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¿El 'amor propio' es tan importante como se dice en nuestra época? ¿O su ejercicio nos impide realizar el propósito último de la existencia humana?

¿Qué es el amor propio? Esta pregunta puede parecer sencilla en una época como la nuestra, en la que tanto se fomenta el culto al yo y a la identidad personal. En un mundo donde por tantos frentes se conmina al sujeto a contemplar su imagen y complacerse en ella, a definirse casi exclusivamente a partir de sus cualidades y además sentirse orgulloso de éstas, a privilegiar su punto de vista como la única forma de entender la realidad, ¿qué puede ser más sencillo de definir y hasta de practicar si no el amor a uno mismo? ¿No es eso lo que hacemos todos los días?

Por supuesto, la cuestión no es tan simple. ¿Amarse a uno mismo es amarse como se amaría a otra persona? ¿Es llenarse de mimos y cuidados? ¿Amarse a uno mismo es tomarse selfies un día sí y otro también? ¿Cultivar el cuerpo y la belleza propios? ¿Tiene límite ese amor a uno mismo? Una cirugía estética, ¿es un acto de amor hacia uno mismo?

Hablar de la idea del “amor a uno mismo” (pero sobre todo, realizarla) sin reflexionar antes sobre la noción misma de amor conduce a derivaciones cercanas al contrasentido. Es curioso que el amor tenga tanta importancia para el ser humano, desde prácticamente cualquier perspectiva, que sea algo que nos preocupa a nivel personal, algo a lo cual le dedicamos atención y esfuerzos pero, al mismo tiempo, casi nunca nos preocupemos por hacernos preguntas tan sencillas como qué es el amor para mí, cómo y de quién aprendí a amar, si existen otras formas de amor o en qué se ha manifestado hasta ahora la capacidad de amar que cada uno posee (no sólo en qué relaciones o dirigido hacia qué personas, sino en qué actos, en qué resultados, en la consecución de qué propósitos, etc.). En general, las personas van por la vida creyendo que aman y que aman auténtica o genuinamente, cuando en la mayoría de los casos no hacen sino repetir ideas y conductas que aprendieron sin darse cuenta y de las cuales no han tomado la distancia suficiente para saber si, efectivamente, ese es el amor que quieren en su vida. Y el caso específico del amor propio no es la excepción.

Del "amor propio" puede decirse, de inicio, que se trata de una cualidad indisociable del ser humano. El amor propio participa de esa doble naturaleza escindida entre la vida en sí y lo propiamente humano, la vida que nos sostiene y nos recorre desde que nacemos y, por otro lado, aquello aprendido, heredado y resignificado que da marco a ese impulso vital y lo convierte en existencia. 

Cuando Sigmund Freud introdujo en 1914 la noción de “narcisismo”, distinguió con lucidez que en el ser humano el instinto elemental de supervivencia es también una inversión de la energía libidinal sobre sí mismo. Como todo ser vivo, en sus primeras etapas el ser humano también busca preservar su vida, una necesidad agudizada en su caso por la vulnerabilidad en la que nace. Freud notó que la cría del ser humano concentra toda su energía en sí mismo porque ese es prácticamente su único recurso para asegurar su supervivencia. Por otro lado, en sus condiciones, el bebé no es capaz de distinguir aún el mundo exterior, no posee las capacidades cognitivas para establecer diferencias reales de ese mundo al que ha llegado, por lo cual, también como instinto de supervivencia, considera casi todo una amenaza. De ahí que, atento únicamente a su cuerpo y sus sensaciones tenga una oportunidad de vivir. 

En el caso del ser humano, sin embargo, los “instintos” que proceden de nuestra evolución animal están siempre acompañados del desarrollo psicológico nacido de la evolución de nuestra conciencia. Esa fue la gran intuición de Freud que lo llevó a sentar los cimientos del psicoanálisis. En el caso de la búsqueda de supervivencia en relación con el narcisismo, Freud se dio cuenta de que las conductas asociadas a la preservación de la vida participan también de la energía libidinal que sustenta el placer. Dicho de otro modo: en su esfuerzo por sobrevivir, la cría del ser humano descubre también el placer. Descubre que ciertas conductas que generalmente podemos llamar de “cuidado de sí” o de preservación, le generan algún tipo de placer. Comer, defecar, estar limpio después de defecar, sentir el calor de un semejante, saberse protegido, etc. En todo ello hay supervivencia, pero para el ser humano también existe un goce.

¿Por qué es importante hablar del narcisismo al hablar del amor propio? En primer lugar, porque el narcisismo es una cualidad estructural del ser humano, esto es, un elemento fundamental sobre el cual se asienta eso que llamamos subjetividad, identidad, idea del yo o psique. Después de Freud, el siguiente paso importante en la comprensión de esta etapa lo dio Jacques Lacan, quien en su elaboración del concepto del “estadio del espejo” analizó ese momento en que el niño comienza a reconocer su propia imagen aun cuando en su experiencia es todavía un ser fragmentado. No hay identidad sin narcisismo y podría decirse incluso que no hay ser humano que no sea narcisista, pues a diferencia de otros animales, el ser humano necesita desarrollar una idea del yo que le permita estar en el mundo.

Asimismo, considerar el narcisismo como un elemento estructural de la subjetividad y la psique contribuye también a tomar con más cuidado las ideas de amor propio, amor a uno mismo o autoestima que suelen abundar en artículos de divulgación o charlas de café, en cuyo caso casi siempre se trata de nociones reducidas o francamente tergiversadas de un concepto que, como muestran los desarrollos de Freud y Lacan, no puede entenderse (o practicarse) aislado, sino sólo a partir de la comprensión amplia de la subjetividad humana.

En tercer lugar, que el narcisismo sea estructural también nos ayuda a despejar los posibles prejuicios morales que a veces se inmiscuyen en la exposición de este concepto. Contrario a lo que a veces se escucha, ser narcisista no es bueno ni malo: simplemente es humano. Grandes narcisistas han sido también grandes artistas o líderes políticos, como demuestra la historia, y también algunos de los empresarios más nocivos para el bienestar general. No es fácil emitir un juicio moral sobre un rasgo tan elemental del ser humano, y quizá también ni siquiera sea necesario.

Finalmente, la condición estructural del narcisismo lo vuelve por ello mismo inconsciente. Como vimos, el “amor a uno mismo” se establece en una época de nuestra vida en que carecemos del entendimiento necesario para comprender lo que sucede con nosotros y carecemos también del lenguaje necesario para explicarnos esos acontecimientos. Experimentamos y nos formamos una idea de dichas experiencias, las cuales, sin comprensión o reflexión de por medio, de cualquier modo pasan a formar parte de lo que somos, de nuestra idea de yo y nuestra historia de vida. 

De ahí la idea de aprender sin darse cuenta. Aprendemos a recibir cierta forma de amor, aprendemos a mirar cierta forma de amor, incluso puede decirse que ya entonces comenzamos a amar aunque no sepamos que lo hacemos. Entonces, en la infancia, amamos para complacer, para agradar, quizá incluso todavía para sobrevivir, para sentirnos cuidados y protegidos. Pero una vez que la infancia ha terminado, ¿seguimos necesitando esa forma de amor? ¿O es momento de amar de otra manera?

De nuevo, el amor propio no está fuera de estas preguntas. “Amarse a uno mismo” es una expresión un tanto contradictoria, pues tanto gramatical como existencialmente se ama siempre a algo más. Se ama a una familia, se ama a un amigo, se ama a una pareja, se puede amar a un animal, un país (o “diez lugares suyos”, como dice el poeta), se ama una profesión, etc.; en breve, se ama a otro, siempre a otro. 

Si Freud conceptualizó y analizó el narcisismo no fue solamente por curiosidad o entretenimiento, sino porque se dio cuenta de la relación entre el malestar subjetivo y la dificultad de llevar al exterior la energía libidinal que por distintos motivos el sujeto sigue dirigiendo hacia sí. ¿Cuántas personas sufren porque su tristeza, su ansiedad, su desencanto, su decepción, su sensación de soledad, su fastidio, su preocupación, su angustia –en breve: su mundo interior– reciben tanta energía suya que les impide ya no digamos disfrutar, sino tan sólo habitar su presente? Ese es el efecto del narcisismo que Freud quiso entender. ¿Por qué ciertas personas continúan volcando hacia sí una energía que por naturaleza busca dirigirse al mundo exterior para cumplir su función creativa, generativa y procreadora? 

Cuando el ser humano es ya capaz de valerse por sí mismo, cuando ha dejado de ser necesario que otros se ocupen de él para que evitar su muerte, ese “amor propio” que una vez le sirvió para sobrevivir necesita entenderse y practicarse de otra manera, ya no como el esfuerzo egoísta de quien tiene que volcar su energía a sí mismo para sobrevivir, pues, hasta cierto punto puede decirse que ésta ha dejado de ser una cuestión de primer orden.

Entre otros, fue Immanuel Kant, en su Metafísica de las costumbres, quien habló de la vida como algo que se le confía al ser humano para su conservación. Freud, en la Introducción al narcisismo referida, habla también de la “existencia doble” del ser humano como fin para sí mismo y “eslabón” de una cadena que está por encima de él y de la cual es mero tributario: “el derechohabiente temporario de una institución que lo sobrevive”, dice.

Cuando se entiende este principio, el sujeto puede manifestar cierto amor por sí mismo –su cuerpo, su mente, su salud, su tiempo, sus recursos, su trabajo, sus relaciones, etc.– pero no por sus cualidades intrínsecas o por la alta estima que tenga hacia sí, sino porque ese es el amor que tributa a todo lo demás que forma parte de la vida. Cuidar de sí es cuidar la vida que nos fue dada, honrar la tarea de vivir y realizarla de la mejor manera posible.

El “amor” deja entonces ese lugar interior donde se concentraba para más bien volcarse a la vida en sí, con lo cual recupera el carácter transitivo que le es propio en la gramática de la existencia: si siempre se ama algo, por principio de cuentas, por encima de todo, que sea la vida. 

En esta postura frente a la vida, el llamado “amor a uno mismo” es entonces sólo un caso particular, apenas un corolario, del amor a la vida, éste mucho más importante, mucho más vasto e incluso mucho más fértil: sin duda alguna, la fuente de la cual manan todas las formas posibles de amor.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: El tiempo interior y el fin de la infancia

 

Ilustración de portada: Miles Johnston

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Mientras unos viajan a tierras exóticas o lo hacen a través de otras experiencias, te recomendamos algo más cerca para encontrarte a ti mismo: Uruapan, Michoacán. 

 

Conocido también como “la capital mundial del aguacate”, Uruapan se ubica entre la región de Tierra Caliente y la meseta Purépecha, la creación de esta ciudad data de la época mesoamericana, lo que hace que sus secretos y energías positivas vuelvan a este municipio un espacio ideal para el autodescubrimiento.

 

1. Encuéntrate en el clima ideal

En la segunda ciudad más importante de Michoacán, el clima templado es la combinación perfecta entre la humedad y el crecimiento de la vegetación, un paraíso en toda la extensión de la palabra.

Y la calidez no sólo se queda en el clima, sino que también vive en los habitantes de esta pintoresca ciudad, así que no pierdas tiempo para conocer las leyendas que se cuentan y pedir recomendaciones a los lugareños.

 

2. Lección verde

Si bien la vegetación da una muy atractiva vista para que descanses de la ciudad, te inicia hacia el camino de explorar quién eres, porque si la naturaleza puede florecer para dar paso a todo, tu también te puedes adaptar a cualquier clima y/o situación.

 

3. No estamos destinados a una sola cosa en esta vida

El recorrido por el Parque Nacional Barranca del Cupatitzio es una de las mejores formas para adentrarse de lleno a este viaje de autoexploración. Ahí encuentras paisajes que te llenarán de tranquilidad con los sonidos del agua en forma de fuentes naturales o caídas. Cuenta con 452 hectáreas, más de 300 especies de plantas y árboles, y experiencias que no se comparan con ningún otro lugar en el mundo.

Está muy cerca del centro de la ciudad, dentro del Parque Nacional de Uruapan, donde nace el río Cupatitzio, el cual se divide en múltiples corrientes y cuyo nombre proviene de la lengua purépecha y significa “río que canta”.

 

4. Explórate en el espacio perfecto

También debes visitar la Casa más Angosta del Mundo, construida en 1985 y que tiene una mención en el libro de los récords Guinness, y ya que la conozcas entenderás por qué sus 1.41m de ancho y 10.20m de fondo son una gran curiosidad por observar -y, obvio, no dejes pasar la oportunidad de tomarte una foto aquí-.

 

5. Entre las ruinas

Continuando el recorrido, a lo lejos podrás apreciar el Paricutín, el volcán más joven del mundo. Y antes de llegar ahí, se puede observar la ciudad sepultada por la lava. Explora con los locales los recorridos y caminatas especiales. Muévete entre las piedras y descubre cómo un pueblo se levantó de entre las cenizas.

 

6. Descubre si puedes llegar al destino

Paseando por la zona, si te diriges hacia el sur, encontrarás el paraje natural de la Tzaráracua, una cascada de más de 50m de altura donde podrás realizar actividades retadoras como rapel, tirolesa y bicicleta de montaña.

Para llegar, tienes dos opciones que dependen mucho de tu condición física: puedes montar a caballo por un camino lateral o ir a pie y recorrer más de 500 escalones.

 

7. Doma la naturaleza, cara a cara

Sin duda, encontrarse frente a frente con una belleza natural te dará otra razón para maravillarte de ti mismo: ¿puedes ser uno con la naturaleza de manera tranquila? A la par de confrontarte con ella y conquistarla, si eres fan de las actividades al aire libre, en Uruapan encontrarás una gran cantidad de espacios para practicar deportes extremos que van desde el gotcha, la escalada y el rapel hasta paseos en cuatrimotos.

 

8. Disfruta de nuevos sabores en tu vida

Bien dicen que a través de la comida conoces a la gente y celebras el deleite que es viajar. Busca las recomendaciones locales y encanta a tu paladar con las clásicas carnitas y los exquisitos platillos con aguacate, y prueba a qué sabe la charanda. La primera impresión no lo es todo, ¡anímate a probarlo!

 

9. Descubre un lado más divertido de ti

Finalizando una deliciosa comida te recomendamos visitar la Zona Rosa, un lugar de bares y clubes localizado sobre Paseo Lázaro Cárdenas, para renovarte entre la música y la gente. Trata de pasar el menor tiempo posible en el hotel, crea tus recorridos diarios y sólo llega a descansar; eso sí, busca un lugar de acuerdo a tus necesidades de descanso. No olvides que también puedes ahorrar acampando y que así, puedes divertirte con agradables fogatas o pláticas nocturnas.

 

10. Recuerda mantener todo esto en tu interior

Al final Uruapan es el inicio del recorrido, un comienzo para este viaje que tenemos que realizar en la vida para saber quiénes somos en realidad y qué es lo que podemos alcanzar. Así que empieza a pensar: ¿en qué otro destino me puedo encontrar? México está lleno de espacios mágicos y encantadores, llenos de cultura, tradiciones y mucho sabor.

 

Viaja para descubrirte, asombrarte y despejarte de todo. A pocos kilómetros, tienes la respuesta.

 

 

Fuente: visitmexico.com