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El sentido de pertenencia a una nación forma parte de lo que somos, ¿pero qué pasa si se convierte en una fuente de malestar?

Los aficionados al fútbol sabrán que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo comparten no sólo ser considerados los dos mejores futbolistas de esta época, la celebridad o la riqueza, sino además también algo un poco más específico: ambos cargan consigo cierta frustración por haber ganado prácticamente todos los títulos de los campeonatos en los que han participado, a excepción de la Copa del Mundo.

El hecho podría ser únicamente anecdótico de no se porque ambos jugadores, en distintos momentos de su trayectoria, han expresado su deseo de trascender portando la camiseta nacional y, por lo mismo, han experimentando con frustración y acaso hasta con sufrimiento la dificultad de lograrlo. 

No es sencillo saber si lo suyo es un propósito personal auténtico o más bien cierta obediencia a aquello que otros esperan de su talento y sus habilidades, pero sea como fuere, lo cierto es que de cualquier modo ni Cristiano Ronaldo ni Messi han podido llevar a sus equipos nacionales a las fases importantes del campeonato mundial de la FIFA y, de hecho, en este que se celebra ahora en Rusia, sus respectivos equipos fueron eliminados en cuartos de final.

El sentido de pertenencia a un país puede ser importante, qué duda cabe, pero no es necesariamente el más decisivo en la vida de una persona. De hecho, como sucede con otros elementos que contribuyen a constituir la identidad, la nacionalidad es también un accidente, una circunstancia imprevisible, tanto personal como colectiva e históricamente, un elemento del escenario en el cual nacemos y crecemos pero que podría ser cualquier otro y que, en sí mismo, es también producto de circunstancias accidentales, nunca necesarias. 

No es sencillo ver la identidad nacional con esa soltura y, más bien, la mayoría de las personas experimentan la nacionalidad como una especie de personalidad alterna, tan propia e incuestionable como el nombre al que han respondido toda su vida.

Pero, como sucede también con otras ideas a las cuales nos apegamos un tanto irracionalmente (sólo porque así es como procede el ser humano), puede llegar el momento en que el apego a la nacionalidad no cumpla ya las funciones que tenía en otro momento de la existencia de una persona y, por lo mismo, sea más bien una fuente de malestar y de dificultades. 

¿No sería mejor, entonces, dejarlo caer? ¿Vale la pena sostener algo ha formado parte de la definición de lo que somos pero que quizá no tiene ya la misma importancia que en otros momentos de la existencia? 

 

También en Pijama Surf: Una meditación de Marco Aurelio: el antídoto para cualquier nacionalismo

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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¿Podrán los aficionados mexicanos controlarse y no gritar "puto" en el Mundial, luego de nueva multa y advertencia?

Sociedad

Por: pijamasurf - 07/01/2018

¿Podrán controlarse los mexicanos y no dedicar su particular mentada al portero rival? En caso de no hacerlo, la FIFA amenaza con sanciones más importantes que una simple multa

Ante la euforia por la sorpresiva actuación de la Selección Mexicana, que venció a Alemania en su debut en la Copa Mundial Rusia 2018, una sombra pende sobre el fútbol mexicano: el inexpugnable grito de "puto" que se le dedica al portero rival en los saques de meta. Este grito, que se ha convertido en un distintivo de la afición mexicana, le ha costado una nueva multa a la selección -la onceava en su historia-. En este caso, una cifra casi simbólica de 10 mil francos suizos (o 204 mil pesos). Sin embargo, la FIFA ha advertido que podrían agravarse las sanciones.

Se ha empezado a especular que incluso, de seguir repitiéndose, esto podría llegar a costarle puntos en la mesa a la Selección, lo cual sería el más grande desastre de la historia del fútbol mexicano. Aunque es muy poco probable que esto suceda, se tiene contemplado que en los próximos partidos los aficionados podrán ser sacados del partido e incluso vetados de la Copa del Mundo. Es probable que hasta que no se tengan sanciones más fuertes, los incorregibles aficionados difícilmente dejarán de rebelarse y seguirán gritando "puto", un amague que parece ya parte de la idiosincracia mexicana.

Si bien es discutible si el grito "puto" es realmente homofóbico o no -en el sentido de que la palabra "puto" tiene diversos significados coloquiales según el contexto, uno de los cuales obviamente es homofóbico-, lo que es evidente es que entra en una ambigüedad que puede ser ciertamente ofensiva, y lo que es indudable es que es una vulgaridad, y aún más vulgar es que algunas personas defiendan esta manifestación como parte de la cultura popular mexicana, como hablando de una esencia de la mexicaneidad. Asimismo, el tema que llama la atención es la aparente incapacidad de las aficiones para controlarse -una incontinencia verbal- y hasta la fecha, numerosas campañas han probado ser totalmente inefectivas en lograr que los aficionados sigan una simple regla civil. Se trata, seguramente, de una atávica rebeldía a la autoridad. Ciertamente existe en México una falta de respeto a la autoridad, y más allá de la corrupción imperante, esta falta de respeto sólo produce mayor corrupción en todos los niveles.  

De aquí entonces que surja esa gran duda, de si acaso los mexicanos (muchos de los cuales parecen haber "echado la casa por la ventana" para asistir al Mundial) son capaces del más mínimo control emocional y respeto. Es cierto que son suficientemente ingeniosos como para crear un grito alternativo que genere la misma sensación humorística (y no el propuesto "¡eeeh Putin!"). Habrá que ver. 

Vale la pena leer una interesante crónica de los festejos de los mexicanos en Rusia, donde se cuenta cómo el buen fútbol de la Selección ha sido condimentado por las ocurrencias de los mexicanos, sus ingeniosas porras y sus hazañas, como meter tequila al estadio o asombrar a los casi siempre impávidos rusos con su marea verde de fiesta y borrachera. Más de 30 mil mexicanos, que han pagado por persona más de 250 mil pesos por asistir a la justa, llenan las calles con lo que las televisoras celebran como si se tratara de una muestra de o lo mejor de la cultura mexicana. Unos 375 millones de pesos, según los cálculos moderados, por reventar en Rusia. Por eso los rusos toleran la euforia ajena.