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¿Contradice la evolución la existencia de Dios? Esto es lo que escribió Darwin al respecto

AlterCultura

Por: pijamasurf - 09/03/2018

Mucho se discute entre nuevos ateos y creacionistas, pero ¿realmente la evolución pone en entredicho la noción de un Dios creador?

Charles Darwin es seguramente -junto con Newton y Einstein- el científico más influyente de la historia. La historia recordará a Darwin como el descubridor de la teoría de la evolución, si bien Darwin no usó el término "evolución" hasta el final de su carrera y esta idea fue claramente anticipada por numerosos otros pensadores. Darwin reconoce a 24 naturalistas como precursores en El origen de las especies: la idea puede encontrarse germinalmente al menos tan temprano como en los textos de Empédocles; asimismo, diversas fuentes árabes la anticipan. Y, de manera independiente -aunque la historia no ha sido tan generosa con él-, el biólogo Alfred Russel Wallace llegó exactamente a las mismas conclusiones que Darwin, haciendo trabajo de campo en la misma época. De hecho, la correspondencia con Wallace fue lo que finalmente impulsó a Darwin a publicar su obra ahora clásica. No hay duda de que la idea había llegado a su madurez en el zeitgeist. No por demeritar a Darwin, quien proveyó la más extensa investigación y formuló la teoría de la selección natural de una manera científicamente convincente.

Darwin es recordado por la evolución y, con el tiempo, su teoría ha sido uno de los fundamentos para la consolidación del prestigio de la ciencia. La de Darwin es una teoría límpida y a todas luces evidente. Sin embargo, algunos han querido derivar de ella una visión eminentemente materialista, e incluso han argumentado que la evolución refuta o hace completamente implausible la existencia de Dios. No obstante, esto son interpretaciones, hechas bajo un cierto tamiz ideológico, de la obra y el pensamiento de Darwin, quien, por su parte, consideró que la selección natural no entraba en conflicto necesariamente con la noción de un creador. De hecho, daba lugar a una idea más elegante y divinamente económica de la Creación. 

En la actualidad, Darwin y su teoría se encuentran en el centro de un debate entre dos campos fundamentalistas: los creacionistas y los nuevos ateos (Dawkins, Dennett, Harris). Los creacionistas llegan a negar la teoría de la evolución, a partir del más craso fundamentalismo: la interpretación obcecadamente literal de la Biblia. Sintiéndose amenazados por la evolución, incluso llegan a negar la existencia de cosas como los dinosaurios. Aunque cualquiera que conozca un poco de teología sabrá que todos los padres de la Iglesia -San Pablo, San Agustín, Santo Tomás, etc.- eran claramente conscientes de que los sucesos de la Biblia debían leerse "en el espíritu y no en la letra", y que alertaron sobre los peligros de la interpretación literal de la escritura y desarrollaron una exégesis con hasta cuatro niveles de lectura: literal, alegórico, moral y anagógico, siendo el más bajo el literal. Asimismo, diferentes teólogos coinciden  en que la noción de la Creación debe entenderse no como un evento distante en el pasado sino como algo que ocurre en la eternidad divina y, por lo tanto, es una realidad perpetua, lo cual ciertamente pone en entredicho la noción lineal del tiempo -lo hace relativo-, pero en esto se acerca a la postura de Einstein, para quien la sucesión del pasado, el presente y el futuro era una ilusión, aunque una persistente. Por su parte, los nuevos ateos, como ha demostrado el también ateo -pero no fundamentalista- John Gray, defienden una versión del ateísmo que es igualmente fundamentalista y practican una nueva misión evangélica: acabar con el "virus de la religión" (en palabras de Dawkins). Su fundamentalismo yace en creer que la razón necesariamente lleva hacia una visión materialista y atea de la realidad y hacia el establecimiento de valores liberales universales (los cuales extraen con enorme dificultad de la ciencia). Asimismo, en equiparar todo lo bueno con la ciencia y todo lo malo con la religión, en una caricaturesca polarización. 

La realidad es que existe mucha confusión, pues si bien la teoría de la evolución sí podría amenazar una creencia fundamentalista-literal de las enseñanzas de ciertas religiones, no parece atentar contra  principios ontoteológicos o metafísicos, al menos no en la opinión de Darwin. Charles Darwin tuvo una educación religiosa y en su juventud solía asistir a la iglesia. Con el tiempo fue alejándose del cristianismo y tendiendo más hacia el agnosticismo, lo cual puede notarse en las diferentes ediciones de El origen de las especies, donde hay progresivamente una menor presencia del deísmo y el teísmo que se encontraba más patente en los primeros tirajes. De cualquier manera, nunca fue ateo y no observó una contradicción entre una creación divina y una selección natural. Según escribió:

Autores de cierta relevancia parecen estar totalmente satisfechos con la teoría de que cada especie ha sido creada independientemente. A mi entender, se aviene mejor con lo que conocemos de las leyes impresas en la materia por el Creador, el que la producción y extensión de los habitantes presentes y pasados se deban a causas secundarias, como las que determinan el nacimiento y la muerte de los individuos. Cuando tengo en cuenta a todos los seres no como creaciones especiales, sino como los descendientes directos de unos cuantos seres que vivieron mucho antes de que se depositase la primera capa del sistema cámbrico, creo que se ennoblecen mis ojos.

Y nada menos que en la oración final de El origen de las especies:

Existe grandeza en esta concepción de que la vida, con sus distintas facultades, fue originalmente alentada por el Creador en una o varias formas, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, han evolucionado y están siendo evolucionadas, a partir de un comienzo tan simple, infinidad de formas cada vez más hermosas e impresionantes.

Tenemos rastros aquí del dios del universo newtoniano -el billarista o relojero cósmico-, que echa a andar las leyes del universo, que imprime en ellas su idea, aunque no parece involucrarse mucho que digamos en su obra, la cual corre sola perfectamente. No es el dios del teísmo, sino del deísmo: no es el dios de la religión, sino el de los filósofos; el dios que empezaron a perfilar Descartes y Bacon y acabaría con una visión mecanicista de la realidad. Einstein, en su lectura de Spinoza, se acercó a pensar en un dios más o menos similar.

Hay que mencionar que en su Autobiografía, Darwin se pronuncia como marcadamente agnóstico, mostrando asombro intelectual y preguntándose sobre la capacidad del hombre de realmente resolver el misterio de la existencia: "No puedo pretender arrojar la más mínima luz a estos abstrusos problemas. El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros; por ello, debo permanecer contento siendo un agnóstico". Esta parece ser una posición razonable para un científico riguroso. Asumir categóricamente -y no sólo lógicamente- la existencia de Dios requiere de fe o misticismo y, por lo tanto, de una creencia en algo no evidente o manifiesto para los métodos -si bien limitados- de la ciencia. No obstante, la misma ciencia no puede negar la posibilidad de la existencia de Dios en tanto que no puede explicar la existencia como tal y, en consecuencia, no puede decirse tampoco que la fe es irracional; simplemente, es algo que pertenece a otro magisterio. Al terreno de la subjetividad y la experiencia personal.

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Por qué la razón no puede alcanzar el conocimiento más alto (sobre el silencio de Tomás de Aquino)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 09/03/2018

Santo Tomás de Aquino vivió un éxtasis místico cuando celebraba una misa, el cual lo sumió e silencio e hizo que interrumpiera para siempre la compleción de su obra maestra.

Santo Tomás de Aquino es el autor de la obra teológica más influyente en la historia de la Iglesia Católica y una de las obras filosóficas más importantes en la historia de la filosofía, ya que cualquier filósofo serio que se precie de dialogar de manera integral con la historia de la filosofía en algún momento debe de voltear hacia la Suma Teológica de Aquino. La obra, que consiste de 3 libros y en sus versiones impresas llega a unos 17 tomos, es una síntesis de toda la teología cristiana con un especial giro por incluir la filosofía natural de Aristóteles y dialogar con sus comentadores musulmanes y algunos otros filósofos que los cristianos llaman "paganos". San Agustín había integrado el platonismo al cristianismo; Aquino, quien estaba influido por Alberto Magno y su interés por la ciencia, hizo algo similar con la obra de Aristóteles, que en su época había llegado a informar todo el saber medieval a través del contacto con la cultura musulmana. De Aquino compuso esta obra monumental, la cual quedó inconclusa, de 1265 a 1273. Lo que nos concierne aquí es la razón por la cual quedó inconclusa la obra que sería la llave maestra de la teología de la Iglesia Católica.

En la fiesta de San Nicolás, en diciembre de 1273, Aquino vivió una de las experiencias místicas más famosas y misteriosas en la historia del cristianismo. El doctor angélico, quien había dedicado toda su vida meticulosamente al estudio, estaba celebrando una misa cuando tuvo una experiencia mística cuyo contenido (si es que se puede hablar de "contenido") ignoramos completamente. De Aquino concluyó la misa y a diferencia de lo que hacía todos los días  -dictar su Summa Theologiae a sus amanuenses- permaneció en completo silencio. Abandonaría el dictado de su obra hasta su muerte en 1274. En una carta a su secretario y amigo, el hermano Reginaldo, Aquino expresó: "El fin de mis labores ha llegado. Todo lo que he escrito me parece algo así como paja después de las cosas que me fueron reveladas." Y reiteró: "No puedo escribir más. He visto cosas que hacen a mis escritos como la paja". Hay que recordar que en la Biblia se hacen múltiples referencias a la paja y al grano (o al trigo), incluyendo aquella del evangelio que habla de separar el trigo de la paja, siendo la paja la sustancia desechable e inesencial, que será quemada. Sin embargo, esto no quiere decir que de Aquino haya considerado que su obra mereciera la hoguera.

De cualquier manera, su juicio es casi inédito en la historia del pensamiento, uno no imagina a Nietzsche, a Hegel, a James Joyce a Proust, etc., diciendo con desdén que sus textos son mera paja. Por el contrario la gran mayoría de los grandes autores de la filosofía y la literatura exhibieron un enorme apego a sus obras y las consideraban tesoros cuasidivinos. Quizás la experiencia de Tomás de Aquino nos hace entender un poco por qué que los grandes maestros espirituales no suelen escribir nada. Como dice la frase taoísta: "El que sabe no habla, el que habla no sabe." No habla porque sabe que cualquier cosa que diga no será esa sabiduría que se busca.

Mucho se ha especulado sobre su silencio y las palabras con las que describió de Aquino su obra. Resulta evidente, sin embargo, que el hecho de que pensara que son paja está condicionado a su revelación, es decir, son paja en el sentido de que no pueden expresar las alturas místicas que son inefables. De Aquino nunca mencionó que su obra no debía ser publicada o que estuviera equivocada, parece simplemente haber expresado la impotencia de las palabras y del pensamiento discursivo para penetrar en el misterio divino. En su Suma Teológica el mismo reitera que existen verdades que exceden la razón humana, superiores a la filosofía, y éstas son el conocimiento de Dios "como Él mismo se conoce a sí mismo" o el misterio de la trinidad.

Esto nos lleva al núcleo de la reflexión que este artículo pretende hacer, el conocimiento discursivo, todo lo que podemos aprender leyendo un libro e incluso observando el mundo exterior con un método científico, no es suficiente para penetrar el misterio de la causa primera, del ser en sí mismo. Se puede formar una válida aproximación usando la filosofía discursiva o la ciencia e incluso pueden proveer escalones para penetrar el misterio, pero nunca podrán, como si fuere, cruzar el umbral por sus propios medios. La razón no logra entender el misterio del silencio divino. Hay un lugar donde las palabras no pueden ir. El Buda calló ante sus discípulos y simplemente ofreció una flor.

Quizás podemos ver el caso de Santo Tomás como emblemático, su gran conocimiento intelectual lo preparó, le dio la teoría necesaria, pero hubo un punto que tuvo que cruzar a través de la contemplación o de la gracia. Era necesario tener una experiencia de la verdad; la verdad no puede comunicarse tal cual ni puede transferirse a un discurso intelectual. 

Apelar a la experiencia personal (a la subjetividad) hoy en día es justamente aquello que se considera como una forma de conocimiento inferior e incluso invalido. Bajo el paradigma materialista que ha convertido lo que es un mero método epistemológico en una ontología y una metafísica, la subjetividad no tiene cabida en el conocimiento, lo cual es por lo menos paradójico, pues, ¿dónde ocurre el conocimiento sino es en la subjetividad? Como escribe David Bentley Hart en su libro Being, Consciousness, Bliss: "Hoy en día hay personas aparentemente racionales que sostienen que nuestra creencia en la realidad de nuestras propias conciencias intencionales debe de ser validada por métodos apropiados a procesos mecánicos, objetos inertes, y descripciones en tercera persona." 

El mismo Hart, quien defiende con enorme lucidez el poder de la razón y de la lógica para hacer filosofía y alcanzar ciertos entendimientos, expresa la impotencia de ésta para resolver los misterios y las preguntas que todo ser humano con la mínima curiosidad existencial debe hacerse. El pensamiento discursivo no podrá realmente nunca probar la existencia -o la inexistencia de Dios-, explicar de manera enteramente satisfactoria por qué existe algo (y no nada), o sí existe un propósito definitivo para esta existencia -aunque evidentemente sí puede formular argumentos sólidos que nos acerquen a comprender la realidad y a formular un modelo que armonice nuestra existencia con el mundo-. Puede describir adecuadamente la realidad, pero no experimentarla. "No importa cuán fuerte sea la convicción racional, no es todavía la experiencia de la verdad a la cual la convicción apunta. Si uno realmente busca 'prueba'... uno debe recordar que lo que busca es una experiencia particular, completamente diferente a un encuentro con un mero objeto finito de cognición o alguna otra cosa particular que se pueda encontrar entre una serie de cosas. Uno busca una comunión con una realidad que al mismo tiempo excede y subyace toda otra experiencia." Hart agrega que tanto las tradiciones espirituales, de Oriente como de Occidente, coinciden que la experiencia más alta del conocimiento (aunque el término es problemático, se podría hablar también de un des-conocimiento o de una "docta ignorancia") involucra dirigir la mente hacia una contemplación silenciosa, hacia una cierta ascesis, mirar hacia adentro y purificar la mirada para ver en todas parte la misma luz del Ser. Agustín escribió en uno de sus sermones: "Toda nuestra tarea en esta vida consiste en restaurar la salud del ojo del corazón para que Dios pueda ser visto."