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Pasaporte a Manchuria: sobre 'Communion' de Whitley Strieber y 'Prisoner of Infinity' de Jasun Horsley

AlterCultura

Por: Ignatius K Dick - 08/15/2018

Reseñas cruzadas de dos libros sobre el fenómeno OVNI y sus implicaciones psicológicas

En el momento de escribir este texto la editorial Reediciones Anómalas está a punto de publicar en el estado español ─gracias a una exitosa campaña de crowfunding─ el bestseller Communion de Whitley Strieber. Aparecido originalmente en 1987, el libro goza de estatus de clásico entre la comunidad ufológica, y constituyó en su día uno de los más importantes vectores de entrada del fenómeno de las abducciones en la conciencia pública estadounidense ─y de ésta a su área de influencia cultural en el resto del mundo─.

Si bien el imaginario colectivo ya llevaba tiempo gestando la imaginería arquetípica de los alienígenas grises[1] y sus experimentos sobre humanos ─sondas rectales incluidas[2]─, Communion supuso una novedad en el panorama ufológico. Como relata Nick Redfern, en el seno de una escena que «anticipaba un libro lleno de historias sobre OVNIs de “tuercas y tornillos” y de testimonios tipo “los extraterrestres nos roban nuestro ADN”»[3], su vuelco místico-religioso, envuelto por el visceral relato en primerísima persona desde la experiencia literaria de un consumado escritor del género de terror, dejó a pocas personas indiferentes.

Puede que este impacto se debiese en parte al choque cultural del catolicismo profesado por Strieber ─hombre de iglesia─ contra un contexto mayoritariamente protestante: el tótem tecnológico de la revolución industrial y su ética de trabajo protestante contra un catolicismo que sensorialmente hablando supondría un rumbo menos abstracto que el tomado por la Reforma. Quizás la irrupción de esta sensorialidad soterrada, añadida al rechazo por parte del protestantismo del gusto por las imágenes del catolicismo habrían contribuido ─retorno de lo reprimido mediante─ a convertir la reconocible portada del libro en un icono pop neorreligioso.

Porque al final estamos hablando, efectivamente y como veremos más adelante, de un fenómeno neorreligioso de dudosa procedencia. Me consta que la actual reedición amplificará esta tendencia[4], por lo que creo que el análisis del fenómeno escrito por Jasun Horsley, Prisoner of Infinity, puede resultar útil para contrarrestar dicho fervor ─añadiendo una perspectiva a la vez más sobria, compleja y doblemente perturbadora─.

Este libro también cubre una necesidad específica en el estado español: el volúmen de todas estas subculturas que importamos desde EEUU excede enormemente nuestra capacidad de procesamiento de las mismas. En el caso de Strieber, por ejemplo, hay que tener en cuenta que Communion supuso tan sólo el inicio de una obra alrededor de estos temas que ya cuenta con más de 30 años a sus espaldas. Habiendo compartido algunas experiencias formativas con Strieber, Horsley está ampliamente familiarizado con dicho material, y ofrece una necesaria síntesis general de la idiosincrasia del contactado texano ─informada a su vez por sus incursiones, voluntarias e involuntarias, en la zona de solapamiento del área místico-religiosa con la ufología─.

Su tesis, resumida con sus propias palabras: «Magonia empieza a parecerse cada vez más a Manchuria».

Así, Prisoner of Infinity pone sobre el tapete las numerosas inconsistencias, contradicciones y omisiones ─cuando no simples y llanas mentiras─ en las que Strieber ha ido incurriendo a lo largo del desarrollo de su obra. Por ejemplo, en Communion se presenta como alguien que no había sentido interés alguno en la mitología ufológica con anterioridad. Sin embargo, años después admitiría haber estado involucrado con un grupo de intelectuales interesados en el viaje espacial y el ocultamiento de vida extraterrestre por parte del Gobierno ─grupo del que se separó al publicar su famoso libro para no perjudicarlos con su narrativa─. Del mismo modo, su tío, militar de profesión, trabajó en la división que supuestamente recuperó los restos de la supuesta tecnología alienígena en Roswell, y así se lo transmitió a su sobrino[5].

La exhaustiva recopilación de este tipo de evidencia por parte de Horsley acaba poniendo de relieve las repetidas distorsiones del discurso de Strieber, amén de su principal punto ciego: si, por ejemplo, Strieber acaba recordando su participación en un programa educativo secreto de científicos nazis con niños dotados como objeto de estudio ─en lo que habría tomado contacto con los visitantes por primera vez─, ¿por qué no lo relaciona en ningún momento con los programas de control MKULTRA, operativos en el mismo tiempo y lugar en el que se desarrolló su infancia?

Horsley intentará dar respuesta a esta pregunta mediante un análisis psicológico tanto de Strieber como de su contexto social, informado no sólo por la habitual perspectiva junguiana de este tipo de investigaciones ─como por ejemplo la de Donald Kalsched─, sino incluyendo también la freudiana y reinterpretaciones posteriores de la misma ─principalmente la del dionisíaco Norman O. Brown. El caso empieza a tomar dimensiones más pedestres cuando lo contemplamos desde la perspectiva de un suceso en donde la disociación ante el trauma extremo del abuso infantil, el escape hacia los reinos de la fantasía derivados de éste y el desarrollo por parte de la víctima de un síndrome de Estocolmo como mecanismo de defensa se añaden a una cultura y a una religión que premian la sublimación del sufrimiento y la negación del cuerpo ─el proyecto edípico─.

Por otro lado, a tenor de la repetida presencia de facciones configuradoras del discurso cultural alrededor de estos sucesos ─y más tras escándalos probados como el de la consentida pederastia de Jimmy Saville─, la existencia de los planes de ingeniería social postulados por Horsley, que usarían el trauma sexual como método de inducción de estados disociativos con el objetivo de crear sujetos agentes que configuren el impulso religioso del futuro, no parece en absoluto descabellado.

Puede observarse a Strieber ejercer de maestro de ceremonias en la actualidad; no tan sólo se dedica a canalizar ─ante sus varios miles de seguidores─ los mensajes apocalípticos que su mujer ya fallecida supuestamente le envía desde el otro lado[6], sino que sigue trazando activamente toda una mitología religiosa en continuo crecimiento, tanto en solitario ─con obras como The Key, que él mismo autodenomina “texto sagrado”─ como forjando alianzas en busca de legitimación, como la más reciente con Jeffrey Kripal y el libro que tienen a medias, Supernatural ─poco más, como señala Horsley, que una folie à deux en donde siguen las mentiras, los saltos de lógica abismales y donde se hace patente el proyecto edípico cósmico al que aparece dirigirse toda esta subcultura─.

Cósmico porque, efectivamente, su «mezcla de catolicismo recalentado y misticismo new age» incluye la consabida interpelación a los lugares comunes transhumanistas de desarrollo de inteligencias artificiales y métodos de exploración espacial para abandonar este planeta-prisión al que llamamos Tierra.

En otras palabras: la hoja parroquial de la capilla de La Nave del Misterio. A mí que me excomulguen.

Por último, quisera dejar claro para los que piensan ─como un servidor─ que sin OVNIs no hay diversión, que Horsley no reduce en ningún momento el fenómeno a la psicología. Proveniendo como proviene de la experimentación psiconáutica, el ocultismo y otras lides similares, su comportamiento no equivale en modo alguno al del debunker escéptico medio que niega toda metafísica. Su exploración lanza dudas muy razonables sobre cómo los condicionamientos culturales determinan nuestra relación con el otro lado, y de como éste puede contener trampas en pos del control mental.

Lo cual resulta, como decía más arriba, doblemente perturbador.

 

Aquí puedes conseguir Prisoner of Infinity, de Jasun Horsley

Esta entrada fue publicada primero en el blog Fnordtaku

 

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[1] https://en.m.wikipedia.org/wiki/Grey_alien#History

[2] enlace

[3] https://mysteriousuniverse.org/2017/03/whitley-striebers-communion-at-30/

[4] El gusto del catolicismo de este país por la imaginería, la parafernalia y el ritual se refleja en esta nueva edición en la inclusión de grabados (estampas religiosas) de Doré que amplificarán los ya presentes recursos litúrgicos del texto ─me resulta especialmente asquerosa la referencia al Pentecostés al final del quinto capítulo─. También la confección un libreto conmemorativo de Communion por parte de los mecenas del proyecto me recuerda a: las colonias de verano de la parroquia o el ritual de firma colectiva del libro que te regalaban en el banquete de la Primera Comunión. Los fetiches de las religiones del libro, supongo. En conjunto, todo esto me trae también recuerdos de mi tía abuela Gloria, QEPD, para quien tras años de violencia doméstica, su máxima alegría consistía en exponer en la entrada de su casa su posesión más preciada: una Biblia de dimensiones ciclópeas, recubierta de filigranas talladas en plata e interior forrado en terciopelo azul ─bordes de las hojas, por supuesto, de pan de oro─. ¿Presumirán las marujas del futuro, como hace ahora Belén Esteban con la Biblia, de haber leído Communion? Amén, podéis ir en paz.

[5] https://www.newdawnmagazine.com/articles/aliens-predictions-the-secret-school-decoding-the-work-of-whitley-strieber

[6] http://www.unknowncountry.com/diary/fate-souls-joyous-world

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No es lo mismo necesitar que amar y, de hecho, necesitar a alguien suele corromper la relación

Cuando decimos que necesitamos a alguien queremos decir que nos hace falta, que tenemos una carencia y, por añadidura, se sugiere que estamos apegados y dependemos de esa persona. Aunque existen muchas historias de amor romántico que hablan de que el amante necesita a su amado hasta el punto de que puede morir de amor, otro entendimiento del amor más filosófico -desde la libertad- nos dirá que este no es el amor más alto y puro, pues está sujeto a pasiones y rápidamente se somete a una relación de poder.

Simone Weil, la gran escritora francesa que Albert Camus llamó "el único espíritu genial de su época", escribe:

Cuando un ser humano resulta en alguna medida necesario, no se puede desear su bien a menos de dejar de desear el propio. Allí donde hay necesidad, hay coacción y dominación. Se está a merced de aquello de lo que se tiene necesidad a menos de ser su dueño.

Weil sigue a los griegos al afirmar que el afecto más alto es la amistad -palabra que parece tener la misma raíz que amor-. La amistad tiene la característica de ser electiva y no necesaria. "La amistad es una igualdad hecha de armonía", dice Weil citando el canon pitagórico. "La amistad tiene algo de universal. Consiste en amar a un ser humano como se querría amar en particular a cada uno de los componentes de la especie humana... Quien sabe amar dirige sobre un ser humano particular un amor universal". Aquí Weil hace un vago eco de la "escalera del amor" de Diotima, la cual expone Platón en El banquete. El amor que tiene un único objeto de deseo es trascendido por el amor que descansa en ideas universales. Weil parece sugerir que el apego y las pasiones nublan o corrompen el entendimiento e impiden que se perciba la belleza del mundo, que irradia con su luz trascendente en las cosas individuales. Es esta distancia de la amistad la que nos permite, paradójicamente, intimar con los principios trascendentes: el bien, la verdad, la belleza, los cuales llegan a encarnar en nuestro amigo.

Amar es, sobre todo, desear el bien a los demás sin buscar una recompensa personal. Cuando hay necesidad, esto difícilmente se puede mantener. "Una amistad está manchada desde que la necesidad prevalece... En todas las cosas humanas es la necesidad el principio de la pureza", dice Weil. Utilizando una metáfora bíblica, Weil añade que la amistad se detiene a contemplar el fruto, pero no lo devora. No busca alimentarse del otro, se mantiene puro y libre de esta relación que predomina en este mundo predatorial, donde cada cosa obtiene energía de la otra. Por supuesto que los amigos obtienen energía uno del otro, pero al menos no se buscan por hambre y por lo tanto, más bien comparten un abundante banquete. La necesidad, por su parte, acaba impidiendo el desarrollo de principios más elevados, como la contemplación y la generosidad.

Lo anterior no debe significar que las relaciones de pareja no son relaciones de amor en este sentido altivo que sostiene Weil. Pero es interesante notar que cuando las relaciones de pareja florecen y maduran suelen llegar a un estado más parecido a lo que entendemos por la amistad que por el amor romántico. Sin duda se ven (o se vieron) alimentadas por el deseo, pero seguramente no por el apego y si acaso hubo apego, éste pertenece a una etapa titubeante que es superada. Weil advierte que, sin embargo, esto no es frecuente -y es que la verdadera amistad es algo que puede considerarse divino y sobrenatural-. Y seguramente lo que vemos más frecuentemente es relaciones unidas por la costumbre y el miedo a la soledad -un miedo que puede ser real, pues el hábito puede hacer que nuestra energía vital se vincule a la de otra persona de una manera muy real-. "La causa más frecuente de necesidad en los lazos afectivos es cierta combinación de simpatía y hábito. Como en los casos de avaricia o intoxicación, lo que en un principio era búsqueda de un bien se transforma en necesidad... Cuando el apego de un ser humano a otro está constituido sólo por necesidad, es algo atroz".

Estas palabras son de una lucidez avasalladora, ya que si somos sinceros nos daremos cuenta de que la mayoría de nuestras relaciones están basadas en lo habitual, en la necesidad y en el apego. De alguna manera, lo que Weil sugiere es que uno sólo puede abrirse a una relación de amistad -de amor sin apego- cuando no necesita. Lo cual es algo que muchos habrán experimentado, aquellas raras veces en las que genuinamente conectamos con alguien y se produce una relación positiva y virtuosa que generalmente se da desde la autonomía y la libertad, cuando no necesitamos ni estamos buscando. Llega solo, se dice, la relación fluye por un estado armónico, por una resonancia de frecuencias más altas. Tal es la amistad ideal, una compañía que inspira y que no sofoca, mientras el alma asciende hacia regiones más altas.  

 

Citas de Simone Weil del libro A la espera de Dios