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Arquetipos y transformaciones de la luminosidad primordial: eros y fuego

En el libro Símbolos de transformación, el texto por el cual Carl Jung finalmente se distanció finalmente de Freud, el psicólogo suizo analiza las transformación de la libido, a la cual define como energía psíquica y no sólo como instinto sexual. Dentro de su discusión de la libido, Jung esboza una teoría un tanto radical y extraña sobre la invención del fuego.

Antes que Jung, Freud había observado que para los hombres primitivos "el calor irradiado del fuego" debió de "evocar la misma sensación que acompaña el estado de excitación sexual, la flama nos recuerda el falo activo". Notablemente, en el sacrificio védico el fuego es imaginado como un acto sexual en el que cuando se arroja la mantequilla, las llamas crecen como un falo excitado. Jung, quien notó la correspondencia no sólo entre el fuego y el sexo, sino también entre el fuego y el soma (y el semen), cita esta descripción del ritual védico:

Se enciende un determinado fuego sacrificial frotándose dos trozos de madera; se toma uno de ellos y se dice "Tú eres el lugar en que nace el fuego" (janitram); se coloca sobre él dos tallos de hierba: "Vosotros sois los dos testículos" y sobre ellos la adharani (el trozo de madera que ha de colocarse encima) con mantequilla: "Tú eres fuerza" (semen); y luego se coloca sobre la adharani: "Tú eres Pururavas" y se frotan ambos tres veces: "Te froto con el Gayatri [el metro mántrico], te froto con el Trishtubh, te froto con el Jagari".

En el mismo texto, Jung explora una etimología esotérica investigada por el filólogo Adalberto Kuhn, quien sugirió que la raíz sánscrita "math" (robar) tiene una identidad con manth (frotar)El accesorio que se utiliza para encender el fuego del sacrificio es llamado pramantha, y consiste de dos varillas de higuera amarradas que son frotadas entre sí para producir el fuego. Kuhn sugiere que Prometeo, el dios que roba el fuego para entregarlo a los hombres, es un cognado del sánscrito pramanth. Frotar, robar, encender el fuego...

Jung cree que la generación del fuego originalmente pudo haber ocurrido entre hombres primitivos reproduciendo un comportamiento rítmico (una fricción o frotación), como ocurre cuando se maman los pechos de la madre, se tiene sexo o el individuo se masturba:

La libido que se estanca ante un obstáculo no por fuerza regresa a antiguos empleos sexuales, sino más bien a actividades infantiles rítmicas, que subyacen como paradigma tanto al acto de la nutrición como al sexual... no parece que haya que excluir que haya sido de esta manera como se descubrió el fuego, es decir, mediante la reactivación regresiva del ritmo.

La ritmización, dice Jung, es aquello que fija un patrón, el modo en el que se "imprimen ciertas ideas y demás actividades", una forma de organización que permite "la transfusión de la libido a una nueva forma de actuación”; y también: "la ritmización constituye un carácter específico de todos los procesos emocionales en cuanto tales... toda excitación tiende a manifestarse rítmicamente". En otras palabras, el fuego sería una transformación de la libido, una forma de externalización del deseo, el brote rítmico del deseo que enciende el mundo. Posiblemente, si seguimos la teoría de Jung, el hombre habría entrado en una fase regresiva y frotándose o frotando alguna herramienta -en imitación de un proceso libidinal- habría descubierto el fuego. A diferencia de Freud, Jung ve en la libido algo más que el instinto sexual; es todo deseo, toda voluntad: "un valor energético que puede comunicarse a cualquier otro ámbito" y "da ocasión a la creación de símbolos luminosos".

Gaston Bachelard había llegado a una explicación acaso más poética, pero en el mismo tenor, en su Poética del espacio: "el amor es la primera hipótesis científica para la reproducción objetiva del fuego... el fuego no es más que un amor que debe pasarse. El amor no es más que un fuego que debe capturarse".

Esta libido, que engloba todas las fuerzas luminosas -lux et voluptas-, aparece en numerosas historias de creación. Merece recordarse, por ejemplo, que Eros, según Hesíodo, es el Protogono, el espíritu que primero brota del huevo cósmico con alas doradas (llamado Fanes por los órficos, palabra que significa "luz", "brillo", "lo que aparece", y la misma raíz de palabras como "fantasía" o "fenómeno"). La función de este espíritu, dice el profesor F. M. Conford, era "generar vida, ya sea a través de la proyección inmediata de su semilla o uniendo a sus padres divididos en matrimonio". Es decir, la conjunción o reunión de los opuestos, en ese caso del Cielo y la Tierra, "los padres divididos", Urano y Gea. Jung comenta sobre la versión órfica de la creación: "El significado órfico de Fanes es equivalente al del Kama indio, el dios del amor que es también principio cosmogónico. En los escritos del neoplatónico Plotino el Alma del mundo es la energía de la inteligencia". Así podemos trazar una conexión no sólo con el Kama indio -que es en el Rig Veda 10.129 "la primera semilla de la mente"-, sino también con Hiranyagarbha, el embrión dorado que emerge en las aguas, potencia creativa que Shankara entiende es el Alma del mundo. Recordemos que en los himnos védicos hay una imagen que se reitera en numerosas ocasiones en relación a la creación: un fuego o resplandor que brota en las aguas, debido a la concentración de la energía psíquica, el tapas, el ardor ascético que caracteriza al estado de aplicación de un yogui  o de brahmán que realiza un sacrificio. El yogui, cuando controla su mente y la dirige a un único punto, está imitando y sintonizando de cierta forma la energía divina de la creación, si bien generalmente para invertir el proceso de la creación y regresar al estado de unidad o no-dualidad que subyace a la manifestación. Aunque la teoría de Jung parece ser mera conjetura especulativa, no hay duda de que existe una misteriosa relación entre el deseo y el fuego y la luz en general. Como también escribió Simone Weil:

Liberamos energía en nosotros. Pero de nuevo se nos agrega sin cesar. ¿Cómo llegar a liberarla toda? Es preciso desear que eso se produzca en nosotros. Desearlo de verdad. Simplemente desearlo, y no tratar de realizarlo.

(La gravedad y la gracia)

Un cuento esquimal explica así el origen de la luz: El cuervo, que en la noche eterna no podía encontrar alimento, deseó la luz y la tierra se iluminó. Si hay verdadero deseo, si el objeto del deseo es realmente la luz, el deseo de luz produce luz. Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención. Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro móvil está ausente.

(A la espera de Dios)

 

Twitter del autor: @alepholo

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Por qué la razón no puede alcanzar el conocimiento más alto (sobre el silencio de Tomás de Aquino)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 09/05/2018

Santo Tomás de Aquino vivió un éxtasis místico cuando celebraba una misa, el cual lo sumió e silencio e hizo que interrumpiera para siempre la compleción de su obra maestra.

Santo Tomás de Aquino es el autor de la obra teológica más influyente en la historia de la Iglesia Católica y una de las obras filosóficas más importantes en la historia de la filosofía, ya que cualquier filósofo serio que se precie de dialogar de manera integral con la historia de la filosofía en algún momento debe de voltear hacia la Suma Teológica de Aquino. La obra, que consiste de 3 libros y en sus versiones impresas llega a unos 17 tomos, es una síntesis de toda la teología cristiana con un especial giro por incluir la filosofía natural de Aristóteles y dialogar con sus comentadores musulmanes y algunos otros filósofos que los cristianos llaman "paganos". San Agustín había integrado el platonismo al cristianismo; Aquino, quien estaba influido por Alberto Magno y su interés por la ciencia, hizo algo similar con la obra de Aristóteles, que en su época había llegado a informar todo el saber medieval a través del contacto con la cultura musulmana. De Aquino compuso esta obra monumental, la cual quedó inconclusa, de 1265 a 1273. Lo que nos concierne aquí es la razón por la cual quedó inconclusa la obra que sería la llave maestra de la teología de la Iglesia Católica.

En la fiesta de San Nicolás, en diciembre de 1273, Aquino vivió una de las experiencias místicas más famosas y misteriosas en la historia del cristianismo. El doctor angélico, quien había dedicado toda su vida meticulosamente al estudio, estaba celebrando una misa cuando tuvo una experiencia mística cuyo contenido (si es que se puede hablar de "contenido") ignoramos completamente. De Aquino concluyó la misa y a diferencia de lo que hacía todos los días  -dictar su Summa Theologiae a sus amanuenses- permaneció en completo silencio. Abandonaría el dictado de su obra hasta su muerte en 1274. En una carta a su secretario y amigo, el hermano Reginaldo, Aquino expresó: "El fin de mis labores ha llegado. Todo lo que he escrito me parece algo así como paja después de las cosas que me fueron reveladas." Y reiteró: "No puedo escribir más. He visto cosas que hacen a mis escritos como la paja". Hay que recordar que en la Biblia se hacen múltiples referencias a la paja y al grano (o al trigo), incluyendo aquella del evangelio que habla de separar el trigo de la paja, siendo la paja la sustancia desechable e inesencial, que será quemada. Sin embargo, esto no quiere decir que de Aquino haya considerado que su obra mereciera la hoguera.

De cualquier manera, su juicio es casi inédito en la historia del pensamiento, uno no imagina a Nietzsche, a Hegel, a James Joyce a Proust, etc., diciendo con desdén que sus textos son mera paja. Por el contrario la gran mayoría de los grandes autores de la filosofía y la literatura exhibieron un enorme apego a sus obras y las consideraban tesoros cuasidivinos. Quizás la experiencia de Tomás de Aquino nos hace entender un poco por qué que los grandes maestros espirituales no suelen escribir nada. Como dice la frase taoísta: "El que sabe no habla, el que habla no sabe." No habla porque sabe que cualquier cosa que diga no será esa sabiduría que se busca.

Mucho se ha especulado sobre su silencio y las palabras con las que describió de Aquino su obra. Resulta evidente, sin embargo, que el hecho de que pensara que son paja está condicionado a su revelación, es decir, son paja en el sentido de que no pueden expresar las alturas místicas que son inefables. De Aquino nunca mencionó que su obra no debía ser publicada o que estuviera equivocada, parece simplemente haber expresado la impotencia de las palabras y del pensamiento discursivo para penetrar en el misterio divino. En su Suma Teológica el mismo reitera que existen verdades que exceden la razón humana, superiores a la filosofía, y éstas son el conocimiento de Dios "como Él mismo se conoce a sí mismo" o el misterio de la trinidad.

Esto nos lleva al núcleo de la reflexión que este artículo pretende hacer, el conocimiento discursivo, todo lo que podemos aprender leyendo un libro e incluso observando el mundo exterior con un método científico, no es suficiente para penetrar el misterio de la causa primera, del ser en sí mismo. Se puede formar una válida aproximación usando la filosofía discursiva o la ciencia e incluso pueden proveer escalones para penetrar el misterio, pero nunca podrán, como si fuere, cruzar el umbral por sus propios medios. La razón no logra entender el misterio del silencio divino. Hay un lugar donde las palabras no pueden ir. El Buda calló ante sus discípulos y simplemente ofreció una flor.

Quizás podemos ver el caso de Santo Tomás como emblemático, su gran conocimiento intelectual lo preparó, le dio la teoría necesaria, pero hubo un punto que tuvo que cruzar a través de la contemplación o de la gracia. Era necesario tener una experiencia de la verdad; la verdad no puede comunicarse tal cual ni puede transferirse a un discurso intelectual. 

Apelar a la experiencia personal (a la subjetividad) hoy en día es justamente aquello que se considera como una forma de conocimiento inferior e incluso invalido. Bajo el paradigma materialista que ha convertido lo que es un mero método epistemológico en una ontología y una metafísica, la subjetividad no tiene cabida en el conocimiento, lo cual es por lo menos paradójico, pues, ¿dónde ocurre el conocimiento sino es en la subjetividad? Como escribe David Bentley Hart en su libro Being, Consciousness, Bliss: "Hoy en día hay personas aparentemente racionales que sostienen que nuestra creencia en la realidad de nuestras propias conciencias intencionales debe de ser validada por métodos apropiados a procesos mecánicos, objetos inertes, y descripciones en tercera persona." 

El mismo Hart, quien defiende con enorme lucidez el poder de la razón y de la lógica para hacer filosofía y alcanzar ciertos entendimientos, expresa la impotencia de ésta para resolver los misterios y las preguntas que todo ser humano con la mínima curiosidad existencial debe hacerse. El pensamiento discursivo no podrá realmente nunca probar la existencia -o la inexistencia de Dios-, explicar de manera enteramente satisfactoria por qué existe algo (y no nada), o sí existe un propósito definitivo para esta existencia -aunque evidentemente sí puede formular argumentos sólidos que nos acerquen a comprender la realidad y a formular un modelo que armonice nuestra existencia con el mundo-. Puede describir adecuadamente la realidad, pero no experimentarla. "No importa cuán fuerte sea la convicción racional, no es todavía la experiencia de la verdad a la cual la convicción apunta. Si uno realmente busca 'prueba'... uno debe recordar que lo que busca es una experiencia particular, completamente diferente a un encuentro con un mero objeto finito de cognición o alguna otra cosa particular que se pueda encontrar entre una serie de cosas. Uno busca una comunión con una realidad que al mismo tiempo excede y subyace toda otra experiencia." Hart agrega que tanto las tradiciones espirituales, de Oriente como de Occidente, coinciden que la experiencia más alta del conocimiento (aunque el término es problemático, se podría hablar también de un des-conocimiento o de una "docta ignorancia") involucra dirigir la mente hacia una contemplación silenciosa, hacia una cierta ascesis, mirar hacia adentro y purificar la mirada para ver en todas parte la misma luz del Ser. Agustín escribió en uno de sus sermones: "Toda nuestra tarea en esta vida consiste en restaurar la salud del ojo del corazón para que Dios pueda ser visto."