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¿Por qué lo más misterioso del universo es también lo más íntimo?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 06/08/2018

La paradoja de que lo que menos conocemos -al menos científicamente- es lo más íntimo y fundamental de la existencia

El filósofo David Chalmers se volvió célebre en los llamados "estudios de la conciencia" al acuñar el término "el problema duro de la ciencia" para referirse a la conciencia. Más de 20 años después de cuando formuló dicha propuesta, el tiempo le ha dado la razón: la ciencia no ha avanzado de manera significativa en el estudio de la conciencia. Tenemos un modelo mucho más satisfactorio para explicar lo que es una galaxia a miles de millones de años luz que lo que es la conciencia humana. Conocemos mejor el espacio sideral de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Aunque, pensándolo bien, ¿cómo podemos estar seguros de que conocemos bien lo que es algo, cualquier cosa, si no sabemos bien lo que somos nosotros?

Chalmers señala contundentemente que la conciencia es lo más inmediato e importante que existe para nosotros. Todos tenemos una experiencia subjetiva del mundo, una especie de película interior. El flujo de la conciencia, la experiencia subjetiva, es la verdad fundamental de la existencia, dice. No hay nada que conozcamos más directamente. Esto, el hecho de ser conscientes, es lo único de lo cual podemos estar seguros, todo lo demás es secundario. Y, sin embargo, no podemos explicar cómo hemos llegado a ser conscientes. "Es el fenómeno más misterioso del universo", dice Chalmers. Quizá nos enfrentamos a una paradoja: buscamos aquello con lo que estamos buscando. 

La neurociencia está respondiendo a esto analizando la correlación entre estados de conciencia y actividad neural, pero las correlaciones no son explicaciones. No se explica cómo surgió la experiencia subjetiva. Muchos científicos, dice Chalmers, creen que la conciencia podría acabar convirtiéndose en otro fenómeno emergente, como un huracán o un embotellamiento de tráfico. Pero estos fenómenos emergentes sólo mapean el comportamiento; la conciencia nos coloca en una situación distinta. ¿Por qué este comportamiento -la experiencia de ser seres humanos- está acompañado de experiencia subjetiva?

Chalmers señala que él quisiera encontrar una teoría sobre la conciencia en términos materialistas que funcionara, pero las explicaciones reduccionistas de la ciencia simplemente no logran resolver el problema de la conciencia: ¿por qué esto se siente así, con una cierta cualidad? Estamos en un impasse en el que tenemos que pensar diferente, salir de la caja escalonada de la ciencia y del obvio problema de la objetividad de la ciencia y la subjetividad de la conciencia. No podemos acomodar la existencia de la conciencia en nuestra visión materialista del mundo. Es por eso, dice, que debemos buscar ideas un poco descabelladas para entender lo que es la conciencia. El filósofo postula dos ideas: que la conciencia podría ser fundamental y que la conciencia podría ser universal. Y una tercera, de Daniel Dennett, que la conciencia es una ilusión, que no hay tal "problema duro" porque no somos realmente conscientes, sino que nuestro cerebro genera la ilusión de un usuario. Parece que en el caso de la conciencia, es todo o nada.

Chalmers se inclina por pensar que la conciencia podría ser fundamental, de la misma manera que el tiempo, el espacio, la masa o la carga son fundamentales o que ciertas leyes son fundamentales, como la gravedad o la mecánica cuántica. Existen momentos en los que esta lista de fundamentales debe expandirse, como ocurrió con el electromagnetismo de Maxwell. La conciencia podría ser un aspecto fundamental del universo, algo tan simple que se nos escapa y que podría escribirse en una camiseta, como la ecuación de la equivalencia de la energía y la masa de Einstein. La otra idea es la universalidad de la conciencia o el panspiquismo. Todo sería consciente, incluyendo una piedra y un fotón. Lo cual no significa que estas cosas serían inteligentes, explica Chalmers, sino que tienen un elemento, quizá primitivo, de subjetividad. Se siente de cierta forma ser un murciélago y quizás también una molécula de hidrógeno. Habría entonces sólo una diferencia de niveles de conciencia, algunos con mayor complejidad e integración. Donde sea que haya información debe de haber conciencia, especula Chalmers, siguiendo a Giulio Tononi. Donde hay procesamiento complejo de información hay conciencia compleja, como en los seres humanos. Donde hay procesamientos más sencillos, hay conciencia menos compleja.

El lector podrá haber notado que Chalmers está llevando a la ciencia a un lugar parecido -y quizás peligroso para aquellos que no se aventuran fuera de la caja dogmática- al de la religión y la filosofía oriental. Si es que podemos sintetizar en unas pocas palabras lo más distintivo y aquello que da cierta unidad a las diferentes filosofías orientales, esto es la importancia que tiene la conciencia, la cual es fundamental. Todo lo demás es prescindible. El universo es el juego de la conciencia, el sueño de una mente divina, o la persistente ilusión de existir en un cuerpo, en un mundo, con un karma. Uno de los puentes entre esta visión oriental y la ciencia moderna, y quien prefiguró la idea de Chalmers, fue sin duda Carl Jung. Jung entendió con gran claridad que lo más íntimo e importante -la psique- era también el gran desconocido y el gran peligro, ya que lo más peligroso para el destino del ser humano en el planeta es la fragilidad de la psique, pues el mundo pende de la psique "como de un hilo". En el siguiente párrafo de 1946, Jung sintetiza toda la plática de Chalmers en un párrafo:

La psique es la más grande de todas las maravillas cósmicas y el sine qua non del mundo como un objeto. Es de lo más extraño que puede haber que el hombre occidental, salvo pocas excepciones, aparentemente le dedica mínima atención a este hecho... Anegado por el conocimiento de objetos externos, el sujeto de todo el conocimiento ha sido temporalmente eclipsado al punto de la aparente inexistencia.

Lo más íntimo es lo más misterioso, quizás porque es también lo más vasto e inagotable. El problema de la conciencia es el problema del hombre mismo, el enigma universal está más cerca de ti que tus propios ojos. 

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Como los prisioneros de la cueva de Platón, consumimos una versión artificial de la realidad, sin nunca cuestionar el orden que establece esta seudorrealidad

Hace unos días el Times de Londres publicó esta genial ilustración de Ella Baron, con la siguiente cita de la alegoría de la cueva que aparece en el libro séptimo de La república de Platón:

¿Cómo podrían ver otra cosa más que las sombras si no se les permitía mover las cabezas? 

 

En la alegoría de la cueva Platón habla de unos prisioneros "que son como nosotros", que viven encadenados (hoy diríamos "conectados") y que sólo observan las sombras que proyecta en la pared el paso de diferentes objetos y estatuas que llevan otros humanos que se mueven en la parte superior de la cueva. Pasan la vida viendo una especie de espectáculo de marionetas. "Hombres como estos mantendrían que la verdad no es más que la sombra de cosas artificiales", dice el filósofo.

Con la alegoría de la cueva Platón pretendió explicar la educación, o la falsa educación que recibe el hombre en el mundo.  Quizás hoy en día podríamos llamar "información" a esta falsa educación, en oposición a lo que Platón llama el conocimiento del alma. Se educa dando acceso a información -data- y no enseñando a pensar críticamente y a desarrollar lo que Platón llamó el ojo de la mente. Platón sugiere que la verdadera educación es voltear de todo el alma hacia la luz, hacia "aquello que es", con lo que se refiere a las ideas y particularmente a la idea del bien, que en el mundo "visible engendró a la luz". Podemos entender esto, tomando de la alegoría, diciendo que la verdadera educación y la vida filosófica consisten en contemplar la fuente o esencia y no las proyecciones o sombras. Es decir, en contemplar la realidad y no la virtualidad. Quizás se permita otra analogía: hoy en día consumimos información novedosa, predigerida y diluida pero no conocemos las fuentes, los clásicos. El mundo -la cueva- nos presenta distracciones que nos hipnotizan de tal forma que nos quedamos embotados presenciando un simulacro, sin siquiera pensar que existe otro mundo posible.

En el estado ideal de Platón, la labor de los adeptos -de los filósofos- era ascender hacia la luz de las ideas eternas, pero no quedarse en la dicha de la contemplación, sino regresar a la cueva e instruir a los demás. Estos filósofos, que eran capaces de recordar el ascenso del alma, debían gobernar la ciudad, ya no dormidos -como suelen gobernarse las ciudades, según Platón- sino despiertos y con una visión clara. Esta visión aristocrática o meritocrática de Platón ha sido especialmente criticada en la modernidad. Hoy en día, donde gobierna la opinión pública, la "sociedad" y lo políticamente correcto, todas las opiniones cuentan igual y una turba en las redes sociales puede acabar con un rey-filósofo.

Esta ilustración se combina perfectamente con la lectura de la monografía de W. Giegrich "The Occidental Soul's Self Immurement in Plato's Cave", en la que sostiene que la cueva de Platón hoy en día ha sido introyectada y se ha vuelto portátil y autoinmersiva. Nuestra tecnología hace que mediemos nuestra interacción con el mundo real a través de una especie de cueva platónica que llevamos con nosotros. Un ejemplo de esto es el hombre que va corriendo por la naturaleza oyendo música en unos audífonos con un smartphone, los cuales son "instrumentos para la introyección voluntaria... hacia la interioridad de una cueva, aquí un cuerpo sutil, una cueva de música". El ser humano se retira a un mundo interior, pero ese mundo interior no es el mundo de su alma; es un mundo artificial, un mundo de imágenes secundarias, sombras o simulacros de la realidad primaria. Llevamos nuestra cueva con nosotros: nuestras pantallas son como esa ubicua pared en la cual se proyectan sombras de baja resolución de realidad y que no dejamos de mirar nunca. En este caso, estamos voluntariamente conectados. Tal vez estas analogías sean un poco hiperbólicas, pero el estado actual de la dependencia tecnológica admite o incluso requiere urgentemente de este tipo de comparaciones radicales para sacar a alguno que otro del sopor de la cueva cotidiana.