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Séneca, quien fuera el hombre más rico del mundo, sobre cómo no ser un esclavo del dinero y la riqueza

Filosofía

Por: pijamasurf - 07/10/2018

Pocas vidas más fascinantes y complejas que la de Séneca, el estoico acaudalado

La riqueza de Séneca es un tema célebre y controversial. Sabemos que el filósofo nacido en Córdoba al servicio de Nero obtuvo enormes riquezas. Tenía numerosas propiedades, en Bayas, en Mentana, en Alba Longa, varias en Egipto, etc. Casio reporta que una revolución ocurrió en Bretaña cuando Séneca cobró sus préstamos a la aristocracia. Nassim Taleb incluso habla de que Séneca habría sido en algún momento el hombre más rico del mundo, algo que es discutible, pero de cualquier manera la idea es la misma. El tema es controversial pues Séneca es uno de los filósofos estoicos más importantes y, en apariencia, dicha riqueza entra en conflicto con los postulados del estoicismo.

La controversia sobre su riqueza no es un tema a posteriori; en su misma vida Séneca recibió estas acusaciones y respondió a ellas. La clave estriba, según el orador y estadista romano, en la forma en la que se gana la riqueza (que debe ser ética) y en la relación que se tiene con ella (que debe ser de indiferencia y desapego). Algunos historiadores ponen seriamente en duda la coherencia de Séneca, ya que al parecer hizo sus riquezas en parte recolectando intereses sobre préstamos, y argumentan también que a diferencia de otros estoicos, Séneca trata con mucho mayor fijación el tema de la riqueza. De cualquier manera, todo esto es una interpretación basada en fuentes un tanto oscuras. Tenemos, sin embargo, las propias palabras de Séneca sobre la riqueza, las cuales, vengan de una persona congruente o no, siguen siendo algunas de las reflexiones más agudas sobre el tema. Una primera muestra:

Aquel que añora riquezas siente temor a causa de ellas. Ningún hombre, sin embargo, disfruta de una bendición que trae ansiedad; siempre está  tratando de añadir algo más. Mientras se pregunta cómo incrementar su riqueza, se olvida de cómo usarla... cesa de ser el amo y se convierte en el esclavo.

Aquello que el hombre sueña que es la libertad, se convierte en una prisión. Séneca incluso habla de las riquezas como una enfermedad y dice: "nos perteneceríamos a nosotros mismos si estas cosas no fueran nuestras"; la paradoja que le ocurre a muchas personas de que entre más cosas tienen, menos se tienen a sí mismos. No obstante, Séneca no condena la riqueza per se, condena cierta actitud ante ella. En otra parte dice: "es un gran hombre quien usa platos de barro como si fueran de plata; pero es igualmente grande aquel que usa plata como si fuera barro". No apegarse ni a la riqueza, ni a la pobreza. Aunque es preferible tenerla, quizás porque eso permite dedicarse a cultivar cosas verdaderamente importantes.

Pues el hombre sabio no se considera indigno de los regalos de las manos de la Fortuna: no ama la riqueza, pero prefiere tenerla; no la deja entrar a su corazón, sólo a su hogar; y aquella riqueza que es suya no la rechaza sino que se le queda, deseando que brinde mayor espacio para que practique la virtud.

En este sentido vemos que la riqueza es vista como un medio para practicar la virtud, y existen relatos que hablan sobre la generosidad de Séneca, aunque no del tipo de filantropía que vemos hoy en día, sino con sus amigos.

Taleb, quien es otro millonario filósofo, sugiere que Séneca sólo tomó la parte positiva de la riqueza y no la negativa y constantemente la examinó, creando una valiosa reflexión.  

No hay duda de que el tema es complejo. Pero a diferencia de aquellos historiadores revisionistas que descalifican a Séneca, quizás lo más acertado es considerarlo a la luz de sus propias palabras cuando dice: "No soy un hombre sabio y nunca lo seré. No he llegado a la salud y nunca llegaré. Estoy aliviando mi gota, no curándola". Séneca fue un hombre sumamente brillante, complejo e imperfecto, y quizás no haya sido hipócrita (aunque no podemos estar seguros). Quizá su filosofía es simplemente el reflejo de su conflicto interno y de su lucha, de sus intentos de vivir conforme a altos ideales en un mundo corrupto y con una naturaleza imperfecta. Aunque fue un hombre muy rico, sufrió también mucho. Padeció desde joven numerosas enfermedades, hasta el punto de que cuando Calígula lo sentenció al suicidio obligado, el emperador desistió de llevar a cabo la sentencia pensando que la propia enfermedad de Séneca la cumpliría. Y la vida del filósofo concluyó con otro suicidio obligado, el cual parece haber sido especialmente largo y agónico. Pese al extremo dolor, según los relatos (quizás un tanto romantizados), Séneca mantuvo la entereza propia de un estoico hasta el final y su actitud frente al suicido obligado ha pasado a la historia como un ejemplo de alta virtud moral frente a la tiranía, acaso emulando a Sócrates, cuya muerte había sido una gran inspiración para los estoicos. 

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Por: pijamasurf - 07/10/2018

La popularidad del estoicismo no ha abordado, sin embargo, uno de sus puntos clave: el suicidio, que trataron todos los filósofos estoicos

En el último par de años, el interés por la filosofía estoica ha conocido un resurgimiento notable y un tanto inesperado. En general, la filosofía no ha gozado en ninguna época de una gran popularidad y más bien ha sobrevivido en los márgenes de la existencia, desde donde observa y reflexiona sobre la manera en que el ser humano conduce su vida. Pero con el estoicismo ha pasado que además de que sus principios se han colado al gran público a través de libros y artículos en línea, también parece haber atraído el interés de empresarios, gerentes y altos ejecutivos, un sector de la población contemporánea que podríamos asociar poco con las figuras de Séneca o de Epicteto, por ejemplo, que vivían con apenas lo necesario (unas cuantas prendas, una alimentación sencilla, una casa simple) y que por esto mismo se encuentran en el punto diametralmente opuesto al modo de vida más bien opulento que podemos suponer en aquellas personas.

Con todo, así ha ocurrido con el estoicismo, y acaso no por casualidad. De las varias escuelas y corrientes de pensamiento que han surgido en la filosofía occidental, el estoicismo presenta algunos principios que contrastan notablemente con algunas exigencias contemporáneas del modo de vida hegemónico en nuestra época. Al exceso, la existencia irreflexiva, la ansiedad por el futuro, la búsqueda incesante de la aprobación externa y la persecución perenne de la felicidad, el estoicismo opone recomendaciones orientadas más hacia una vida sencilla, frugal y equilibrada, basada en el autoconocimiento como origen de un bienestar continuo y enraizado profundamente en el sujeto en sí y no en la realidad externa, que siempre está cambiando. En este sentido, frente a la angustia de un modo de vida que exige y parece nunca saciarse, el estoicismo ofrece una alternativa de tranquilidad y entendimiento que por ello mismo parece tan atractiva para los días que vivimos.

Con todo, existe un punto que podría parecer polémico dentro de esta filosofía: el suicidio. No es que los estoicos recomendaran explícitamente la muerte por mano propia, pero acorde a su forma de pensar, el suicido entró en sus reflexiones como una manera de enfrentar un hecho que, por otro lado, es consustancial a la vida misma, esto es, consideraron el suicidio únicamente como otra forma de morir, como otra forma de enfrentar algo que de todos modos no es sino un hecho propio de la existencia: la muerte. En este sentido, en sus Epístolas morales a Lucilo (LXX), Séneca escribió:

La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas.

Séneca, probablemente el mayor de los filósofos estoicos, murió por mano propia; también Catón, uno de los políticos romanos más importantes que suscribió la filosofía estoica y que en uno de los episodios históricos más radicales, se arrojó sobre su espada; Marco Aurelio, el filósofo emperador, murió apaciblemente, pero igualmente consideró el suicido como una posibilidad: "Si no se te deja vivir en libertad, abandona esta vida", escribió en sus Meditaciones.

Teniendo en mente la perspectiva desde la cual consideraban la existencia, el suicidio se presenta más bien como un recurso al cual se puede optar, siempre que su ejecución contribuya a los valores más preciados por dicha filosofía: la virtud, el valor, la realización del ser humano. Puede sonar paradójico, pero quizá parezca menos confuso si pensamos la muerte por mano propia en un marco de circunstancias especificas, en el cual, sólo al morir de de esa manera se preserva la vida virtuosa que se cultivó a lo largo de los años.

"El sabio salva su vida al perderla", escribió Epicteto, una sentencia que, tomada literalmente, hace ver el suicidio de Catón y de Séneca como actos coherentes con su propia vida y el curso que dieron a ésta una vez que decidieron vivir bajo los principios estoicos. 

En la Carta LXX de las Epístolas morales, Séneca elogia el caso de un esclavo que, durante un espectáculo similar al del circo romano y sus gladiadores, decidió matarse con la lanza que le habían dado para matar a otro: si de todos modos está sufriendo una condición ignominiosa de la cual no saldría sino condenado a muerte, ¿por qué no tomar la decisión él mismo de sacudirse esa esclavitud deshonrosa? "Es más honesto aprender a morir que a matar", escribe el filósofo al glosar la escena.

Pero, insistimos, esta es una conjunción de circunstancias sumamente específica. Al hablar de Sócrates, el mismo Séneca reconoce con admiración que pudiendo éste haber elegido la muerte por mano propia una vez condenado, prefirió aguardar la cicuta, para ofrecer con su acto algunas enseñanzas últimas: el respeto por la ley, la posibilidad de enfrentar valerosamente los males que más tememos (en este caso, la cárcel y la muerte) y la aceptación de la muerte como parte de la vida. 

En este punto, podría parecer que la posición del estoicismo frente al suicidio es ambigua y aun tímida: que ni lo recomienda ni lo niega, que lo acepta pero también arguye en su contra. "¿Te agrada vivir? Vive. ¿No te agrada? Puedes volver al punto de donde saliste", escribe Séneca la misma Carta LXX, con parsimoniosa actitud.

Sin embargo, esta aparente falta de determinación puede entenderse mejor si se piensa que, por encima de todo, en el estoicismo se valoran la existencia y la realización de ésta, siempre una condición de la otra. A diferencia de otros seres vivos, el ser humano tiene conciencia de su existencia y por la misma razón está llamado a orientarla y desarrollarla hasta alcanzar su plenitud. En el estoicismo, toda experiencia de vida se ofrece como una posibilidad de dicho trabajo en pos de la realización.

Ante un dilema, en su posible resolución debe considerarse qué tanto se preserva la existencia y qué tanto esa decisión contribuye a cultivar la virtud, la fortaleza y la realización plena del potencial humano. En la Carta XXIV de las Epístolas morales, Séneca nos dice esto:

El hombre generoso y sabio no debe huir de la vida, sino salir de ella: sobre todo, es necesario cortar ese apasionado deseo de morir que se apoderó en otro tiempo del ánimo de muchas personas; porque es cosa cierta, querido Lucilio, que algunas veces se inclina ciegamente el alma al deseo de la muerte, de la misma manera que a otros objetos, y que esto ha ocurrido en tanto a varones esforzados y generosos y en tanto a débiles y pusilánimes. Aquellos despreciaban la vida, a éstos les incomodaba: otros hay también que, cansados de hacer y ver siempre las mismas cosas, toman disgusto a la vida, sin cobrarle sin embargo aversión. A esto nos lleva insensiblemente la filosofía, cuando exclamamos: ¿Siempre lo mismo? Dormir, despertar, tener apetito, saciarlo, tener frío, tener calor: ninguna cosa tiene fin, sino que todas están entrelazadas en el orbe; huyen y vuelven. El día vence a la noche, la noche al día: el estío termina en el otoño, el otoño en el invierno, el invierno en la primavera. Todo pasa para volver después; ni veo ni hago nada nuevo: ¿no ha de producir hastío alguna vez todo esto? Por esta razón consideran algunos que si vivir mucho no es desagradable, al menos es superfluo. 

Como decíamos, no es que en el estoicismo se aconseje la muerte por mano propia como la mejor manera de acabar con la existencia. Nada de eso. Éste se ofrece a veces como una alternativa, pero a la luz de este último fragmento citado, una que se puede tomar sólo cuando, paradójicamente, es la única opción para reafirmar la libertad y la vida. 

Sentir la vida como un pesar o como un aburrimiento significa, en ese sentido, no haber descubierto todo su potencial ni tampoco haberla enfrentado con valentía y virtud, como aconsejan los estoicos. Quien, encarando con tanta timidez la vida, pensara en suicidarse, recibiría de un estoico el consejo opuesto: ¿por qué querer dejar la vida cuando ni siquiera se han experimentando todas sus posibilidades? Y, más que esto, ¿por qué querer abandonarla cuando el sujeto mismo no ha descubierto hasta qué grado pueden llegar su virtud, su fortaleza de ánimo y su propia capacidad para sortear la adversidad?

 

Imagen de la portada: La mort de Caton d’Utique, Jean-Paul Laurens (1863)