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Mirar hasta que brote la luz: Simone Weil sobre el enorme potencial de la atención

Filosofía

Por: pijamasurf - 07/11/2018

La atención es la cualidad fundamental del ser humano: si la ejerciera conscientemente, podría alcanzar cualquier objetivo

En Pijama Surf hemos hablado antes sobre la importancia de la atención. Si consideramos el tema desde una perspectiva histórica, la época en que vivimos parece especialmente adversa para dicha cualidad, pues de todos lados nos llegan estímulos cuyo objetivo es justamente atraer nuestra atención pero que, por presentarse en una cantidad excesiva y siempre compitiendo entre sí, terminan por fragmentar nuestra conciencia, llevándonos así a un estado de distracción constante en donde pareciera que somos ya incapaces de enfocar verdaderamente nuestra atención en algo. 

Leer un libro, mirar una puesta de sol, escuchar a una persona, realizar nuestras tareas cotidianas, esperar tranquilamente a llegue alguien con quien nos citamos. Nada de eso suele ya transcurrir en el puro acontecimiento. Por el contrario, cada una de nuestras acciones está casi siempre interrumpida por la distracción a la que nos hemos habituado. El smartphone es el objeto por antonomasia en el que dicho hábito cobra realidad: ¿cuántas veces, en medio de una acción cualquiera, miramos instintivamente nuestro teléfono aunque en realidad no tengamos nada que revisar?

Sin embargo, eso que hacemos con el teléfono portátil es sólo un gesto de un patrón de pensamiento y de conducta más bien estructural, que se ha fijado en la manera en que nos instalamos en la realidad en la que vivimos. Y dicho patrón no es otro más que la dificultad de ejercer conscientemente nuestra capacidad de atención, de dirigirla como dirigimos el movimiento de nuestras manos o el de nuestros ojos. En vez de proceder de esa manera, dejamos que nuestra atención se conduzca inconscientemente, llevada de un lado a otro por las circunstancias, pero casi nunca por nuestra propia voluntad.

¿Y por qué es tan importante dirigir conscientemente la atención? En breve, porque de ese modo el ser humano podría hacer prácticamente cualquier cosa que se propusiera. De la India de los Vedas al psicólogo William James, numerosas personas han insistido desde distintas perspectivas en la trascendencia que tiene la atención en la existencia humana. La meditación, el yoga, la idea de “el aquí y el ahora”, la insistencia en vivir en el presente, las teorías sobre el aprendizaje, el misterio que envuelve a los grandes genios (de Leonardo da Vinci a Nikola Tesla), la admiración que le damos a las personas que han acometido grandes empresas: todo ello tiene un único eje sobre el cual gira, y no es otro más que el ejercicio consciente de la atención.

Una de las personas que también se dio cuenta del enorme potencial de la atención fue la filósofa Simone Weil, quien no dudó en calificar la atención como “la más rara y pura forma de generosidad”. El elogio no es exagerado, proviniendo de una persona que aun cuando vivió tan sólo 34 años, a sus 20 era ya una filósofa reconocida en Francia y hasta su muerte había escrito tanto como para que sus obras completas comprendan a la fecha 16 tomos. 

La gravedad y la gracia es un libro en el que se editaron apuntes de Weil que guardan cierta coherencia temática, aun cuando nunca fueron pensados como textos relacionados entre sí. Se trata más bien de anotaciones que la filósofa hizo en sus cuadernos, siguiendo el curso de su reflexión y sus intereses. 

Ahí se encuentran también varios párrafos que Weil dedicó a vaciar sus ideas al respecto de la atención, agrupados en el apartado “La atención y la voluntad”. Compartimos a continuación algunos de estos fragmentos y después, un comentario final sobre el contenido.

 

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Tratar de enmendar los errores por medio de la atención, y no por medio de la voluntad.

 

La voluntad sólo influye en unos cuantos movimientos de algunos músculos que están asociados a la representación del desplazamiento de los objetos cercanos. Yo puedo querer poner la mano extendida en la mesa. Si, dentro del pensamiento, la pureza interior, la inspiración o la verdad estuvieran asociadas necesariamente a determinadas actitudes de este género, podrían ser materia de la voluntad. Como no es así en absoluto, no nos queda más que implorarlas. Implorarlas significa creer que tenemos un Padre en los cielos. O dejar de desearlas. ¿Hay algo peor que eso? Sólo la súplica interior resulta racional, puesto que evita tensar músculos que nada tienen que ver en el asunto. ¿Hay cosa más estúpida que tensar los músculos o apretar los dientes cuando de lo que se trata es de la virtud, de la poesía, o de la solución de un problema? ¿No es la atención algo muy distinto? El orgullo es un envaramiento parecido. En el orgulloso se da una falta de gracia (en el doble sentido del término). Por efecto de un error. En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Presupone la fe y el amor.

 

Es buena la acción que se puede realizar manteniendo la atención y la intención dirigidas al bien puro e imposible, sin dejar que ninguna mentira oculte ni la atracción ni la imposibilidad del bien puro. De ese modo, la virtud es totalmente análoga a la inspiración artística. Es hermoso el poema que se escribe manteniendo la atención dirigida a la inspiración inexpresable en cuanto inexpresable.

 

La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa. La magnitud del genio de una época es rigurosamente proporcional a la magnitud de atención extrema, es decir, de religión auténtica, en dicha época.

 

Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Un fenómeno más de horror al vacío. No se quiere ver perdido el trabajo. Obstinación en proseguir la caza. No es preciso querer encontrar: porque, como en el caso de la dedicación excesiva, se vuelve uno dependiente del objeto del esfuerzo. Se hace necesaria una recompensa externa, algo que el azar proporciona a veces, y que uno está dispuesto a recibir al precio de una deformación de la verdad. El esfuerzo sin deseo (no vinculado a un objeto) es el único que encierra de manera inequívoca una recompensa. Retroceder ante el objeto que se persigue. Solamente lo indirecto resulta eficaz. No se consigue nada si antes no se ha retrocedido. Al tirar del racimo caen las uvas al suelo.

 

Hay esfuerzos que tienen un efecto contrario al del objetivo que persiguen (ejemplos: devotas amargadas, falso ascetismo, determinados sacrificios, etc.). Otros resultan siempre útiles, aunque no logren su objetivo. ¿Cómo distinguirlos? Tal vez: unos van acompañados de la negación (mentirosa) de la miseria interior. Y otros de la atención continuamente concentrada en la distancia que hay entre lo que se es y aquello que se ama.

 

El amor instruye a los dioses y a los hombres, porque nadie aprende sin desear aprender. Se busca la verdad no en cuanto verdad, sino en cuanto bien. La atención se halla ligada al deseo. No a la voluntad, sino al deseo. O, más exactamente, al consentimiento.

 

Liberamos energía en nosotros. Pero de nuevo se nos agrega sin cesar. ¿Cómo llegar a liberarla toda? Es preciso desear que eso se produzca en nosotros. Desearlo de verdad. Simplemente desearlo, y no tratar de realizarlo. Pues toda tentativa en ese sentido resulta vana, y se paga cara. En una empresa así, todo aquello que yo denomino «yo» debe ser pasivo. De mí sólo se requiere la atención, esa atención que es tan plena que hace que el «yo» desaparezca. Privar de la luz de la atención a todo aquello que yo denomino «yo», y dirigirla a lo inconcebible.

 

La capacidad de expulsar de una vez por todas un pensamiento es la puerta de la eternidad. El infinito en un instante.

 

Debemos ser indiferentes al bien y al mal, pues al ser indiferentes, es decir, al proyectar en igual medida sobre uno y otro la luz de la atención, es el bien el que prevalece en virtud de cierto fenómeno automático. Esa es la gracia esencial. Y la definición, el criterio del bien. Toda inspiración divina obra de un modo infalible, de un modo irresistible, siempre que no se desvíe la atención de ella, siempre que no se la rechace. No existe una opción a su favor; basta con no negarse a reconocer que existe.

 

Los valores auténticos y puros de lo verdadero, lo bello y lo bueno en la actividad de un ser humano se originan a partir de un único y mismo acto, por una determinada aplicación de la plenitud de la atención al objeto.

 

La enseñanza no debería tener otro fin que el de hacer posible la existencia de un acto como ése mediante el ejercicio de la atención. Todos los demás beneficios de la instrucción carecen de interés.

 

Nuestros deseos son infinitos en sus pretensiones, pero limitados por la energía de la que emanan. Por esa razón, es posible, con el concurso de la gracia, dominarlos y erosionarlos hasta destruirlos. Una vez que se comprende claramente esto, se les deja virtualmente vencidos siempre que se mantenga la atención en contacto con esa verdad.

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Como vemos, varios de estos apuntes reflexionan sobre la relación entre la atención, la religiosidad, la gracia, Dios y otros aspectos del misticismo, tema que fue particularmente interesante para la filósofa. Más allá de las connotaciones sociales que solemos imputarle a la religión vale la pena, por un momento, apartar nuestros prejuicios y simplemente leer a Weil, acaso como ella misma propone, proyectando “la luz de la atención” sobre aquello que recibimos con la indiferencia necesaria para que sea el bien lo que prevalezca. 

Cuando somos capaces de “observar sin juzgar” (la capacidad más elevada de la inteligencia, según Jiddu Krishnamurti), la realidad se nos revela en su esencia más íntima y por un momento nos contemplamos en el éxtasis continuo de la existencia presente. 

Esa es la luz que nos aguarda una vez que seamos capaces de dominar nuestra atención.

 

También en Pijama Surf: Amar es adorar la distancia con lo que se ama: los apuntes de Simone Weil sobre el amor, la verdad y la libertad

 

En español, La gravedad y la gracia de Simon Weil ha sido publicado por la editorial Trotta.

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Filosofía

Por: pijamasurf - 07/11/2018

Una poderosa idea que atraviesa la metafísica occidental y que es expresada sobre todo por Hegel, Whitehead y Jung

La idea de que el universo es la forma dinámica en la que Dios o el espíritu universal se realiza a sí mismo, toma conciencia absoluta o integra y sintetiza en sí todas las partes es una de las ideas filosóficas más poderosas en la historia de la filosofía occidental, particularmente en la modernidad. Si bien podemos encontrar ciertas similitudes en el pensamiento oriental, en muchos casos se asume que Dios tiene previamente conciencia absoluta y si bien el universo puede pensarse como un medio empleado por Dios para experimentarse a sí mismo en toda su diversidad y gloria -como su pasatiempo, su lila-, se cree que durante todo este proceso Dios ya tiene completa realización, omnisciencia, libertad, independencia, etc. En otras palabras, precisamente porque es un juego no se está jugando nada (nada cambia realmente), y el destino no es distinto al origen. La idea de que el universo es algo así como la evolución de la divinidad o su proceso de autoconciencia es especialmente atractiva para la mente moderna occidental, ya que mezcla de alguna manera lo religioso con lo científico y mantiene la centralidad del hombre y de la realidad. En el hinduismo, el universo puede considerarse real en tanto que es el pasatiempo de una deidad que está completamente libre de los estragos de la existencia; pero a fin de cuentas, la existencia humana y la realidad del mundo creado son relativas y no afectan en ninguna medida a la deidad. Se nos presenta la idea de que el universo es algo así como un sueño lúcido divino, donde la deidad sabe que está soñando y controla sus sueños. O, por otra parte, en el vedanta, simplemente se dice que la existencia humana, que se percibe a sí misma como separada y real en sí misma, es una ilusión. El mundo esta bajo el hechizo de Maya; lo único que existe es una conciencia absoluta eterna e inmutable (Brahman). Sin embargo, en las religiones hindúes, cuando el ser humano se conoce a sí mismo, ello es igual a Dios conociéndose a sí mismo. Algo en lo que coinciden pensadores occidentales como Hegel, Whitehead y Jung.

A diferencia de la noción cristiana de que el mundo es creado por Dios por la sobreabundancia de su benevolencia -por su amor efervescente-, Hegel considera que el mundo es creado por Dios para tomar conciencia de sí a través de él. La mente de Dios sólo se actualiza a través de sus criaturas, sólo encuentra su perfección y su sentido en su obra. Dios necesita de un opuesto, el mundo (la naturaleza), para realizar su síntesis: el Espíritu Absoluto. Esta idea, sin embargo, no es completamente original, si bien encuentra su planteamiento más definido y claro en Hegel. Aunque no se usa el término inconsciente como tal, éste fue anticipado por Schelling y los poetas románticos alemanes y antes por la teología mística de Böhme y de Eckhart e incluso antes por Pseudo Dionisio, pensadores místicos que hablaron de Dios como algo que probablemente hoy llamaríamos inconsciente. La experiencia mística fue descrita como un des-conocimiento, como una oscuridad brillante, como algo más allá de la dualidad sujeto-objeto. El estado de la divinidad no podía ser como nuestra conciencia, la cual es equiparada desde siempre con la luz, y por lo tanto debía de ser una oscuridad, una tiniebla, algo insondable, algo paradójico, algo inconsciente. Dios no podía ser consciente de algo (de un objeto), pues esto implica un otro -algo que no es Dios-, no podía conocer de la misma manera que el hombre y, por lo tanto, debía de ser inconsciente. 

Whitehead y la teología procesal desarrollarían ya en el siglo XX la idea de la interdependencia entre Dios y el mundo utilizando un lenguaje más cercano a la ciencia -esta idea del universo como proceso interdependiente la encontramos en el budismo en la noción de la originación dependiente y en el concepto de vacuidad (shunyata), aunque Dios es reemplazado por el Buda (una diferencia que no podemos explicar en este ensayo, sólo diremos que en el budismo el universo no tiene creador, es un infinito despliegue de la mente)-. El maestro zen Hakuin escribió en un famoso poema: "De la misma manera que sin agua no hay hielo, sin los seres no hay Buda". Aunque en el budismo mahayana la budeidad es el estado original de los seres, ésta necesita de los seres para actualizarse. La budeidad existe desde siempre y para siempre, pero esta esencia necesita de la existencia para poder hacer(se) buda(s). Por su parte, Whitehead concibe a Dios como el fondo (ground) del universo y como inconsciente: el universo es el proceso de su toma de conciencia, de su aprehensión de todos  los objetos (de su sentirse en todo). En la filosofía de Whitehead, Dios tiene un apetito de sentir y esto lo hace manifestar el mundo y volcarse en él para experimentarse a sí mismo. No tienen una relación pasiva e inmutable: Dios es modificado por el mundo y las criaturas temporales alcanzan su deseo en Dios, que se hace consciente en ellos: "Dios es completado por el individuo, en fluidas satisfacciones de hechos finitos, y las ocasiones temporales son completadas por la unión eterna con sus seres transformados, purgados hacia la conformidad con el orden eterno que es la 'sabiduría' absoluta final". 

Desde su propia perspectiva psicológica basada en el estudio de casos y, en última instancia, desde su propia experiencia personal, Jung expresa ideas similares. En su autobiografía, en la que confiesa haber vivido una vida llena de experiencia místicas a través de las cuales se le reveló estar cumpliendo la voluntad divina, escribe:

Las necesarias contradicciones internas en la imagen de un Dios creador pueden reconciliarse en la unidad y totalidad de la persona como coniunctio oppositorum de los alquimistas o como unio mystica. En la experiencia de la persona ya no se prescinde, como antes, de la oposición "Dios y Hombre", sino que la oposición se sitúa ya en la misma imagen de Dios. Tal es el sentido del "culto divino", es decir, del culto que el hombre puede prestar a Dios para que la luz surja de las tinieblas, para que el Creador se haga consciente de su creación y el hombre de sí mismo.

Este es el máximo testamento del pensamiento de Jung y la culminación de esta idea que hemos trazado aquí, de la función divina del hombre, de realizar lo que Whitehead llama la "apoteosis del mundo", la cual ocurre cuando "la Creación alcanza la reconciliación del flujo y la permanencia". Jung habla de la coniunctio oppositorum de los alquimistas, que en su caso es la unión de opuestos como lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, la conciencia y la inconciencia, etc. Prosigue Jung:

El hombre, en virtud de su espíritu reflexivo, se ha destacado del mundo de los animales y demuestra, por medio de su espíritu, que la naturaleza ha puesto en él un elevado premio, y precisamente a la evolución de la conciencia. A través de ella se adueña de la naturaleza, al reconocer la presencia del mundo y confirmar en cierto modo al Creador. De este modo el mundo se convierte en fenómeno, pues sin reflexión consciente no lo sería. Si el Creador fuera consciente de sí mismo, no necesitaría ninguna criatura consciente...

La visión de Jung coloca al ser humano, como vanguardia de la conciencia, con la máxima responsabilidad de llevar la Creación a su fruición, de encender "una luz en las tinieblas" del ser. Algo que, por otro lado, no está dado en el solo hecho de que seamos conscientes, en esa "segunda cosmogonía", sino que requiere de que seamos completamente conscientes del inconsciente. Es decir, que nos conozcamos enteramente a nosotros mismos y dejemos que irrumpa la profundidad en la luz. Esto, aclara Jung, es una hipótesis, ya que el inconsciente mismo es, por definición, inconsciente, y por lo tanto, no podemos realmente definirlo y decir cuál es su naturaleza última. De cualquier manera la idea es fascinante, apela a lo más magnánimo del ser humano y se establece en oposición a esa otra poderosa idea de la metafísica india, la cual nos dice que el universo es una ilusión, que no existe la separación, que no existen nuestras vidas individuales, que la perfección, la dicha y la conciencia absoluta son las condiciones eternas de la divinidad inmutable. Y algún día despertaremos de esta penosa ilusión; es más, ya hemos despertado, la dicha radiante del infinito es la única realidad. Es sólo cuestión de reconocerlo.