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El enigma de la creatividad podría tener en estas pocas palabras de Marcel Proust una resolución clara y que estuvo siempre a la vista de todos

Marcel Proust inició el prefacio de Contra Sainte-Beuve (la serie de ensayos que precedió a la escritura de En busca del tiempo perdido) con una afirmación muy sencilla y en apariencia muy clara, pero de implicaciones profundas una vez que se reflexiona al respecto. Dice Proust, simplemente: “Cada día otorgo menos valor a la inteligencia”.

Quien conozca la obra de Proust tal vez entienda de inmediato el sentido que esas pocas palabras tienen en relación con su manera de escribir, sus temas elegidos y en general todo aquello que se asocia con la idea del “estilo” de un artista. De los artistas en general se dice que tienen ciertas obsesiones, que miran el mundo de cierta manera, que hablan siempre de determinadas cosas. ¿Pero no somos todos así? ¿No tiene cada uno de nosotros su propia forma de entender y vivir la realidad? ¿No vamos por la vida, tantos de nosotros, asiéndonos de un puñado de ideas, de prejuicios, de expectativas, sin las cuales sentimos que no podríamos caminar? El “estilo” de un artista no sería así otra cosa más que la forma de habitar el mundo, equiparable a la de cualquiera, más enriquecida quizá, más orientada a una manera estética o creativa de vida, pero equivalente de algún modo a la de cualquier otra persona.

En el caso de Proust, decíamos, todo eso que podemos considerar parte de su estilo hace entender la idea de que en cierto momento decidió otorgar cada vez menos valor a la inteligencia. Su obra está llena de recuerdos que llegan intempestivamente, de asociaciones mentales que se presentan sin aviso previo ni conexión aparente, reminiscencias que se creían olvidadas, suposiciones que se hicieron a propósito de tal o cual situación y que sólo diez o veinte años después fueron confirmadas, de sueños, de creencias con las que se convive a diario pero cuya presencia se revela sólo cuando son confrontadas de súbito… y tantas otras manifestaciones de la conciencia que aunque pertenecen al ámbito de la mente, Proust prefirió dejar fuera del campo de actividad de la inteligencia. ¿Por qué?

En buena medida, porque mucho de lo que se encuentra en el territorio de lo “proustiano” por antonomasia lleva el sello no sólo de la emotividad sino también de lo inesperado. De pronto, una escena o un recuerdo llegan al autor pero no porque éste los haya buscado deliberadamente, sino porque al contacto de un elemento totalmente azaroso –un sabor, un sonido, una sensación al tacto– éste desató una cascada imprevista de recuerdos y de emociones, disimulado como estaba en la trivialidad de lo cotidiano el estímulo primero. Así, sin preverlo ni haberlo planeado, el autor se mira en medio de un prisma o un caleidoscopio en donde de pronto entiende: un hecho se conecta con su explicación, una presunción se demuestra errónea (o acertada), un hábito incomprendido revela su origen… Es decir, se obtiene cierto conocimiento pero, cuando se reflexiona sobre éste, se descubre que el camino que condujo a él tuvo poco o nada que ver con las operaciones propias de la inteligencia: el cálculo, la comparación, la observación sistemática, la anticipación, la evaluación; y más que eso, el conocimiento así obtenido se percibe mucho más propio, más auténtico, más genuino, un conocimiento que atañe únicamente al sujeto y a la realidad que experimenta o que ha experimentado, un conocimiento que por estas cualidades termina además por parecerle al sujeto mucho más valioso en el marco de su propia existencia.

Sin menospreciar los logros obtenidos por el pensamiento racional, ¿cuántas personas no cambiarían, digamos, la capacidad para evaluar una situación por la posibilidad de comprender su propia vida? 

Sin embargo, ese no es el único sentido en que puede leerse la frase de Proust. No es sólo que otorgar menor valor a la inteligencia signifique darle menos importancia a las operaciones de la racionalidad. También esto. Si nos damos cuenta, Proust fue capaz de realizar su obra una vez que dejó de otorgar valor a la inteligencia y, a cambio, prestó atención a todo aquello que parecía estar en otro lado. Dicho de otro modo: en vez de seguir el camino de la premeditación, la reflexión guiada y, acaso, la escritura bien reglamentada, es posible imaginar a Proust entregado más bien a la divagación libre y caprichosa por los meandros de su memoria, momentáneamente extasiado por las revelaciones y las conexiones que siempre estuvieron ahí pero nunca se había permitido observar, suelto al vaivén de los recuerdos y de las impresiones. 

En ese mismo prefacio donde se encuentra la frase sencilla, Proust cuenta un episodio en Venecia en donde bastó la sensación de haber pisado un adoquín desigual para que su memoria se trasladara a otra época y a otra experiencia, y cuenta cómo se quedó ahí, de pie, raptado plenamente por algo que se estremecía en su interior y que deseaba salir a la luz… para sorpresa de los amigos que lo acompañaban, que no entendían por qué se había detenido de pronto. 

¿Y no cuenta Platón en El banquete algo parecido de Sócrates? Del filósofo se dice que también podía ir caminando con otros y de súbito pararse en un punto cualquiera y quedarse ahí, barruntando quizá una idea pero en silencio, para sí, atónito y despreocupado de todo lo que ocurriera a su alrededor, y que reanudaba su camino una vez que acaso la discusión en su interior había cesado.

Las dos anécdotas son de algún modo equivalentes porque aun cuando Sócrates y su oficio parezcan la antítesis de Proust y su estilo literario, en el fondo la reflexión socrática y la impresión proustiana provienen de la misma fuente: aquello en el ser que se percibe como más propio y que para atender y entender es necesario abstraerse parcialmente del devenir corriente del mundo, emprender esa suspensión parcial del juicio (épochè) de la que hablaron Henri Bergson y Edmund Husserl, misma que en nuestra vida común experimentamos pero instantánea e inconscientemente, sin tener aún ni la paciencia ni la sensibilidad necesarias para cultivarla más, para explorarla con mayor profundidad.

El camino de la inteligencia nos conduce hacia otra dirección porque su naturaleza se encuentra más bien en el campo de todo aquello que “debemos ser”: la exigencia y la demanda, la normalidad, lo racional, lo lógico, lo metódico, también aquello que funciona o que es práctico, lo esperado y aceptado por los otros, lo permitido; la inteligencia es como un molde en donde se hace caber al sujeto y que, por lo mismo, barre con todo aquello que excede los límites trazados. 

Por eso, cuando nos liberamos momentáneamente de su dominio, como Proust o como Sócrates entramos en un tipo de éxtasis, experimentamos un reencuentro inesperado con nosotros mismos, con esa parte del ser que sentimos verdaderamente propia, auténtica y genuina. Volvemos a tener de frente lo que sabemos que somos y que acaso por servir a la inteligencia creíamos que habíamos dejado de ser. Esa es la “sustancia pura hecha de nosotros mismos” de la que habla Proust en el prefacio citado.

Por eso la creación (artística, pero no solamente) se vuelve posible sólo cuando dejamos de otorgar valor a la inteligencia, como muestra el ejemplo de Proust, pues dejamos de dar importancia a la necesidad de “ajustarse” a un método y, en cambio, atendemos y conocemos nuestras cualidades más propias, aquello que sí nos complace y nos satisface, las transformamos en actos y al hilo de ese actuar se teje el significado de nuestra vida y eventualmente de nuestras obras.

Es ahí, en la “sustancia pura hecha de nosotros mismos”, donde encontramos la fuerza y el sentido que hacen la diferencia entre vivir por vivir y vivir para crear.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Una vida sin planes ni objetivos: ahí se encuentra el sentido de la existencia

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Estudio explica la voz excepcional de Freddie Mercury (superior a la de Pavarotti)

Arte

Por: pijamasurf - 06/11/2018

La asombrosa capacidad vocal de Freddie Mercury explicada por la ciencia

Freddie Mercury es una de esas personas extraordinarias que cada tanto (pero con menos frecuencia de lo que se cree) irrumpen en una disciplina creativa, la música en este caso, y exceden con su talento, su ingenio y su propia vitalidad los límites hasta entonces marcados en dicho campo. Su impacto suele ser una mezcla de habilidades y rasgos propios bien cultivados pero en buena medida también es resultado de la combinación de circunstancias únicas, algunas subjetivas y otras históricas, irrepetibles, que contribuyen por esta misma razón al brillo del genio y a cierta idea de “pieza única” que se forma en torno a éste.

En el caso del líder de la banda Queen, una de dichas circunstancias es su voz, tan inconfundible como su presencia en los escenarios y el sello que dio a sus composiciones. La voz de Freddie Mercury desborda energía y fuerza, pero además, desde un punto de vista estrictamente técnico, se trata de uno de los cantantes más notables en la historia del rock y de la música en general.

Recientemente, un grupo de investigadores especializados en el estudio de la voz (abordada desde distintas perspectivas: la biofísica y la otorrinolaringología, entre otras) analizó algunos registros existentes de la voz de Mercury para establecer las cualidades específicas que hicieron de él un cantante excepcional.

Entre otros indicios, la investigación mostró que al hablar y cantar, en el aparato vocal y respiratorio de Freddie Mercury operaban los pliegues ventriculares y vocales, una condición poco común que producía como resultado un espectro sumamente rico y amplio de subarmonías y un vibrato particularmente veloz. Sobre este rasgo, los investigadores hacen una comparación un tanto peculiar: la tráquea de Mercury vibraba de tal modo, con tal velocidad, que ni siquiera el legendario tenor Luciano Pavarotti podría reproducir tal sonido. 

En una persona común, el vibrato se encuentra en un rango promedio de frecuencia de entre 5.4 y 6.9Hz; los investigadores aseguran que el vibrato de Mercury se encontraba en los 7.04Hz.

Cabe mencionar que estas observaciones son fruto del análisis de grabaciones, pues por razones obvias los investigadores no pudieron estudiar directamente la estructura anatómica del cantante. Entre otros registros, se tomaron en cuenta entrevistas donde se escucha hablar a Mercury y especialmente sus grabaciones a capella de algunas de las canciones más emblemáticas de Queen.

Con cierto ánimo legendario se dice que Mercury era capaz de cubrir ocho octavas, una cifra un tanto increíble si se tiene en cuenta que los cantantes de ópera sueñan con rondar las dos o tres octavas y la voz del ser humano común se encuentra por debajo de esa cifra (en un piano, es posible interpretar canciones en siete octavas). Asimismo, una anécdota asegura que el cantante declinó participar en un dueto operístico por temor a que sus seguidores desconocieran su voz, lo cual de algún modo sugiere que Mercury sabía que con su voz podía ir más allá de lo que solía mostrar.

Y si bien este estudio desmiente un tanto esta aura maravillosa en torno al cantante, de cualquier modo aporta evidencia del carácter extraordinario de Freddie Mercury.

La investigación puede consultarse en este enlace.

 

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