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Para ser aceptado en la escuela de Crotona de Pitágoras, había que someterse a un régimen de hasta 5 años de silencio para purificar la mente

Mucho hemos escrito aquí sobre el silencio como el fundamento del conocimiento místico, de la amplitud perceptual e incluso de la salud mental más básica. Quizá para nadie en la historia el silencio haya sido tan determinante como para Pitágoras de Samos, uno de los auténticos padres de la filosofía, quien hizo innovaciones en matemáticas y en música, a las cuales veía como parte de un mismo lenguaje universal de vibración y resonancia, en el que incluía también a los astros. Como señala Bertrand Russell, a él le debemos nada menos que "las matemáticas puras... todo el concepto de que existe un mundo eterno que no es revelado a los sentido sino al intelecto". También fue Pitágoras quien acuñó el término filosofía y fue el primero en fundar una escuela para el aprendizaje de la filosofía. En esta escuela, el entrenamiento de la mente y el corazón a través del silencio era parte esencial e incluso un requerimiento para que los alumnos fueran aceptados. El silencio para Pitágoras no sólo servía para calmar la mente y por lo tanto poder percibir mejor la realidad; era una verdadera educación, un hacer surgir la naturaleza genuina del individuo, la cual era en última (y primera) instancia divina. 

De entre todas las exigencias que se hacían a los candidatos a la escuela de Pitágoras, la más famosa es el precepto que requería que se pasaran 5 años en silencio antes de ser admitidos. Dice el filósofo Thomas Stanley en su Historia de la filosofía que los 5 años de silencio eran una prueba de conducta por la cual "el alma podía convertirse en ella misma lejos de las cosas externas, de las pasiones irracionales del cuerpo para asumir su propia vida que es la vida eterna". Sobre esta disciplina del silencio, Clemente de Alejandría explica que "al abstraerse del mundo sensible, el discípulo podía buscar a Dios con una mente pura". Luciano agrega sobre este método que tenía la virtud de producir la reminiscencia, lo cual parece razonable, ya que el silencio parece hacernos olvidar nuestros pensamientos superficiales para abandonarnos en la profundidad de la mente, accediendo tal vez a capas transpersonales; siguiendo la máxima platónica del conocimiento como recuerdo, podemos decir que el silencio es una ciencia de la reminiscencia.

Stanley precisa que no todos los alumnos eran sometidos a 5 años de silencio, al parecer Pitágoras personalizaba su instrucción y algunos de espíritu naturalmente más tranquilo no tenían que pasar el lustro (a veces, 2 años eran suficientes). Una vez que los pupilos cruzaban este umbral de silencio, se les llamaba Mathematici, antes eran Acoustici. "Si no has sido cambiado, estás muerto para mí", era el lema que se aplicaba a aquellos que no lograban superar el período de prueba.

Una vez aceptados, los alumnos podían ver ya al maestro (que antes hablaba a través de una pantalla, como si los alumnos estuvieran todavía dentro de la cueva a la que hace referencia Platón) e iniciaban su instrucción filosófica, cuyo fundamento era la geometría y la aritmética (no es baladí que luego Platón escribiera en la puerta de su Academia que nadie que no supiera geometría podía entrar). Uno de los versos atribuidos a Pitágoras dice: "Habiendo partido de casa, no vuelvas atrás, porque las furias serán tu compañía", una referencia a que una vez iniciado el camino esotérico no hay retorno; el poder de la conciencia y la sabiduría es una responsabilidad, un servicio, una entrega total, una obediencia a las leyes universales cuya desobediencia es duramente penalizada. Por esto el riguroso "casting" que hacía Pitágoras y que las religiones mistéricas tradicionalmente han aplicado. Los alumnos, bajo esta misma lógica, debían guardar un voto de secrecía, como ocurría también en Eleusis,

Los pitagóricos no se alzaban de la cama hasta que habían llamado a su mente las acciones del día anterior. Igualmente, antes de dormir meditaban sobre sus acciones del día y se prohibía dormirse sin haber recapitulado. Esto era parte de un constante ejercicio de la memoria, una rendición de cuentas del pasado y un cuidado providencial del futuro. El alumno debía repasar lo que había aprendido en el día, meditar sobre en qué había fallado y suscitar piedad y compasión con todos los seres. Esta misma meditación existe en el taoísmo o en el rosacrucianismo, en donde se considera una preparación -una especie de expiación- para la muerte. Una vez realizada su meditación matutina, llevaban a cabo una caminata solitaria en la naturaleza, también con el fin de purificarse, y sólo después de esto podían integrarse a la comunidad.

 

Este artículo fue adaptado de una extensa nota biográfica sobre Pitágoras que fue publicada previamente

Lee también: El método de la recapitulación pitagórica

 

Foto: El Independiente de Granada

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Nietzsche sobre la opinión pública: la pereza privada

Nietzsche, el filósofo del individualismo y la voluntad de poder, escribió en Aurora: "La forma más segura de corromper a un joven es instruyéndolo a tener más alta estima por aquellos que piensan igual que por aquellos que piensan distinto". Aquellos que piensan igual, en el pensamiento de Nietzsche, tienen la mentalidad de masa de un esclavo, suelen ser perezosos y cobardes; no se atreven a seguir el llamado sin cuartel de la tierra, el fuego de su propio camino. Curiosamente, el "ecosistema mediático" en el que vivimos, "fiesta expiatoria" y "juego sagrado" que la sociedad ha inventado para llenar el vacío de la "muerte de Dios" que Nietzsche tanto celebró, se rige exactamente por este modelo. El algoritmo de Facebook se basa en la proposición: si te gusta esto, te gustará esto otro, es decir, alimentando a las personas de lo que ya piensan. Se crea lo que ha sido llamado una "cámara de ecos" o una "burbuja de filtros". La generación like no es sólo la generación de los "me gusta", de la expresión de la opinión, es también la generación "alike", igual.

Vivimos en lo que Roberto Calasso ha llamado "la sociedad secular", la religión de la sociedad, de la opinión pública. Reina la Gran Bestia que introduce Platón (curiosamente, un filósofo aborrecido por Nietzsche) en La República para alegorizar a quien basa sus gustos y toma sus opiniones de lo colectivo, a quien piensa que es "bueno" todo lo que le gusta a la bestia y "malo" todo lo que le disgusta. Simone Weil escribe sobre esta bestia social:

La Gran Bestia [la sociedad, el colectivo], es el único objeto de idolatría, el único ersatz de Dios, la única imitación de algo que está infinitamente alejado de mí y que es yo.

A la sombra de la "muerte de Dios", en una modernidad en la que el individuo está en perenne búsqueda de sentido, pero ya no acepta lo religioso y sin embargo no se basta a sí mismo, crece la Gran Bestia social. Su crecimiento es el fracaso de la profecía celebratoria de Nietzsche, si bien hay que decir que el filósofo alemán era consciente de que el proceso de liberación individual que imaginaba tendría que atravesar una serie de escollos poco menos que traumáticos.

En Schopenhauer como educador, Nietzsche acuña uno de sus famosos aforismos: habrá que cuidarse de "una época, que cifra su salud en la opinión pública, es decir en las perezas privadas". Opinión pública, perezas privadas. Nietzsche creía que su época se caracterizaba por esta deleznable tiranía de la opinión pública, la suya había sido "una era no regida por hombres vivos, sino por seudohombres dominados por la opinión pública". Pero con júbilo y estruendo él había sido el profeta del fin de esta era, de la era en la que había imperado la moral cristiana, que el filósofo llamaba "platonismo para las masas". Sin temor a equivocarse, uno puede estar seguro de que nuestra era le provocaría una incontenible repugnancia. Nietzsche habla en el mismo texto de sentir cierto asco al caminar por las calles europeas y ver cómo la opinión pública regía a los individuos, quienes perezosamente se ocultaban "detrás de costumbres y opiniones"; cediendo a la "demanda de convencionalidad" que les hacía su vecino persistentemente, los hombres parecían "productos de fábrica". Sólo puedo imaginarme la reacción del filósofo si pudiera ahora navegar por las "calles" de Twitter y Facebook, donde impera la tiranía de lo social y el culto a lo políticamente correcto a una escala jamás vista, justamente porque el hombre no ha sido capaz -y quizás no lo sea nunca- de realizar una transvaloración de todos los valores y sigue necesitando de un Otro, de algo más grande que él mismo para encontrar sentido, siendo incapaz de la pura autoafirmación. "Después de la muerte de Buda, siguieron mostrando su sombra por siglos en una cueva -una sombra, colosal, horripilante", escribió en La gaya ciencia. Esa sombra del dios muerto, es la sociedad secular -la opinión pública-. Nietzsche creía que había que matar también la sombra de Dios. Esa sombra insidiosa que hizo que Jung dijera que ahora los dioses son "enfermedades mentales". Y que hace que ahora los grandes "líderes de opinión", los CEOs de Silicon Valley, quieran convertirse ellos mismos en superhombres, pero no ciertamente en superhombres nietzscheanos que aceptan trágicamente el destino, con un amor fati, sino aquellos que quieren erradicar el dolor, descarnándose y descargando su conciencia a una computadora, Homo deus. ¿Y si todo esto lo que nos estuviera diciendo es que en realidad los dioses nunca mueren -pues son nuestro propio instinto, lo más profundo de nuestra conciencia-, y mejor que su sombra es la posibilidad de su esplendor, esa ebriedad que no nace de la autoafirmación o de la voluntad de poder sino, por el contrario, de la sumisión de la voluntad individual en una voluntad universal o divina, abandonando el yo, haciéndose a un lado o vaciándose para poder ser penetrado, lo cual es justamente la definición del éxtasis? Este era justamente el sendero del amor, pues antes de la modernidad se tenía el entendimiento del amor como caridad, compasión, ágape y no sólo eros; un sacrificio, es decir, una ofrenda sagrada de la propia personalidad, para donar el ser al amado y recibir así también su ser. Una pericóresis. 

Por último, regresando al principio, es necesario calificar la frase inicial de Nietzsche. Ciertamente conformarse a la opinión pública, autocensurarse y reprimir los propios instintos e ideas es una forma de corrupción del espíritu. El deseo de pertenecer a un grupo, aunque anclado en la propia biología, puede llegar a coartar la expresión vitalista de la individualidad en toda su inclasificable diversidad. Pero habría que ser cautos en esto, pues una forma más rauda y peligrosa de corromper el espíritu es vivir con una actitud de rebeldía adolescente que no esta fundamentada en cierto nivel de autoconocimiento y en cierta madurez estética y ética. En nuestra era el libre albedrío, el hacer lo que uno quiere, el dar rienda suelta al placer hedonista, se confunde notablemente con la auténtica libertad, que es más bien la actualización del propio ser; no una elección, sino una realización. La mayoría de las veces la persona que siente que está siguiendo sus instintos está siendo persuadida o manipulada por el ambiente mediático o social en el que se mueve. Paradójicamente, al menos dentro de la civilización occidental, dentro de esta aldea tecnológica, el hombre que quiere seguir su propia naturaleza hacia su máxima expresión debe conocer su cultura y haberse educado para pensar críticamente y decodificar las improntas de la sociedad de masas. De nuevo aquí es Platón el que tiene la respuesta, pues el filósofo remarcó la importancia de que la educación enseñara al hombre a pensar por su propia cuenta y le permitiera abrir el ojo de la mente, con el cual puede discernir entre lo que es mera opinión y lo que es auténtico conocimiento.

 

Twitter del autor: @alepholo