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La humanidad se dividirá en 2 castas: una que vivirá 200 años y otra que vivirá 50, según Yuval Noah Harari

Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 09/02/2018

El historiador considera que la biotecnología incrementará aún más la desigualdad

El historiador Yuval Noah Harari se ha convertido en uno de los escritores más influyentes del mundo, quizás demasiado influyente. De cualquier manera, Harari es uno de los escritores más leídos en el mundo y es enormemente popular entre los ejecutivos de Silicon Valley, pues escribe fundamentalmente sobre el futuro de la humanidad en relación a la tecnología. En su libro Homo Deus, Harari planteó la inquietante posibilidad de que en las siguientes décadas, una élite tecnoeconómica empezaría a dedicarse al aumento de sus capacidades cognitivas, a la extensión de su vida y a la búsqueda del placer perpetuo. Los sueños del transhumanismo se estarían acercando, independientemente de que se pueda o no crear máquinas conscientes. Pero, de suceder, dicha singularidad tecnológica no será más que una continuación e incluso una exacerbación de la desigualdad actual. En Homo Deus, Harari escribe:

El tecnohumanismo considera que el Homo sapiens, tal como lo conocemos, ya ha terminado su recorrido histórico y ya no será relevante en el futuro, pero concluye que, por ello, debemos utilizar la tecnología para crear al Homo Deus, un modelo humano muy superior.

En una entrevista reciente con el diario La Vanguardia, Yuval Noah Harari, que se encuentra promocionando su libro 21 lecciones para el siglo XXI, habló sobre esta brecha en ciernes. Mediante el uso de la biotecnología, dice:

A lo mejor parte de nosotros vivirá hasta los 200, pero la raza humana se va a dividir en castas biológicas. Grandes diferencias no sólo en la esperanza de vida -unos que viven hasta 200 y otros que viven hasta 50-, sino también diferencias en sus capacidades. Capacidades físicas, mentales y emocionales. En el momento en que puedes descifrar la biología humana, los tipos de manipulaciones que puedes hacer con esto son casi ilimitadas. Puedes quedarte en el nivel del cuerpo y cambiar la carga genética, cambiar los sistemas orgánicos del cuerpo, puedes juntar el cuerpo orgánico a partes no orgánicas y crear cíborgs, desde manos biónicas hasta sistemas inmunológicos de millones de micro robots, que circulan por el cuerpo y refuerzan el sistema inmunológico orgánico. Hasta conexiones directas entre el cerebro y el ordenador, navegar en Internet con la conciencia, almacenar parte de tu memoria en un almacenamiento externo. Usar diferentes capacidades que están colocadas en la nube, no en ti, o en alguna red. En el momento que se abre la puerta en la cual nosotros sabemos cómo conectar el cerebro a un ordenador, lo que hay detrás de la puerta nadie tiene ni una remota idea.

Más allá de que muchas de estas ideas son especulativas, sí resulta evidente, pues ya lo empezamos a vivir actualmente, que la tecnología permitirá aumentar la longevidad y, de cierta manera, también ampliar las facultades humanas. Lo que no es evidente es que este aumento será democrático, ni mucho menos. Como el mismo Harari señala en un artículo en The Atlantic, nos estamos preparando para la tiranía de la inteligencia artificial, no porque ésta vaya a despertar a la conciencia autónoma, sino porque será seguramente utilizada por grupos selectos de individuos que la usarán para sus propios intereses. La realidad es que mientras la tecnología sea muy superior a nuestra propia conciencia moral, la tecnología se convierte en una herramienta de tiranía, como el mismo Harari señala.

Alguien que seguramente merece ser más leído que Harari, el teórico de medios Douglas Rushkoff, escribió hace poco un artículo sobre este mismo tema, sugiriendo que la élite financiera considera a la tecnología fundamentalmente como una forma de escapar, un subterfugio que les permitirá librarse de las incipientes catástrofes globales. Rushkoff ha insinuado que el deseo del transhumanismo de trascender la condición humana es también una deshumanización. La trascendencia no sólo implica superar el sufrimiento y la muerte -si es que tal cosa es posible-; asimismo implica, sin duda, trascender "el cuerpo, la interdependencia, la vulnerabilidad y la complejidad" y quizás también la compasión. Y dicha trascendencia parte de la noción, tomada como verdadera por el transhumanismo, de que los humanos somos reductibles a nada más que "objetos de procesamiento de información". Según Rushkoff:

Entre más comprometidos estamos con esta perspectiva del mundo, más veremos a los seres humanos como el problema y a la tecnología como la solución. La más pura esencia de lo que es ser humano se trata cada vez menos como un feature y más como un bug [menos como algo a destacar y más como un error a eliminar]. No obstante los sesgos que se les incrusta, se declara que las tecnologías son neutrales. Cualquier comportamiento que inducen en nosotros es sólo un reflejo de nuestros núcleos corruptos. Es como si nuestra innata humanidad salvaje fuera culpable de nuestras dificultades. De la misma manera que la ineficiencia de un mercado local de taxis puede "solucionarse" con una app que lleva a la bancarrota a los conductores humanos, las irritantes inconsistencias de la psique humana pueden corregirse con un aumento digital o genético.

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En busca de poder evaluar qué noticias son falsas o hate speech, Facebook desarrolla un índice para medir la reputación de sus usuarios

Facebook tiene un problema enorme: con más de 2 mil millones de usuarios y una cantidad innumerable de contenido generado diariamente, es sumamente difícil determinar si las historias que circulan en su plataforma son verdaderas o falsas o si contribuyen a generar un clima de odio, racismo y demás.

En el último año ha crecido la presión para que Facebook resuelva de alguna manera el problema de las fake news y su injerencia política. Una de las medidas que ha tomado la red social es hacer que circulen menos las historias publicadas por las páginas de medios de comunicación y evaluar la reputación de cada medio (si son promotores de fake news o no). Aun así, tiene que lidiar con innumerables historias que se viralizan y que pueden ser falsas. Esto supera la capacidad actual de su algoritmo, por lo cual depende, en buena medida, de usuarios que reportan los contenidos como inapropiados. Obviamente, esto ha hecho surgir armadas de trolls que buscan empujar ciertas agendas y, en general, presenta el problema de que las preferencias personales suelen nublar los juicios. Un seguidor de Trump podría, por ejemplo, decir que todas las noticias del New York Times son fake news.   

Por esto, según han informado medios como el Washington Post y Slate, Facebook ha empezado a crear un sistema de reputaciones que evaluará a cada usuario de 0 a 1.0. Esta evaluación será tomada en cuenta cuando se revise una denuncia de contenido inapropiado aunque, de acuerdo con Facebook, no será el único factor a considerarse en la circulación de un contenido. Este puntaje será dinámico, según informó la red social a la revista Slate, y no será usado para crear un sistema de crédito social externo a la plataforma, como se teme. Aquí yace el peligro y la polémica, pues, por ejemplo, en China existe un sistema de reputación en línea que el gobierno toma en cuenta para todo tipo de acciones. Una persona en este sistema con un bajo puntaje difícilmente obtendrá crédito, e incluso podría encontrar dificultades para viajar al extranjero. 

Evidentemente, Facebook debe lidiar con el problema de las fake news si quiere impedir que los gobiernos empiecen a regular su uso pero, por otro lado, evaluar a los usuarios tiene complejas aristas que podrían ser utilizadas de manera perversa. Si se fuera a repetir un data breach como el de Cambridge Analytica, quizás diversas empresas podrían obtener el ranking de los usuarios. Por otra parte, no queda claro si los usuarios tendrán acceso a su puntaje, y está el tema orwelliano de ser evaluados por cada acción. Y, además, el sistema de reputación no resuelve del todo el hecho de que pueda seguir existiendo una especie de juego manipulador en el que se cultive a ciertos usuarios para poder influir en la circulación de las publicaciones en momento estratégicos, ya que, aunque Facebook ha hecho más difícil crear cuentas falsas, sigue habiendo cientos de miles de cuentas creadas para hacer avanzar ciertas agendas. Así, podría surgir una cuidadosa manufactura de las reputaciones. Claro que esto no descalifica lo que intenta Facebook, solamente muestra la complejidad a la que se enfrenta al intentar lidiar con este asunto.