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El cerebro musical del invidente: concerto en la corteza auditiva

Arte

Por: Mateo Tierra - 09/10/2018

¿Puede la ceguera suponer una ventaja respecto al proceso intuitivo y sensible del orfebre de sonidos?

Quien carece de visión puede obtener una mirada más clara de su interior. Es sabido que la facultad de la ceguera manifiesta un refinamiento en el resto de sentidos. Pero, en el caso del músico invidente, ¿puede esta condición suponer una ventaja respecto al proceso intuitivo y sensible del orfebre de sonidos? Facultades tan exigentes en este oficio como son la exploración emocional, la memoria o la concentración podrían agudizarse debido a la aglutinación de toda la electricidad cerebral en un haz de introspección creativa.

El proceso de recableado de las estructuras cerebrales (rewired) es uno de los fenómenos estrella del estudio neuropsicológico moderno. Los hallazgos en torno a la neuroplasticidad han llegado a desmitificar esta condición de ceguera como una "discapacidad", llegando al punto de plantearnos: ¿Dispone un ciego de mayor "espacio" neuronal para rellenarlo con otras funciones mentales que, dada esta recolocación, se intensifiquen respecto a aquel que aún conserva la visión? Descubrámoslo:

 

La vita è più bella con gli occhi chiusi

¿Sabes? Es gracioso, pero nunca pensé en ser ciego como una desventaja, y nunca pensé en ser negro como una desventaja.

Stevie Wonder

 

Vivimos en la hegemonía de lo visual. Aun siendo portadores de sentidos como el tacto o el olfato, esenciales en experiencias cumbre como el orgasmo o los recuerdos de la infancia ligados al sistema límbico del cerebro, parecemos desear ser adueñados por el haz cegador de los superestímulos visuales. Dado esto, cerrar los ojos puede considerarse un acto liberador y subversivo; por un instante, podemos descansar y hacer florecer el resto de sentidos normalmente drenados por una visión cansada e hipertrofiada.

Es significativo que ante las experiencias de gozo profundo uno guarda el impulso de privarse de la vista: aquella forma instintiva de agudizar un beso, un bocado de comida, el placer de un pasaje sinfónico o la integración en un ejercicio espiritual. De la misma forma, es sorprendente cómo mejoran ciertas aptitudes básicas en la ejecución musical con tan sólo cerrar los ojos: la memorización, la canalización de la emoción o la afinación automáticamente se ven facilitadas y amplificadas.

No sabemos hasta qué punto estas facultades fortificadas pudieron ayudar a impulsar la asombrosa creatividad de artistas como Stevie Wonder (quien ganó 25 premios Grammy y logró vender más de 100 millones de discos) o Raul Midón, este multinstrumentista mexicano conocido por su refinamiento y virtuosismo de alto grado. Sin quitar merito a las inacabables horas de práctica de estos músicos, preguntémonos: ¿acaso su recableado cerebral les ha permitido este tipo de destreza extraordinaria?

A través del cerebro del invidente, el estudio científico de la neurogénesis (el nacimiento de nuevas neuronas en este órgano) halla uno de sus grandes paradigmas de esta transformación plástica: las zonas empleadas en la visión (la corteza visual primaria y el área de asociación visual) son reemplazadas por nuevas vías de ferrocarril neuronales pertenecientes a otras estaciones como son la corteza sensorial, motora o auditiva (zonas sumamente importantes en la ejecución musical).

Mediante la neuroplasticidad, la reorganización cerebral característica del invidente promueve una mayor capacidad de independencia entre las manos y las extremidades (esencial en todo tipo de instrumentos), concentración, oído musical o interocepción. Facultades esenciales, por ejemplo, a la hora de construir una improvisación coherente y conmovedora.

Otro gran ejemplo de esta creatividad y habilidad musical inagotable es el jazzman "Rahsaan" Roland Kirk. Es revelador que en muchos músicos ciegos, la experimentación cuasi excéntrica o la transgresión de barreras técnicas y compositivas han sido ingredientes inseparables de su obra (elementos clave, asimismo, en la construcción de su genialidad). Puesto que el cerebro del invidente es capaz de habilidades asombrosas, tales como el fenómeno de la ecolocación, podemos concluir que la percepción general y la facilidad de realizar procesos simultáneos se ve aumentada en estos individuos.

Desde una mayor sensibilidad térmica hasta la asociación de estímulos incrementada, es probable que todos estos "superpoderes" de los invidentes se deban a la cantidad notablemente mayor de conexiones sinápticas existentes en su cuerpo calloso, algo así como la ruta 66 neuronal, la gran carretera que conecta ambos hemisferios cerebrales.


Dada la naturaleza maleable del cerebro, estas capacidades aumentadas suceden de tal forma incluso en ciegos que perdieron la vista a edades tempranas, lo cual demuestra la efectividad del cerebro para modificar sus estructuras a lo largo de su formación (e incluso en la vida adulta). Este es el caso del músico estadounidense Ray Charles: debido a un glaucoma, vio mermar su capacidad visual desde los 5 años, hecho que no le impidió hacerse merecedor del atributo de mejor cantante masculino de la historia según la revista Rolling Stone.

Sea que se trate de Stevie Wonder, Raul Midón, Roland Kirk, Ray Charles o de los 40 millones de invidentes que conforman la población mundial, hay una clara enseñanza que podemos extraer de estos superhéroes cotidianos: cultivemos la no-visión; aprendamos, comprendamos e incorporemos este tipo percepción amplificada. Ejercicios tan sencillos como una comida a ciegas o la reducción de la luminosidad artificial de nuestro ambiente pueden ser una excelente manera de hallar mayor significado en nuestras experiencias cotidianas.

Un contexto iluminado por llamas, luces débiles o el resplandor de la Luna puede liberarnos de la soberanía del ojo para permitir que aflore la esencia que nos rodea y que, asimismo, reflejamos por dentro. Transitemos, pues, la penumbra, para hallar el esplendor de sus enigmáticas siluetas. Recordando aquello que Junichiro Tanizaki manifiesta en El elogio de la sombra: "La belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra".

 

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¿La voluntad pop? Saxofón, covers virales y Schopenhauer

Arte

Por: Mateo Tierra - 09/10/2018

Entre los acólitos del mainstream existe una consagrada ruta de peregrinaje que promete el ascenso al parnaso de la fama y lo viral: el cover

Inmaculada Swift, Santo Bieber, Padre Derulo, mártires timberlakeanos... los hitos de la cosmo(pop)gonía contemporánea. Cuando toda la atención, aspiraciones, deseos y anhelos individuales son catalizados y dirigidos hacia el mundo popstar, los nuevos objetos sagrados que canalizan la oración narcisista son plataformas como Musical.ly (transformado en TikTok), Instagram, Dubsmash, Spotify o YouTube. El atávico poder de resonancia de los sonidos sobre el ethos humano y sus pasiones al servicio de los poderosos oráculos del hedonismo:

He ahí por qué los sabios de tiempos antiguos, considerando

que cada cosa tiene esta propiedad de moverse, girar e inclinarse

a su semejante y por su semejante, se han servido de la Música y

la han puesto en uso, no solamente para dar placer a los oídos,

sino principalmente para moderar o conmover los afectos del

alma, y la han apropiado a sus oráculos, a fin de instilar suavemente

e incorporar firmemente su doctrina en nuestros espíritus

y, despertándolos, elevarlos más.

(Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música, México: Siglo XXI, 1995, p. 92)

Entre los acólitos del mainstream existe una consagrada ruta de peregrinaje que promete el ascenso al parnaso de la fama y lo viral: el cover. Y es que cuando un hit como “Shape of You” alcanza una cantidad de reproducciones similar a la mitad de la población mundial (esto es, 3.700.000.000 de reproducciones en su video oficial de YouTube), ¿quién no quiere intentar llevarse un 1% de ese jugoso pastel?

La cuestión es adaptarse a las listas de éxitos y saber utilizar el leguaje lleno de superestímulos audiovisuales en los que se fundamenta la cultura del espectáculo. Uno mismo, con sus habilidades explotables, tal como un producto atractivo y vendible, debe participar en el ecosistema del entretenimiento, haciendo de ello un acto maquiavélico e inteligente.

Para beber del fenómeno viral hay que representar la viralidad. El artista debe jugar el juego a fin de obtener poder y visibilidad. Y existen muchas formas de sacar partido de ese juego (este artículo es una de ellas, ¿no?).
 

Oye, ¿qué haces silbando Katy Perry?

¿Quién no ha tenido el placer de deleitarse con un cover? ¿Y de imaginarse siendo un famoso oráculo pop? Artistas como Boyce Avenue o Luciana Zogbi son el epígono de la fiebre cover que, junto a la ubicuidad de YouTube y las redes sociales, resulta en uno de los fenómenos digitales contemporáneos de mayor audiencia.

¿Así que quieres ser un coverstar? Esta profesión, en su vertiente más seria, conlleva realizar grabaciones de estudio (masterización, asesoría de imagen y producción, ¡bendito Auto-Tune!), realización de video y montaje audiovisual, además de toda una burocracia musical que, en términos de ganancias, no aspira sólo a la monetización que otorga Youtube, sino a los acuerdos a los que se puede llegar con patrocinadores y productores, la participación en campañas de publicidad en redes, y, desde luego, la venta del propio trabajo artístico a través de tu persona digital.

Existen varias fórmulas musicales: la versión en acústico (la voz y los instrumentos de cuerda suelen ser la gran apuesta), el ensemble vocal o la fascinante hibridación y transmutación de géneros musicales son algunos de los ejemplos más notables. En este artículo nos centraremos en una tipología distinta que podría agradar hasta al mismísimo padre del pesimismo filosófico.


Schopenhauer le ha dado like a tu cover de saxofón

Sí, parecemos sentir especial predilección al (re)descubrir melodías vocales bajo nuevos timbres y texturas instrumentales. Durante el Romanticismo europeo la música, y en concreto la música instrumental, se encumbró como cima artística de la cultura. Literatos como E. T. A. Hoffmann reconocieron la dimensión metafísica de los pasajes orquestales y arias de Rossini y Verdi. De estos verdaderos popstars decimonónicos, Schopenhauer disfrutaba interpretando, con su pequeña flauta de marfil, sus célebres arias; regocijándose con la emoción cristalina que desprendían estas melodías del bel canto adaptadas a su pequeño instrumento de viento:

[La música] no expresa este o aquel determinado goce, ni tal o cual amargura o dolor, o terror, o júbilo, o alegría, o calma, sino el goce mismo, la amargura misma, el dolor mismo, el terror mismo, el júbilo mismo, la alegría misma o la calma misma.

 (Sobre la música, Madrid: Casimiro Libros, 2016, p. 18)

Han pasado 200 años y seguimos transportando melodías vocales de hits al terreno instrumental, creando verdaderos picos de placer sonoro. Muy a pesar de los defensores de la alta cultura (¡Oh, el gran depósito de valores redentores de la humanidad!), los ataques de la crítica sobre el gusto de los "no ilustrados" parecen querer evitar, casi siempre, una realidad: sea Rossini o Ed Sheeran, la cuestión siempre ha residido en las apetencias del gusto popular, ¿y qué hay de malo en disfrutar con ello?

 

1. The Chainsmokers – “Closer” (ft. Halsey)

Sí, durante el Romanticismo la música instrumental es reconocida como el culmen del placer estético. El arte, a través de figuras como Wagner y su obra de arte total, se transforma en la nueva religión. 2 siglos después, ¿podríamos utilizar un cover de pop mainstream al saxofón como herramienta de conocimiento metafísico?

Schopenhauer, melómano y conocedor de la filosofía oriental, concibió la voluntad como una fuerza irracional que latía en la esencia de todas las cosas y las impelía a moverse. Para él, la música era el canal idóneo para la transmisión directa de este impulso universal. Recalcaba el carácter contra natura de la música que era subyugada a un texto o a la introducción de términos descriptivos ("Pastoral", "Heroica", "Capricho"...). Conceptos procedentes de la representación del mundo (el engañoso velo de maya de percibimos en nuestra cotidianeidad)  ajenos a "la cosa en sí" kantiana.

De tal forma, aseveró que el arte de los sonidos constituía un universo autónomo que no tenía una naturaleza imitativa, mimesis a la que sí se veía abocada el resto de artes. Para Schopenhauer, la música instrumental era un testimonio directo de esta voluntad inmanente que "escapa de las formas fenoménicas (la causalidad, el espacio y el tiempo)". La romántica expresión de lo inefable, la esencia directa de la realidad a través del sentimiento.

 

2. Ed Sheeran – “Thinking Out Loud”

Con el saxofón, Adolphe Sax trató de salvar la brecha entre el timbre estridente y brillante de los viento-metales y el sonido dulce y apagado de la madera. Creó un instrumento de timbre cálido y honesto que parecía reflejar las pasiones de quien lo interpretaba. Quizá sea por ello que el saxofón imbuye rápidamente al oyente en una conciencia auditiva profundamente emocional.

Desde la corteza auditiva al centro del placer, el cerebro occidental parece responder excelentemente al saxofón. De hecho, podemos considerar cómo esta versión de “Thinking Out Loud” cobra, a través de la resonancia del latón, una amplificada dimensión sensible. Sin letra que guíe nuestras emociones, pareciera aflorar una interpretación más libre y subjetiva de la canción. Esta es la idea a la que se refería Schopenhauer respecto al placer íntimo y profundo que surge de las melodías que no son aprisionadas en significados semánticos concretos.

 

3. Mark Ronson – “Uptown Funk” (ft. Bruno Mars)

El saxofón es un símbolo: guarda unas connotaciones tímbricas gestadas durante la eclosión del jazz moderno, el soul, el blues y el rock. El sonido de este instrumento ya quedó desligado de sus orígenes orquestales y militares, para adentrarse de lleno en el indómito sonido del pueblo: la música popular urbana.

Ya sea con el salvaje free jazz de Ornette Coleman y su saxo blanco, o con el smooth jazz y el sonido lounge popularizado en los chill out (¿mojito de mango o caipirinha?), al interpretar una melodía al saxofón apelamos a este tipo de conciencia colectiva heredada. Le otorgamos a la pieza musical una dimensión de refinamiento asociada con los atributos cool del West Coast jazz californiano y la intelectualidad rebelde del hipster neoyorquino de mitad del siglo XX.
 

4. Maroon 5 – “Sugar”

Si uno de los grandes ataques al pop contemporáneo es la pobreza respecto al contenido de sus letras, con el fin de la sumisión de la música al texto, ¿se acabó el problema? Las alusiones textuales a la concupiscencia, la preeminencia de lo frívolo, las aspiraciones de fama o la perpetuación de modelos de comportamiento hegemónicos de sexualidad y género, ¿tocan su fin? Preguntémonos que ética subyace bajo la estética pop que sigue prevaleciendo en los estilos instrumentales:

Your sugar
Yes, please
Won't you come down and put it down on me
I'm right here, 'cause I need
Little love and little sympathy
Yeah you show me good loving
Make it alright
Need a little sweetness in my life.

¿Diabetes?

 

5. Justin Ward – “Love Me Like You Do”

Si la misión de la música es, tal como aseveró el filósofo Wackenroder, llegar a esos lugares donde la palabra no puede, accediendo a ese estado de arrebatamiento donde hallamos una clara visión de las cosas, ahora queda a decisión del lector resolver la incógnita del pop contemporáneo.

¿Representan estas melodías algún tipo de acceso a información celeste, el eco del big bang contenido en la vibración de todas-las-cosas? O, ¿son tan sólo un velo de sonidos, aparentemente puros, reapropiados para alimentar el hedonismo y los ecosistemas digitales de la sociedad del espectáculo? El sonido es inocente, su uso no.

Dime, Santo Bieber, ¿es este el canto de una sirena o la voluntad pop schopenhaueriana?

Mateo Tierra (10:3)

 

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