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¿Qué es la sabiduría espiritual? (esta preciosa historia sufí lo explica)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 07/05/2018

Una historia del misticismo islámico que revela la naturaleza de la sabiduría

Existe un entendimiento que atraviesa las diversas tradiciones místicas: que la auténtica sabiduría es distinta del conocimiento. Es decir, no se trata de conocer cosas -siempre más-, cosas distintas y separadas de nosotros, ni tampoco de crear algo nuevo, de producir algo que no éramos. Se trata de des-cubrir lo que ya es, lo que siempre ha sido, lo que en el zen llaman el "rostro original", la esencia universal que se ve limitada o bloquedada por lo temporal y particular. En un famoso poema, W. B. Yeats exclama: "estoy buscando el rostro que tenía antes de que fuera hecho el mundo". Sin embargo, como nos dice el budismo, este buscar es probablemente la principal razón por la cual uno no encuentra. Y es que nos enfrascamos en una paradoja; como dice San Francisco, lo que buscamos es aquello con lo que buscamos. 

En su libro The Rhythm of Being, Raimon Pannikar, el gran erudito de las tradiciones religiosas de Occidente y Oriente, cita esta historia sufí:

"¿Qué hace a alguien sabio?", preguntó el discípulo.

"La sabiduría", dijo el maestro.

"¿Qué es la sabiduría", interpeló el discípulo.

"Es simplemente la habilidad de reconocer", dijo el maestro.

"¿Reconocer qué?", preguntó el discípulo.

"La sabiduría espiritual", respondió el maestro, "es el poder de reconocer la mariposa en la oruga, el águila en el huevo, el santo en el pecado".

La sabiduría es, como también creía Platón, reconocimiento, es decir, volver a conocer, recobrar algo que ya existía en nosotros, apreciar o apercibirse de algo que existe como nuestra más pura esencia, la cual, al reconocerse, se libera y encuentra espacio para manifestarse sin velos. Ver la flor o el fruto del ser -la posibilidad más alta de la expresión del ser- es mirar con inocencia, tener fe. Reconocer el potencial, lo cual es ya el principio del florecimiento. Ver el destino final es también ver el principio, pues vemos la flor y creemos en su florescencia porque conocemos el poder de la semilla y de la fuerza del Sol. La sabiduría, como muestra Aristóteles, siempre es un conocimiento de los orígenes, de las causas, de las esencias, del ser (una proté philosophia), y no de los accidentes. 

Panikkar comenta sobre este pasaje: "Sólo la mente silenciosa es capaz de este poder de reconocimiento. Ya Plotino había hablado de un 'logos silencioso' y del silencio como la condición para conocernos a nosotros mismos. Me pregunto si es sólo este logos silencioso lo que nos permite entender sin juzgar". El silencio, epistemológicamente, nos remite a la ausencia -a la ausencia de proyecciones sobre el objeto y a la ausencia de conceptos, a lo inconcebible, a la nada (lo nonato)-. Hay una posible gnosis silenciosa, que es una comunión con el objeto (más allá del sujeto-objeto), una comunidad en el origen, en la luz pura de la conciencia. La sabiduría espiritual es ese silencio, que es también una ignorancia, una docta ignorancia, una nube del des-conocimiento, una noche oscura, una purificación del corazón. Como dice San Mateo: "bienaventurados los de corazón puro, pues verán a Dios". Y como sugiere Eckart, sólo quienes no tienen imágenes, sólo quienes se han hecho vírgenes, como la nada, pueden conocer a Aquel que no puede nombrarse, que no es un objeto de conocimiento. Como se reitera en las Upanishads, no eso que es conocido, escuchado, visto o pensado, sino aquello por lo cual se conoce, se escucha, se ve, se piensa. Tat tvam asi (Eso eres tú).

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La teología, como la filosofía, no es una ciencia particular. Está relacionada con el Todo.

-Raimon Panikkar

 

Ante la hiperespecialización, la tecnologización del saber y el dominio del materialismo, la filosofía -en su sentido clásico- se encuentra en entredicho. El extravío del espíritu de la filosofía ha sido notado por algunos filósofos con preocupación recientemente, si bien es un fenómeno que lleva en marcha ya numerosas décadas; sin embargo, su alerta no causa el mayor sobresalto en la sociedad actual. Pareciera que el mundo no necesita realmente de la filosofía. No es necesario hacernos las grandes preguntas para vivir de manera efectiva. Podemos confiar en la tecnología para resolver nuestros problemas e incluso para ahogar nuestras crisis de sentido con constantes ráfagas de estímulos. En la sociedad de la información, la sabiduría deviene mera información o poder de computación y análisis de información. Mientras que la filosofía es difícil de incrustar dentro del utilitarismo, la información es esencialmente conocimiento útil, conocimiento reducido a su utilidad e incluso siempre traducible a una divisa, siempre capitalizable. El espíritu, como notó McLuhan, ha sido reemplazado por la información.

Lo que hoy llamamos filosofía en el ámbito académico ya no es realmente filosofía -el amor a la sabiduría, el cuestionamiento de la realidad en su sentido más amplio y primordial-. Como señalan Robert Frodeman y Adam Briggle, "la institucionalización convirtió a la filosofía en una disciplina que sólo podía cursarse seriamente en un ambiente académico. Este hecho representa uno de los fracasos persistentes de la filosofía contemporánea".

En contra de las inclinaciones de Sócrates, los filósofos se volvieron expertos, como los demás especialistas disciplinarios. Esto ocurría aun cuando enseñaban a sus estudiantes las virtudes de la sabiduría socrática que resalta el papel del filósofo como un no-experto, un cuestionador, un tábano.

Lo cual nos hace pensar en los sofistas, a cuya actividad Aristóteles describe en su Metafísica  como la mera apariencia de la filosofía. A diferencia de los filósofos que se ocupan del ser, los sofistas prefieren "el accidente por sobre todo". Hoy tenemos muchos sofistas, con la era de la información, aquellos que aparentan saber porque están informados. Aquellos que se dedican a lo meramente accidental, y a sacar provecho de esto. 

Si los filósofos son expertos, no son filósofos; son lógicos, cosmólogos, filólogos, historiadores, etc. Aristóteles nos dice en la Metafísica que la ciencia por excelencia -la cual, considera, es la filosofía- se dedica a investigar el ser como ser. Por supuesto, el ser lo abarca todo. Pero dicha aseveración es además un principio de intención: lo fundamental es investigar el ser -y si hay algo eterno-, no el accidente. Actualmente es la física -y no la filosofía- la que se dedica a investigar el ser, en estricto sentido, pero no aquello que es (y tampoco el por qué es y para qué es), sino solamente cómo es el mundo, es decir, cómo es el ser material, cómo es la materia, ya que ninguna otra cuestión es validada por la academia y las instituciones que fondean sus preguntas. Una de las razones por las cuales los filósofos se han convertido en especialistas es porque ya no es valido preguntarse por el ser en un sentido filosófico y menos aún metafísico. La ciencia moderna supuestamente ha hecho intelectualmente absurda (o mejor dicho, inútil) la pregunta. Es tabú discutir también en las universidades seria y vitalmente, y no sólo dentro de una historia de las ideas, sobre Dios o lo Divino y menos aún pensar sobre la posibilidad de acercar lo Divino a la experiencia ("¡eso es misticismo!", se dice). Lo que ha ocurrido es una separación de la filosofía y la teología, siendo que la "filosofía" moderna rinde tributo a la ciencia y busca hacerse objetiva. Así entonces, como demuestra Raimon Panikkar en The Rhythm of Being, la filosofía se convierte en una mera opus rationis "y a la teología se le asigna su 'objeto' especial" separado del mundo y la realidad: "Dios". La teología "es reducida a mera exégesis de supuestos textos sagrados" y la filosofía sin la teología deriva en mero "análisis mental con prácticamente ninguna relación real a la vida". Esta separación en el fondo es una separación de los órganos epistemológicos: se acaba confiando solamente en la razón y no en el intelecto, que Panikkar asocia con el tercer ojo y el pneuma y que otras tradiciones asocian con la intuición o el ojo del corazón.

Como podemos decir con Aristóteles, Panikkar y muchos otros, la filosofía no admite separación, la especialización y el atomismo literalmente atentan contra su integridad. Todo lo que las demás ciencias estudian puede ser separado y estar especializado, pero no lo que indaga la filosofía, ya que indaga aquello primario de lo cual todo los demás se deriva. No es casualidad que la era de los especialistas sea también la era en la que, según Panikkar, "el prestigio y la credibilidad de la filosofía nunca han sido más bajos". Se suele decir que en la actualidad es imposible conocer "de todo", las ciencias se han especializado de tal manera que cada una constituye un universo cerrado, e intentar conocer "un poco de todo" sería inútil por lo complicado que es amaestrar el lenguaje especializado de cada disciplina. En radical oposición a esto persiste la intención central de las Upanishad de conocer "aquello que, si es conocido, todo lo demás se vuelve también conocido" (Ver Mundaka Upanishad 1.3). Por su parte, Pierre Hadot escribe en Ejercicios espirituales y filosofía antigua:

La práctica de la filosofía no consistía en producir la teoría de la lógica, eso es la teoría de hablar bien y pensar bien, tampoco en producir la teoría de la física, eso es del cosmos, ni en producir  la teoría de actuar bien, sino que se ocupaba de hablar bien, de pensar bien, de actuar bien y de estar verdaderamente consciente del lugar que uno ocupa en el cosmos.

Jürgen Habermas, en una reciente entrevista en el El País, dice lo mismo:

Mire, soy de la anticuada opinión de que la filosofía debería seguir intentando responder a las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es dado esperar? y ¿qué es el ser humano? Sin embargo, no estoy seguro de que la filosofía, tal como la conocemos, tenga futuro. Actualmente sigue, como todas las disciplinas, la corriente hacia una especialización cada vez mayor. Y eso es un callejón sin salida, porque la filosofía debería tratar de explicar la totalidad, contribuir a la explicación racional de nuestra manera de entendernos a nosotros mismos y al mundo.

Si la filosofía no trata de explicar la totalidad y, me aventuraría a añadir, de experimentar la totalidad -sugiriendo que existe una identidad entre ser y conocer en su concepción más pura-, entonces la filosofía es un cadáver o una sombra de lo que fue. Pensar el Todo: no existe otra labor digna para el filósofo. "La verdad es el todo", dijo Hegel. Y el Todo es de alguna manera lo que se recapitula en el hombre, quien es la posibilidad del espíritu absoluto. "El alma es de cierta forma todo", dijo Tomás de Aquino, comentando a Aristóteles ('e psyke ta onta pos esti panta"). Nicolas de Cusa, explica que el mundos es tripartita: divino, cósmico y humano, pero "en cada parte brilla la totalidad" (De ludo globi). Explicar, o mejor dicho, dialogar con la totalidad, para experimentar la totalidad, eso que de alguna forma el ser humano es, no la parte sino el todo en la parte -esa es la tarea del filósofo. Alfred North Whitehead dice en el primero capítulo de Proceso y Realidad: 

De hecho, un individuo, de un alto grado, está involucrado con la totalidad de las cosas a razón de su pura actualidad; pero ha alcanzado la profundidad individual de su ser por un énfasis selectivo limitado a su propio propósito. La tarea de la filosofía es recuperar la totalidad oscurecida por la selección.

Whitehead, quien concibe el universo como un proceso y no como algo estático, nos dice aquí que la filosofía debe de asimilar y pensar todo el organismo (el universo como proceso creativo) y sus relaciones. En cada parte está involucrado el todo, pero las partes son eventos u ocasiones y no objetos (o cosas); los objetos no son más que ocasiones repetibles. Estas ocasiones son los constituyentes básicos del mundo. El físico Werner Heisenberg dijo que los átomos no son cosas son probabilidades; Whitehead utiliza similarmente, en vez de átomos, la frase "gotas de experiencia" que connota dinamismo, interpenetración y posibilidad: lo que vemos como entidades son "gotas de experiencia, complejas e interdependientes". Estas "gotas" recuerdan las "perlas" del collar de Indra, la metáfora de la totalidad o vacuidad interdependiente del budismo mahayana. Como el Buda que percibió la cadena de la originación interdependiente, el (pratityasamuptada) antes de alcanzar el despertar, Whitehead considera que ampliar el rango de nuestra actividad cognitiva es fundamental para la labor filosófica. "La actitud filosófica es el intento resoluto de engrandecer el entendimiento del rango de aplicación de cada noción que entra en nuestro pensamiento actual". Hasta el punto de alcanzar a percibir el todo en la parte, (como escribió Blake "un mundo en un grano de arena"), y es que la parte no puede comprenderse sin el Todo. 

Raimon Panikkar, en The Rhythm of Being, escribe:

La búsqueda del filósofo por el Ser es una búsqueda de inteligibilidad, una pasión por la verdad, sea cual sea el resultado. Es una búsqueda de la totalidad. No estoy buscando Algo o Alguien. Estoy buscando al Todo, el Ser... Si en la búsqueda de Dios nos encontramos algo que todavía huele a las criaturas, no nos conformaremos y procederemos más lejos. Estamos buscando el Infinito, incluso si llegamos al descubrimiento que no hay tal Entidad, que el cielo está vacío y que la Vacuidad es su nombre. Si en nuestra búsqueda del Ser, encontramos una Entidad, incluso la más alta, no estaremos satisfechos.

Esta es la verdadera búsqueda del filósofo, de todo hombre que ama la verdad por sí misma, no como una herramienta para obtener un beneficio o para encontrar sus creencias reflejadas en el mundo. No es una empresa meramente racional -aunque no se puede realizar sin el Logos-; como nota Panikkar, se necesita del Eros y del Pneuma (del espíritu) también. La filosofía no es sólo el amor a la sabiduría; es, también, la sabiduría del amor. En este sentido, el filósofo genuino está cerca del místico. De la misma manera que ocurre en San Juan de la Cruz ("el amante transformado en el amado"), el filósofo deberá ser transformado en la verdad, aunque esto suponga su aniquilamiento. Si lo que se busca (conocer) es la totalidad, se debe estar dispuesto a darlo todo, y por lo tanto, a ser nada. A quedarse vacío. La totalidad no admite entidades independientes y requiere que el candidato se despoje de todo bagaje y se adentre desnudo en el misterio. La filosofía requiere del filósofo la refinación de su propio aparato de conocimiento; de otra manera su interacción con el "objeto de conocimiento" será estéril, no habrá unión, no habrá experiencia viva, sólo habrá discurso. Panikkar nos da una pista:

En lugar de una vía para llegar a la meta, debemos hablar de cómo abrirnos a ese mismo Todo que nos permea, y no sólo en parte, sino como imagen e icono que refleja el Todo. La palabra apropiada sería la contemplación en su sentido más profundo. El único método es no preparar la vía, sino prepararnos a nosotros mismos. Los sabios de todas las tradiciones han llamado a esto la "purificación del corazón", una peregrinación interior. 

Se prescinde del "método", pues "descubrimos que nosotros mismos somos las vías del Todo en su Ser, en su llegar a ser lo que es". Preguntarse por la totalidad es una pregunta que involucra al ser humano, y si el conocimiento (la gnosis) y el ser son idénticos en el fondo, conlleva la posibilidad de hacerse el Todo, de que el Todo se reconozca a sí mismo en la parte, el homo totus de la alquimia occidental y el zhenren de la taoísta. Este sería el destino del hombre que el quehacer filosófico abre. Según Whitehead, la filosofía hace posible que "se conciban [en nosotros] la infinita variedad de instancias específicas que yacen sin haberse realizado en el vientre de la naturaleza". "Cada acto creativo", dice, "es el universo encarnándose como uno". Esta participación creativa en el Todo es el derecho y a la vez la responsabilidad del ser humano como microcosmos.

Twitter del autor: @alepholo

 

Imagen: J. D. Mylius, Opus Medico-Chymicum