "resultados". Es decir, se distingue del utilitarismo por su pureza. Algo que sería importante recordar hoy en día, en la era de la autosuperación y la filosofía científica de las universidades. "Los primeros filósofos filosofaron para liberarse de la ignorancia... es evidente que se consagraron a la ciencia para saber y no con miras a la utilidad", nos dice nuestro filósofo. Notablemente Krishna, en la Bhagavad Gita, más o menos por la misma época que Aristóteles filosofaba en Grecia, le enseñará a Arjuna que el verdadero dharma y el acto de un hombre sabio no tiene un fin ulterior, sino que es la acción que se hace por sí misma.

Esta pureza y este deseo de conocimiento sin miras ulteriores es lo que hace a la filosofía la más alta de todas las ciencias, es decir, de todas las epistemologías o formas de conocer. Es la única ciencia que merece "llevar el nombre de libre", dice Aristóteles, quien la compara con el hombre que no tiene dueño, lo que nos hace pensar un poco en el mito de la cueva de Platón. La filosofía consiste "en el estudio de las causas y los principios". Los primeros filósofos griegos se dedicaron sobre todo a ponderar cuál era el origen de las cosas, el arché: Tales pensó que era el agua; Heráclito, el fuego; Anaximandro, lo ilimitado o infinito (apeiron); Pitágoras, el número; Empédocles, los cuatros elementos y su relación de oposición; Parménides, el Ser, etc. Este era el milieu donde Aristóteles y Platón volvieron más sofisticada la eterna interrogación por el origen.

Aristóteles nos dice que muchos de estos filósofos en realidad no responden verdaderamente a la causa primera o a la causa final, sino solamente a la causa material  y/o al principio de movimiento. Intentando evitar un regressus ad infinitum, Aristóteles postula como causa primera un "motor inmóvil", que es eterno, indivisible, inmaterial, perfecto y que existe solamente en la contemplación de sí. Este motor inmóvil es Dios y es equiparado con el intelecto activo. La paradoja del motor inmóvil se resuelve diciendo que éste mueve inspirando el deseo en los astros de imitar su perfección. El universo de Aristóteles no tiene principio ni final, y tampoco un acto creativo primordial, como el fiat lux cristiano. Nuestro filósofo nos dice que la actividad de Dios es la contemplación y por lo tanto, esta es también la actividad más alta a la que se puede aspirar.

Aristóteles es elocuente y muestra su amor por su disciplina cuando nos dice:

No hay ciencia más digna de estimación que ésta; porque debe estimarse más la más divina, y ésta lo es en un doble concepto. En efecto, una ciencia que es principalmente patrimonio de Dios y que trata de las cosas divinas es divina entre todas las ciencias. Entonces sólo la filosofía tiene este doble carácter. Dios pasa por ser la causa y el principio de todas las cosas y Dios solo, o principalmente al menos, puede poseer una ciencia semejante. Todas las demás ciencias tienen, es cierto, más relación con nuestras necesidades que la filosofía, pero ninguna la supera.

Aquí, Aristóteles se anticipa a la idea que predominará en la modernidad de que la filosofía es inútil y el filósofo pierde su tiempo ¡Qué enorme distancia nos separa de Platón y Aristóteles! Ciertamente, la filosofía puede considerarse inútil desde la perspectiva de un pragmatismo materialista y, sin embargo, como nos dice nuestro filósofo, no hay nada superior a ella, no hay nada más importante en la vida que la sabiduría. La sabiduría es la divinidad misma.

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Como buena obra clásica o maestra, La dolce vita (Federico Fellini, 1960) es una de esas expresiones artísticas para las que es necesario estar preparado. Si bien no es una película que podría considerarse compleja (como podría decirse, por ejemplo, del cine de David Lynch o de Lars von Trier), su recepción está mediada por la experiencia vital del propio espectador, pues tanto su tema general como otros secundarios (y el desarrollo de cada uno) exploran una noción que toca profundamente al ser humano pero que al mismo tiempo no permanece igual a lo largo de la vida, sino que cambia al hilo del tiempo y de las circunstancias presentes y que se modifica a la par de la existencia en sí. Dicha noción no es otra más que la felicidad.

La dolce vita tiene como protagonista a Marcello (Marcello Mastroianni), un hombre de mediana edad, instalado ya en sus cuarenta y tantos años, periodista de profesión y que sostiene una relación de pareja visiblemente insatisfactoria. En parte por su trabajo, Marcello frecuenta bares, cabarets, restaurantes, fiestas y otras ocasiones de encuentro social donde puede sorprender a celebridades en las situaciones polémicas o bochornosas que después se convertirán en noticia. En este sentido, podría decirse que vive rodeado de cierta forma del placer. ¿Cuál en específico? Si atendemos una idea sobre el ser humano que ha prevalecido por siglos, tendríamos que pensar en esa división que se encuentra ya en Platón, que se retomó después en la teología cristiana y llegó al menos hasta las nociones de “sensualidad” y “estética” que se encuentran en la filosofía de Søren Kierkegaard, aquella que sugiere que el ser humano se debate entre lo terrenal y lo ideal, entre sus apetitos y sus aspiraciones, entre el instinto y la razón, entre lo elemental y lo elevado. Marcello, desde el inicio de la película, se nos presenta como un hombre dominado por esos “apetitos sensuales” pero al mismo tiempo considerando en su horizonte una salida hacia un estado distinto, quizá no sublime ni bello, pero sí de realización, plenitud o al menos una percepción de satisfacción más auténtica de cara a su propia vida. 

Esa lucha interna del héroe de La dolce vita se expresa a lo largo de la película, en cada uno de los episodios que la integran. Sin embargo, en tanto hombre moderno (posterior, además, al trauma de la segunda guerra mundial en Europa), el conflicto no es nítido, sino más bien confuso. Mejor dicho, quizá el conflicto entre ambas fuerzas es claro, pero no así la “síntesis” que podría esperarse del choque de ambas. 

Por ejemplo, su trabajo como periodista, que Marcello parece disfrutar pero que también se sugiere como una postergación o un sucedáneo más bien pobre del deseo de devenir escritor al que alude su amigo Steiner (Alain Cuny), intelectual que ha rodeado su vida de belleza y de inteligencia. Su situación sentimental y sexual es parecida: Marcello tiene una pareja, Emma (Yvonne Furneaux), y también una amante, Maddalena (Anouk Aimée); su relación con Emma parece satisfacer algunas necesidades suyas (¿de compañía? ¿de estabilidad?) y con Maddalena parece satisfacer otras (de tipo sexual, pero quizá también de desenfreno o de permisividad); en una encuentra dependencia y “amor maternal”, con las que parece estar conforme una parte suya; en la otra sensualidad y placer, que también busca. Sin embargo, con ninguna de las dos es claramente feliz.

Habrá quien piense que esa es la condición propia del ser humano: ser feliz sólo por algunos escasos momentos, tener que “resignarse” ante determinadas circunstancias, renunciar a sus propias ambiciones a cambio de una situación mucho más cómoda o aun pretendidamente valiosa. Con todo, vale la pena preguntarse si en efecto esto es así o se trata únicamente de una entre las muchas formas posibles de entender y experimentar la existencia.

“El lenguaje, antes de significar algo, significa para alguien”, escribió Jacques Lacan en 1936 en Más allá del principio de realidad, a propósito de la labor del psicoanalista y el valor del lenguaje en el campo del psicoanálisis. Si nos tomamos unos pocos minutos para entender la frase nos daremos cuenta de que su entendimiento del lenguaje es radicalmente distinto a aquel que solemos tener en la vida diaria. La mayoría de nosotros se encuentra ante el lenguaje en una situación de inconsciencia que, por un lado, se refleja en el uso irreflexivo que hacemos de él y, por otro, en la noción más o menos vaga que podemos tener de que las palabras han significado y significan siempre lo mismo, sin importar con quién hablemos ni cómo las usemos.

Cierta dimensión del lenguaje, en efecto, requiere una especie de zona franca donde el significado es relativamente compartido, misma que hace posible la “comprensión” entre dos o más personas en un contexto de interacción social. Esa es la dimensión del “significar algo” que se encuentra en la frase de Lacan. 

Lacan sin embargo nos dice que antes hay otra cosa, una etapa o fase previa que parece admisible imaginar como un momento en que el lenguaje no ha cobrado la forma definitiva que solemos atribuirle (aunque ésta es más bien ficticia) y en la cual se nos presenta más bien un tanto salvaje, tosco, delineado quizá en algunos de sus límites pero en muchas otras zonas amorfo y desbordado. En ese momento, nos dice Lacan, el lenguaje más que significar algo, significa para alguien. 

Tomar conciencia del lenguaje, en este sentido, no es tanto tomar conciencia de sus significados generales como de sus significados subjetivos; es cambiar el Diccionario de la Academia por ese diccionario personal que también conceptualizó Lacan en otro momento de su trayectoria. El primero puede darnos las definiciones de las palabras que usamos a diario, su origen etimológico y la forma correcta de emplearlas; con el segundo, en cambio, nos daremos cuenta de las palabras que hasta este momento de nuestra vida han conformado nuestra realidad, recordaremos las palabras que escuchamos y que tal vez sin querer se arraigaron en lo profundo de nuestra historia, descubriremos también hasta qué grado esas palabras se han ramificado y si en su extensión han dejado espacio para nuestras propias palabras (no las heredadas, sino aquellas que elegimos usar), podemos ver si éstas crecen y florecen o si más bien se mantienen tímidas a la sombra de otras que se imponen quizá hasta sofocarlas; finalmente, nos daremos cuenta que como en cualquier lexicón, nuestro diccionario subjetivo también es susceptible de cambio y mejora, de adiciones y supresiones, de actualizaciones, y que como el lenguaje de una cultura también el nuestro se encuentra en cambio constante, con la diferencia de que en este caso el sujeto mismo puede ser el artífice de dicho cambio. 

¿Cómo se relaciona esto con el personaje de Marcello Mastroianni en La dolce vita del que hemos estado hablando? Como cualquier otro ser humano, Marcello también busca la felicidad. La cinta es el viaje un tanto dantesco del “hombre en busca de sentido”, como dijo algunos años antes Viktor Frankl. Del trabajo y el sexo Marcello pasa al arte y la religión, a la fiesta y a la embriaguez, a las relaciones personales (con su pareja, pero también con su padre), e incluso hurga un poco entre la fama y la fortuna. Pero en todos los casos su búsqueda resulta infructuosa. Nada de todo ello parece conducirlo a un estado donde se le mire sinceramente feliz. 

Hacia el final de la cinta, envejecido y maltratado, se le escucha decir que ha renunciado tanto a sus ambiciones literarias como al periodismo y que ha cambiado éstas por la publicidad, en donde es capaz de decir lo que sea si el pago recibido a cambio es suficiente. No es casualidad que cierta jovialidad y desfachatez del personaje al inicio de la película cedan su lugar al final a la decadencia y el cinismo, lo cual puede mirarse también como la derrota última de la posibilidad de vida ante la entrega completa a la pulsión de muerte. Incapaz de encarar la responsabilidad de “hacer realidad su sueño” (por decirlo de alguna manera), Marcello opta por plegarse a las circunstancias ya existentes y apenas mínimas que le permitan seguir existiendo.

En este sentido, para retomar la idea de los diccionarios de la que hablábamos antes, podemos decir que ese es el verdadero dilema que encara el ser humano a lo largo de su existencia. No es, como quisieron el platonismo y el cristianismo durante tanto tiempo, entre la sensualidad y la inteligencia, o entre el instinto y la razón. Para el ser humano, esa es una falsa dicotomía. La elección ocurre al nivel del lenguaje: optamos por el significado recibido o nos atrevemos a conformar un significado propio de la realidad. Usamos las palabras de nuestros padres, de nuestros jefes, de la cultura en que nos formamos, de la época en que crecimos o las figuras que admiramos; o nos atrevemos a mirar más de cerca ese vocabulario hasta encontrar las raíces de lo que siempre hemos querido decir y de la vida que siempre hemos querido llevar.

¿Qué significa la felicidad? ¿Tener un trabajo estable? ¿Vivir con una pareja? ¿Sostener una relación que gira en torno al placer sexual? ¿Cultivar el intelecto y las habilidades creativas? ¿Seducir y enamorar? Esas son las primeras preguntas que pueden plantearse cuando queremos conocer el significado que damos a una palabra, pero la siguiente es decisiva: ¿por qué pensamos eso? ¿Por qué creemos que, por ejemplo, seremos felices al tener una pareja o al conseguir un buen trabajo? ¿Es un significado de felicidad propio o que recibimos de alguien más y que nunca hasta hoy hemos cuestionado?

Marcello persigue el significado de la felicidad a través de los muchos ámbitos que recorre, aun cuando quizá lo conocía ya; quizá había mirado sus contornos en su deseo de escribir, por ejemplo, en la tranquila soledad de un restaurante a la orilla del mar, mismo que sin embargo no quiso reconocer ni descubrir plenamente, confundido por tantas otras palabras recibidas y escuchadas, por otros muchos lugares donde quizá le dijeron y creyó que ahí encontraría la felicidad. 

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Seducción o angustia? ¿Qué elegir en los momentos cruciales de la vida?

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: La dolce vita (Federico Fellini, 1960)